Él los mató a todos

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

El extraño asesinato en masa de una familia sacude la tranquilidad de los vecinos de Averiso. El único sobreviviente de la fatídica noche es incriminado. Sin embargo, podría tratarse de una víctima más en este misterio sin resolver, que involucra un poder oscuro y sobrenatural más allá de toda comprensión humana.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Agustín Tomás
Estado:
Completado
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

REUNIÓN

El lector hojeaba el libro en sus manos. No era cubierto por una tapa, tampoco estaban incluidos en sus primeras páginas la introducción ni el nombre de su autor. El libro solo era un conjunto de hojas grapadas por una esquina; sin embargo, se sentía tan tradicional como un ejemplar de tapa gruesa.

El lector sabía que cada palabra llevaba a un futuro inevitable. La obra reflejaba tristeza, crueldad, tragedia e impotencia. Narraba detalle a detalle la noche durante la que un hogar fue visitado por el mal y se quedó con nada, excepto charcos de sangre.

Era la historia de la familia Samaniego.

*

7 de febrero de 2016

La noche era tan fría como de costumbre; pero no resultaba así para Kassandra, quien vivía en otra provincia al norte del país. Cuando regresó a la casa de sus padres junto a sus tres hijos, dos niños y una niña, recibió la nostalgia de años lejanos.

Hubo cosas que eran diferentes, otras seguían siendo fieles a su memoria. La capilla de la Virgen en el centro del parque, el alumbrado público, las pistas, las casas más llamativas y antiguas. Sentía como si, además de viajar en el espacio, también lo hiciese en el tiempo.

Sus padres, don Antonio y doña Regina, la estaban esperando en la puerta. Era imposible saber cuánto tiempo habían permanecido ahí. Luego de bajar del taxi y de acortar distancias, se dieron un cálido abrazo con varios comentarios amables. Luego, los niños se unieron y los cinco terminaron por regalarse más cariño de lo imaginado. No obstante, debía haber más de cinco personas en escena.

En esa casa, sus padres no vivían solos. Los acompañaba Ángel, su hermano menor.

No estudiaba ni trabajaba; pero no era un niño. Había cumplido veintisiete años hace unos meses y, hasta ese día, había asignado gran parte de su tiempo a las apuestas virtuales, videojuegos y series de internet. Habitaba en un cuartucho cimentado en los aires del inmueble familiar. Con la excusa de que el mundo no valoraría su talento, el cual nunca fue especificado, obtuvo el consentimiento de su madre para evitar salir de esa vida por varios años.

Kassandra había discutido por teléfono en innumerables ocasiones con Antonio y Regina sobre el tema, sobre la independencia de Ángel. Cualquier intento siempre se transformaba en fracaso; la posición de la madre no cambiaba con nada. Tal vez, tras la partida de su segunda hija, temía quedarse sin la compañía del último. Antonio, por su parte, había intentado corregir la terquedad de su hijastro, siendo totalmente anulado por su cinismo y la endeble posición de su mujer.

Intuyendo el motivo de la ausencia de Ángel en la recepción, Kassandra decidió entrar con sus tres retoños y dejar ese tema de lado por el momento.

Con solo ellos, la reunión familiar se llevó a cabo.

Pasado, presente y futuro. La conversación recorrió todos los tiempos, durando hasta las doce de la noche. Los temas correspondían a las complicaciones habituales en la vida de un adulto junto a los pequeños placeres entre ellas.

Kassandra hablaba desde la posición de una madre soltera, agobiada por las deudas del hogar y la responsabilidad de criar a tres hijos pequeños. Le costaba cada día más que sus hijos la obedecieran sin chistar y, al permanecer un número considerable de horas en la oficina de trabajo, su relación con ellos se sentía más distante con el pasar del tiempo.

Como ocurría en visitas anteriores, trataba de usar las palabras adecuadas para que sus hijos, quienes debían estar frente al televisor en la sala, no la malinterpretaran si llegaban a oírla. “Después de todo, ellos no pidieron venir al mundo, ¿no?”, decía a menudo. Ella los atesoraba, no existía nada más valioso que los tres en su vida, y quería lo mejor para ellos, un destino y una relación diferentes a las compartidas con sus propios padres, junto a los eventos traumáticos que la marcaron por siempre. Simplemente, el martirio actual era el precio de intentar lo correcto.

Por el lado de Antonio y Regina, el tema de conversación propuesto ya era conocido y tenía como centro al joven de la azotea. Pero Kassandra optó por no hacer hincapié en el relato de sus padres; después de todo, era el primer día que pasaba con ellos y resultaba desagradable discutir tras un largo tiempo sin verse.

Conversaron un poco más sobre anécdotas entretenidas: experiencias del trabajo, la apatía de relacionarse con los vecinos, las inclinaciones generadas por el político de moda, su encuentro casual con algún familiar, entre otros sucesos. En el ir y venir de las narraciones, el cansancio apoyado sobre los párpados de los adultos los llevó a dar por finalizada la reunión.

Para el primer cuarto de hora del nuevo día, los invitados se encontraban dormidos en las habitaciones que les fueron preparadas. Kassandra estaba en una pieza diferente a la de sus hijos. Ya que estos fueron los primeros en irse a la cama alrededor de las once de la noche, no quería despertarlos.

Si Ángel también había cedido ante el sueño, no debía existir ser vivo alguno que pudiera generar un ruido en la casa.

Mirtha, la única hija de Kassandra y la menor de los hermanos, se despertó en medio de la oscuridad faltando poco para las doce y media. A su alrededor, vio a Jacob y Pedro, durmiendo en sus respectivas camas sin hacer ruido.

Unas insoportables ganas de ir al baño no le permitían dormir. Como era lo suficientemente grande para girar la perilla de la puerta, salió con facilidad de la habitación y se dirigió a su objetivo.

Para su buena fortuna, la casa de tres pisos tenía un baño en cada uno. No había necesidad para la niña de nueve años de bajar las escaleras, lo cual resultaba peligroso sin supervisión adulta.

Dio cortos pasos, muy lentos, intentando no hacer el más mínimo ruido. Tenía un poco de miedo, ya que la única iluminación provenía de una lámpara en el pasillo.

Varios monstruos rondaban en la cabeza de un niño a esa edad, quienes se ocultaban supuestamente en las sombras. Por lo tanto, era entendible que no pudiera moverse con naturalidad. Sin embargo, recordando lo dicho por su madre, “teme más a las personas”, se llenó de valor y continuó.

Cuando se paró frente a la puerta del baño, hubo un cambio en el ambiente.

Oscuridad, solo oscuridad. Al parecer, la lámpara se había apagado.

Mirtha no supo qué hacer: entrar al baño o regresar a su habitación. Considerando que el baño contaba con su propia luminaria, era más práctico entrar y presionar el interruptor. Además, se encontraba más cerca que el dormitorio.

Cuando se dispuso a entrar, el silencio fue roto. Pasos consecutivos sonaron cada vez más perceptibles desde el otro lado del pasillo, mejor dicho, se acercaron con más velocidad.

Las palabras de la madre se fueron con el viento y ya no cupieron razones lógicas en la cabeza de la niña. De la ignorancia vino la confusión; de la confusión vino el miedo.

Ella se mantuvo inmóvil, incapaz de gritar, mientras cerraba los ojos con fuerza. Solo los abrió cuando sintió una presión en su estómago que la impulsó contra la pared.

Pudo sentir la respiración agitada de lo que estaba frente a ella, clavando un cuchillo en su cuerpo.

Sintió la presión varias veces más hasta que, finalmente, murió.

Como era de esperarse, los golpes repetidos hicieron que ambos hermanos despertaran.

Pedro se levantó de la cama para escuchar a través de la puerta, colocando su mejilla sobre la superficie de madera. Si no existían perturbaciones en la habitación, el ruido debía provenir de afuera. Le siguió Jacob, pero este prefirió guardar una mayor distancia.

Pedro consiguió oír pasos que se acercaban a una frecuencia constante, incrementándose la fuerza con la que pisaban el suelo, como si se volvieran más pesados con el tiempo.

El niño no sabía por qué, pero sintió un miedo tan profundo que sus piernas perdieron firmeza y sus pies apenas se despegaban del suelo. Dando varios pasos, regresó a su cama. Jacob lo siguió con la mirada e imitó su accionar. Un lazo inexplicable entre gemelos había conducido el terror.

Ambos se cubrieron el cuerpo por completo con las frazadas.

Aquello al otro lado del muro se detuvo, pero no por mucho tiempo. La respiración del intruso fulminó el silencio. La puerta no pudo evitar que entrara, pese a no oírse en ningún momento su rotación.

Según la ojeada de Pedro, levantando la frazada hasta dejar una franja libre, el intruso fijaba su atención en su hermano. Luego, agudizando sus sentidos, pudo visualizar cómo su oscura cabeza, más oscura que su propio cuerpo, giraba en dirección a él.

Cubrió la franja con la frazada, y no quedó ni un rayo de luz.

Por otra parte, Jacob levantó la frazada para ver al intruso. Este acechaba a su hermano. Agudizando sus sentidos, pudo diferenciar su estática posición hasta dar con el hecho de que el individuo pretendía cruzar miradas.

Se aisló en una profunda oscuridad tras bajar la frazada.

Pasaron varios segundos que parecían minutos. Nada perturbaba el escenario. Ningún sonido, ningún movimiento, ningún presagio. Parecía ser la prolongación de una noche más.

Motivados por la preocupación de que algo le hubiera ocurrido al otro hermano, ambos levantaron con bastante lentitud sus frazadas.

La criatura veía a ambos a la vez. Aquellas que debían ser sus cuencas, ocultas hasta ese momento por las perspectivas, se encontraban anormalmente separadas.

Sacudió su cuerpo en todas las direcciones, arqueó la espalda como si quisiera vomitar y, acto seguido, su cabeza se hundió. Después de pocos segundos, una división simétrica se extendió por todo su cuerpo hasta partirlo en dos.

De cada parte nació un nuevo ser, y cada uno se encargó de cortar la garganta de su hermano más cercano.

La última reacción de Pedro fue advertir a la pequeña Mirtha, a quien había olvidado hasta ahora. Pero no hubo espacio por el cual pudiera salir el aire ni hermana a quien salvar. Sus ojos quedaron petrificados en dirección a la cama vacía.

Los niños se ahogaron con su propia sangre.

El trágico suceso ocurrió en el tercer piso.

Doña Regina había cerrado la puerta después de salir a la calle para respirar aire fresco. Las constantes preocupaciones acerca de su familia la atormentaban cada noche. Entre ellas, la actitud perdedora de su hijo.

Comprendía a su pareja e hija, comprendía sus motivos para independizar a Ángel. Comprendía que no iba a vivir por siempre, y que su futura muerte significaría también el fin de su hijo. Sin embargo, la conclusión lógica la orillaba a echarlo de la casa, al vertedero de egoísmo llamado “sociedad”. ¿Su corazón soportaría acabar con la vida de una de las personas más importantes de la suya? Las vecinas con las que platicaba habitualmente a menudo afirmaban que era un paso necesario para la madurez. Pero, tratándose de alguien tan crecido, sin habilidad alguna y con evidentes problemas de adicción, ¿qué futuro le esperaría?

Era fácil culpar a ella y a su padrastro por no enderezarlo a tiempo, por no establecer límites. ¿Y luego qué? ¿Cambiaría en algo la situación el restregarle en la cara que fracasó en su función más importante?

Ángel era Ángel. Él nunca cambiaría. Su madre se había rendido desde hace buen tiempo.

Cuando Regina giró la cabeza hacia el interior del inmueble, distinguió un extraño color blanco en el centro del pasillo. Parecía estar flotando debido a su posición. Dio unos pasos con la intención de tocarlo.

Apenas recorrió la mitad del camino, un insoportable dolor interno la invadió.

Sintió y vio cómo sus manos se hinchaban. No solo sus manos. Sus pies, sus pechos, sus ojos, su lengua incrementaron tanto su volumen que el límite físico se vio superado.

Regina explotó en varios pedazos, y los pedazos a su vez explotaron hasta transformarse en un fluido rojo, disperso en el suelo del pasillo, a unos metros de la puerta de entrada.

El trágico suceso ocurrió en el primer piso.

Transcurrió alrededor de media hora. Don Antonio se levantó de la cama cuando notó la ausencia de su esposa. Por supuesto, conocía sus hábitos muy bien, así que decidió esperarla como veces anteriores para asegurarse de su integridad. Pero sin importar cuánto tiempo esperó, aproximadamente, otra media hora, no regresó.

Bajó al primer piso.

Al girar a la derecha luego de llegar al final de la escalera, debía ver a su querida mujer, con una belleza solo alcanzable a esa edad, mirando el firmamento, más allá de la puerta abierta.

Lo que vio en cambio fue un charco de sangre. Resbalándose sobre él, estaba un manto blanco con cuatro extremidades humanas. Parecía no tener cabeza.

La razón lo mantuvo desorientado un momento, buscando respuestas creíbles. Pero algo dentro de él, que definiría quizás como “instinto de supervivencia”, energizó cada célula de su cuerpo. Con la poca vigorosidad que le quedaba a su avanzada edad, Antonio subió corriendo por las escaleras. No iba en dirección a su propio cuarto, sino al tercer piso, donde su hija y sus nietos debían estar durmiendo.

En el instante en el que pisó el último escalón, algo lo cogió del cuello. Ejerciendo presión en torno a este, lo elevó por el aire hasta chocar su cabeza contra el techo. Manteniéndose el presente acto, el anciano murió estrangulado.

El trágico suceso ocurrió en el segundo piso.

Eran ya las dos de la mañana. El aire aún no se había contaminado con el olor de la sangre. En el cuarto piso, que en realidad era la azotea, Ángel se había levantado tras sentir una extraña presencia. No entendía cómo; pero él tenía una especie de vínculo con ese nivel, donde solo había un cuartucho. Podía distinguir cualquier cosa que perturbara su estado habitual.

Desplazó la cortina un poco para ver a través de la ventana. Parpadeando varias veces, confirmó la presencia de una figura nada convencional. Frente a él, había un cuerpo femenino desnudo, completamente visible a excepción de la cabeza. Al parecer, la falta de iluminación la mantenía oscura.

Su corazón latía fuertemente. No entendía la razón, pero su cuerpo deseaba salir del cuarto. ¿Con qué propósito? Por más obvio que resultase, el propósito era ese en efecto. Aunque era consciente de que aquello no se veía normal, siguió avanzando de manera despreocupada como una polilla en búsqueda de su muerte.

Abandonó el cuarto.

A medida que avanzaba, el cuerpo desnudo también lo hacía. Paso a paso, gota de transpiración a gota. En ese ambiente oscuro, ambos cuerpos deseaban ser uno.

Sin embargo, el deseo culminó cuando la oportuna luz de luna dio en el rostro de aquella mujer.

Quizás, no lo era tanto. Dejando de lado sus enormes pechos y cadera curvilínea, la cabeza recién revelada de su padrastro rebosaba de masculinidad con su frondosa y blanca barba.

Ángel supo que estaba muerto cuando la criatura empezó a correr. No porque fuera una cosa repugnante, sino porque llevaba un cuchillo en la mano, manchado con una sustancia roja.

El trágico suceso ocurrió en la azotea.

O tal vez no.

*

El lector puso las hojas frente a él, sobre su escritorio de madera, de tal manera que las letras no fueran visibles.

Pensaba en el contenido del texto, el cual ya había leído varias veces sin encontrar las respuestas que necesitaba.

—¿Existe en realidad una respuesta que provenga de esto?

Sus ojos estaban fijos a la puerta de su oficina, pero no esperaba el ingreso de nadie. Ni siquiera miraba en realidad la puerta. Tanto sus ojos como el resto de su cuerpo estaban en la azotea de aquella noche, en la casa de los Samaniego. Era un actor más dentro de la tragedia.

No sentía en absoluto cualquier fenómeno que fuera más allá de su visión suprema. Ni frío ni fricción del viento ni el hedor de la sangre. Simplemente, observaba a Ángel Ventura, que estaba frente a él, junto al monstruo que desempeñaba el papel de verdugo.

Nada se movía en este escenario. El tiempo parecía haberse detenido.

—¿Criaturas? ¿Explosiones espontáneas? ¿Muertes inexplicables e injustificadamente crueles?

El lector sacó un cigarro y un encendedor de un lugar desconocido. Prendió la punta y miró al cielo, antes de expulsar una bocanada de humo. Estaba sonriendo.

En la vida real, existía una verdad innegable: si un humano es asesinado, un humano es el asesino. Un perro no mata a un niño por un objetivo inmoral ni el valor de una gallina se compara a la del granjero para considerarse “asesinato”. Esta relación criminal se daba entre equivalentes. Por otro lado, el escenario propuesto por el autor carecía de esa regla. La imagen que pululaba en la mente del lector era un golpe duro contra esta verdad. Y a lo mucho, desde el sentido común, se podía considerar una “tomadura de pelo”.

—El culpable no es humano, a pesar de que las víctimas son humanas. El culpable no es uno, sino varios monstruos con habilidades sobrenaturales.

Lo único que tenía en sus manos era una narración cutre, pero extraordinaria. Una falsa verdad que sería la misma, aunque fuese leída un millón de veces.

Mientras tanto, habría un criminal que huiría despavorido con una verdad legítima, resbalando de sus dedos manchados con sangre.

La sonrisa sarcástica dibujada en el rostro del lector fue borrada. Ahora cada línea de expresión, sus dientes y sus ojos indicaban una ira creciente.

—¡Una mierda! ¡Esta verdad es una porquería! ¡Esto no lo hizo un monstruo ni miles de seres mitológicos! El responsable es un humano.

El lector apretó el puño como si quisiera golpear a alguien. No hubo perturbación alguna en el ambiente.

—Si muchos quieren dejar de razonar y entregarse al pensamiento mágico, es problema de ellos. ¡Estas personas, esta familia, no necesitan morbo ni especulaciones ni monstruos! ¡Necesitan justicia!

Cada rostro de los Samaniego se imprimió en su mente, de manera paralela a la escena del crimen.

—El crimen fue cometido por un ser humano. Atraparé a un ser humano y lo expondré al castigo que reciben los seres humanos.

El escenario se tiñó de negro, dejando solo dos figuras blancas, que aparentaban ser dos ojos que vibraban con violencia. Debían pertenecerle a alguien. El lector lo apuntó con el dedo.

—Prepárate. La verdad te tiene como culpable.

Tras decir ello, el supuesto responsable fue el último en ser imaginado.

—Ángel Ventura lo hizo, él los mató a todos. Lo demás… es pura fantasía.

Cuando estrelló su puño contra el escritorio, el lector ya había regresado a su oficina. Las hojas apenas se movieron.