Anagénesis: La Destrucción Del Viejo Mundo

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Sinopsis

Ya no hay cielo. Solo un blanco sucio que asfixia y abrasa. Los hombres dejaron de buscar redención cuando se dieron cuenta de que no había nadie escuchando. Las ciudades se caen a pedazos, los cuerpos valen menos que el metal, y las palabras solo sirven para engañar o matar. Él no recuerda por qué sigue vivo, ni qué lo obliga a avanzar entre el polvo y la sangre. Solo sabe que algo —o alguien— lo empuja. Tal vez un dios muerto. Tal vez un ruido en su cabeza. Tal vez nada. Esta no es una historia de salvación. Es el grito sin voz de un mundo que ya no puede empezar de nuevo.

Genero:
Adventure/Drama
Autor/a:
SkoseCTM
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1: Y entonces hubo sol.

El sol no salía, pero el cielo ardía con un color entre ámbar sucio y sangre vieja. La arena lo cubría todo, incluso los recuerdos. En el polvo de la mañana, caminaba solo.

Me ajusté la correa de la maleta cruzada en la espalda. Una de esas que antes servían para cargar fajos de billetes después de un robo al tren... ahora servían para cosas peores. Cerré el broche con un clic oxidado y salí del viejo almacén abandonado que usaba de refugio cuando el frío apretaba.

Las calles de Polvo Seco eran como siempre: arruinadas, lentas y llenas de idiotas con el gatillo fácil. Aquí no avanzamos desde 1890, solo que ahora las armas no disparan balas... disparan presión, fuego líquido, o simple rabia comprimida. Nada elegante. Todo sucio.

Me interné en la zona ilegal, la que todos llaman El Derrumbe. Las tiendas ilegales eran un laberinto de toldos rotos, barandales que chirriaban y luces parpadeantes que zumbaban como insectos enfermos. Algunos vendían piezas de armas oxidadas, otros recuerdos de una era que nunca existió. Todo robado. Todo inútil.

La cantina estaba justo donde recordaba: una vieja estructura hundida entre chatarra y concreto partido, con un letrero colgante que decía “straaus”. Siempre me gustó ese nombre. Corto. Sin sentido. Como yo.

Empujé la puerta con el hombro. Dentro, la luz era ámbar, casi tan sucia como el aire. Olía a aceite quemado, a sudor seco, a historias mal contadas. Hombres encorvados jugaban a las cartas, una mujer dormía sobre la barra. Y al fondo, los carteles: decenas de ellos, clavados como un altar de la desgracia.

Me acerqué al mostrador. El cantinero me vio sin moverse, como si ya supiera por qué venía.

—¿Otra vez tú, CC-01? —dijo con la voz de quien fuma hierro y come clavos—. ¿Qué traes hoy?

No dije nada. Saqué la cabeza envuelta en tela y la puse sobre la barra. El bulto golpeó con un sonido hueco. La tela se empapó un poco en la base. Un ojo muerto me miraba desde dentro.

—El Tuerto. Lo querían vivo, pero no dieron especificaciones muy estrictas, ¿o sí?

El cantinero soltó un resoplido. Sacó un saco mugroso de debajo del mostrador y lo arrojó hacia mí. Dentro, cinco Esclavas de Latón. Eran como engranajes medianos, tallados con símbolos de viejas órdenes, casi como monedas sagradas. Aquí valían más que una Biblia entera.

—Solo cinco. Fue fácil.

—No fue fácil. El bastardo se escapó al norte, me costó tres días seguirle el rastro, y dos balas en el hombro —gruñí.

—No hay bono por lloriqueos, cazador. O te lo quedas, o lo dejas.

Me quedé quieto un segundo. Luego tomé el saco. No valía la pena discutir. No con él. Me giré, pero antes de cruzar la puerta, soltó una última frase:

—Ya sabes cómo es Straaus. Si entras, hay pelea. Si sales, mejor que no vuelvas.

Lo siguiente fue como siempre. Me sacaron a patadas.

Rodé por la arena y escupí polvo. Me limpié el labio con el dorso de la mano, escupí de nuevo y sonreí para mí mismo.

—Siempre la misma mierda.

Me dirigí a un puestecillo oxidado unos metros más allá. Viejo, desvencijado, con una lona mal colgada como techo. Un hombre sin brazo y con un cigarro clavado en la encía vendía piezas de armas, partes robadas de mecas de guerra, y chatarra vieja con esperanza.

—Necesito un resorte de percusión reforzado. Uno que aguante más de seis disparos sin joderse.

El hombre me miró con un solo ojo.

—Cinco esclavas de latón. No menos.

Suspiré. Le lancé el saco y recibí el resorte. Estaba caliente, como si lo hubiera tenido en la entrepierna.

Volví a caminar. Mientras el cielo seguía ardiendo allá arriba, entre llamas que no eran fuego, ni cielo, ni Dios.


El cielo seguía blanco, como una sábana vieja tendida sobre el cadáver del mundo. No había azul desde hacía décadas. El sol no se veía, pero el calor apretaba los pulmones como una mano invisible. Nadie sabía de dónde venía ese calor, pero todos lo odiaban. Se colaba en la ropa, en las armas, en las grietas de la mente.

Caminé de regreso a casa. Si a eso se le podía llamar casa.

Mi taller estaba a tres cuadras del Derrumbe, detrás de un viejo almacén con el techo fundido y una torre oxidada que a veces zumbaba cuando el viento soplaba con rabia. Tenía una sola entrada con una puerta de metal que chirriaba como si se quejara de seguir en pie.

Adentro, el calor era peor. Olía a grasa seca, a metal quemado, a cables viejos y a sangre olvidada. Mi mesa de trabajo estaba cubierta de herramientas: martillos, tenazas, tubos de presión, válvulas, resortes, engranajes y retazos de armas que alguna vez mataron a alguien más. A un lado, guardaba dos chapas de guerra colgadas de un clavo. Nunca fui soldado, pero las encontré una vez en el cuello de alguien que intentó matarme. Me las quedé como recordatorio: o matas, o te matan.

En la esquina del taller yacía la mitad de un caballo robótico. Solo la parte delantera, con cables expuestos y patas de acero colapsadas. No servía, pero lo usaba de banco. A veces le hablaba. No porque creyera que me entendiera, sino porque no había nadie más.

Encendí la lámpara del techo. Zumbó, titiló, y se mantuvo viva. Apenas. Me senté frente al revólver. Mi compañero. Una reliquia de acero pesado, cargado con rabia y óxido. Le quité el tambor, saqué el resorte viejo y metí el nuevo que acababa de conseguir. Calzaba bien. Ajustado. Me gustó.

Cuando terminé, limpié el sudor de la frente con la manga y me dejé caer en la silla.

Entonces lo vi.

Un recibo, amarillento y medio doblado, estaba clavado en la pared con un cuchillo. Lo había olvidado por completo. Lo desclavé y lo leí, aunque ya me sabía el contenido.

"Adeudo: 12 esclavas de plata. Fecha límite: dos lunas pasadas. Intereses acumulados: tu vida."

Me quedé mirando el papel como si fuera un fantasma. No tenía ni una sola esclava. Ni de cobre. Ni de latón. Nada. Había comido pan viejo y sangre enlatada los últimos días. Dormía poco. Soñaba con voces que ya no recordaba.

Miré a mi derecha. La pared de los condenados.

Carteles. Al menos diez. Todos rotos, arrugados, clavados con grapas y óxido. Cada rostro tenía una historia. Cada historia, una recompensa. Algunos decían “Se busca vivo”, otros solo decían “Sin cabeza es suficiente”.

Uno de los carteles me llamó. Un rostro viejo, surcado por arrugas como grietas en una montaña. Barba descuidada. Ojos pesados.

"Lino Barrera. Buscado por asesinato a grado mayor, incitación del suicidio, y robo a mano armada. Cuatro veces. Mismo día. Recompensa: 1 esclava de plata."

No era mucho, pero era más que nada. Era el primero de doce pasos.

Guardé el revólver recién reparado, agarré mi soga de amarre, una botella de agua a medio llenar y salí de nuevo. No tenía tiempo para dormir.


Lino estaba al sur, según el cartel. Zona de las torres caídas. Unas estructuras enormes que antes daban energía a los pueblos. Ahora eran solo esqueletos metálicos, nidos de cuervos y ladrones.

El viaje fue largo. Horas caminando entre tierra seca, piedras calientes y ruidos lejanos. Los árboles eran solo postes retorcidos. No crecía nada. Todo estaba muerto o esperando matar.

Yo también me sentía muerto. Los párpados me pesaban como placas de hierro. La boca seca. La espalda encorvada. Pero no podía detenerme. Si no pagaba esa deuda, alguien vendría por mí. Y yo no quería estar en mi propia pared de carteles.

Vi humo a lo lejos. Una fogata. Me acerqué en silencio, usando el ruido del viento para cubrir mis pasos.

Ahí estaba.

Lino Barrera.

Sentado sobre una piedra, calentando una lata sobre la llama. Su rostro era aún más viejo en persona. Pero no era débil. Sus movimientos eran lentos, pero medidos. El tipo no temblaba. No dudaba. Era como un cuchillo oxidado: no brillaba, pero aún cortaba.

Me acerqué con la soga en la mano.

—Si eres listo, no dispares —le dije.

Lino ni se giró.

—Te escuché desde que bajaste del risco, chico. ¿Eres uno de esos cobradores, o solo tienes hambre?

—Tengo deudas. Tú vales plata.

Suspiró. Apagó la fogata con el pie.

—Entonces haz lo que tengas que hacer.

No opuso resistencia. Lo até con firmeza. Casi con respeto. Nos miramos por un segundo. Dos hombres cansados. Sin patria. Sin nombre. Solo con precio.

—Te arrastraré si no caminas —le advertí.

—Arrástrame, si quieres. Ya viví demasiado.

Y eso hice. Le até la soga a la cintura, lo tiré al suelo, y empecé a andar.

El camino de regreso fue largo, lento, caluroso. Mis botas pesaban. Mi alma también.

Pero ya tenía una esclava de plata.

Faltaban once.


El camino de regreso no era más fácil que la ida. Las piernas me temblaban. El calor se metía por los poros y me hervía por dentro. Lino caminaba lento, arrastrando los pies y la soga, como si el polvo lo quisiera enterrar antes de llegar. Aun así, no se quejaba.

—¿Tienes agua? —preguntó, sin mirarme.

Le pasé la botella. Tomó un trago largo. Me la devolvió. Ni gracias dijo. No hacía falta.

Caminamos un rato más. Solo los pasos y el viento nos hacían compañía.

—¿Cuántos años tienes? —soltó de pronto.

—No lo sé.

—¿Cómo que no?

—No tengo registro. Nunca celebré uno. No tengo madre, padre ni historias que contar. Me despierto, como si hubiera nacido ya con barro en la espalda.

Lino asintió, como si entendiera.

—Pareces joven. Pero caminas como viejo.

—Me siento viejo. Muy viejo. Como si ya me hubiera muerto varias veces.

Se rió. Una risa sin alegría.

—Eso sí lo entiendo.

Nos detuvimos a la sombra de una torre caída. Unos alambres colgaban como raíces metálicas. Me senté un rato, Lino también. El viento sopló despacio, pero ni así refrescaba.

—¿Por qué haces esto? —me preguntó de pronto.

—¿Cazar?

—Vivir.

Lo miré. No sabía qué responder. Así que dije la verdad.

—No sé.

Se quedó en silencio. Luego habló, bajito.

—Yo sí sé por qué viví. Por venganza. Por rabia. Por amor también, al principio. Después... solo por costumbre. Y ahora, por última vez, por ti.

Lo miré. Tenía los ojos apagados. Tristes. Como si cargara siglos de polvo en los párpados.

—Cuando me entregues, me mataré. Ya lo decidí. No es amenaza, ni manipulación. Solo... ya no quiero seguir. Y esta esclava que valgo, es mi forma de decir que... bueno, que algo de mí sirvió para algo.

Tragué saliva. No sentí lástima. Solo una punzada rara en el pecho.

—No sé si es noble o estúpido.

—Probablemente ambas.

El silencio se alargó como sombra. Luego hablé, sin saber por qué.

—Yo... a veces me despierto con ganas de no moverme. No siento dolor, ni tristeza exacta. Es más como... un vacío pesado. Pero aun así me levanto. Como si algo me empujara. No sé si es compromiso. No sé con qué. Ni con quién.

Lino me miró, sin burlarse.

—¿Crees en algo?

—No.

—¿Nada?

—Quizás en que todo esto es una burla divina. Como si algo se riera desde el cielo blanco, lanzándonos calor sin sol, tierra sin vida, y razones sin nombre.

Él asintió.

—Yo creí una vez. En alguien. En algo. Pero con los años... uno se seca por dentro.

—¿Tuviste familia?

—Tuve. Una hija. Murió. Tenía ocho años. Después de eso, me deshice por dentro. Empecé a hacer cosas para no pensar. Para castigar. Para gritar sin voz.

No dije nada. Solo apreté los dientes.

—Tú aún puedes encontrar tu motivo —dijo, mirándome—. Y si no lo encuentras, quizás tú eres el motivo de otro.

—¿Y eso qué cambia?

—Nada. Pero es algo.

Nos levantamos. Seguimos andando. Los dos igual de rotos. Él con la soga, yo con el alma.

Por un momento, no fuimos cazador ni presa.

Solo dos hombres cansados. Esperando que el camino se acabara.

Ya era tarde. La noche se había tragado el desierto, y el calor se volvió pegajoso, como si no quisiera irse. El cielo seguía blanco, pero más oscuro, más enfermo. Como una sábana vieja llena de humo. Paramos. Mis piernas ya no respondían.

Puse una fogata con madera húmeda. No ardía bien, pero daba luz. Me senté sin decir palabra. Lino se acomodó a unos pasos, exhausto. Le quité la soga de las manos. Aún tenía los pies atados, por precaución. Le quité todo lo que pudiera usar como arma. Mi revólver lo tenía cerca, casi dormía con el dedo en la funda.

Le lancé una lata.

—Come.

La atrapó con torpeza.

—¿Vísceras?

—Es lo que hay.

Él rió suave. Abrió la lata y empezó a comer despacio, como quien saborea sus últimas migajas.

—Gracias... por no tratarme como un perro.

No dije nada.

—A pesar de ser un bueno para nadie —continuó, entre mordida y mordida—, pareces ser más que eso. No sé por qué, pero lo pareces.

El fuego crepitaba. El viento golpeaba seco. Se escuchaban cosas a lo lejos. Pasos, aullidos, motores rotos. Pero todo quedaba lejos. En ese momento, el mundo era solo nosotros dos, y ese fuego débil.

—¿Crees en redención? —preguntó Lino.

—No.

—Yo tampoco —murmuró, y sonrió con tristeza—. Pero espero que tú llegues a algo. Aunque no sepas qué es.

Asentí sin mirarlo. Luego vino el silencio. De esos que pesan más que una conversación.

Hasta que el disparo lo rompió todo.

Un estallido seco. Preciso. Lino se fue hacia atrás, la cabeza rota por un agujero limpio. Su cuerpo cayó como si nunca hubiera tenido alma.

Me levanté de golpe, desenfundando, pero ya era tarde. Cuatro figuras salieron de la oscuridad. Trajes desgastados, armados hasta los dientes. Uno de ellos, alto, con un chaleco lleno de insignias oxidadas, levantó la mano.

—Bajo arresto, bastardo —dijo con voz firme—. Por asesinato, caza ilegal de recompensas, tráfico de drogas, robo a mano armada, suplantación de identidad... y un largo etcétera.

—¿Solo eso? —solté, con media sonrisa.

—Además, tienes una condena de muerte encima. Si vienes con nosotros, será rápida. Y sin dolor. Nosotros ganamos la recompensa. Todos felices.

Miré a Lino. Sangre en la tierra. Su esclava de plata aún colgando de su cinto. Mierda. Se la quería entregar... él solo quería hacer algo bueno.

—Y si no voy con ustedes... ¿qué? —pregunté, ya tanteando mi cinto.

—Te haremos pedazos.

Metí la mano en la mochila y lancé algo. Ellos se agacharon de inmediato, cubriéndose.

Pero solo era una lata rota.

—¡Hijo de...!

Corrí.

El desierto de noche es traicionero. Cada sombra parece viva. Las balas empezaron a silbar detrás de mí. Una me rozó el brazo. Otra rompió el metal oxidado de un poste. Corrí como si la vida se me fuera con cada paso.

Y entonces lo vi: el risco.

Subí sin pensar. Rocas sueltas, tierra podrida. Al llegar, el suelo me traicionó. Una roca cedió y mi pie resbaló.

Caí. Me quedé colgado con una sola mano de una raíz metálica que salía de la roca. Abajo, la nada. Láminas oxidadas. Muerte.

Uno de ellos se acercó, mirándome desde arriba.

—Hasta en tus últimos momentos eres patético.

Me pisó los dedos.

Caí.

El viento me golpeó. El mundo se volvió una mancha borrosa. Sentí el golpe en la espalda, el metal cediendo bajo mi cuerpo. Láminas rotas, sangre, huesos crujientes. Todo negro. Todo rojo. Todo ruido.

Y luego, antes de desmayarme, escuché algo.

Un grito. No entendí qué decía.

Y vi el cielo. El blanco se abrió.

Por primera vez, vi el sol.