Mis pequeños

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Sinopsis

Snape considerado un profesor muy temido pero...fue el unico en vigilar de Harry Potter y el mismo presencio como dormia un bebe tan indefenso en el suelo,aprendio a no llorar y solo comia cuando se acordaban de darle algo... Mientras que la familia Malfoy estan esperando la llegada de Snape con Harry Potter en brazos para darle todo el amor que un bebe merece mientras que Draco apenas de tres semanas de nacido solo reconocia a Lucius ya que Narcisa los abandono apenas el nacio...

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Amaiya34
Estado:
Completado
Capítulos:
28
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Las Puertas que Nunca se Abrieron

Las Puertas que Nunca se Abrieron

La noche era espesa, cargada con una niebla que parecía envolver al mundo entero en un manto de silencio forzado. Solo la brisa movía las hojas secas que crujían como secretos antiguos. En la calle Privet Drive, número 4, un leve crack perturbó la quietud. Una figura encapuchada apareció entre las sombras. Sus ojos azules, ocultos tras unas gafas de media luna, se posaron con gravedad sobre la puerta de una casa perfectamente ordinaria. Albus Dumbledore, director de Hogwarts, traía en brazos al niño que cambiaría el curso del mundo mágico.

Envuelto en una manta tejida a mano, con una cicatriz aún fresca en forma de rayo sobre su frente, Harry James Potter dormía. No sabía que acababa de perderlo todo: a sus padres, su hogar, su historia. Dumbledore lo miró con ternura y dolor.

—Lo siento, pequeño —susurró mientras dejaba al niño frente a la puerta, acompañado de una carta. Una carta que explicaba, en palabras suaves, por qué Harry debía quedarse allí, con la única familia que le quedaba: los Dursley.

Tocó el timbre. Una vez. Luego desapareció con un suspiro del aire mismo.

Minutos después, la puerta se entreabrió apenas unos centímetros. Un rostro huesudo, con bigote y expresión permanente de disgusto, asomó por la rendija.

—¡Petunia! —llamó Vernon Dursley con tono cargado de fastidio—. Hay algo aquí afuera.

—¿Algo? ¿O alguien?

—Un bebé.

La mujer se acercó con una mezcla de sospecha y repulsión. Al ver la cicatriz, frunció los labios en una línea delgada.

—Es él… Harry. El hijo de Lily.

—¿Qué hacemos?

—Lo dejamos ahí. Que lo recojan.

Y lo hicieron.

Harry no fue recogido. Nadie vino por él. Durante horas permaneció en el frío, hasta que finalmente, cuando el amanecer tocó el cielo, Petunia lo tomó del suelo con dedos rígidos como tenazas y lo dejó sobre una manta en el recibidor, lejos de la calidez, lejos del afecto. No hubo cuna. No hubo abrazo. Solo una mirada fría como el mármol.


Durante las siguientes dos semanas, Harry aprendió una lección que ningún niño debería conocer: llorar no sirve de nada. La primera vez que gimió, recibió una bofetada seca en la pierna. La segunda, lo dejaron en el suelo del baño, sin ropa, durante toda la noche. La tercera, ya no lloró. Solo observó, en silencio. Esperaba... algo. Lo que fuera.

Las comidas eran esporádicas. A veces un trozo de pan viejo. Otras, la leche que quedaba en el fondo de un biberón que había usado Dudley. Petunia nunca lo miraba directamente. Vernon lo veía como si fuera una cucaracha extraviada.

Harry dormía en un armario escasamente iluminado, con olor a moho y detergente barato. Su cuerpo temblaba cada vez que oía pasos pesados, cada vez que Dudley lloraba y sabían que no era él, y por eso se enfurecían más. El mundo entero era un silencio pesado y cruel.


A cientos de kilómetros de allí, en la lúgubre y vasta Mansión Malfoy, un padre esperaba junto al fuego, con los ojos rojos de tanto no dormir.

Lucius Malfoy, heredero de una de las casas más puras del mundo mágico, parecía una sombra de lo que alguna vez fue. Su túnica impecable colgaba flojamente sobre sus hombros delgados. Entre sus brazos, dormía un bebé de apenas dos semanas: Draco.

—¿Cuándo vendrá? —murmuró Lucius sin apartar la vista del fuego—. ¿Dónde está, Severus?

A su lado, Severus Snape se mantenía de pie, oscuro como la habitación misma.

—He hablado con Dumbledore. Él... cree que Potter estará más seguro con esos muggles.

Lucius dejó escapar una risa hueca.

—¿Más seguro? ¿Con una mujer que odiaba a su hermana? ¿Con un hombre que escupe si oye la palabra “magia”?

—Dumbledore confía en la sangre. Dice que mientras viva con alguien que lleve la sangre de Lily, estará protegido.

—¿Protegido de quién? —Lucius giró hacia él, con la voz rota—. Narcisa se fue el día que nació Draco. No dijo una palabra. Ni una carta. Ni una maldita señal. ¿Y ahora el niño que todos adoraban, el hijo de Potter, es abandonado como si fuera... basura?

Snape no respondió. Su rostro era una máscara perfecta, pero en sus ojos había fuego. Él también había amado a Lily. Y sabía, con todo su ser, que Harry estaba sufriendo.

—Quiero traerlo aquí —dijo Lucius, de repente—. No puedo permitir que crezca entre esos monstruos. Draco necesita un hermano. Yo necesito...

Snape lo interrumpió, con calma:

—Si lo haces, la guerra comenzará antes de tiempo. Dumbledore lo esconde por un motivo.

—No me importa la guerra —Lucius murmuró, bajando la vista a su hijo dormido—. Ya la estoy perdiendo.


La habitación quedó en silencio, salvo por el leve chisporroteo del fuego. Draco Malfoy dormía profundamente, ajeno al vacío que había dejado su madre. Narcisa Black, desaparecida sin dejar rastro apenas nació su hijo, se había desvanecido de la historia como una sombra en el agua. Nadie sabía si estaba viva. Nadie preguntaba demasiado. Pero en el fondo, Lucius sabía que la pérdida lo había quebrado. Que sin Snape, ya estaría en ruinas.

Y al otro lado del país, un niño pequeño con ojos verdes como la esperanza olvidada, soñaba con brazos que nunca lo habían abrazado, con voces que nunca había oído.

Él no sabía quién era. Solo sabía que no debía llorar.