Capítulo I: Un nuevo mundo
Frío y luego calor. Esas fueron las primeras sensaciones que obtuvo del Reino Humano, siendo lo segundo lo que más se extendió en el tiempo. Todo su cuerpo se encontraba envuelto en la mullida calidez de un pequeño nido, haciendo de abrir los ojos e incorporarse un verdadero acto de valentía, pues exponer su piel desnuda al aire helado de la habitación no era para nada confortable.
Cuando finalmente lo hizo, un enorme mareo invadió sus sentidos, desorientándolo por completo durante unos instantes. Cerrando los ojos, aprovechó el momento para rastrear sobre sí mismo todo aquello que resultaba diferente.
Con calma, experimentó la respiración vital, ahora totalmente necesaria, la flexibilidad de una musculatura comprimida pero eficiente, la rigidez de los huesos allí donde antes había elasticidad y la confusión de no saber cómo articular todo a la vez sin que el resultado fuese desastroso. Por eso, en primera instancia lo mejor sería comenzar con lentitud.
Volvió a tumbarse sobre su recién reconstituida espalda y respiró. Una, dos, tres veces, inhaló y exhaló por igual, intentando poner algo de orden en su interior. Comenzó despacio, primero lo más cercano. La dureza de una cama de madera bajo su cuerpo extendido, el calor de las mantas envolviéndolo. Luego, poco a poco recorrió el espacio con la mirada. El lugar donde reposaba era oscuro y triste. Una construcción de madera sencilla y pequeña. Lúgubre y hasta diría que algo de gris flotaba en el ambiente. Una puerta y una ventana diminutas; por el resto de la habitación una sucesión de objetos que había visto alguna vez, pero jamás podría nombrar por sí mismo, ya que no reconocía sus funciones.
Extrañado, hizo memoria. Recordaba descender sobre… sobre…
—¡Ah! ¡Despertaste! ¿Cómo te sientes?
Sorprendido, enfrentó al extraño que apareció en su campo de visión desde quién sabe dónde. Un hombre joven de facciones sencillas, aunque interesantes. Cabello negro como la oscuridad de un alma cayendo con la suavidad del viento; ropajes de oscuros tonos carmesí que ondeaban al igual que sangre manaría de una herida. La única mota de color en todo el pequeño cuarto.
Sin esperar respuesta, las manos de aquel extraño se apresuraron a remover la manta que cubría su pecho, lo que provocó una reacción de alarma. Retrocedió, asustado, sin embargo, el muro junto a la cama y la torpeza fruto de la inoperancia de ese cuerpo puso fin rápidamente a sus movimientos. Estaba atrapado. Apenas comprendía cómo dar las órdenes pertinentes para que esos largos y níveos miembros obedecieran, por lo que todo lo que pudo hacer fue quedarse mirando aterrado el avance impetuoso del desconocido.
Sin prisas ni temores, la mano del hombre se posicionó en el centro de su pecho y una suave energía pareció emanar desde la palma, la cual recorrió sus nervios de punta a punta, entrecortándole la respiración.
—Ya estás bien —informó el desconocido, al parecer ajeno a la marea de emociones que desbordaba su invitado—. Necesitaba confirmar que no hubiese ningún daño, perdona mi descortesía.
Por supuesto que no habría ningún daño. El simple hecho de pensarlo resultaba hasta gracioso. Permaneció en silencio, siguiendo con la mirada el ir y venir del hombre por la habitación haciendo esto y aquello. Con rápida destreza avivó las llamas moribundas de una estufa que realizaba sus últimos esfuerzos para calentar el cuarto, cerró la ventana para conservar el calor y desapareció a través de la puerta, volviendo poco después con algo entre manos que dejó a su lado en la cama.
—Ropa —especificó al notar cómo miraba extrañado el montoncito de seda blanca pulcramente doblada—. No es demasiado, pero es lo justo.
No comprendió a qué se refería, pese a eso, asintió una vez, estirando la mano para inspeccionar las prendas una vez el hombre retrocedió un par de pasos. No podía evitar sentir su mirada como cientos de esquirlas contra la piel. Aguda e inquisitiva, realmente penetrante.
—¿Sabes…? —comenzó a decir el extraño, deteniéndose a sí mismo con lo que parecía incomodidad. Lo miró entonces, interrogante, esperando que terminara su oración—. Pareces algo, ah… perdido. ¿Sabes, ehm… vestirte?
El hombre debió pensar que era tonto o algo, ya que se vio obligado a agregar la preguntar de si siquiera entendía lo que le estaba diciendo. Sí entendía, el problema…
—Te ayudaré —resolvió al recibir un asentimiento de cabeza como respuesta a su última inquietud. Con determinada predisposición el hombre lo instó a salir de la cama, haciendo un magnífico trabajo al ignorar la obvia y chocante desnudez expuesta ante sus ojos. Rara vez, si es que nunca, podría haber tenido la oportunidad de observar un cuerpo como el suyo, por lo que tampoco lo culparía por mostrarse algo evasivo; diría que hasta avergonzado.
Con la misma paciencia y diligencia que una madre tendría con su hijo, el hombre explicó paso a paso como hacer uso y correcta colocación de las prendas y él a su vez hizo el mayor esfuerzo en tratar de memorizar todo para evitar situaciones similares en el futuro.
Ya cubierto, estiró los brazos para observarse a sí mismo.
Seda blanca caía sobre su cuerpo como cascadas de espuma escarchada. Dorados hilos bordaban sencillos diseños que trepaban desde el suelo hacia la cintura y desde las muñecas al hombro. Los patrones, aunque simples en esencia, destilaban una elegancia reservada solo para las almas superiores. ¿De dónde podría un simple campesino haber obtenido prendas tan delicadas? Incluso el cinturón contaba con intrincadas puntadas que evocaban el crepitar de unas llamas azarosas.
Como respondiendo a la pregunta no formulada, su improvisado anfitrión explicó que tales prendas solían pertenecer a su maestro, quien esperaba les diera buen uso una vez su alma abandonase el plano terrenal. Una extraña incógnita rodeaba entonces a su benefactor, pues para haber sido entrenado por alguien que portaba tal distinguido rango, su estilo de vida parecía un tanto…
—Has de tener hambre. Permíteme invitarte algo de comer.
Aceptando la invitación, más por inercia que por otra cosa, tomó asiento en el otro extremo de la pequeña mesa ubicada frente a la estufa. Descubrió, para su sorpresa, que comenzaba a tener un mejor control de sus extremidades. El frío casi desaparecido por completo gracias al activo bombeo de la sangre en las venas. Sin embargo, la alegría duró poco, pues no tardó mucho en descubrir que diez dedos articulados son… complicados. Cuando el intento número cinco de hacer uso de los palillos acabó en fracaso, el desconocido se apiadó de él, permitiendo que tomase las piezas de comida directamente desde el tazón, pues el sonido de su estómago rugiendo en ruego ya había hecho acto de presencia.
La mirada de su anfitrión se volvía cada vez más y más afilada. Nada tendría que envidiarle a la espada de un maestro haciendo una incisión. Sin embargo, ni una palabra salió de sus labios mientras comían. El alma del bosque respiraba con calma por fuera de esa pequeña burbuja, con la fresca ventisca del invierno invitando a las hojas caídas, últimas rezagadas del otoño, a danzar a su ritmo. Dentro, el calor de la estufa los arropaba, pero sus oídos eran hechizados con el canto de la naturaleza, por lo que tampoco resultaba necesario romper ese acuerdo tácito de silencio.
Acabada la cena, el hombre puso en orden la cama y preparó otra a base de mantas colocadas directamente sobre el suelo. Sin esperar nada más, se tumbó sobre esta última, dando a entender que esperaba que tomase la más cómoda para él. Lo hizo, pero no duró sobre ella demasiado tiempo. Cuando la calidez del sueño envolvió al desconocido, descendió con ligereza hasta arrodillarse a su lado. Sin perder un segundo, cubrió los ojos del dormido con su palma y cerró los propios, permitiendo que un río de imágenes manara hacia su interior.
Una brusca exhalación escapó de sus labios poco después.
Prendas carmesíes flameando al viento cual torbellino sobre un campo repletos de flores blancas fue lo primero que vio. Un cuerpo reposaba entre las mismas. El albor de su piel competía contra la pureza de los pétalos que acariciaban su rostro, el largo cabello revuelto casi envolviéndolo en un abrazo de hielo, pues la blancura de sus hebras podría rivalizar con el más cristalino de los jades. Lo más sorprendente era la aparente desnudez de la persona que se confirmó nada más acercarse algunos pasos. Dormido, el hombre reposaba entremedio del campo de flores como si estuviese en sus aposentos privados y no a media tarde en medio de la nada. Una vez comprobado que seguía vivo, se apresuró a envolverlo en su capa de viaje para transportarlo a su residencia temporal dentro del bosque.
Se vio a sí mismo a través de los ojos del extraño. Su rostro estaba bien. Rasgos delicados, como esculpidos, labios rojos y una línea de cuello bien marcada, grácil y elegante. Tales fueron los pensamientos de aquel que manipuló sus extremidades a medida que las acomodaba para hacerlo reposar entre las mantas.
Luego de dejarlo en la cama bien envuelto, el hombre dedicó tiempo a limpiar sus propias manos de restos de tierra, pues la razón de su aparición en mitad del valle nada tenía que ver con el azar. El último encargo de su maestro, ser sepultado en la montaña, había sido cumplido y ahora la tumba se erigía en la distancia, el sol del atardecer estaría arrancando bellos destellos a la espada clavada sobre el montículo y suaves brillos al plato de jade con ofrendas.
Indagó más, interesado por descubrir de dónde provenía su benefactor, de ahí que su angustiado jadeo sucediese.
Hábil espadachín educado con rectitud por un duro pero afable maestro. Luego, haría gala de sus habilidades uniéndose a un respetado clan para explotar su potencial. Fue esto último lo que provocó su desasosiego. Sus bellas y mortales hazañas sucederían bajo el sello de prendas negras y el signo de la estrella de oro bordada sobre el cinturón. Los emblemas distintivos del clan Xuanchen. Tres cosas que juntas, para alguien como él, solo podían significar una cosa: huye.
Retiró la mano con rapidez y, robando un vistazo final a esos bellos rasgos —se había equivocado, no existía nada de “simple” en la prominente belleza que cargaba ese rostro—, abandonó la cabaña y el bosque, alejándose con la luna como única testigo.