Verano en Callahan

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Sinopsis

Después de perder a su mejor amiga, Camila Reyes, una joven fotógrafa de ciudad marcada por las expectativas familiares y el dolor, llega a un pequeño pueblo texano buscando algo que ni ella sabe nombrar. Lo que encuentra es un rancho polvoriento, y a Luke Callahan: un cowboy solitario, de mirada dura y corazón cansado, que no esperaba abrirle la puerta a nadie, mucho menos a una chica como ella. Camila se instala en la casita junto a la casa de Luke, y entre silencios compartidos, desayunos incómodos y días llenos de barro y luz, algo empieza a cambiar. Con una narrativa íntima y emocional, Verano en Callahan es una historia de amor lento, de dignidad, de vulnerabilidad y segundas oportunidades. Una novela donde el rancho no es solo tierra, sino un refugio; y donde el amor no llega como un torbellino, sino como la primera brisa después de una larga tormenta.

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
Guiliana
Estado:
En proceso
Capítulos:
30
Rating
4.7 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

"Una llegada inesperada"

El autobús se balanceaba de lado a lado mientras entrabamos al pueblo, a través de la ventana note como esa parte del camino era arreglado. Las amplias calles ocupadas por camionetas y camiones que llevaban en la parte de atrás heno, o cajas con productos que seguramente eran para la venta llamaban mi atención, en Manhattan no era común esta clase de paisaje. De la misma forma la arquitectura de las casas era enternecedora, parecía sacado de alguna película muy antigua. Hogares de dos pisos levantados con madera, que poseían un porche en su frente y un bello jardín que lo acompañaba. Todo tenía un aire clásico y cálido. Al pasar frente a la estación de policías no pude evitar soltar una leve risa, uno de los oficiales llevaba a un hombre ebrio hacía adentro, pero esté se resistía dejándose caer al suelo, pero no solo era eso, la vestimenta del oficial era sacada de un western, un sombrero crema con una gran ala que cubría su rostro que acompañaba su uniforme café.

No estaba acostumbrada a esta visión lo que hacía que me sintiera algo fuera de lugar. Estiré las mangas de mi suéter y las apreté entre mis manos, no era frío lo que sentía sino incertidumbre sobre la situación, necesitaba sostenerme de algo.

“¿Y si me estoy equivocando?“, pensé. “¿Y si solo estoy huyendo? Dios mi padre estaría furioso cuando se entere de esto”"

Cerré los ojos por un momento y respiré profundo. La ansiedad me palpitaba en el pecho como un tambor suave pero constante. Había dejado todo atrás: su gran apartamento en la ciudad, su rutina, incluso a su madre y su padrastro, que, querían apoyarla, pero les era difícil disimular su preocupación y su leve desacuerdo con la situación, pero aun así no dijeron nada para detenerla, creo que de cierta forma sabían que ella no estaba bien desde hace meses, que necesitaba este tiempo fuera. Otra historia era su padre, el hombre vivía al otro lado del país y tomando ventaja de que solo hablaban por llamada, ella se fue de Manhattan sin contárselo.

El autobús se detuvo con un suspiro largo. Camila bajó con su mochila al hombro y dos maletas que arrastraba con torpeza sobre la acera. La terminal si es que se la podía llamar así, era pequeña, solo un banco de madera bajo una pérgola en donde colgaba un cartel con las palabras ”Bienvenidos a Elmsford“.

Con la mirada busco algún servicio de taxi, pero tan pronto como lo hizo se regañó por eso

—Esto no es la ciudad Camila, concéntrate— soltó en un susurró mientras sacudía ligeramente la cabeza.

Comenzó a caminar en busca de un hostal, arrastrando sus cosas con cierta seguridad que por dentro no sentía. El primer sitio que encontró le informó que tendría un cuarto libre en una hora, que, con la llegada del verano, el lugar se llenaba de hombres que buscaban trabajo en los ranchos. Agradeció con una sonrisa tensa y prometió que regresaría, siguió su camino, intentando no sentirse distinta.

Cuando su estómago rugió decidió entrar en la primera cafetería que estuvo a su vista, buscando un desayuno que la satisficiera. El lugar estaba lleno. Voces, risas, el tintinear de tazas y platos. Se sintió un poco más pequeña.

Hasta que una voz suave y firme la llamó desde una mesa cercana:

—No pareces de por aquí, cariño. ¿Quieres sentarte con nosotros?

La mujer que le hablaba tenía una mirada aguda pero amable, y a su lado, un señor de sombrero asentía como si ya supiera lo que iba a pasar. Así fue como conoció a la dulce Edna Mae Collins y su esposo.

Edna le hizo un gesto con la mano, señalándole el lugar vacío frente a ella. Camila dudó por un instante, pero el hambre fue mayor. Se acercó despacio, jalando sus maletas.

—Gracias… sí, me vendría bien algo de comer—respondió, sentándose.

—Soy Edna Mae, y este de aquí es mi marido, Thomas —dijo la mujer con una sonrisa, dándole una palmadita cariñosa al brazo del hombre. Él asintió con una mueca amistosa y siguió revolviendo su café.

—Camila —respondió ella—. Mucho gusto.

La camarera se acercó con una jarra de café caliente y Edna se adelantó:

—Pónselo a ella también, y tráenos una rebanada de ese pie de durazno. —Luego, volvió a mirar a Camila—. Se nota que vienes de lejos, cariño. ¿Primera vez por aquí?

Camila asintió, agradecida por el gesto, pero evito tomar del café, no era buena idea, su médico le había aconsejado dejarlo por un tiempo, al menos hasta que acabara con el régimen de sus pastillas.

—Vengo buscando un lugar tranquilo —dijo, sin saber cuánta información era demasiada—Y… paz, supongo.

—Pues este pueblito tiene de eso de sobra. Lo que no tiene es hostales decentes, no desde que Missy cerró su negocio —rió Edna con dulzura—. ¿Tienes dónde quedarte?

—Lo intenté, pero me dijeron que hasta más tarde… estoy esperando que se desocupe una habitación—dijo Camila, bajando un poco la voz.

Edna frunció los labios en señal de preocupación y luego intercambió una mirada con Thomas. Camila sintió que algo se cocinaba en el aire, como si esa pareja estuviera a punto de proponerle algo que ella no podía imaginaba.

—Mira, tengo una idea —dijo Edna al fin—. Hay un rancho no muy lejos de aquí, el Callahan Ranch. El dueño, Luke, es… bueno, un hombre complicado, pero de palabra. Tiene una casita para huéspedes, y le vendría bien alquilarla ahora mismo. Le ayudaría con sus finanzas, aunque no lo admitirá nunca —agregó con una sonrisa cómplice.

Camila parpadeó, sorprendida.

—¿El rancho de un desconocido? No sé si eso sea… —empezó a decir, pero Edna alzó una mano suave, interrumpiéndola, con esa actitud estoica que caracterizaba a los sureños.

—Entiendo tus dudas, pero escúchame, Luke fue como un hijo para mí cuando era pequeño. Es serio, algo arisco, pero es un buen hombre. De los que ya no quedan. Nunca haría nada para hacerte sentir incómoda, te lo prometo.

Miró los ojos de Edna, tan sinceros, tan llenos de una bondad antigua y transparente que le recordaba a su abuela. El mundo no siempre era amable, pero había personas que parecían hechas para tender puentes. Y Edna Mae parecía una de ellas.

Camila asintió con cautela.

—Bueno… lo pensaré—dijo—. ¿Dónde queda?

—A unas cuantas millas hacia el este. Puedes caminar si no te molesta el calor —respondió Edna, guiñándole un ojo.

Camila tras comer algo ligero y tener una conversación con los ancianos se despidió para volver al hostal, aunque la intención de Edna era buena, no podía simplemente confiar en un desconocido e irse a meter al rancho de un hombre que podía ser un asesino o algo parecido.

Al llegar a la posada humilde la mujer le entregó la llave con poco entusiasmo y le indicó una habitación al fondo del pasillo. Al entrar, el ambiente era rígido, con muebles viejos, una cama de colchoneta hundida y una pequeña ventana polvorienta. Intentó no quejarse, pero cuando vio una cucaracha trepando por la pared y luego otra en el baño, su decisión se tambaleó. Estaba agotada, fuera de lugar, y el encanto rural comenzaba a tornarse en desilusión.

Entonces recordó a Edna Mae y mirando la habitación que apenas podía considerar habitable, pensó que tal vez era mejor seguir el consejo de la mujer. Con un suspiro resignado, empacó de nuevo y salió con paso decidido hacia el rancho.

El sol ya colgaba alto cuando Camila se puso en camino, cargando sus maletas y su mochila con un esfuerzo torpe pero decidido. El camino de tierra parecía interminable, y no veía ningún rancho, ahora se arrepentía de no preguntar más sobre donde quedaba el rancho Callahan.

Un par de millas más adelante, una camioneta oxidada se detuvo junto a ella. Un hombre mayor con sombrero y manos curtidas le ofreció subirse en la parte de atrás. Dudó por una fracción de segundo, luego aceptó, sus pies la estaban matando y su cara empezaba a arder por el sol. El cajón de la camioneta estaba lleno de cajas de duraznos, y tuvo que hacer espacio entre ellas para acomodarse.

Mientras avanzaban por el camino polvoriento, sacó su cámara de la mochila y comenzó a tomar fotos. Los árboles, las vallas de madera, los caballos a lo lejos. Todo tenía un aire de postal antigua. Sonrió sin darse cuenta. Nunca había viajado en una camioneta abierta, ni entre frutas. El viento le desordenaba el cabello, y el polvo se pegaba a su cuerpo, pero en ese momento, se sintió viva.

—Aquí es, jovencita —dijo el ganadero, frenando frente a un portón de madera con las letras Callahan Ranch grabadas en una tabla gastada.

Camila bajó y se quedó mirando la propiedad desde lejos. El polvo, los caballos a lo lejos, los campos amplios: era otro mundo. Caminó con su mochila al hombro y las maletas a rastras, cruzando lentamente el terreno.

Exploró con cautela, notando los detalles: cercas de madera, una bomba de agua antigua, el olor intenso a heno. No había visto a nadie hasta que, desde el corral, una figura masculina salió con paso firme y mirada desconfiada.

—¿Quién eres? —preguntó el hombre alto, de hombros anchos, con camisa remangada y botas polvorientas.

Camila levantó la barbilla con algo de nerviosismo.

—Mi nombre es Camila Reyes. Edna Mae me habló de este lugar... dijo que tal vez había una habitación disponible para alquilar.

El hombre entrecerró los ojos.

—¿Estás buscando a Luke Callahan?

—Sí. ¿Usted es...?

—Luke —confirmó, sin mucho entusiasmo.

Camila tragó saliva. No era exactamente la recepción que había imaginado.

—Puedo pagar en este momento el alquiler en efectivo. No quiero causar molestias.

Luke la miró de arriba abajo. Notó sus manos cuidadas, la ropa que, aunque sencilla era de buena marca, y la expresión entre decidida y agotada.

—Edna habla más de lo que debería —murmuró, pero sin dureza—. Hay una casita junto al granero. Tiene lo básico. No esperes comodidades.

—No las espero —respondió ella, aunque no estaba segura de creerlo del todo.

Luke asintió y le indicó el camino. Mientras lo seguía, Camila se sintió extrañamente fuera de lugar, pero también como si algo estuviera empezando.