"Silencio Carmesí”
En la familia Kagamine, Len siempre fue una nota al margen.
No era como Rin, decidida y brillante. Ni como Rinto, el orgulloso cazador anti-ghoul. Ni como Lenka, la dulce y carismática. Para todos, él era el más débil. El pequeño. El que no soportaba la presión. El que no debía salir solo.
Así lo trataban. Así lo veían.
Y él jugaba su papel… con maestría.
Pero en las sombras, Len era todo lo contrario.
Ágil. Preciso. Implacable. Un ghoul de clase alta, con un kagune afilado como cuchillas de cristal. Había aprendido a vivir solo, cazando otros ghouls, ocultando su presencia entre humanos. Nunca mataba inocentes. No por moral. Por necesidad.
Porque si su familia lo descubría… lo verían como monstruo. O lo cazarían.
Y aún si no los amaba del todo… no quería matarlos.
Pero entonces ellos llegaron.
Una célula ghoul del norte, liderada por uno que no tenía nombre. Lo llamaban Sable. Un híbrido brutal que olía mentiras y sangre seca. Y él había olido a Len.
—Alguien como yo —susurró Sable, desde los tejados del distrito 13—. Jugando a ser humano. Qué adorable.
Len intentó mantenerse bajo perfil. Cambió de rutas. Quemó rastros. Pero la célula se acercaba… y su familia no tenía idea.
Hasta esa noche.
Un ataque. Directo. En una calle sin salida, Rin, Rinto, Lenka y algunos amigos —como Luka, Gakupo y Miku— quedaron atrapados. El cielo se tornó rojo. Sable descendió como un lobo entre corderos.
—¿No es encantador? Toda tu manada junta. Ven con nosotros, Len. O los despedazo uno a uno.
Y ahí… Len cambió.
Sus ojos dorados se tornaron carmesí. Su voz, por primera vez, sonó inhumana.
—Aléjate de ellos.
Las cuchillas emergieron de su espalda como alas rotas. Su kagune atravesó al primer ghoul como si fuera papel. Luego al segundo. Luego a cinco más. Todo ocurrió en segundos. Un solo movimiento, una danza de muerte.