Prólogo
HACE SIETE AÑOS
En un martes de julio perfectamente normal, mi vida pasa ante mis ojos como un relámpago. No porque me muera. Bueno, no físicamente. Pero todo lo que yo creía que sería mi futuro —ir a la universidad de mis sueños, casarme con mi novio de toda la vida, forjar una carrera exitosa como arquitecta— se desmorona en el transcurso de una conversación.
Es una revelación impactante, esa en la que descubres que quizás no recorras el camino que tenías planeado ni vivas esos hitos que imaginaste mil veces en tu cabeza. Te descoloca. Te deja sin oxígeno en el cerebro durante varios segundos. Te deja entumecida. Confundida.
«¿Isla?», la voz vacilante de mi hermano hace que vuelva a mirarlo. «Di algo. Por favor».
Palabras. Necesito palabras. Las únicas que me vienen a la mente son las del propio Robbie, repitiéndose una y otra vez. NHL. Draft. Centésimo noventa y cinco en la general. Canadá.
«Es...», empiezo a decir.
¿Es qué? ¿Va a cambiar mi carrera? ¿Va a terminar con mi relación? Esto no se trata de mí. Esto es todo lo que Robbie siempre ha soñado. Su pasión. Su camino. El pánico por lo que esto significa para mí todavía me hace un nudo en la garganta, pero no quiero que piense que soy una egoísta.
«Felicidades». Fuerzo una sonrisa, esperando que mi cerebro también se lo crea. «El centésimo noventa y cinco de la general. Eso es...».
«Sé que no es una pasada...»
«¡Lo es!», me apresuro a insistir. «A los jugadores británicos casi nunca los eligen en el draft, ¿verdad? Es un logro increíble, Robbie. En serio. Estoy muy feliz por ti».
Y por si acaso mi cara no es tan convincente como esperaba, enredo mis brazos alrededor de su cuello para abrazarlo. Porque estoy feliz por él. De verdad. No es solo mi hermano. Es uno de mis mejores amigos. Robbie, Maddie, Patrick y yo. Éramos uña y carne. El grupo se va a partir por la mitad muy pronto.
Patrick y yo no tendremos esa boda que planeamos cuando teníamos siete años.
Nunca llegaré a conocer al novio secreto de Maddie.
No. Me estoy agobiando. No hay razón para que esas cosas no puedan pasar. No viviré en Canadá para siempre. Y no puedo quitarle valor a la felicidad de Robbie agobiándome por un futuro que de todas formas nunca fue seguro.
«Le dije a mamá que quería decírtelo yo mismo», dice entonces Robbie. «Pero si no quieres venir con nosotros, ¿quizás podrías intentar convencerla de que te deje quedar? ¿Mudarte con la abuela y el abuelo? Y si consigues tus notas para la UCL —que probablemente lo harás porque te salieron genial los exámenes, ¿no?—, entonces solo faltarán un par de meses para que entres en la universidad. Podrías venir a vernos durante las vacaciones».
La abuela y el abuelo viven en Durham. A seis horas de Maddie y Patrick. Aun así me mudaría lejos de casa. ¿Y realmente puedo pedirles a mamá y a papá que sigan pagando los vuelos a Canadá durante las vacaciones? ¿O que me mantengan a flote cuando mis préstamos estudiantiles se agoten cada trimestre porque mis gastos inevitablemente serán mayores? Se van a gastar Dios sabe cuánto dinero en Robbie. No quiero ser un problema cuando la decisión sensata es mudarme con ellos.
Mi hermano se merece esto. Se merece mi apoyo después de todo lo que ha hecho por mí. Esas noches en vela ayudándome con las matemáticas. Llevándome en coche a casa de Maddie siempre que se lo pedía. Ayudándome a escabullirme para ver a Patrick sin que nuestros padres se enteraran.
¿Lo mínimo que puedo hacer a cambio? Apoyarlo.
«¿Y perderme ver tu primer partido en la NHL?», le pregunto con una sonrisa tranquila.
Riéndose, se frota la nuca. «Probablemente no vaya directo a la NHL».
«Bueno, cuando lo hagas, allí estaré».