Capitulo 1
Odio las despedidas.
He pasado largo tiempo con mis compañeras, y aunque no me sienta como ellas, aunque no sea una de ellas, compartir grandes logros, campeonatos, amistosos... lo hace complicado.
Nunca pensé que llegaría el momento de tomar una decisión que pondría todo patas arriba, que dejaría una marca permanente en mi corazón. Pero hay que avanzar, incluso si duele.
Tenso, elevo el balón. Respiro. Mi mano impacta justo en el centro. El saque falla. Rebota en el borde de la red.
Es hora de partir.
A pesar de ese punto que regalé al otro equipo, terminamos ganando el set final. Volvemos al club entre risas y sonrisas. El corazón se me encoje.
No es obligación irme. Pero sí una necesidad. Una forma de decir: "Existo." Una forma de validarme ante todos... y especialmente frente a quienes más temo: los chicos cis.
-¡Lian! Deja de estar tan serio todo el rato -me reprocha Alexa-. ¡Ganamos, hombre! -exclama emocionada mientras me pasa un brazo por los hombros y me empuja hacia abajo, ya que es más baja que yo.
Las risas parecen opacar la tormenta.
Como siempre, después de cada "batalla" ganada, la entrenadora nos hace sentar en el suelo de la cancha a comer panchos que prepara en la pava, ahí en su oficina.
Aprovechando que todas están entretenidas, me levanto y entro. Cierro la puerta detrás de mí. Suelto un suspiro.
Cuando los ojos de Natalia se encuentran con los míos...
—Quiero pasarme al equipo masculino.
Mi voz casi se quiebra al pronunciar esas palabras. Palabras llenas de peso.
¿Se enojará?
Ella sonríe, una sonrisa cálida, suave, llena de comprensión.
—Qué bueno, estoy orgullosa de ti, Lian.
Deja lo que estaba haciendo y me da un abrazo, el cual correspondo.
Natalia fue la primera entrenadora que no me apartó, sino que desde el momento uno respetó mis pronombres, arreglaba las fichas de presentación en los torneos para que respetaran mi nombre, al igual que la remera que tengo puesta.
"Lian n°7, Equipo Femenil, Club."
-Gracias... por todo -digo intentando que la voz no se me quiebre. No quiero llorar.
—Voy a apoyarte en todo lo que pueda —dice aún abrazándome.
Cuando nos despegamos del escritorio, saca unos papeles, los cuales apoya en la mesa. Al inclinarse para subrayar algunas palabras con un lápiz, su cabello largo atado en una perfecta cola de caballo estorba un poco.
—La Sub 21 masculino está a cargo del entrenador Ramiro Meseda, un colega, te recibirá con gusto —hace una pausa mientras asiento con la cabeza—. Me aseguraré de que los datos anteriores sean borrados. Como tienes tu documentación modificada, no habrá ningún problema con eso. En caso de que ocurra algo, no dudes en visitarme, sos y serás siempre bienvenido.
Al salir, llevo los papeles conmigo, los guardo rápidamente en la mochila y vuelvo con el grupo.
—¿Una jugada antes de irnos? —propongo, agarrando un balón del canasto.
—¡Sí! —grita Sofía.
...
Frente a todos sus rostros, algunas ya predecían el momento, otras con ojos curiosos. Miro a Lucía, que fue la mejor de todas, la que llegó a tocar mi corazón de mil formas, que defendió y corrigió mis pronombres siempre, ante cualquiera.
—Chicas... ya no entrenaré con ustedes -no puedo mirarlas, así que limito mi vista al suelo. Siento los ojos picarme—. Me pasaré al equipo masculino de aquí.
Se forma un silencio mortal, tanto que solo se escuchan las pisadas que hacen los chicos de basquet atrás del campo de voley.
Al mirarlas, Lucía me abraza desde la cintura con lágrimas y una sonrisa.
—Te voy a extrañar, tonto —comenta, fingiendo no tener la voz quebrada.
—¿Vas a venir a vernos? —se queja Ludmila-. ¿Ahora quién será nuestra defensa?
—Qué envidia, vas a estar rodeado de bombones.
—¿Quién va a distraer a las chicas del equipo contrario? Se nos va nuestro fuckboy.
Risas, felicitaciones y sonrisas teñidas de azul.
—Las quiero mucho, voy a visitarlas, lo prometo.
Cada una viene a darme un abrazo, hasta que llega el momento de que cada una tiene que irse a su casa.
Lucía, como siempre, se queda unos minutos más. La acompaño hasta la entrada del club, donde espera a su vehículo. Sus ojos siguen un poco rojos mientras nos sentamos en el banco.
—¿Vas a estar bien? Si alguno de los chicos te molesta, juro que... —amenaza, como si fuera un pitbull rabioso.
Revuelvo su cabello rubio con diversión.
—Voy a poder con ellos, no te preocupes —le aseguro con una sonrisa de lado.
Miento.
Mañana será terrible.