Capítulo 1 La Primera Noche (+18)
La habitación era un santuario de sombras. El aire olía a incienso y sangre seca, como si cada respiración me atara más a lo irreal. Estaba tendido sobre un lecho enorme, cubierto por sábanas negras que crujían con cada movimiento. Mis muñecas, atrapadas por cintas de seda, descansaban sobre mi cabeza. Desnudo, expuesto y ofrecido.
Lo sentí antes de verlo.
Su presencia era una presión en el pecho, una caricia detrás de los ojos cerrados. El vampiro... Mi vampiro. Su silueta emergió desde la penumbra con la elegancia de un depredador eterno, y su cuerpo —alto, esculpido como una promesa cruel— se inclinó sobre mí, como si fuera su altar.
—Jun… —susurró mi nombre con esa voz de acero y miel que podía hacer gemir a los ángeles—. Al fin estás donde debes estar.
Su aliento me rozó el cuello antes de morderme. No con colmillos aún. Solo labios, lengua y provocación. Me estremecí bajo él, mi cuerpo se arqueó hacia su dureza, que ya empujaba entre mis piernas, caliente, monstruosamente gruesa. Me tocó como si supiera exactamente dónde dolía de placer, dónde gemía sin querer.
—Eres mío ahora —dijo, acariciando la punta de su verga contra mi entrada—. Y no voy a ser suave. Lo sabes, ¿no?
Asentí. O quizás lloré por más. Ni siquiera yo sabía la diferencia. Me había estado preparando desde hace poco y … entró de golpe. Y sentí cómo me partía, cómo me llenaba de un modo que ninguna otra cosa podría. Me embestía con furia, con necesidad, como si el deseo lo quemara desde adentro y yo fuera el único alivio. Cada embestida era una sentencia. Cada gemido mío, un rezo profano.
—Jun, estás tan jodidamente apretado —gruñó en mi oído, y su lengua recorrió la marca invisible que ya sentía grabada en mi cuello—. Te soñé así... Tendido, temblando y suplicando.
Sus uñas se clavaron en mis muslos mientras me levantaba la cadera, hundiéndose más, golpeando donde dolía delicioso. Lo miré. Sus ojos rojos eran lava líquida... Bestiales y eternos.
Me masturbaba mientras me cogía, y el roce de su piel contra la mía, el calor entre nosotros, el sudor, la locura, todo me arrastraba al abismo. Estaba cerca. Muy cerca.
—No despiertes aún —suplicó, con la voz quebrada de deseo—. Quiero correrme dentro de ti. Quiero marcarte desde adentro.
Y justo cuando lo sentí venirse, caliente, violento, llenándome con un gemido salvaje... desperté. Pero aún sentía su semen fantasmal recorriéndome por dentro. Y mi cuerpo... seguía manchado.
Desperté con un jadeo, el cuerpo empapado en sudor frío, las sábanas —no, el asiento— húmedas, pegajosas. Parpadeé varias veces. La realidad tardó en cuajar.
No estaba en un lecho de terciopelo negro. Estaba en el asiento de un autobús viejo, tembloroso. Afuera, una neblina espesa rozaba los árboles, cubriendo el paisaje como un susurro denso. El conductor estaba como si nada.
Pero mi cuerpo... mi cuerpo ardía. Bajé la mirada y descubrí con vergüenza mi pantalón estaba manchado de semen. Mi respiración aún era errática. Mis caderas dolían como si realmente alguien me hubiera usado con violencia exquisita. Me temblaban las piernas.
—No puede ser —murmuré, pasando una mano por mi cuello, buscando instintivamente alguna marca—. No… no fue real.
Pero algo dentro de mí sabía que lo había sido. No en este plano. No de forma física. Pero real, sí. Intensamente. Tan real que aún sentía el peso invisible de su cuerpo sobre el mío, la voz cavernosa en mi oído, sus colmillos rozando la piel.
Un súbito escalofrío me recorrió la espalda.
Un íncubo.
La idea me golpeó como una bofetada helada. Siempre había escrito sobre ellos: criaturas que se alimentaban del placer humano, que entraban en los sueños con piel de deseo y lengua de fuego. Siempre había creído en ellos, sí, pero como quien cree en el monstruo que él mismo creó. Nunca me habían tocado. Nunca me habían querido como para hacerme sentir así.
Hasta ahora.
¿Fue porque dormí en este autobús, atravesando la frontera de una tierra tan antigua que los mitos aún respiran? ¿Fue un castigo? ¿Un llamado? Traté de ya no pensar en eso, porque tengo muchísimo trabajo. No vine a fantasear después de todo.
La lluvia golpeaba fuerte contra el vidrio de la ventana. La carretera serpenteante hacia la villa parecía estirarse infinitamente bajo el manto oscuro de la noche. Apenas podía ver a través de la niebla, y la tormenta no ayudaba a mejorar la situación. Decidí quedarme una temporada en esta región de Rumania para terminar mi libro, y aunque la idea inicial era encontrar paz y concentración, me preguntaba ahora si el aislamiento no estaba siendo excesivo.
Después de horas de viaje, finalmente, el coche se detuvo frente a una posada pequeña y humilde. El lugar parecía sacado de un cuento antiguo, con paredes de piedra oscura y una tenue luz que parpadeaba desde una linterna junto a la entrada. Tras una breve conversación en inglés con la dueña, una mujer amable, aunque reservada, me asignaron una habitación.
Esa noche, después de instalarme, salí a caminar un poco por el pueblo. La llovizna continuaba, pero me fascinaba la atmósfera y el silencio sepulcral del lugar. Aproveché para llevar mi laptop y avanzar en la última entrega de Los vampiros de Mark. Esta tercera parte cerraba la saga, compuesta por tres libros.
Nadie imaginaría que Mark terminaría eligiendo al vampiro que, en su momento, lo traicionó y le causó varios problemas. Sin embargo, al final, ese mismo personaje demostró ser alguien en quien se podía confiar. Supongo que muchas lectoras se enfadarán cuando descubran que Mark se queda con Jim, quien al principio era el antagonista de la historia. Para colmo, el supuesto protagonista original termina perdiendo fuerza narrativa, volviéndose torpe e incapaz de proteger al mismo Mark a quien antes había prometido cuidar.
Afortunadamente, el ambiente en el café era acogedor, casi envolvente, y la calidez de la música de fondo me permitió concentrarme. Avancé más de lo esperado en la cantidad de palabras que había prometido escribir, y la comida —curiosamente elaborada con esmero— superó mis expectativas. Aun así, de vez en cuando, notaba ciertas miradas desviarse hacia mí. No eran hostiles, tampoco invasivas, pero sí cargadas de una mezcla entre curiosidad y algo más sutil… una especie de compasión, como si proyectaran sobre mí una historia que no conocían, pero intuían.
En un momento, me levanté para pedir más café. Sostuve la taza vacía con ambas manos, disfrutando del tacto tibio de la cerámica, cuando algo junto al mostrador atrapó mi atención. Era un letrero de madera, de esos que parecen haber estado colgados desde que el lugar existe. El título, grabado a mano, decía “Personas desaparecidas”. Su superficie estaba desgastada, casi grisácea por la exposición al sol que entraba cada tarde por la gran ventana, y sin embargo, las fotografías clavadas con chinchetas mantenían su intensidad, como si el tiempo se resistiera a borrar sus rostros.
Me acerqué, atraído por una inquietud inexplicable. Lo que descubrí me dejó inmóvil. Entre las imágenes amarillentas y los recortes ajados, vi rostros jóvenes, muchos de ellos con fechas que indicaban desapariciones de hace décadas. Uno en particular me erizó la piel: un joven de veinte años, reportado como perdido hace más de cinco décadas. Su rostro era inquietantemente perfecto. Y no era el único. Casi todos compartían esa estética imposible: rasgos finos, simetría armoniosa, ojos de una intensidad casi irreal. Belleza digna de mitología.
Permanecí ahí, como hechizado, sintiendo que algo se agitaba dentro de mí. No era miedo… era reconocimiento. Como si esas imágenes formaran parte de un rompecabezas que había comenzado a armar sin saberlo. Y lo más perturbador no era su desaparición, ni siquiera su belleza... sino la sospecha creciente de que, de alguna manera, ellos seguían existiendo. En algún lugar bajo otras reglas.
Mis pensamientos se detuvieron de golpe. No había avanzado mucho cuando lo vi.

Afuera, en la penumbra, un hombre se destacó entre la niebla. Alto, elegante y con una presencia que podía sentirse incluso desde la distancia. Su piel era pálida, tanto que casi brillaba bajo la luz tenue de los faroles callejeros. Vestía de negro, y cuando nuestros ojos se cruzaron, sentí un escalofrío. Pero también una extraña atracción.
Él entró al café, pero nadie pareció prestarle atención como lo hicieron conmigo.
—¿Jun? —pronunció mi nombre con un leve acento rumano, que me hizo dudar de si lo había escuchado o lo había imaginado.
Me detuve, asombrado. ¿Cómo sabía mi nombre?
—¿Perdón? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara, aunque sentía el pulso acelerado. No se oía un alma alrededor, sólo nosotros dos en medio de la oscuridad y el murmullo de la lluvia.
El hombre sonrió, una sonrisa que no pude interpretar del todo. Su mirada era profunda, y, por alguna razón, me quedé inmóvil. Había algo en él, algo antiguo y magnético. Sin esperar respuesta, se acercó más. —Debes estar cansado. Soy Damián —dijo, su tono suave y seguro. Extendió la mano hacia mí, y aunque toda lógica me decía que debía marcharme, la tomé.
Sus dedos eran fríos como el mármol, y su tacto envió una descarga a través de mi cuerpo. Antes de darme cuenta, estaba siguiendo sus pasos en dirección opuesta al pueblo. Mi mente gritaba que no debía ir con un desconocido, pero mis piernas parecían actuar por voluntad propia.
El sendero que seguimos nos llevó fuera del pequeño centro del pueblo, hacia un bosque oscuro donde las sombras parecían moverse en siniestras danzas. Finalmente, tras lo que parecieron apenas unos minutos, llegamos a una gran mansión que se erguía entre las colinas. Su silueta contrastaba en la noche como una figura imponente e inquietante.

—¿Dónde estamos? —pregunté, sintiéndome cada vez más desorientado.
—Mi hogar —respondió simplemente.
Intenté dar un paso atrás, pero Damián sujetó mi brazo suavemente, sin permitir que me alejara.
—No tienes nada que temer, Jun. Sólo quería ofrecerte una verdadera experiencia rumana, un lugar para que te inspires y termines tu obra —su voz era hipnótica, y me encontraba cayendo en sus palabras como si fueran un hechizo.
Y de pronto, noté que él cargaba mi mochila con mi laptop dentro. No vi en que momento lo guardó.
Dentro del castillo, las paredes estaban decoradas con pinturas antiguas y candelabros que proyectaban sombras danzantes en los muros. Aunque era hermoso, había una sensación de vacío, como si cada rincón guardara secretos susurrados desde siglos atrás.
Me guió hasta una habitación lujosa con una cama de dosel y pesadas cortinas de terciopelo. La ventana ofrecía una vista impresionante de las montañas, aunque en esa oscuridad sólo podía ver el reflejo de los rayos que caían a lo lejos.
—Descansa —me indicó Damián, su voz tan serena que parecía una orden.
Apenas protesté; sentía un cansancio inusual, como si toda mi energía hubiera sido absorbida en el instante en que puse un pie en su morada.
Cerré los ojos, mi mente atrapada entre el miedo y la confusión, y, sin embargo, incapaz de resistirme al llamado de Morfeo. La última imagen que tuve fue de Damián observándome, sus ojos oscuros y enigmáticos en la penumbra. Me sentí vulnerable, atrapado en un lugar que parecía haberse congelado en el tiempo.
Cuando salí de mi trance, desperté en la madrugada y noté que algo era distinto. Las puertas de la habitación estaban cerradas. Me acerqué a ellas, pero por más que intenté abrirlas, no cedieron.
—¿Damián? —llamé, pero mi voz rebotó en el silencio.
Fue entonces cuando lo comprendí. Estaba atrapado. Había caído en su red, en el juego de este hombre extraño y seductor que había irrumpido en mi vida tan repentinamente. Y no tenía idea de cómo escapar.