Historia sin título

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Sinopsis

¿Tienes hambre?

Genero:
Other
Autor/a:
Una persona
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Deberías comprar un chiste.

El teatro estaba medio a oscuras. Solo entraba la luz fría filtrándose por los ventanales de arriba, enormes, altísimos. Algunos están rotos, y como los mecanismos de las cortinas ya no funcionan bien, el sol entra, rebotando contra las paredes tapizadas en terciopelo rojo y dejando ver el polvo danzar en esa grieta de luz que parece casi divina. Como si el mundo estuviera suspirando lento.

Se escucha una canción que se repite una y otra vez. Khalid debe estar haciendo pruebas de sonido.

Fel está en el fondo, garabateando algo en su libreta con los pies sobre el respaldo de la butaca de enfrente.

Y yo estoy donde no debería: en el palco, agachado como un gato callejero al borde de una cornisa, cantando a todo pulmón "Happy Day in Hell" con un acento raro. Con una escoba que no puede barrer el polvo que ha dibujado el tiempo con pincel.

Escucho pasos pero sigo cantando. Doy una vuelta o dos, moviendo los brazos como si estuviera invocando a Satán y a Robin Williams a la vez. Subo a la barandilla del palco.

—...Una cálida vibra que llena el lugar. Cada calle está viva y me invita a observar. Un lugar fascinante no existe otro igual, Por mas que huela mal —enredo los dedos alrededor del poste y giro sin dejar de cantar.

—¿Mica?... —escucho a alguien decir detrás de mí, tal vez es un fantasma, porque la voz apenas se oye. Decido ignorarlo.

¡Será un bello día infernal!—dejo escapar en un grito más que canto. Como si estuviera siendo exorcizado.

Y entonces:

—¡MICHAEL!

Pierdo el equilibrio por un segundo, pero me aferro al poste a mi lado como un si fuera un gato.

—¡¿Qué?! —Digo, sintiéndome como un perro regañado con disfraz de diva—. Solo estaba cantando... —Bajo de la barandilla, confundido con las piernas temblándome —Es acústicamente superior acá arriba —Digo mientras me río, sin lograr sonar natural. Y entonces me encuentro con sus ojos... Viéndome como si fuera una muñeca de trapo descosida. Sonrío—. No iba a caerme... —Intento sonar despreocupado.

Él se acerca, yo me acerco, y me desordena el cabello.

—Lo sé. Solo que, por un segundo, me pareció que tú no lo sabías.

Me río con esa risa que suena como el chirrido de una puerta.

—Apúrate o llegaremos tarde...

—¿A dónde?

—A casa.

—En realidad ya acabé —Digo, dejando la escoba a un lado. Y Bal, que no me cree, hace como que sí—. ¡Fel, ya vámonos! —grito desde el balcón.

—¡Voy! —responde desde abajo. Se pone de pie y acomoda sus cosas en una mochila a cuadros que usa para todo.

Bajo las escaleras dando saltitos. Y finalmente salimos.

Afuera el sol quema. No hay una sola nube.

—Suban —dice Bal, entrando al auto: un Toyota Corolla rojo quemado al que llama Azucena.

Subo. Los asientos están “limpios”, pero debajo hay montones de servilletas con apuntes que probablemente a nadie le importan, una chamarra que huele raro pero no ilegal, zapatos, (algunos con par) desinfectante que huele a tequila entre otras cosas.

Miro a Fel. Lleva un vestido negro que no se había puesto desde el funeral de su abuela, hace juego con su cabello. La veo, esperando que me mire de vuelta, pero no lo hace; solo baja la ventanilla, y el aire me golpea en la cara.

Bal pone música. Azert dejó su disco en el estéreo, así que estamos condenados a escuchar Paramore mientras vamos a casa. Aunque, en realidad, no me molesta, incluso tarareo algunas canciones.

Veo las calles y a las personas sin prestarles atención especial, porque son las mismas calles y personas de siempre.

Y finalmente estamos en casa; un edificio naranja deslavado.

Bal se estaciona. Salimos del auto y subimos las escaleras hasta nuestro departamento, porque el elevador está descompuesto como siempre.

Empujo con el hombro a la chica a mi lado, porque no voy a permitir que siga fingiendo que soy un fantasma. Ella me sonríe y me revuelve el cabello.

—Felicidades por el papel de Ofelia —dice. Me mira con algo parecido a la burla... ¿Ternura, quizá? ¿Por qué? Como si hoy fuera diferente...

No quería que me felicitara por eso. Solo reafirma el hecho de que podría ser un hada, pero nunca Titania.

Meto la llave en la puerta mientras escucho a Bal acercarse.

Al abrir, me encuentro con las paredes azul grisáceo. Las luces están prendidas. Las cortinas cerradas.

Azert está en la cocina. Puedo escucharlo. Y olerlo. Me acerco y me siento en la encimera, detrás de él. Tiene el cabello azul petróleo, sostenido con una pinza de una forma que solo él puede hacer ver natural, y una toalla sujeta a la cintura.

—Amiguito del bosque —dice con entusiasmo, sin siquiera girar para verme.

—Ponte una playera.

Y entonces, las luces se apagan. Azert me lanza su toalla a la cara. Mi cuerpo se tensa. Escucho todo moverse a mi alrededor.

Me quito la toalla de la cara y abro los ojos. Veo un par de sombras escabullirse. Parpadeo una o dos veces antes de que se enciendan de nuevo las luces.

—¡Sorpresa!

Escucho un montón de voces gritar al unísono. Se me hace un nudo en la garganta cuando veo sus caras llenas de glitter. Todos sonríen como si de verdad hubiera algo que celebrar. Sostienen un pastel con el número dieciséis en velas.

Honestamente,no pensé que llegaría tan lejos...

Pienso mientras todos cantan “Feliz cumpleaños”, con el pastel de zanahoria en las manos. Mi favorito...

Terminan de cantar. Esperan que sople las velas. Y lo hago. Sonrío y hago como que creo que lo merezco...

Parto una rebanada, y otra, hasta que finalmente no queda nadie más a quien repartirle que a mí mismo. Me quedo con el pastel en las manos. Alguien me da una cuchara. Es Bal.

—El cumpleañero también come.

No tengo hambre, y aun así lo sostengo. Lo miro.

Sonrío y clavo la cuchara en el pastel como si estuviera matando algo. Tomo un bocado.

Veo a todos hablando entre ellos. Sonriendo, riendo. Alguien pone Candy Store en la bocina, y todos me miran como si estuvieran dispuestos a convertir la cocina en un escenario.

Y es algo que puedo aceptar... Porque hoy es diferente.

Vuelvo arriba de la encimera, como si ese hubiera sido mi lugar desde el principio.

Are we gonna have a problem? You got a bone to pick?—digo, poniéndome de pie y mirando a todos como una diva—.You’ve come so far. Why now are you pullin gon my dick?

Levanto la mirada. Los veo como si fuera superior.

I’d normally slap your face off, and everyone here could watch, but I’m feeling nice. Here’s some advice: Listen up,biatch!

Y todos los demás comienzan a cantar. Bal me da un batidor, y yo sé exactamente cómo volverlo un micrófono. Canto mientras Lyra y Shyen hacen las segundas voces, y Azert se vuelve Martha Dunnstock.

¡Mira, Verónica! Ram me invitó a su fiesta de bienvenida.

Esto demuestra que ha estado pensando en mí.

Qué emocionante—responde Fel, convertida en Verónica.

¡Estoy tan feliz!—dice, como si tuviera diecisiete y un corazón inocente.

Honey, what you waiting fo

¡Shut up, Heather!—la interrumpo con me mejor voz de mando—.Step intomycandy store!

Y dejamos que la canción termine.

—Ojalá así lo hicieran en las presentaciones —dice Bal, casi harto.

Siento las piernas temblarme al bajar de la encimera. Abrazo a Fel e intento regular mi respiración sin hacer mucho escándalo.

Y ella me abraza de vuelta.

—¡Feliz cumpleaños, Mica!

—Pensé que se les había olvidado —digo. Y espero que no se note cuánto me importa.

—Para nada. Aunque sí fue un caos organizar todo esto, pero nada que no haya valido la pena por ti —Comenta Shyen. Me sonríe. Todos se medio ríen y asienten... Y a mí se me hace un nudo en el estómago sin razón alguna.

—Ay, yo ni siquiera debería estar aquí, pero no me podía dar el lujo de faltar. Aunque tengo que salir volando luego —dice Khalid, y yo le sonrío.

—Cómo podríamos olvidarlo... —Responde finalmente, mientras busca algo en su mochila. Finalmente saca una bolsa de regalo. La tomo, y por un momento no sé si debería abrirla—. Ábrela —me pide. Lo hago. Y veo dentro un borrego de peluche. Incluso trae una pequeña campana colgada con un moño rojo. Y quiero llorar.

—Gracias —digo, aunque en realidad quiero pedir perdón. Mi voz tiembla un poco, pero me aseguro de compensarlo con otro abrazo. Uno más fuerte. Uno que asegure que Fel no va a irse.

Me disculpo antes de escabullirme al baño. Todos se esforzaron tanto en esto... me digo. Miro mi reflejo, intentando descifrar si este cuerpo merece comer algo más hoy. Solo para decidir que no, no lo merece. No podía también deberles otro bocado.


Es sábado, lo que quiere decir que no tengo que ir a la escuela.

Y que estoy en el teatro desde las ocho. Estoy junto a Fel. Bal trajo un tupper con pastel (el pastel que no me comí ayer) para los tres: Fel, Zaratustra el borrego de peluche, y yo. Ella puso su playlist desordenada.

—Me ganaste por medio punto. No es justo... —me río, y la música cambia. Algo de K-pop, una canción familiar, así que me levanto y replico un pedazo de la coreografía que vi en un TikTok, antes de casi tropezar con el pantalón de mi pijama y dejarme caer sobre el piso alfombrado.

Giro y me estiro como un gato perezoso. La camiseta se me sube un poco y no me importa.

El pantalón, que ya parecía grande, se desliza un poco más sobre mis caderas.

—Mira esto... —levanto las piernas en el aire, dejando que el pantalón me caiga hasta media pantorrilla—. ¡Ta-dá! Soy oficialmente una bolsa de huesos con estilo.

Fel levanta una ceja.

—No vuelvas a decir eso de ti mismo.

Se hace un silencio extraño. —Una bolsa de huesos no jugaría Dress to Impresscon esa precisión.

Me río.

—¿Me estás retando?

Esta vez, Fel no se ríe.

—Era un chiste, Fel...

—No es gracioso.

Se hace otro pequeño silencio.

—...pero a veces sí lo es.

Suspira. Se tumba a mi lado en el suelo, en paralelo.

La veo de reojo, con su sudadera negra y esos pants enormes que parece que le robó a alguien Shyen quizás.

Sus ojos verdes me miran como si supieran más de lo que quiero admitir.

—Te quiero, Mica. Pero si sigues jugando a que no pasa nada, voy a tener que hacer algo muy drástico.

—¿Como qué?

—Como contarle a Azert que lloraste con la película de Barbie.

Me tapo la cara con ambas manos.

—¡Eso fue un momento vulnerable! ¡Y tenía un buen monólogo!

Se escuchan tacones acercándose. Anuncian la llegada de una mujer de cabello largo y oscuro...

—Con que dieciséis, ¿Eh? —Dice Blair desde la puerta, entrando con una carpeta en una mano y una botella de jugo verde en la otra—. Ya puedes hacer papeles de adulto —suelta, y despeina mi cabello como si fuera una mascota consentida antes de sacar una caja de su bolsa que cuelga en su hombro.

Está envuelta tan bien que parece hecha con inteligencia artificial. La abro y veo una especie de spray. Un frasquito.

—¿Es repelente?

—Algo así. Es bruma, huele bien.

—¿Crees que huelo mal? —pregunto solo por molestar, y ella gira los ojos.

—A veces. —Mira nuestro tupper—. ¿Pastel para desayunar? —Asiente como quien considera una idea—. Bien, cómelo, te lo ganaste. No todos los días pueden ser especiales —dice antes de irse.

La frase cae como un piedrazo en el agua.

Huelo el frasquito de nuevo... Huele como a alguien a quien debería conocer, solo que no lo recuerdo...

—¡Mica a escena! ¡Acto IV, escena V!

Escucho a Bal gritar, y salgo al escenario con el guión en la mano, aún buscando alguna de mis líneas.

—Hay romero, eso es para el recuerdo; reza, ama, recuerda...

Siento mi voz flotar en el aire.

—¡Eres una chica sumida en la locura, no un duende borracho, Mica! ¡Llevas siendo Ofelia cuatro meses, ya deberías tenerla dominada!

—Y hay pensamientos, eso es para los pensamientos... —Hago una pausa intento cargar mi voz con polvo y pretensión. —Hay hinojo para ti, y aguileñas... hay ruda para ti, y aquí hay un poco para mí...

El texto me ardía en la garganta.

—Te daría algunas violetas, pero se marchitaron todas cuando murió mi padre...

Mis palabras se deshicieron en el aire justo cuando se escucharon pasos y el sonido de una puerta al abrirse.

Alguien cruzó la puerta: un hombre con traje planchado, el cuello de la camisa afilado como cuchillo.

Junto a una mujer a la que conozco; Trae un traje rojo bonito, su cabello algo canoso acomodado en un bob cortito. Su nombre: Miriam. Que le pisaba los talones a ese hombre.

Llevaba el rostro fruncido, como quien tiene un mal presentimiento, pero aun así, estaba aquí.

Blair caminaba detrás de ellos...

Me acerco al borde del escenario y me siento ahí...

—¿Quién es ese? —le pregunto a Bal.

Él se levanta, y antes de que pueda responderme, ese hombre habla:

—Oh, no nos conocemos... Mi nombre es Donato Estanislao —dice, caminando por el pasillo central como si estuviera inspeccionando su propiedad.

Sus pasos sonaban huecos. Cada uno más cerca. Hasta que estuvo enfrente de mí.

Me tendió la mano. Yo la tomé y él la jaló un poco hacia él.

—¿Y tú eres?

—Michael. —Su cabello está peinado.

—Bonito lo que hiciste ahí. —Sonreí.

—Gracias.

Miro a Miriam de reojo... Ella me sonríe y luego desaparece junto a Bal por el pasillo.

—Qué presencia... Ya no hacen niñas como tú —dice como halago, aunque suena como si estuviera comprando una muñeca.

—Soy un niño, señor —lo digo con la voz más grave que puedo, como una burla apenas disfrazada de respeto.

“Don Este” me ve por un segundo como si se le hubiese atragantado una palabra.

Sus ojos perdieron algo. Luego lo recuperaron.

No todo. Solo lo justo para incomodar.

Se acercó un paso más.

—El mundo —dice con la voz firme, como quien clava un clavo— Necesita artistas con hambre, no solo con talento. — Yo solo sonrió

Trague saliva. Se acercó, apreté el guión en mis manos y miro la salida de reojo, alguien pasa...

—¿Usted cómo sabe que no tengo hambre?

Él me mira, casi con condescendencia.

—Porque el hambre se nota...

Me sonríe, y el teatro, viejo como era, pareció contener la respiración.

Se escuchan los pasos de Bal y Mir. Y ese hombre se aleja.

—Vendré a ver el estreno de su obra —dice, sonriendo—. Mucha mierda, Michael. —Dice con una amplia sonrisa y yo igual sonrió con los labios apretados.

—Gracias.