Fruto De Nuestro Amor

Sinopsis

La infancia de Sakura Haruno distó de ser un relato de hadas y princesas. Su destino la dirige hacia un desenlace trágico que le hará lamentar haber cruzado caminos con su príncipe de cuento, Sasuke Uchiha un miembro de la Yakuza de Akatsuki.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1 Niñez

A la tierna edad de cinco años, la mente aún no comprende las dificultades cotidianas de la vida ni la crueldad que puede atraer el destino. La etapa adulta no se asemeja a un simple juego de muñecas, a los cuentos de hadas o a los dibujos animados preferidos. La vida es significativamente diferente a como se presenta en la infancia. Con el tiempo, nos percatamos de que no todo es color de rosa. Esta es la historia de una niña, quien ignora lo que el destino le prepara a ella y a su pequeña familia. Las decisiones equivocadas que tomará la conducirán a un desenlace trágico.


En un día de verano, tres niñas jugaban con sus muñecas en el jardín trasero de una majestuosa mansión de la alta sociedad de Kioto, Japón. Se divierten sin cesar, riendo y disfrutando de los maravillosos momentos de la niñez. La rubia, llamada Namikaze Naruko, expresó en un tono soñador, mientras vestía a su muñeca con un hermoso vestido de princesa en colores amarillo y blanco, lo que desea ser cuando crezca.


—Cuando crezca, quiero ser una actriz princesa.


La otra niña, de cabello azabache y ojos perlados, la siguió con un comentario:


—Cuando crezca, me gustaría ser una princesa abogada. —Hyuga Hinata se volvió para mirar a la tercera niña. —¿Y tú, qué deseas ser en el futuro?


La pelirrosa, Haruno Sakura, no prestó atención a la pregunta de su amiga debido a que estaba distraída observando a sus padres interactuar con los padres de sus pequeñas amigas. Los adultos se encuentran elaborando un festín para compartir en una reunión familiar, a pocos metros del lugar donde juegan los niños. Los hombres se agrupan en torno a la parrilla, mientras que las mujeres disponen la mesa de madera, lista para servir los manjares una vez estén listos. Ante sus ojos color jade, se presenta la imagen ideal de una familia, digna de los cuentos de hadas.


—¡Estamos hablando contigo! —exclamó Naruko, con su voz aguda y una cálida sonrisa en el rostro.


—Lo siento... —respondió Sakura —. Mi deseo es ser tan feliz como lo son mis padres.


Sakura, llena de entusiasmo, deseaba seguir los pasos de su madre. Mebuki era una mujer digna de respeto, elegante y muy querida por su esposo, quien contaba con un empleo altamente remunerado que garantizaba a su familia todo lo que pudiera desear, sin temor a malgastar el dinero. El sueño parece simple y fácil de alcanzar, hasta que llegó el día que transformó la vida de la pequeña con cabellos rosas y ojos color jade. Su existencia dio un giro de 180 grados irreversible, marcado por lágrimas y carencias.


El día de su octavo cumpleaños, Sakura se despertó con una sensación de alegría y energía desbordante. Más allá de ser una fecha especial, su mayor deseo era compartir este día con sus padres y disfrutar de momentos agradables en su compañía. Aunque el trabajo de su padre lo mantenía ausente durante largos períodos, su dedicación aseguraba que no les faltara nada y que vivieran cómodamente en la clase alta de Kioto, Japón.


Esa mañana de su cumpleaños, descendió las escaleras con alegría y curiosidad, ansiosa por descubrir el lugar donde la llevarían antes de su gran fiesta, programada para el final de la semana en un exclusivo salón de eventos, equipado con todo lo que había solicitado a sus padres.


Sakura ingresó precipitadamente al salón principal de la mansión y se encontró con su madre arrodillada en el suelo. Mebuki lucía el cabello desarreglado, el maquillaje corrido y sus ojos estaban llenos de lágrimas, reflejando un profundo resentimiento. Nunca antes había visto a su madre en tal estado, lo que le generó un sentimiento de temor. En sus manos, sostenía una carta arrugada y manchada de maquillaje. La curiosidad por conocer lo que sucedía impulsó a la niña a preguntar a su madre:


—Mamá, ¿qué está ocurriendo?


Mebuki contuvo las lágrimas, se secó el rostro con la manga de su bata y respondió:


—Tu padre... nos ha abandonado.


La pequeña con cabello rosa no comprendía lo que su madre acababa de manifestar, por lo que decidió preguntar:


—No entiendo nada, mamá. ¿Podrías explicármelo?


—¡Nos ha dejado, se ha alejado de nuestras vidas! —Mebuki perdió la serenidad que la caracterizaba antes de leer la lamentable carta de despedida del hombre que, desde esa mañana, les proporcionó una vida digna de admiración.


Haruno Kizashi dejó a su familia al abandonar una breve carta de despedida. Sakura, a su corta edad, leyó el mensaje de un adulto que lidiaba con la depresión. Al finalizar la lectura, anheló que su padre regresara, sin embargo, ese regreso nunca ocurrió. Los días se convirtieron en semanas, luego en meses, y su regreso nunca se produjo. Seis meses después de su partida, Mebuki reconoció la magnitud de la difícil situación que les había dejado su esposo: se encontraban en la ruina, con gastos desmesurados y una considerable deuda por saldar.


Debido a la desafortunada actuación del médico, la madre, en una situación de abandono, se vio forzada a vender muebles, automóviles, joyas y otros bienes de valor con el fin de saldar sus deudas. Sakura se vio en la necesidad de dejar el colegio privado al que asistían todas sus amistades y, en su lugar, tuvo que comenzar a asistir a una escuela pública. Asimismo, su situación se deterioró, pasando de tener tres comidas diarias con postre a simplemente dos comidas sin postre. La situación que ya era preocupante se agravó aún más cuando el banco envió una notificación de desalojo. Kizashi dejó a su familia en una situación precaria, sin un futuro prometedor ni un hogar donde encontrar refugio.


A pesar de la creciente adversidad que enfrentaban día a día, la pequeña pelirrosa imploraba cada noche a Dios para que sus días tristes se transformaran en momentos de felicidad. Un día después de recibir el aviso de desalojo, Mebuki ingresó a la alcoba de Sakura en altas horas de la noche, presentando un aspecto demacrado y fatigado. En resumen, no parecía la mujer elegante y refinada que su propia hija admiraba como modelo a seguir. Esta imagen lamentable retrataba a una mujer derrotada, estresada y decepcionada.


—Sakura...—pronunció su nombre con solemnidad —. Toma todo lo que quepa en la mochila que usas para la escuela.


—Mamá, son las diez de la noche. La pequeña pelirrosa, desde su cama, observó el cansancio en el rostro de su madre. Bajo el cobertor decorado con princesas, llevaba puesta una pijama. 


—¡Haz lo que te ordeno! —Mebuki se sentía frustrada por la situación que enfrentaban, y Sakura se convertía en víctima de las repercusiones del mal humor que causaba la cobardía de su padre.


Sakura no planteó más interrogantes y cumplió con la solicitud de su madre. Reunió tres conjuntos de ropa, ropa interior, dos pares de zapatos, una toalla de un color rosa intenso, sus artículos de higiene personal, sus libros escolares y, por último, su muñeca favorita acompañada de algunos accesorios. Al finalizar, bajó al salón principal y se encontró con su madre en la puerta, quien sostenía dos maletas.


—Mamá, ¿a dónde nos dirigimos? —preguntó con curiosidad.


—Hacia nuestro nuevo hogar y una nueva etapa de nuestras vidas... —respondió de manera breve sin verla a la cara.


Mebuki abrió la puerta principal de la mansión y cruzó el umbral hacia el portón. Sakura decidió no hacer más preguntas, ya que percibía que su madre no se comportaba como de costumbre. Un sentimiento de temor la invadía al observar su manera de actuar y el aspecto que presentaba. La siguió hasta la salida de la mansión, donde ambas continuaron su camino por el sendero que las condujo hasta la calle. Posteriormente, se detuvieron para contemplar por última vez lo que alguna vez fue de su propiedad. Frente a la casa, Sakura avistó un cartel que decía: Se vende. Incluso una niña de su edad comprendió que habían perdido todo y que sería complicado recuperar cada uno de sus objetos. Prefirió guardar silencio, no deseaba que su madre la reprendiera nuevamente por hacer demasiadas preguntas en un momento inapropiado.


Reanudaron su recorrido hacia la salida de la clase alta en plena noche. Tras un prolongado tiempo de travesía sin descanso, la pequeña de cabello rosado comenzó a sentir fatiga. Tenía la impresión de que ya no podía avanzar y no tenía claro hacia dónde se dirigían. Se suponía que estaban en camino a la nueva casa que había adquirido su madre, pero se preguntó, sin poder encontrar respuesta alguna a sus apenas ocho años, cómo era posible que no hubiera podido pagar la vivienda que habían perdido. No obstante, el cansancio fue abrumador, lo que le impidió comunicarle a su madre que no había pronunciado una sola palabra desde que se alejaron de la hermosa mansión donde creció, un lugar al que nunca regresarían.


—Mamá, estoy cansada.


Mebuki hizo caso omiso de su hija por completo. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no podía distraerse con lo que Sakura intentaba comunicarle. La niña volvió a intentarlo; solo pedía un breve momento de descanso, pero su madre tenía una perspectiva diferente.


—¿Por qué no llama a un taxi que nos lleve a la casa que ha mencionado?


—Sigue caminando... —declaró, sintiendo que debía intervenir antes de que la paciencia se le agotara.


No obstante, la pequeña de cabello rosado persistió en su solicitud por un breve reposo.


—No deseo continuar caminando; sería preferible que llamara a un taxi o que nos sentemos a descansar.


—¡Continúa caminando, Sakura! —Mebuki prosiguió su camino sin voltear a mirar a su hija.


—Estoy cansada y tengo sueño, sería mejor que llamara a un taxi —insistió Sakura.


—¡Cállate, es mejor que sigas caminando porque no tengo intención de detenerme! —exclamó con irritación en medio de la calle a su hija de ocho años.


—No quiero continuar caminando —comenzó a gritar, visiblemente asustada y fatigada.


Mebuki, al perder la paciencia, tomó la mano de Sakura de forma contundente y la instó a caminar con mayor rapidez. La pequeña de cabello rosado continuó protestando y exclamando:


—¡Mamá, me duele el brazo!


Mebuki tiró nuevamente con fuerza del brazo de Sakura, lo que provocó que esta cayera de rodillas al suelo, rompiendo sus mallas favoritas.


—¡Mis mallas favoritas! —exclamó Sakura, aumentando el tono de su voz.


Mebuki se inclinó ante su hija. En su rostro se reflejaba el dolor emocional de una madre y la preocupación por una posible crueldad de la que podría arrepentirse más tarde. Con voz firme y tensa, afirmó:


—Los cuentos de princesas han llegado a su fin. Esta, mi querida hija, es la realidad que debemos enfrentar. Tu padre nos dejó por razones como las que tú representas: niña consentida, chillona y quejosa.


Mebuki se encontraba en una profunda depresión y frustración, lo que conducía a que canalizara su malestar con su propia hija, a quien responsabilizaba por ser la descendencia del hombre que las había dejado en una situación de penuria.


Una vez más, extendió el brazo de su hija a lo largo de la calle hasta llegar a la estación de tren, donde abordaron el tren a medianoche y descendieron al llegar a una de las zonas de clase baja de Kioto. Sakura, por su parte, solo se concentraba en sus pies y en la acera, sin percatarse del cambio en el paisaje que se había producido desde que bajaron del tren. Caminaron hasta llegar a una casa pequeña y de estilo antiguo. Sakura, al encontrarse demasiado cansada, no prestó atención a las condiciones de las viviendas adyacentes ni a lo inquietante que resultaría residir en aquel lugar.


Mebuki abrió la puerta de la vivienda que adquirió a un precio accesible en uno de los barrios más marginales de Kioto, tras vender su anillo de bodas y las últimas pertenencias valiosas que le quedaban. Permitió que entrara primero la pequeña pelirrosa, quien mostró asombro al observar los muebles deteriorados, los pisos agrietados y las paredes manchadas de suciades. Además, no pudo eludir el peculiar olor que impregnaba toda la pequeña casa, fruto de los muebles antiguos y la humedad.


—¿Dónde nos encontramos? —preguntó Sakura, mientras ajustaba su mochila. Luego, se arrodilló en el suelo, visiblemente fatigada por la larga travesía.


—Esta es nuestra nueva casa, así que no quiero que haya quejas sobre este lugar. Por tu culpa, hemos perdido todo. —Persistía en comportarse de manera inapropiada con su hija, como si ella fuera responsable de todas las dificultades que enfrentaban. En ese momento, Mebuki no se daba cuenta de cómo este trato negativo afectaría el futuro de su hija.


Horas más tarde, Sakura despertó sobre un futón que emanaba un olor desagradable, lo que le provocó una intensa picazón en todo el cuerpo. Al salir de aquella habitación tan angosta, se sintió invadida por una sensación de humedad y suciedad. En el centro de la anticuada sala de estar, se encontró con su madre dormida, sosteniendo en sus manos una botella de licor barato vacía.


Ignoró la atmósfera sombría y optó por dirigirse a la cocina en busca de alimentos. Indagó en el viejo refrigerador, pero no encontró nada. Decidió no despertar a su madre, pues sabía que eso provocaría un airado reproche por su parte. Así que salió a explorar los alrededores de su nuevo hogar. El paisaje no se asemejaba en absoluto al de su antiguo vecindario; las majestuosas mansiones adornadas con bellos jardines ya no estaban presentes, ni al frente ni a los lados de su vista. Los nuevos vecinos se encontraban más próximos a la pequeña casa, y había numerosas bicicletas y otros muebles en mal estado. Sin embargo, todo cambió para mejor al conocer a una niña de cabello rubio y ojos azules, que estaba al otro lado de la cerca de la casa.


—¿Te has mudado recientemente? —preguntó la niña de ojos azules.


—Sí, me llamo Sakura. ¿Y tú, cuál es tu nombre? —dijo mientras se acercaba lentamente a la cerca.


—Encantada de conocerte, me llamo Ino. —En ese momento, se escuchó el sonido de su estómago rugiendo. —¿Tienes hambre?


—Muchísima... —asintió con la cabeza—. Mi mamá está dormida.


—¿Tienes madre? Yo solo tengo padre, quien trabaja todo el día en el sótano.


—¿Qué es lo que hace su padre en el sótano durante todo el día?


—No lo sé, pero me golpea si me acerco a la puerta del sótano.


—¿Tu padre te golpea?


—Sí, todos los días —miró hacia atrás —. Un momento, ya regreso...


Cuando Ino se alejó, Sakura observó, entre sus piernas, dos grandes moretones, visibles debido al short que llevaba puesto; además, se percató de un moretón más pequeño en su delicado cuello. Después de cinco minutos, la rubia regresó y le ofreció cinco galletas junto con un vaso de leche.


—Vamos, ¿no tenías hambre?


—Gracias, Ino. —Sakura empezó a comer con avidez, disfrutando de cada bocado. Aunque las galletas no eran de las más exquisitas que había probado, sin duda la saciarían durante un tiempo, hasta que su madre despertara con resaca.


—Quiero presentarte a mi muñeca, Elizabeth Short. —Mostró su muñeca de cabello negro desde el otro lado de la cerca.


—Es muy bonita. Yo también tenía muchas, pero solo empaqué una.


—¿Jugamos? —exclamó con entusiasmo.


Las niñas se adaptaron rápidamente y jugaron por primera vez separadas por una cerca. Con el tiempo, su relación se fortaleció, llegando a ser tan cercanas como si fueran hermanas de sangre. Poco después, Sakura descubrió que el padre de Ino era un hombre abusador, lamentablemente, que ejercía abuso sexual sobre su propia hija. Era consciente del sufrimiento que atravesaba su pequeña amiga y, aunque deseaba ayudarla, se sentía impotente. Su único recurso era ofrecerle consuelo en forma de un pañuelo para las lágrimas que brotaban cada vez que se presentaba con moretones en las piernas.


La vida tampoco fue justa con Sakura. Mebuki, su madre, se convirtió en una persona alcohólica y negligente, que la insultaba diariamente. Las antiguas amistades se distanciaron, y todos actuaban como si no las conocieran al cruzarse con las Haruno. Solo les quedó adaptarse a su nueva vida en la clase baja de Kioto y resignarse a la pérdida de toda esperanza de regresar a la vida próspera y privilegiada que Kizashi había proporcionado a su familia por un tiempo.


A pesar de las adversidades que enfrentaba la familia Haruno, Sakura se dedicó con esmero a sus estudios y se esforzaba por encontrar la felicidad. Sin embargo, en su interior anhelaba con fervor el regreso de su padre, con la esperanza de que las liberara de su difícil situación. Aquellas personas que la conocían recientemente la percibían como una persona, agraciada, amable y humilde.


Cuando Ino perdió a su padre en un trágico incidente relacionado con las drogas, nunca se apartó de su lado y le brindó todo su apoyo en la medida de lo posible. Ambas niñas compartieron una infancia juntas, aunque eran muy diferentes entre sí. Sakura intentaba llevar una vida convencional, mientras que Ino adoptó una actitud más rebelde. La rubia, en ocasiones, robaba ropa y dinero de los centros comerciales, pero no transmitía esos comportamientos negativos a su amiga de cabello rosa. A pesar de la naturaleza extravagante de Ino, siempre fue la mejor amiga de Sakura, y nunca le recriminó sus acciones erróneas. Sin embargo, este día fue diferente, ya que decidió llevarla a una cafetería en la ciudad, donde Sakura encontró lo que se convertiría en su perdición. Nunca imaginó que conocer a su príncipe de cuento de hadas resultaría ser su mayor equivocación.


Antes de ingresar a la cafetería, se encontraron con una antigua amiga de la infancia de Haruno, a quien no veía desde hacía muchos años, solo a través de la televisión, cuando recibió la corona de Miss Japón 20**. Hyūga Hinata salió por la puerta de la cafetería y tuvo la grata sorpresa de reencontrarse con su amiga de infancia, de quien no había sabido nada en tanto tiempo.


—Sakura, ¿eres tú? —No podía creerlo. La emoción de reencontrarse con ella le llenó el corazón de gran felicidad.


—¡Hinata, te ves espectacular, como toda una modelo! —Sakura se alegró al ver a su amiga. Ambas intercambiaron sonrisas cálidas. —¿Cómo te encuentras?


—Estoy genial. —La joven de ojos perla alzó la mano para mostrar su anillo de compromiso —. ¡Voy a casarme con un magnate!


Las dos viejas amigas exclamaron un grito de alegría. Ino, por su parte, permaneció observando a las dos chicas con los brazos cruzados y una leve sonrisa, pues era evidente que no se sentía parte de ese círculo.


—¿Quién es tu príncipe? —preguntó Sakura con entusiasmo.


—Un magnate llamado... —sin embargo, fueron interrumpidas por una persona que pasó entre ellas. —Es mejor que te dé mi número y lo conversamos más tarde.


—Me parece una excelente idea, amiga.


Sakura guardó el número de Hinata en su teléfono móvil y luego presentó a Ino. La joven Hyuga saludó con amabilidad antes de retirarse rápidamente, dejándolas a ambas frente a la puerta de la cafetería.


—Por fin conozco a la famosa Hinata —comentó Ino con tono sarcástico.


—Es realmente hermosa, además se casará pronto. Espero que sea con su príncipe azul —dijo Sakura, soltando un profundo suspiro soñador.


—Lo único que realmente importa es que tenga dinero —opinó la rubia, un comentario que resultaba habitual en ella.


—¡Ino, no seas así! —respondió, mientras ponía los ojos en blanco. —Entremos de una vez.


Antes de entrar, se asomaron al interior de la cafetería, dándose cuenta de que estaba repleta debido a la hora del almuerzo.


—Sería mejor que nos dirijamos a otro lugar, ya que aquí los precios son excesivos —propuso Sakura.


—Ten en cuenta que necesitamos el Wi-Fi para buscar un empleo de oficina que te permita cubrir la mitad de la beca que te falta —respondió Ino mientras se acercaba a la puerta.


—Lo comprendo... Solo tomaremos un jugo de naranja y nos marcharemos.


Entraron a la cafetería en busca de una mesa desocupada. Sakura volvió a sugerir a Ino que sería mejor que se retiraran de ese lugar, pero la rubia continuaba decidida en su búsqueda. Desde la entrada, ambas inspeccionaron el lugar hasta que, finalmente, Ino encontró la mesa que estaban buscando.


—Observa hacia allá —indicado con el dedo índice de su mano derecha —, cerca de la ventana hay una mesa ocupada por dos hombres con trajes elegantes, y además hay dos asientos vacíos.


Sakura respondió con rapidez:


—Por favor, no les sugieras que nos compartan la mesa. Sería mejor que nos marcháramos de este lugar.


Ino sostuvo el antebrazo de Sakura y la condujo hacia una mesa. Atravesaron la cafetería hasta llegar al fondo, donde se encontraban dos hombres elegantemente vestidos, almorzando en silencio y con sus teléfonos en la mano.


—¿Podemos unirnos a ustedes? El lugar está bastante lleno —preguntó Ino, sin mostrar ningún tipo de vergüenza.


Uno de los dos hombres echó un vistazo a su alrededor y respondió de manera breve:


—Pueden ocupar los asientos.


Tras recibir la aprobación del caballero de traje elegante, ambas amigas se sentaron al otro lado de la mesa y solicitaron dos zumos de naranja. Los hombres continuaron almorzando, absortos en sus teléfonos móviles y sin dedicarles atención.


—Comencemos con la búsqueda. —Ino, divertida, guiñó un ojo a Sakura.


Ambas amigas se conectaron a la red Wi-Fi y comenzaron la búsqueda de empleo para la pelirrosa. Sakura se mantuvo concentrada y no se dio cuenta de que uno de los hombres en la misma mesa la observaba discretamente, alternando su mirada entre la pantalla de su celular y ella.


—Solicite la cuenta —indicó el hombre que observaba a Sakura de manera discreta.


La pelirrosa levantó la vista de inmediato al escuchar aquella voz que la cautivó. Sus ojos color jade se encontraron con unos intensos ojos negros, lo que la llevó a desviar la mirada nuevamente hacia la pantalla de su teléfono móvil. El poseedor de esos ojos negros es, sin duda, de una belleza sublime, reflexionó Sakura, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas.


La camarera se acercó con la cuenta en la mano y la depositó sobre la mesa. El hombre que aparentaba ser mayor tomó la cuenta y se levantó de su asiento. El otro hombre, de mirada intensa, también se incorporó. Sin intercambiar palabra alguna, ambos abandonaron la mesa, dejando a las dos mujeres solas.


Sakura no pudo evitar seguir con la mirada al apuesto hombre de ojos oscuros y piel clara. <<Es un grosero, ni siquiera se despidió>>, reflexionó para sí misma. Ino, al percatarse de la atención de Sakura, giró rápidamente la cabeza hacia ella y observó cómo continuaba observando a los dos hombres que se alejaban.


—¿Cuál te llamó la atención? —preguntó, divertida.


La pregunta hizo que Sakura dejara de estar hipnotizada al observar al hombre salir de la cafetería. Respondió de inmediato:


—No empieces. Ninguno me llamó la atención.


—No sigas con esa actitud apática, dime cuál te gustó —insistió la rubia.


—Te agradecería que me buscaras un empleo primero y luego responderé. —Se resistía a confesar que uno de los hombres había cautivado su atención con sus profundos ojos negros y su voz hipnótica.


La rubia se mordió el labio inferior y continuó con un aire de picardía.


—Ambos lucían espléndidos. ¿Has observado las joyas que llevaban y sus trajes de diseñador?


La pelirrosa asintió y comentó:


—Son hombres adinerados y ostentosos.


—Me parecieron familiares, pero no logro recordar dónde los he visto.


—Te propongo que continuemos con la búsqueda de empleo.


—¡Eres muy aburrido, frentona!


Concluyeron su búsqueda de empleo. Sakura solicitó la cuenta a la misma mesera que atendió a los caballeros de traje, pero esta les informó que ellos ya habían cubierto su consumo. Sin protestar, ambas abandonaron la cafetería. Una vez fuera, la rubia comentó:


—Si hubiera sabido que iban a cubrir nuestra cuenta, habría solicitado el almuerzo completo.


—¿Tienes hambre? —ya conocía la respuesta.


—Muchísima. Ayer pagué el alquiler y me quedé sin dinero; no tengo suficiente para la despensa de esta semana.


Sakura adoptó una expresión seria durante unos minutos. Caminaron varias cuadras hasta que, de repente, comenzó a quitarse sus pendientes de oro.


—Vamos a empañarlo. Aprovechemos para desayunar adecuadamente y, de paso, llevar lo que falta en casa.


—No puedes hacer eso, ¿no fue el último regalo de tu padre?


—No te preocupes, los recuperaré. Ahora lo más importante es comer.


Sakura nunca imaginó que los pendientes de oro que había guardado durante tanto tiempo le resultarían útiles en una situación apremiante. Mientras se dirigía a la casa de empeño, la rubia se interesó por saber cómo continuaba la convivencia de su amiga con su madre.


—¿Aún tienes dificultades con tu madre? —la observaba con disimulo mientras ambas caminaban por la acera de una calle concurrida.


—Sí, muchas —suspiró con cansancio —. Ella sigue sin cambiar, es la misma de siempre.


—¿Por qué no te mudas conmigo? Ya somos mayores de edad y podemos hacer frente a los gastos.


—No puedo dejar a mi madre sola. Ella no me abandonó cuando mi padre nos dejó. ¿Por qué yo haría lo mismo?


—Tienes razón, desearía haber tenido una madre, aunque solo fuera para que me hiciera reflexionar sobre mis acciones.


Ambas continuaron conversando mientras se abrían paso entre la multitud. Poco después, ingresaron a la casa de empeño. Más tarde, Sakura invitó a su amiga a almorzar y, finalmente, la llevó a un supermercado, donde le sugirió que eligiera lo que necesitara. Ella, a su vez, hizo lo mismo.


Pasó toda la tarde en el pequeño apartamento de Ino, disfrutando de las anécdotas de la rubia. Además, buscaba distraerse antes de regresar a su casa, donde su madre podría estar bajo los efectos del alcohol. Durante el tiempo que compartió con ella, no pudo dejar de pensar en aquel hombre de traje elegante y ojos negros penetrantes. Era una ingenuidad incluso considerar la posibilidad de volver a verlo, ya que comprendió que ambos pertenecen a distintas realidades. Seguramente, ese apuesto caballero tiene una pareja igualmente hermosa y adinerada.


Al llegar la noche, Ino acompañó a Sakura hasta su casa, que se encontraba a una cuadra de su apartamento. Antes de ingresar, Sakura tomó una respiración profunda y abrió la puerta. Lo primero que vio fue a su madre, tendida en el suelo y en estado de ebriedad.


—¿Dónde estabas? —preguntó Mebuki, tratando de incorporarse del suelo, aunque la ebriedad se lo impedía.


—Estaba con Ino buscando trabajo para poder cubrir la otra mitad de la beca que necesito —respondió de manera cortés y respetuosa.


A pesar de las circunstancias, Sakura mantenía una educación intachable, la misma que le había impartido la persona que, irónicamente, había olvidado la suya. Se dirigió a la cocina y comenzó a organizar la despensa. Con prudencia, se dirigió a su madre y le dijo:


—Madre, sería conveniente que tomara una ducha para que pueda descansar en su cama.


—¡No me digas qué hacer! —se levantó del suelo —. Eres una buena para nada, igual que la zorra de tu amiga.


Sakura desestimó los insultos de su madre, sintiendo más bien compasión por ella. Se preguntaba, en medio de su abatimiento, dónde había quedado aquella mujer elegante y con clase que solía ser. Cada día, al contemplar a su madre en estado de ebriedad, se hacía la misma pregunta. Esta era la rutina diaria de Sakura, y no parecía haber indicios de que la situación fuera a cambiar en un futuro cercano.


Tres semanas después, Sakura logró conseguir empleo en una clínica dental. Todo parecía estar marchando bien, pero le preocupaba el bienestar de su amiga. De la noche a la mañana, empezó a disponer de suficientes recursos económicos para hacerle un regalo costoso: unas elegantes zapatillas de Chanel en color negro, con punta cerrada y suela roja. Conocía bien a su amiga y aguardaba con esperanza que le revelara en qué asuntos se encontraba involucrada en ese momento, temiendo que no se tratara de algo que pudiera acarrearle serios problemas.


En un día habitual, la pelirrosa observó a su jefe atravesar la entrada de la clínica dental en la que laboraba y lo saludó de manera acorde.


—Sai, tienes una agenda cargada. La primera cita está programada para las diez.


El hombre de tez pálida sostenía un café mientras contestaba:


—Hoy cerraremos a las nueve de la noche.


—Excelente.


Era sábado y estaba oficialmente considerando el tiempo como extra. Una hora más tarde, Sakura recibió una llamada de un número desconocido, pero decidió no contestar. En menos de cinco minutos, recibió un mensaje de texto, lo que la llevó a consultar su teléfono y leer el contenido del mensaje, que decía: ¿Cómo estás?


Sakura, intrigado por la identidad de la persona que se ocultaba tras el número desconocido, respondió al mensaje de texto: ¿Quién eres? No reconozco este número.


De inmediato, recibió una respuesta:  ¿Deseas saber quién soy? Te espero a las doce del mediodía en la cafetería **.


Sakura volvió a insistir: ¡Indícame quién eres!


Una vez más respondieron: 

Nos encontramos en la cafetería, chica de ojos jade.


Sakura optó por no responder a la invitación. Se preguntaba cómo podría reunirse con alguien a quien no conocía. Esa persona podría ser un individuo con intenciones maliciosas, un violador o incluso una simple broma de alguien que la conocía. Continuó con sus tareas laborales; sin embargo, a la una de la tarde recibió otro mensaje de texto del mismo número desconocido, que decía: Te estuve esperando, chica de ojos jade, y nunca llegaste.


Sakura, visiblemente irritada, respondió: No sé quién eres y no deseas proporcionarme tu nombre, así que te pido que dejes de incomodarme.


A continuación, recibieron otro mensaje de texto: ¿Te gustaría que me presentara en tu lugar de trabajo?


Antes de proceder a bloquear el número desconocido, Sakura respondió: Estás loco, por favor, deja de molestar.


Sakura mantuvo una expresión seria durante varios minutos, intrigada por la identidad de la persona que la contactaba, dado que se trataba de una joven reservada que no compartía su número con cualquiera. Continuó con su jornada, dejando de lado los mensajes de aquel número desconocido.


La jornada laboral llegó a su fin. Antes de retirarse de la clínica dental, un Lamborghini negro estacionó frente a la entrada. Ella decidió ignorar el ruidoso deportivo extranjero, ya que no era inusual ver un vehículo de esa marca transitando por esas calles. Era consciente de que su jefe, Sai, contaba con numerosas amistades y familiares de posibilidades económicas significativas, por lo que no le otorgó mayor relevancia a la situación. Recogió su bolso, una imitación de una marca reconocida por su elevado costo, y se despidió de Sai. Al salir de la clínica dental, pasó junto a un lujoso automóvil deportivo, sin prestar atención a quién podría ser su propietario. Siguió su trayecto como lo hacía cada noche, cuando escuchó el sonido de la puerta del vehículo al abrirse —un sonido característico de la liberación de aire, inconfundible entre otros automóviles convencionales — y una voz masculina pronunciar:


—Aquí me encuentro, chica de ojos de jade. —La persona que descendió del Lamborghini las saludó con gran confianza.


Sakura prestó atención y deseó identificar la voz. Al girarse, se quedó sin palabras. Quien la llamaba desde el vehículo deportivo era un hombre de traje elegante y mirada profunda. Este atractivo individuo tenía el cabello color azabache, peinado hacia atrás; en la penumbra parecía aún más oscuro, aunque anteriormente ella lo había visto a plena luz del día. Era un hombre de estatura elevada, cuya figura resaltaba gracias a un elegante traje a la última moda. Rodeó al automóvil de lujo, caminando con pasos que reflejaban una gran confianza en sí mismo. Sus manos se encontraban en los bolsillos de su pantalón, permitiendo entrever un Rolex de oro blanco que adornaba su muñeca.


—¿Me recuerdas? —dijo, apoyándose en su automóvil deportivo de importación.


Sakura, aún atónita, preguntó:


—¿Eres el hombre de hace tres semanas?


El hombre de cabello azabache respondió con tranquilidad:


—Sí, me llamo Sasuke.


Sakura no lograba entender lo que sucedía y comenzó a formularse diversas preguntas: ¿Cómo era posible que conociera su número de teléfono celular? ¿De qué manera sabía dónde trabajaba? ¿Acaso se encontraba en un sueño? Todas estas inquietudes originaron un proceso de interrogatorio interno.


—¿Cómo conseguiste mi número de celular? —preguntó con calma, evitando demostrar nerviosismo ante la presencia de tan atractivo caballero.


Sasuke, manteniéndose en la misma postura, apoyado en su lujoso automóvil deportivo, respondió con tranquilidad:


—En la cafetería te conectaste al Wi-Fi; yo utilicé una aplicación para configurar tu número de celular. Reconozco que es una falta de respeto, pero me llamaste mucho la atención.


Los ojos de la pelirrosa se abrieron por completo. Su explicación sonó extraña y, a la vez, lógica. Continuó con la investigación sin inmutarse:


—¿Cómo sabías dónde trabajo?


—Ese hombre —indicó con un gesto hacia el interior de la clínica dental —, Sai, es un primo lejano mío. Ayer, durante mi visita, me encontré por casualidad con tu fotografía en lo que supongo es tu escritorio.


¿Fue una simple casualidad o se trataba de un acosador? Sakura sintió un escalofrío recorrer su piel, pero continuó con su interrogante:


—¿En qué puedo ayudarte?


El hombre de cabello azabache sonrió de manera insinuante. Esta expresión hizo que Sakura se sonrojara. Su atractivo era innegable, de pies a cabeza.


—Te acabo de decir que llamaste mi atención y quiero invitarte a cenar, ya que me dejaste planteado a mediodía.


—Lamento la situación, pero no estaba seguro de quién podría ser. En la actualidad, con tantos casos de violación, no es prudente presentarse a una 'cita' con un desconocido —comentó con ironía.


El azabache exhaló un suspiro antes de continuar con su discurso:


—Ahora que conoces mi identidad, ¿aceptarás mi invitación?


—No te conozco, por lo que no puedo aceptar —respondió de manera rápida.


—¿Acaso doy la impresión de ser alguien que busca hacerte daño? —preguntó con tono sarcástico.


—No, no te conozco. —Observó cómo abría la puerta del pasajero.


—Podemos ir a donde desees. Antes de que subas, por favor llama a alguien y proporciónale el número de placas de mi automóvil, así como también mi nombre y una descripción de mi apariencia.


Sakura no deseaba dejar escapar esta oportunidad, pero estaba preocupada por su seguridad. Antes de avanzar, le advirtió sobre lo que creía que él podría esperar a cambio.


—Si deseas pasar tiempo conmigo, ten la certeza de que no soy una mujer fácil.


—No ocurrirá nada que no desees. Te doy mi palabra.


La pelirrosa intentó enviar un mensaje de texto antes de acercarse al Lamborghini. Posteriormente, se dirigió hacia el lujoso vehículo deportivo. Sin embargo, al situarse al lado de Sasuke, experimentó nuevamente la misma sensación que tuvo en el primer contacto visual. Esos ojos profundos la cautivaban intensamente, y el aroma de su perfume era a la vez exquisito y lujoso. Aunque los nervios intentaban apoderarse de ella, no permitiría que su comportamiento se asemejara al de una adolescente deslumbrada por la presencia de un hombre tan atractivo. Su fragancia elegante, su traje impecable y las joyas adornadas con diamantes negros eran impresionantes, pero nada se comparaba al efecto que generaba su voz, tan varonil y autoritaria. Subió al interior del Lamborghini; era la primera vez que contemplaba el interior de un deportivo de alta gama. A continuación, esperó a que él hiciera lo mismo.






Primer capítulo. La historia ha sido concluida; en este momento me encuentro en el proceso de corrección y adición de contenido a cada capítulo. Agradezco sinceramente su lectura, votos y comentarios.

No respalden a escritores que incurren en plagio. Asimismo, les pido que no compartan esta historia en otras plataformas ni realicen adaptaciones con otros personajes. Es fundamental respetar el trabajo de los demás.