Chapter 1 Mentirosa
Su madre guardaba la llave de la habitación de Aurora en un joyero, y esa noche, al darle las buenas noches, Genoveva la había tomado sin hacer ruido. Genoveva esperó hasta que la casa se sumiera en silencio. Y con pasos cautelosos, se deslizó por los pasillos oscuros y entró en la cocina. Tomó un poco de pan, queso y frutas, colocándolos con cuidado sobre una bandeja.
El pasillo hacia la habitación donde estaba encerrada Aurora crujía bajo sus pies descalzos, cada sonido amplificado por el silencio de la casa dormida. Abrió la puerta con lentitud y entró. La escasa luz de la vela iluminó el desorden que reinaba en la pequeña salita. Los muebles estaban volcados, los objetos esparcidos por el suelo, como si Aurora hubiera intentado desquitar su frustración con todo lo que tenía al alcance. Genoveva sorteó con cuidado los restos de libros y adornos caídos hasta llegar al cuarto donde estaría durmiendo.
La encontró en el borde de la cama, mirando fijamente la luna. Las cortinas yacían rasgadas en el suelo, y el viento helado entraba a través de los barrotes oxidados. Aurora giró la cabeza al sentirla. A la luz temblorosa de la vela, Genoveva vio sus ojos: rojos, hinchados. Había estado llorando.
—Supongo que estás feliz —dijo Aurora con una voz áspera, cargada de resentimiento.— ¿Has venido a burlarte de mi?
Genoveva le tendió la bandeja con suavidad.
—Te he traído algo de comer.
Aurora ni siquiera se movió. Su mirada permaneció fija en Genoveva, dura y desconfiada. Al no obtener respuesta, Genoveva dejó la bandeja sobre la mesilla de noche y se sentó junto a ella.
—No me atrevería a burlarme de ti. Nunca quise que pasara esto —susurró—. No estuve de acuerdo con que mamá te encerrara ni con fingir ser tú.
Aurora soltó una risa cortante.
—Si realmente no querías, ¿por qué aceptaste? Te vas a poner mi vestido y vas a fingir ser yo ante el príncipe. Creí que éramos amigas... creí que me querías.
Genoveva sintió cómo las palabras le atravesaban el pecho, dejando ese sabor amargo de culpa y rabia que ya le resultaba familiar
—Yo también creía que éramos amigas —respondió, apretando los puños hasta sentir las uñas clavándose en las palmas—. Pero tú fuiste la primera en alejarse. Empezaste a llevar una doble vida, a mentir de forma descarada —El dolor le quemaba el pecho, pero la rabia le daba voz—Si hubieras confiado en mí, si me hubieras mirado siquiera una vez como tu igual. Ahora esto... —Hizo un gesto vago hacia la habitación destrozada— es solo el resultado de tus acciones.
Aurora desvió la mirada hacia la luna.
—¿Y qué habrías hecho? —preguntó con voz quebrada tratando de contenerse y no perder los estribos—. ¿Me habrías ayudado o habrías corrido con mamá, como cuando Joan Rylan comenzó a pretenderme?
Sus labios temblaron levemente antes de apretarse.
El nombre hizo que Genoveva recordara con claridad aquel verano en que tenían once años. Joan, de veintiséis, colándose en sus reuniones infantiles en casa de los Rylan. Demasiado amable, demasiado sonriente, demasiado… atento.
—¿Cómo puedes seguir creyendo que estaba enamorado de ti? Ni siquiera tenía la decencia de tomar algunas flores del jardín para dártelas, sino que las sacaba de los jarrones —Genoveva la miró con una mezcla de incredulidad y tristeza, como si lamentara que su hermana aún se aferrara a una ilusión rota—. ¿Sabes qué fue lo peor? Que ni siquiera se tomó el trabajo de escribir sus propias mentiras. Copiaba los poemas de los libros.
Aurora no negó el hecho, pero tampoco cedió.
—No pude callar más cuando te envió esa carta pidiéndote que se vieran de noche, a escondidas —la voz de Genoveva apenas fue un susurro triste al recordar todo lo que había pasado.
Después de que se lo contó a su madre, Lady Eleonora irrumpió en la habitación de Aurora aquella misma noche, desbordante de furia. Sin miramientos, confiscó las cartas, vació el cofrecito donde su hermanastra guardaba los pequeños regalos: el pañuelo bordado, el broche en forma de corazón… recuerdos que ahora no eran más que pruebas de su imprudencia.
A la mañana siguiente, Lady Eleonora partió a la mansión Rylan. Cuando regresó, Joan desapareció de sus reuniones. Si alguna vez coincidían en el camino, él desviaba la mirada y seguía de largo, como si Aurora nunca hubiera existido.
—Si realmente hubiera tenido buenas intenciones, habría esperado a que cumplieras quince años, a que entraras en sociedad y pudiera cortejarte como es debido —dijo Genoveva con firmeza.
Aurora soltó una risa amarga que desconcertó a Genoveva.
—Oh, vamos, Genoveva. Sabemos bien que habrías hecho lo mismo. Si te hubiera contado que planeaba escabullirme en los bailes para ver al príncipe, habrías corrido a contarle a mamá antes siquiera de preguntarme por qué.
Sus ojos brillaron con resentimiento mientras la miraba.
—Ni siquiera me habrías dejado intentarlo. Habrías decidido por mí que no era suficiente para él, que todo era demasiado riesgoso, que no valía la pena. Me habrías frenado antes de que pudiera siquiera dar un paso.
Aurora dejó escapar un suspiro tembloroso y la desafió con la mirada.
—Dime que me equivoco.
Genoveva apartó la mirada. No podía negarlo.
—Sí… fue una idea riesgosa —murmuró por fin.
—¿Y esto no lo es? —Aurora se levantó de un salto, las manos temblando de rabia contenida—. ¿Hacerte pasar por mí no es mil veces más peligroso? El príncipe notará la diferencia con solo verte.
Genoveva sintió un nudo en el estómago, pero sostuvo la mirada de su hermanastra.
—No tuve otra opción. No tuvimos otra opción. Mamá debe demasiado dinero. Si no lo paga en unos meses, lo perderemos todo. Nuestra casa, nuestras pertenencias… y ella será sentenciada a muerte. Y nosotras… —Tragó saliva antes de volver a habla pero Aurora no la dejo continuar.
—Hay otra manera—la irá en sus ojos se apagó y un destello malicioso ocupo el lugar. Con un suspiro se sentó y tomó las manos de Genoveva entre las suyas—.Déjame salir y las ayudaré. Haremos de cuenta que nada de esto pasó. Yo me presentaré ante el príncipe y, cuando logre casarme con él, pagaré todas las deudas y me encargaré de que nada les falte.
Genoveva contuvo el aliento. Quería creerle, pero algo en su interior le advertía que, por más dulces que sonaran sus palabras, la verdad podía ser otra.
"Miente también como lo hacía su padre", había dicho su madre. Y Genoveva no sabía qué pensar.
—Hablaré con mamá mañana —se apresuró a asegurar Genoveva, con un atisbo de fé en su hermanastra.
—No, mañana será demasiado tarde—dijo Aurora con determinación, poniéndose de pie rápidamente—.Hablemos con ella ahora mismo.
Salió de la habitación antes de que Genoveva pudiera responder. Alarmada, la siguió hasta la salita, allí se encontraron con una figura apoyada en el marco de la puerta: Berenice.
Genoveva y Aurora se quedaron inmóviles bajo su mirada perspicaz.
—Así que conseguiste engatusarla —dijo Berenice con una mezcla de burla y desdén—. Bueno, tampoco era tan difícil. Al fin y al cabo, Genoveva siempre fue crédula contigo.
—A diferencia de ti, no necesito engañar para obtener lo que quiero —respondió Aurora, aunque su mandíbula se tensó sutilmente.
—¡Por supuesto!—espetó Berenice con frialdad— No es mentira si solo endulzas la verdad lo suficiente, ¿cierto?
Genoveva intervino, avanzando un paso hacia su hermana mayor
—Aurora quiere ayudarnos. Ya sabe de las deudas de mamá y cuando se case con el príncipe, todo se solucionará.
Berenice alzó una ceja y soltó una carcajada amarga.
—¿Ayudarnos? —Berenice bufó, los ojos clavados en Aurora con desprecio—.Mírala bien, Genoveva. ¿En serio no ves la ira en sus ojos? En cuanto tuviera oportunidad, iría corriendo a contarle todo al príncipe. Haría que nos ejecuten mientras se hace la víctima
—Eso no es cierto —replicó Aurora con firmeza—. Las ayudaré. Somos familia.
—¿Familia? —repitió, escupiendo la palabra como si le dejara un mal sabor en la boca. Luego fijó sus ojos en Genoveva—. Aurora ya sabía de las deudas. Meses atrás, mamá le pidió que aceptara la propuesta del conde Arturo Ryker. ¿Lo recuerdas? Joven, guapo, con suficiente oro para solucionar todos nuestros problemas.
Sí, Genoveva lo recordaba: el conde Ryker apareciendo en todas las reuniones y fiestas a las que asistían. Enviando ramos de tulipanes —las flores favoritas de Aurora— a casa. La forma en que se inclinaba para besarle la mano con una devoción que hacía ruborizar a las damas presentes.
—El conde habló con mamá, pidiendo permiso para visitarla en casa. Y ella aceptó sin dudar, convencida de que era nuestra salvación. Pero cuando le comunicó a Aurora que había dado su visto bueno para el matrimonio, ¿sabes qué hizo? Lo rechazó sin miramientos.
Aurora apretó la mandíbula.
—El amor no se negocia —dijo con firmeza.
—¡Ah, por favor! —Berenice rodó los ojos—. Lo querías, todos lo notaron. Pero en cuanto supiste que, al casarte con él, mamá se beneficiaría, preferiste rechazarlo.
Genoveva sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Aurora, esperando una explicación.
—¡No es así! —protestó Aurora, la desesperación destellando en su mirada.
Berenice entrecerró los ojos y señaló con el mentón la mano de Aurora.
—Si solo ibas a hablar con mamá… entonces dime, ¿por qué sujetas esa jarra con tanta fuerza?
Genoveva parpadeó y bajó la mirada. Ahí estaba: la jarra de jugo que le había llevado con la comida, aferrada con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Yo… —Aurora tragó saliva, buscando una respuesta, pero Berenice no le dio oportunidad.
—Apenas Genoveva abriera la puerta, la habrías golpeado con eso y habrías huido —declaró con un amargo triunfo. Luego se volvió hacia Genoveva, que tenía los ojos vidriosos—. Vamos, ya es tarde. Debes dormir. Mañana te espera tu cita con el príncipe.
—¡No! —gritó Aurora, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Alzó el jarrón. Algunas gotas de jugo salpicaron en el aire antes de caer al suelo.
Asustada, Genoveva retrocedió hasta quedar junto a su hermana. Berenice dio un paso adelante. Cuando habló, su voz fue firme, carente de emoción:
—Ni lo intentes. Afuera está el señor Aldric. En cuanto escuche un ruido extraño, entrará a poner orden.
El nombre bastó. Aurora conocía bien al viejo mayordomo: bajo de estatura, pero robusto y fuerte. Sus manos nudosas habían castigado sin piedad a los sirvientes que cometían errores, y su voz autoritaria imponía obediencia inmediata.
La joven apretó los dientes, temblorosa. El jarrón vaciló en sus manos un instante… hasta que lo dejó caer. Se hizo añicos al tocar el suelo, y el líquido se derramó, empapando la vieja alfombra.
Al salir, Genoveva miró alrededor con inquietud, pero no encontró rastro del viejo mayordomo. Frunció el ceño y se giró hacia Berenice.
—Aquí no hay nadie.
—Mentí —respondió Berenice con indiferencia, encogiéndose de hombros. Luego la agarró de los brazos y, acercándose lo suficiente para que solo ella la escuchara, susurró—: No diremos nada de lo que ha pasado.
Se apartó apenas para mirarla a los ojos, con un destello de advertencia.
—No pienso soportar otro ataque de ira de mamá por tu culpa, así que haremos de cuenta que nada pasó. Pero escúchame bien, Genoveva… —su agarre se hizo más firme—. No quiero volver a verte aquí. Mantente lejos de Aurora.