Heredera del Abismo: El Silencio del Caos

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Sinopsis

En un mundo dividido por la luz y la oscuridad, donde dos reinos enfrentados luchan por mantener su frágil equilibrio, una joven marcada por el rechazo se verá arrastrada al corazón de un conflicto ancestral. Mientras criaturas sombrías emergen y secretos olvidados comienzan a desentrañarse, los caminos de tres almas destinadas a encontrarse podrían decidir el destino de un mundo al borde del abismo. Enfrentando fuerzas que superan su comprensión, deberán descubrir si la verdadera amenaza yace en las sombras... o en la luz misma.

Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El Peso del Rechazo

En un mundo dividido, dos reinos se alzaban como opuestos absolutos: el Santuario de la Luz y el Reino Oscuro. Ambos nacieron de las cenizas de un pasado lleno de caos, batallas sangrientas y traiciones que sellaron su separación, creando una enemistad marcada por siglos de odio y desconfianza.

El Santuario de la Luz era un reino resplandeciente, donde la luz dominaba cada rincón. Sus torres de mármol blanco se elevaban como faros que brillaban bajo el sol, y sus castillos majestuosos reflejaban una gloria aparentemente intocable. En el corazón de este reino se alzaba la Gran Ciudad, un centro próspero de comercio y cultura, rodeado por pequeñas villas y pueblos donde la vida seguía un ritmo regido por las reglas estrictas impuestas por la reina Lysandra. La magia de la luz fluía a través de sus habitantes, dándoles habilidades únicas como la sanación, la creación de barreras protectoras y la purificación de energías malignas. La perfección y la disciplina eran valores fundamentales para los ciudadanos, quienes vivían bajo un sistema que castigaba duramente la desobediencia. Su ejército, conocido como una fuerza impecable, estaba formado por soldados que portaban armas imbuidas de energía radiante y protegidos por escudos de magia divina. Eran leales a Lysandra y creían que su causa era justa: erradicar la oscuridad del mundo.

Por otro lado, el Reino Oscuro se escondía bajo un cielo perpetuamente cubierto por tormentas. Montañas imponentes rodeaban sus ciudades, y su aura constante de relámpagos púrpuras daba al cielo un toque apocalíptico. Sus castillos, hechos de piedra negra y hierro forjado, eran fuertes y majestuosos, símbolos de un reino construido para resistir. Aunque poseía varias ciudades y pueblos, la mayoría estaban aislados y llenos de misterio. Gobernado por el rey Malgor, los habitantes del Reino Oscuro eran hábiles en el uso de magia sombría y destructiva, capaz de invocar criaturas, manipular la oscuridad y drenar energía de sus enemigos. Aunque pocos en número tras milenios de conflictos, los que permanecían eran considerados supervivientes resilientes, definidos por su fuerza y determinación. Los guerreros oscuros de este reino eran temidos por su brutalidad y su capacidad de usar magia sombría para confundir y aterrorizar a sus enemigos. Portaban armas malditas y empleaban tácticas que combinaban fuerza física y ataques mágicos impredecibles.

Una estricta prohibición impedía el tránsito entre ambos reinos. No solo estaban separados por sus diferencias sociales y políticas, sino también por las energías mágicas que los definían. La magia del Santuario de la Luz era fluida, luminosa y regenerativa, buscando preservar la vida y traer orden, mientras que la magia del Reino Oscuro era destructiva, manipuladora de sombras y encarnaba la supervivencia frente al caos. Este contraste no solo dividía a los reinos físicamente, sino también en cómo entendían el mundo. Para el Santuario, la oscuridad era algo que debía erradicarse; para el Reino Oscuro, la luz representaba la opresión y la hipocresía.

En medio de esta división de reinos, en una aldea olvidada llamada Albardía, situada cerca de la peligrosa zona fronteriza, vivía Elarys, una niña que a sus 10 años cargaba un peso mucho mayor al que debería soportar alguien de su edad. Su cabello, largo y de un profundo color morado, junto con sus ojos del mismo tono, la hacían destacar de inmediato entre los demás. Sin embargo, no era solo su apariencia lo que atraía las miradas de los aldeanos, sino los rumores oscuros sobre su origen, historias que habían crecido como sombras en los rincones de las mentes de todos en la aldea.

Desde el día de su nacimiento, Elarys fue vista como una anomalía, un presagio de algo incomprensible y temido. Sus padres habían desaparecido cuando era apenas una bebé, un acontecimiento que los aldeanos atribuyeron a la "maldición" que creían que la niña portaba. Sin nadie que la protegiera, una anciana bondadosa, única en su empatía, decidió cuidarla hasta que cumplió nueve años. Pero incluso con la anciana a su lado, la vida de Elarys estuvo marcada por el aislamiento. No fue admitida en la escuela de magia local debido a los temores infundados sobre lo que podía desencadenar su presencia, y los niños de la aldea la evitaban como si fuera portadora de una plaga.

Cuando la anciana murió, Elarys tuvo que aprender a sobrevivir sola. Rechazada por su propia comunidad, comenzó a buscar trabajos en aldeas lejanas, donde su historia no era conocida.

-Gira a la derecha -indicó el maestro espadachín Aldar, un anciano veterano del ejército de la luz, cuya postura firme demostraba los años de experiencia-. Sujeta con fuerza y no apartes los ojos de mis movimientos. El equilibrio es tan importante como la fuerza.

-¡Aaah! -gritaba Elarys mientras luchaba por bloquear el golpe descendente del maestro. Sus manos temblaban bajo el peso de su espada.

-¡Más rápido! Anticípate al ataque -dijo Aldar, rodeándola con movimientos fluidos-. Si ves que el enemigo alza su arma en diagonal, desliza tu espada en un ángulo bajo y neutraliza su posición.

Sin darle tiempo a reaccionar, lanzó un giro con un golpe preciso que impactó en el arma de Elarys, desarmándola fácilmente. La niña cayó al suelo con un suspiro frustrado mientras su espada rebotaba lejos de ella.

-Si vas a defenderte sin magia, cada movimiento debe tener propósito. Observa mi postura, mis hombros, mi cadera... tus ojos deben leer cada intención antes de que mi espada toque la tuya -añadió Aldar, extendiendo una mano para ayudarla a levantarse.

-Gracias, maestro -dijo Elarys, con un tono serio, mientras sacaba una pequeña bolsa de monedas de plata y la extendía hacia él-. Aquí tienes el dinero de este mes por las lecciones.

El anciano sacudió la cabeza y sonrió ligeramente.

-No, no quiero dinero. Quiero enseñarte porque veo algo en ti, Elarys: interés, determinación... y potencial. Es un placer trabajar contigo. Ven conmigo.

El maestro la llevó a un pequeño almacén que él mismo había convertido en un santuario de espadas. Las armas, colocadas cuidadosamente en soportes y enmarcadas en las paredes, contaban historias de viejas guerras y batallas gloriosas.

-Toma esta espada -dijo, alcanzando una hoja sencilla pero elegantemente forjada-. Es ligera y equilibrada. Puede parecer humilde, pero te ayudará a aprender a manejar tu postura y precisión.

Elarys tomó el arma con cuidado, evaluando su peso.

-Gracias, maestro. No tengo palabras para expresar cuánto le agradezco esto.

-Entonces, no me lo agradezcas con palabras. Honra esta espada en cada movimiento y combate. Eso será suficiente.

Con una inclinación de cabeza, Aldar la despidió, dejando a la joven reflexionando sobre lo que significaba realmente empuñar un arma.

La tarde oscurecía cuando Elarys regresaba a su hogar. El bosque, espeso y sombrío, se alzaba ante ella como una barrera imponente. Cada crujido entre las ramas resonaba en el silencio, pero no le causaba miedo. Había cruzado ese bosque muchas veces. Sin embargo, esta vez algo era diferente. De repente, el grito desgarrador rompió la quietud.

-¡Auxilio, por favor! ¡Ayuda! -Era la voz de un niño, aguda y desesperada.

Elarys se movió con sigilo, siguiendo el origen del sonido. Entre los árboles, vio una criatura grotesca: un demonio alto y delgado, con una piel grisácea cubierta de cicatrices y ojos rojos que brillaban con hambre. Su boca estaba llena de dientes afilados, curvados como cuchillas, listos para desgarrar carne. En sus garras levantaba a un niño pequeño, al que parecía estar estudiando antes de darle el primer mordisco.

Elarys sintió el peso del miedo en su pecho, pero recordó las palabras de su maestro: "Si actúas con precisión, incluso la criatura más peligrosa puede ser vencida." Respiró hondo, ajustó su agarre en la espada y avanzó cuidadosamente por la retaguardia. Con un movimiento rápido y calculado, deslizó la hoja a través del torso del demonio, cortándolo a la mitad antes de que pudiera reaccionar. Un chillido agudo y espeluznante resonó en el aire cuando el cuerpo de la criatura se desplomó. Sin perder tiempo, Elarys tomó la mano del niño.

-¡Corre! -le dijo con urgencia, mientras ambos huían del lugar, el temor de que la criatura pudiera regenerarse ardiendo en su mente.

Corrieron sin detenerse hasta que el bosque sombrío quedó atrás, y cuando finalmente se sintieron seguros, se detuvieron para recuperar el aliento. El niño, cansado y temblando, no soltaba la mano de Elarys. A lo lejos, unas luces comenzaron a moverse en su dirección. Eran las antorchas de un grupo de personas que buscaban al niño. Entre las voces que se alzaban, una en particular resaltó.

-¡Dairan! -gritó una mujer.

-¡Mamá, mamá! -el niño corrió hacia ella, cayendo en sus brazos.

El grupo se acercó, y el líder de la aldea, un hombre de rostro severo, observó a Elarys.

-¿Quién está contigo? -preguntó, sus ojos escrutándola mientras ella permanecía con la capucha puesta.

Elarys, sin querer evitar el juicio, deslizó la capucha hacia atrás, revelando su rostro y dejando que sus ojos morados brillaran bajo la luz de las antorchas. Una exclamación de sorpresa surgió entre los aldeanos.

-¡Es ella! -gritó alguien-. ¡Es la niña fenómeno!

Un murmullo inquieto recorrió al grupo, mientras el miedo comenzaba a imponerse. Entonces, el padre del niño, con el rostro lleno de ira y confusión, avanzó hacia Elarys, apuntándola con la antorcha que sostenía.

-¿Qué ibas a hacer con mi hijo, hechicera? -dijo con tono amenazante, su voz cargada de acusación.

La multitud comenzó a moverse hacia ella, sus intenciones más claras con cada paso. Pero antes de que pudieran acercarse, el pequeño Dairan se interpuso entre ellos.

-¡Esperen! ¡Ella me salvó! -gritó el niño, con los brazos extendidos para protegerla-. Una criatura intentó comerme y por ella estoy aquí.

El silencio cayó sobre la multitud. Aunque las palabras del niño resonaron, los aldeanos no mostraron ni una pizca de agradecimiento hacia Elarys. En cambio, tras unos instantes de duda, comenzaron a retirarse, murmurando entre ellos mientras se alejaban.

Elarys observó cómo se alejaban, su mirada fija pero tranquila, mientras el miedo y la soledad que conocía demasiado bien volvían a envolverla. Ajustándose la capucha, dio media vuelta y desapareció entre las sombras, dejando atrás a la aldea y el eco de los murmullos. El niño la miró marchar en silencio, con gratitud en sus ojos, mientras su madre lo abrazaba, ignorante del verdadero valor de la salvadora de su hijo.