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ALERTA:
Lo que sigue muestra un estado mental alterado y frágil. No hay nada admirable en lo que ocurre. Las malas decisiones simplemente dejan consecuencias. Nada de lo que ocurre a continuación pretende justificarse. y recuerden mis queridos lectores, un estado “alterado” no amplía ni mejora nada, es temporal. Por cierto, feliz año nuevo.
SUNNA
21 de Octubre
Tenía un sueño.
Y era casarme con él.
Mi forma de entender el amor se reducía a dos cosas: cariño y vasallaje, así fue como mi criaron y lo comprendí. Luego, con los años entendí que estaba equivocada. También existe el deseo, la confianza, el respeto y la honestidad. El cariño es necesario, sí, pero nadie debería someterse a otra persona por mucho que la ame. Eso no es amor.
Por eso era consciente de que mis sentimientos por él nunca fueron del todo reales. Aun así, me negué a admitir una derrota sin haber luchado.
Ya lo había planeado.
Primero lo llevaría al club donde solíamos colarnos. Después de bailar nos iríamos a un lugar que conocí durante una escapada de trabajo y que, la primera vez que vi, me sedujo en su hechizo al instante. Era... como mirar sus ojos. un celeste mezclado con dorado que siempre me pareció perfecto, y yo tambien quería que él los viera.
Luego, le mostraría la marca que hizo arder mi piel por primera vez. Y al final, mientras observábamos el atardecer, diría aquellas palabras:
«Cada vez me resulta más imposible contener este sentimiento. Cada vez me es más difícil apartar la mirada de ti. No soy la mejor persona y tampoco intento serlo, pero si es lo que necesitas, si es lo que deseas, entonces lo haré.
Para mí eres como un sol hermoso envolviendo un cielo pacífico. Uno que a veces da miedo seguir. Tal vez no me acerqué a todas las palabras que quería decir, pero aun así las dije por ti. Me cuesta ser sincera. Me cuesta demostrar afecto. Pero quiero intentarlo, Ryan. Quiero hacerlo contigo. Así que... ¿me darías la oportunidad? Joder, suena ridículo. Suena jodidamente asqueroso... No digo que sentirlo lo sea, no. A lo que voy es... sé mi novio ¿Si?».
Pensar y recordar duele. No obstante, duele más no haber podido decirlas y tener que guardarlas.
Y ahora, solo puedo decir esto:
—Despliega tus alas, precioso ángel. Siempre serás recordado.
Él era cálido por naturaleza, pero esa misma pureza terminó siendo su debilidad esa es la razon por la que se fue.
Los sollozos llenan mis oídos sin parar. Al frente, su madre, desolada, no puede evitar gritar su nombre, rogándole que despierte. A su lado, su padre tampoco logra ocultar su duelo. Presenciar una escena tan desgarradora me incomoda me hace sentir fuera de lugar
El cielo, antes despejado, comienza a oscurecerse poco a poco. El ambiente, que era fresco, cambia y muerde mis manos descubiertas. Levanto lentamente la vista y unas cuantas gotas tocan mis mejillas.
Las voces no se detienen, pero yo no puedo apartar la mirada de arriba donde la lluvia aumenta. siento la ropa adherirse a mi piel, y un sonido blanco tranquiliza los ritmos inquietos de mi corazón. Aun así, nada llama tanto mi atención como esas gotas constantes cayendo del cielo.
Sigue doliendo. Mi mente sigue jodiendo. Sin embargo, las preocupaciones y el sentimiento de asfixia se aflojan un poco, deslizándose con las suaves gotas que caen desde arriba.
Es... refrescante.
Desde el accidente de Ryan y su partida, solo deseabacallarlas voces dolorosas de mi corazón. Quién diría que algo tan sencillo podría concedérmelo. Me quedo así, con los ojos cerrados y los hombros sueltos.
Entonces, una voz suave y melodiosa rompe la tranquilidad y pronuncia una sola palabra:
—Sunna —susurra, alargando mi nombre.
El ambiente no cambia. Los sollozos siguen llenando el aire y las personas presentes continúan lamentando una partida inesperada. Mis manos siguen heladas, mi cabeza permanece levantada hacia el cielo. Aparentemente nada ha cambiado. Entonces... ¿cómo puede ser posible?
Las palpitaciones de mi corazón se disparan. Una sensación de vértigo se apodera de mi cuerpo. Abro los ojos como respuesta y, con la mirada desencajada, bajo el rostro.
En lugar de alivio, una ráfaga de inquietud me golpea al verlo. La lluvia resbala por su rostro, donde una sonrisa enorme y cálida permanece intacta. Es él. De verdad es él.
Nunca debes consumir tu propio producto. Esa es la regla básica de este negocio. Hasta cierto punto seguía las restricciones, por algo existen, ¿no? Pero ya me había cansado de obedecerlas. Al final, romperlas me dio más que respetarlas.}
En conclusión, el polvo rosa provoca alucinaciones auditivas y visuales. Con razón la cantidad de clientes.
—Vamos a casa —habla con calidez mientras cubre mi cabeza con su mano para protegerme de la lluvia. Su sonrisa no se debilita—. Vas a enfermarte y no quieres eso, ¿cierto?
Es irreal. No es posible.
El aire se vuelve pesado. Las gotas pesan con cada inhalación.
—Vamos, ¿que esperas?.
Ninguna palabra sale de mis labios entreabiertos. Lo examino unos segundos mas, y llego a confundirme si es real o no. Llevo las manos a mi pecho cuando un dolor punzante me obliga a doblarme. A pesar de su partida, el sentimiento de desesperación se niega a irse. Al contrario, aumenta sin parar.
—Sun...
Mis jadeos se vuelven más fuertes y, aunque su voz empieza a apagarse, su silueta sigue ahí, frente a mí. Sin desvanecerse.
«¿Por que?» «¿por que?»«¿Por que estas aqui?»pienso, aterrada.
El miedo nubla mi juicio
—No estés triste —murmura dando un paso adelante. No aparta la mirada—. No te culpes por algo que no sabías que venía. La vida es dura, pero debes enfrentarla.
Mis cejas tiemblan.
—¡No deberias estar aqui! ¡No delante de mi!— grito afligida.
Niego con la cabeza mientras el sonido blanco de la lluvia me hace dudar de todo. Intento apartar los pensamientos, resultando imposible.
—Te odio... —confieso entre jadeos, bajando la cabeza al suelo húmedo—. Ojalá nunca nos hubiéramos conocido.
Por mi culpa perdió la movilidad de sus piernas. Por mi culpa mintió a sus padres. Y por su culpa me encariñé con alguien que me lo jodió todo. Lo odio por entrar en mi vida. Lo odio por irse y dejar promesas inconclusas. Y lo odio aún más por confiar en mí. Odio que fuera tan bueno y que su final tenga que ver conmigo.
Mis ojos no derraman lágrimas, pero mi corazón se atasca en silencio porque no sé cómo seguir. No se como.
—También te odio, pequeña Sunna —dice con dulzura, mientras sus dedos suben y acarician mi mentón tembloroso.
Mis defensas caen de golpe. Intento mantener el rostro frío, pero el gesto se me quiebra- Esas palabras no deberían doler tanto.
Habia vivido en una fantasía de perfección que mis padres construyeron para mí. Siendo esa típica niña que sonreía ante todo. Inocente. Ingenua. De las crías que creen que los monstruos solo existen en los cuentos y que las cosas malas les pasan a otros, nunca a ella. Que se siente inmortal, porque nunca ha tenido motivos para pensar lo contrario.
Y luego... bueno, luego me arrancaron la venda a tirones y me obligaron a ver lo que había debajo.
Esa es la razón por la que aprendí a hacer todo sola y, eventualmente, él entendió que era porque si no lo hacía yo, entonces nadie más lo haría por mi.
—Por eso asegurate de vivir bien.—dice por ultimo, con una sonrisa que no puedo seguir observando.
Después se da la vuelta, camina en dirección a su féretro y se marcha sin mirar atrás.
La lluvia me empapa por completo. El cuerpo me tiembla de frío. Las manos, los labios, la nariz están helados, pero ni siquiera trato de moverme.
«¿Por que?»«¿Por que ahora?»«¿Por que vienes y te vas asi?»
Si me odia, lo comprendo. Pero ¿vivir bien? Después de todo lo que causé y de lo que aún causaré, no lo merezco.
—¿Que es lo que te pasa?—una voz distante, habla sin cesar.
—Por favor...—la voz se me quiebra— Ya no.
—Merde. Regardez-moi
Mi mirada está ida y el cuerpo se me siente ajeno, como si no me perteneciera. Es como si mi conciencia estuviera unos centímetros más arriba y, desde ahí, observara y viviera todo. En el paladar se me queda un sabor agrio que raspa mi garganta. La nariz me moquea y arde, dificultándome la respiración.
Unas manos tocan mi rostro empapado y los dedos fríos me devuelven algo de lucidez. Es entonces cuando las voces se vuelven nítidas.
—...Se va a desmayar...
Las piernas me fallan y caigo al suelo, embarrándome con la tierra húmeda. El cuerpo se me siente débil y caliente. Los dedos no dejan de temblarme.
—Por favor, dennos un poco de espacio para que pueda circular el aire.
Carajo. Una loquera.
Me levanto del suelo como puedo y la observo por encima del hombro. Debo mostrar poder, no debilidad.
—Estoy bien —digo, despacio, con firmeza.
La mujer abre los labios para continuar examinándome, pero el cuerpo de padre se interpone y toma mi mano.
—Está bien, retírese.
Ella asiente levemente y, sin decir nada más, se da la vuelta para regresar con la multitud. No recuerdo en qué momento llegué a la entrada del cementerio.
Padre recibe un paraguas de un sujeto que aparece de la nada y nos cubre de la lluvia. Sin soltar mi mano, eleva la voz.
—Llamaré a tu psicóloga para una sesión mañana por la tarde.
Una risa sin sentido se me escapa mientras niego con la cabeza. Demasiadas cosas pasan a toda velocidad por mi mente. Una de ellas es la mujer que solía venir a casa para mis sesiones.
Desde nuestro primer encuentro me pareció fascinante. Había algo en su forma de expresarse, en cómo lograba descubrir pequeñas partes de mí que yo creía bien escondidas. Al principio me incomodaba, me ponía tensa, pero con el tiempo empecé a esperarla con cierta ansiedad. Me gustaba que viera cosas que nadie más veía.
Hasta que le conté lo de hace tres años y perdí el control. Lo único que recuerdo es despertar con las manos manchadas de sangre, la ropa empapada de rojo y a ella... Soleil tirada inconsciente en el suelo, con la frente abierta.
Después de ese día trajeron a más personas. Mis citas pasaron a ser supervisadas pero nunca volví a mostrarme de verdad con nadie después de ella.
Soleil despertó mi curiosidad y yo desperté la suya.
Por eso, en las sesiones siguientes aprendí a manipular. A engatusar a cada loquera o loquero que cruzara la puerta de mi habitación. Uno tras otro todos creían mis mentiras. A veces soltaba pequeñas verdades, solo las que me convenían.
Así fue como llegué hasta aquí.
—Su partida fue lo último que me faltaba para enloquecer, papá.
No veo a mamá ni a Novah cerca. No hay nadie más alrededor, solo nosotros dos. La lluvia golpea el paraguas y se desliza hasta mis hombros, que no quedan del todo cubiertos.
—Yo... estoy cansada —confieso, pestañeando para alejar el agua helaada de mis ojos—. En todos los sentidos.
el cuerpo se me quiere quebrar de dolor y los párpados se mueven pesados cada vez que parpadeo con lentitud.
—A veces no entiendo todos estos sentimientos. No sé si los amo o si los odio o si son ambas cosas —digo—. Y duele, porque mi corazón es débil, está roto y no sabe repararse. «
»Al principio los amaba. Después empecé a preguntarme si ustedes me amaban a mí. Y lo sé, yo... los amo, pero nunca supe si sienten lo mismo. Me tratan como si fuera solo algo que estorba y no lo entiendo. Porque yo también soy su hija también soy una Heanel.
»Pero toda su atención siempre permanece en Novah. Yo tambien quiero que ustedes dos me visiten juntos, aunque sea para desearme buenos días. Quiero que se sientan orgullosos de mis logros, por más insignificantes o ridículos que sean. Quiero que rían conmigo, que me miren como lo miran a él. Quiero que me cuenten sus miedos, que sean sinceros. Solo por una vez»
Hago una pausa mientras aprieto los dedos de papá.
—Pero nunca dejaron de mirarme con esa mirada llena de... eso que me provoca repulsión. Podía soportarlo o al menos eso intenté y al final, me perdí. Ya no sé quién soy. No sé nada de mí. Y la única persona que creí que sí me conocía se fue, papá. Me dejó.
Aparto el paraguas de mí y lo veo caer al suelo, embarrándose un poco.
—De verdad quiero llorar. Quiero soltar todo esto que me asfixia y no puedo. Por miedo. Porque no sé cómo hacerlo. Y aun cuando tenía la esperanza de que me consolarías, me estrellé contra el suelo porque no fue así. Siguen hiriéndome cuando dicen protegerme.
Respiro con dificultad.
—Y no sé si pueda soportarlo.
Levanto la vista y padre me observa, aun cuando la lluvia cae y empapa su cabello rubio teñido de negro en la raíz. Parece no importarle ensuciarse ahora.
—Sunna... —dice despacio—. Eres frágil desde pequeña. En pocas palabras, debo protegerte. tu hermano tiene la fortaleza para cuidarse solo pero tú no. Mi deber como padre es priorizar tu seguridad sin importar el método. Si significa aislarte, lo haré. Si significa ganarme tu odio, que así sea. Todo lo que hago es por ti.
El recuerdo de nosotros sonriendo en la plaza del parque, mientras sostenía mi mano y hablaba con entusiasmo, se desvanece. Hace años que no me dedica una de esas sonrisas. Tanto tiempo que ya casi la he olvidado.
—No, papá. nada fue por mí solo buscas justificar tus actos.
Lentamente, como aquella pequeña Sunna, mis dedos se sueltan de los suyos para no volver a tocarse.
—Ahora lo sé—admito, presenciando como la intensidad de su mirada parece devorarme—. Te odio. Te odio por todo lo que tuve que pasar por tu culpa.
El rostro de Leander se congela. Vuelve esa indiferencia que siempre aparece en los momentos de impacto. El labio le tiembla por el frío y la piel se le vuelve mas pálida.
—Leander, ya no quiero ser tu hija. Me rendí con esa fantasía patética de tenerte. Solo quiero escapar de tus manos, porque el padre que deseé que fueras termino siendo un monstruo.
Me doy la vuelta y camino con lentitud. Cruzo el arco de metal de la salida. El hombre que me crió no aparece ni siquiera cuando llego al auto y abro la puerta con las llaves que robé de su traje.
Entonces enciendo el coche y emprendo la huida más sencilla del mundo. Conduzco durante un largo rato.
De pronto las luces de un vehículo invaden mi visión. Abro los ojos de golpe y logro desviarme a tiempo, girando el volante hacia la derecha con brusquedad. Primero llega el sonido del metal chocando contra la pared de roca. Luego la presión de mi cuerpo al detenerse en un espacio demasiado reducido. Un segundo después, un dolor seco en la parte baja del estómago y en la cabeza. Al final, el impacto termina de alcanzarme.
Pasan unos minutos mientras pestañeo con lentitud. Como puedo, salgo del vehículo y me arrastro lejos de él. Una voz masculina intenta auxiliarme cuando logro ponerme de pie, tambaleando. Le golpeo el rostro y de inmediato cae, aturdido. Camino hasta su auto y me meto dentro. Enciendo la pantalla, marco como zona de retorno el centro de mi ciudad y arranco a toda velocidad.
Cuando falta una hora para llegar, freno. En la pantalla introduzco un número ilocalizable, al cuarto pitido, una voz imponente y áspera responde.
—¿Cómo te has hecho con este número?—pregunta con brusquedad.
La línea queda en silencio unos segundos. Me cuesta hablar, la cabeza me arde y late.
—Soy yo.
Rebusco en la guantera y encuentro pañuelos húmedos. Limpio la sangre que corre por mis mejillas mientras él vuelve a hablar.
—¿Dónde estas y en qué estado?
Esta línea es solo de él.
—Le robé el coche a mi padre. Llevaba poco más de tres horas conduciendo hacia la ciudad, pero hace como una hora me quedé dormida y choqué en una zona boscosa. Robé el auto de un sujeto y seguí conduciendo. Tengo hematomas y un golpe fuerte en la cabeza. Nada más.
Un suspiro pesado llega a mis oídos mientras vuelvo a poner el coche en marcha.
—¿No te puedes dormir?—pregunta disminuyendo su tono, resaltando mas su acento.
—Las pesadillas...
—Te aturden, lo sé —interrumpe, con voz grave— pero estás pasando tu límite. Necesitas ayuda.
Aprieto la mandíbula.
—No empieces tú también con eso.
—¡Vamos, que sigues igual! —me grita, furioso—. ¿Tú crees que a mi hermano le gustaría verte así?
—¿Así? —repito—. ¿Cómo, así? Estoy en perfectas condiciones.
Piso el acelerador.
—No lo estás. Deja de hacerte la dura conmigo. Pásame tu ubicación que voy a mandar gente por ti ¿Te ha seguido alguien?
—No —respondo molesta—. Ya lo revisé mil veces.
Le envío la dirección desde el WhatsApp del dueño del coche.
—Llegarán en media hora.
—¿Dónde estás tú?
—Fuera del país. Llego mañana.
—Quédate donde estás. No vengas solo por mí —le ordeno, apretando el volante.
—Pienso ir, quieras o no. Y no voy por ti, tengo que cerrar un asuntp importante —dice, aunque ambos sabemos que miente
—Ya.
—Te dije...
—Sí, sí. No te gusta ese tono. ¿Y eso a mí qué?
—Me das cólicos.
—Se llama diarrea ya vete a botar mierda del culo.
Corto la llamada y sigo conduciendo sin apartar la vista del frente.
Tal como dijo, una camioneta negra polarizada aparece. Cinco hombres bajan y me ayudan a salir. Me guían al interior y caigo rendida en el asiento. Me curan, me venden y en algún punto me quedo dormida.
Despierto con una punzada en la sien y la cabeza apoyada sobre unas piernas. Es Timofei.
—Es un desastre —murmura, bajando la voz para no hacerme daño.
—Un gran desastre —respondo, y vuelvo a cerrar los ojos, demasiado cansada para seguir luchando.
Despierto semiconsciente, escuchando voces femeninas a mi alrededor. Abro un poco los ojos y unas siluetas me obligan a cerrarlos con fuerza. El terror se adhiere a mi pecho causando una intensa taquicardia. Las voces se intensifican en susurros que no comprendo bien, hasta que una respiración pesada cerca de mi rostro me hace sudar frio.
Balbucean cosas inconexas, luego se callan mientras un escalofrió me recorre de arriba abajo. Y yo no puedo dejar de pensar que otra vez esta pasando. De pronto las voces regresan, distorsionadas, elevándose hasta convertirse en gritos que invaden mis pensamientos.
Abrir los ojos o moverme se vuelve impensable. Me quedo quieta, respirando cada vez más rápido, con los ojos apretados. Intento pensar en algo bueno. Cualquier cosa que ahogue esas voces horrendas que empiezo a entender pero es inútil porque son más fuertes que mi propia voz.
No soy devota. Sin embargo, el pánico que me provoca seguir escuchando esas voces me hace empezar el Padre Nuestrp pero se quedan inconculsas ya que las palabras se me borran a la mitad, arrancadas de la mente por los susurros.
—Rezar no te servirá —chillan, mezclándose unas con otras.
repiten esa frase varias veces, la taquicardia, los sudores y el escalofrio no se va. Hasta que todo se calla y la sensacion de ser observada y escupida en aire se marcha.
Me levanto de golpe y la presión en la cabeza me obliga a jadear. Llevo las manos a la frente y toco algo parecido a tela. Un vendaje, supongo. Giro la cabeza, escaneando el entorno cuando unos ojos marrones, curiosos y atentos, me observan desde el otro extremo de la habitación. Su silueta firme e irritable, se mueve hasta quedar frente a mí.
El corazon me late desbocado.
—Desperto—dice aliviada
—¿Alguien llegó tras de mí?
—No,—asegura rapido con el rostro transformándose en cautela—los hombres de Eros te dejaron y luego se fueron. Excepto Timofei. el vigila afuera.
Maldigo en voz baja y desvío la mirada hacia mis manos. De hecho, es la primera vez que recurro a los hombres de Eros, porque antes nunca había sido necesario. Jamás sufrí un atentado ni corrí peligro dentro del club y, de haber ocurrido, los hermanos habrían estado a mi lado para protegerme. En el peor de los casos, yo misma lo habría hecho.
Pero esta vez el mayor peligro fui yo. Y por eso, aunque quiera reclamarle algo, soy consciente de mi propio error.
—Bien. Puedes retirarte.
—No,madame. Primero la llevaré a la ducha. Apesta a perra mojada.
Suelto un suspiro agotada, y me dejo arrastrar hasta el baño contiguo a la habitación. Cada paso me arranca un jadeo por la presión que nace desde la cintura y sube hasta la cadera, obligándome a querer doblarme.
—Tu rebeldía tendrá una sanción.
—Sí,madame. Lo que diga.
Ruedo los ojos cuando me deja frente a la bañera y se marcha. Su descaro, por extraño que suene, me tranquiliza, así que amarro mi cabello en un moño bajo y abro ambos grifos hasta que el agua alcanza una temperatura soportable. Después empiezo a quitarme la ropa con lentitud y termino quedándome solo con la ropa interior.
Por un momento me pierdo observando cómo el agua llena la tina. Parpadeo y ya está a punto de rebalsar, así que me apresuro a cerrar los grifos. Cierro los ojos con fuerza, molesta conmigo misma por divagar. Los vuelvo a abrir, adentrándome en la tina.
Me limpio el cuerpo con cuidado, evitando mojar el cabello y priorizando la frente por el vendaje. Al terminar, salgo con una bata blanca y camino descalza fuera del baño, en dirección al armario. Al abrirlo, lo primero que encuentro son prendas masculinas: camisetas, poleras, ropa holgada y otras que delatan a sus dueños. Casi al final, entre tonos rojos y oscuros, hay algunos vestidos míos.
Tomo unos shorts deportivos negros y una prenda blanca que me queda grande. No llevo brassiere ni tampoco llevo ropa interior.
La cabeza sigue hincándome y mi cuerpo se desgarra cada vez que me muevo. Aun así llego hasta la cama y me dejo caer con la intención de dormir, pero el sueño y el cansancio han desaparecido por completo.
Sin embargo, hay un pensamiento que no se ha ido desde ayer. Uno que gana fuerza a cada segundo, a cada maldito minuto que pasa.
Esta sociedad, estas personas, no hacen más que crear atrocidad. La humanidad nunca será libre. No mientras sigamos existiendo así. Yo nunca he sido libre menos los que nacieron con la oscuridad a su alrededor. Ni siquiera mi padre lo es. Vive perseguido por su pasado. Y los asesinos no huyen de sus pecados. Porque los verdaderos jamás podrán ser perdonados.
La marca en mi piel se enciende, mientras mi mente viaja a ese recuerdo.
No tenemos salvación.
Pero puedo imaginar que sí. Puedo encerrarme en una patética ilusión, seguir haciendo lo que hago y armar una fantasía entera para creer que mis acciones no son tan malas. Y si lo hago, ¿en qué me diferencio de quienes me parecen aberrantes por hipócritas?
Mi naturaleza es destruir y amar esa destrucción. Porque todo está jodido y decidí quedarme en esta mierda a la que estoy acostumbrada ¿No puedo ser mejor? ¿Diferente a ellos?
Aprieto los puños mientras adopto la posición fetal en la cama. Aparto los pensamientos hasta que, al final, el cuerpo se rinde al agotamiento y la oscuridad lo envuelve todo.