Adiós
Libra siempre había creído que el amor podía con todo. Cáncer, en cambio, pensaba que el amor era una parte, no el todo.
Se amaron en los tiempos tranquilos: en tardes tibias de té, en conversaciones donde las palabras sobraban. Cáncer ofrecía refugio, ternura, paciencia. Libra ofrecía magia, novedad, preguntas sin respuesta.
Pero con los meses, las diferencias dejaron de ser encantadoras. Libra necesitaba certezas, abrazos que prometieran quedarse. Cáncer necesitaba agua como lo que realmente era un ser de agua, posibilidades abiertas, la libertad de no saber.
Discutían en voz baja, como quien intenta no romper un cristal ya agrietado.
—No me basta tu amor —murmuró Cáncer una noche, mirando hacia la ventana, hacia un mar que parecía más grande sin él.
Libra, con el corazón roto en los ojos, simplemente asintió. No gritó. No suplicó. Comprendió. A su manera doliente, comprendió.
Porque amar no era poseer. Porque amar, a veces, era soltar antes de que el resentimiento lo devorara todo.
Se abrazaron una última vez, como quien se despide de un sueño que sabe que nunca volverá a tener. No hubo culpas. Solo el dolor sereno de entender que el amor, por sí solo, no construía puentes entre almas que miraban en direcciones distintas.
Cáncer se marchó al amanecer, dejando una carta breve y una bufanda olvidada.
Libra se quedó sentado junto a la ventana, viendo cómo el sol comenzaba a levantar la niebla.
Y susurró al viento, con una tristeza resignada:
—Quizá... en otra vida.