Un Verano para Proteger
Un Verano para Proteger
El cielo estaba despejado sobre la extensa campiña que rodeaba la Mansión Malfoy, y un viento cálido acariciaba las copas de los árboles mágicos que protegían la propiedad con un sigilo casi ancestral. Desde fuera, parecía un paraíso. Pero dentro, la atmósfera era todo menos serena.
Habían pasado solo unos días desde el final del curso escolar en Hogwarts, y el inicio de las vacaciones de verano debía representar un descanso, una pausa para todos. Sin embargo, Severus Snape, Lucius Malfoy y su hijo Draco no podían hallar consuelo. Sus pensamientos giraban en torno a un solo nombre: Harry.
En la gran sala encantada, con ventanas abiertas al jardín y el aroma de lavanda flotando en el aire, yacía una cuna encantada especialmente diseñada para el pequeño Harry Potter. Estaba dormido, arropado hasta el cuello con una manta suave color crema, abrazando con fuerza su peluche de dragón. Su expresión era tranquila, pero bajo esa calma se escondía una verdad dolorosa: había sido traicionado de la forma más cruel.
—“No hay castigo suficiente para lo que hicieron,” murmuró Snape, con los labios apretados y la mirada fija en el niño dormido.
Lucius, de pie junto a la repisa, mantenía las manos cruzadas a la espalda, el rostro endurecido por la rabia contenida. —“¿Y esta vez? No fue un accidente, no fue una discusión… fue envenenamiento.”
—“Lo más repulsivo,” añadió Draco desde el sofá, mirando una manta doblada entre sus manos, “es que fingieron hacerlo por amistad. Ron, Hermione… incluso Ginny. Se acercaron como si realmente se preocuparan. Y Harry, como siempre, confió.”
Los recuerdos eran tan recientes que ardían. Fue en el Gran Comedor. Hermione, con esa máscara de falsa empatía, le ofreció a Harry una papilla “especialmente preparada” para él. Ginny añadió que era su sabor favorito. Ron se rió y le dijo que “no tendría que preocuparse por nada”. Lo ocultaron todo bajo bromas, gestos amistosos y sonrisas forzadas.
Draco había salido apenas un momento. Una conversación rápida con Flitwick. Cuando regresó, Harry ya había ingerido varias cucharadas. A los minutos, empezó a toser, su rostro palideció y luego enrojeció, cayó al suelo retorciéndose de dolor.
—“Recuerdo el sonido,” dijo Draco con voz rota. “Ese grito... ese pequeño gritito… Fue como si algo dentro de mí se apagara.”
Lucius fue quien, sin perder la compostura, activó el traslador directo a San Mungo. Snape sostenía a Harry envuelto en una capa, dándole pociones para mantenerlo consciente. Draco no dejaba de llorar.
El sanador fue claro:
—“El niño ha sufrido una agresión mágica a nivel digestivo. El alimento estaba alterado con extracto de raíz negra combinada con polvo de hidra. Alguien supo exactamente lo que hacía.”
El daño fue profundo. El sistema digestivo de Harry colapsó. Sus riñones, ya debilitados desde el primer año por malnutrición, empezaron a fallar. El sanador estableció nuevas órdenes: alimentación únicamente líquida, descanso total, nada de estrés. El cuerpo del pequeño había retrocedido meses en su recuperación.
Ya en la mansión, Snape había reanudado la rutina médica: pociones calmantes, pociones reparadoras cada cuatro horas, chequeos constantes. El dormitorio de Harry fue rehechizado con una temperatura mágica fija de 29 grados, su biberón tenía un encantamiento para mantener la leche tibia, y su armario revisado por Lucius solo contenía ropa de algodón suave, perfectamente doblada, por tallas, por temperatura y por actividad.
—“Cada detalle, cada poción, cada manta —dijo Lucius— será verificada. Nadie más va a hacerle daño.”
Los elfos domésticos tenían instrucciones claras. Harry no debía estar solo nunca. Ni por un segundo.
Esa mañana, el niño dormía en su cuna con la respiración suave. Draco le acariciaba los rizos, murmurando casi como si cantara una nana. A su lado, Snape revisaba su temperatura con un hechizo sin contacto. Lucius observaba con la mandíbula apretada.
—“A veces me pregunto,” dijo Draco suavemente, “si lo estamos ayudando lo suficiente. Es tan pequeño, tan inocente...”
Snape, sin apartar la vista de Harry, replicó: —“Lo ayudamos simplemente estando. Dándole un lugar donde sepa que no debe temer. Donde pueda dormir sin gritar. Donde nadie se atreva a tocarlo.”
—“Y cuando se recupere del todo,” intervino Lucius con voz fría, “los responsables van a pagar. Lo juro por mi nombre.”
—“Y por el mío,” añadió Snape.
Draco asintió. —“Los tres.”
El verano comenzaba con una promesa silenciosa. Harry, el pequeño, vulnerable e inocente Harry, volvería a recuperar su salud, su sonrisa, su calma. Y lo haría en un entorno donde tres hombres —tan diferentes entre sí— se habían convertido en su familia incondicional.
El mundo podía esperar. Lo urgente, lo verdaderamente importante, estaba durmiendo en una cuna, abrazando un dragón de peluche, protegido por una promesa que nadie quebrantaría.