I

Quizás tú que lees estas palabras no conozcas el significado real de la luz al final del túnel. La metáfora siempre fue clara, una oscuridad absoluta que te envuelve hasta asfixiarte hasta que, de pronto, esa pequeña claridad, casi tan lejana que parece inalcanzable, se convierte en un impulso para seguir respirando, similar a una descarga eléctrica que recorre todo tu cuerpo y te empuja a caminar incansable.
Yo sí conozco ese significado casi tan abstracto como cierto puesto que mi mundo se sumió en las tinieblas despacio, con el paso de los días, el transcurrir de los años. Una opresión en mi pecho cortaba mi aliento, a veces no era capaz de dormir, otras no hacía otra cosa… No comía o devoraba con hambre infinita plagada de ansiedad y anhelos.
Un monstruo invisible se había apoderado de mi rutina, un monstruo difícil de espantar, casi imposible de apalear. Un monstruo que se alimentada de voces en mi cabeza, susurros tenues que se acrecentaban, voces de dolor, miedo y sufrimiento, un terrible tormento que no era capaz de acallar.
Me llamo Julia, Julia Fonseca y hace exactamente cuatrocientos sesenta y dos días que volví a nacer.
Acabo de cumplir los veintiséis, hace cuatro años me licencié en derecho en la universidad y, aunque no me gustaba demasiado esa carrera, estudiar durante horas cada contenido de esos libros de leyes mantenía mi mente centrada, lejos de las voces, en calma.
Había perdido la cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que las escuché por primera vez, casi un murmullo molesto anclado en mi subconsciente, como un mosquito al que quieres matar o espantar, pero no ves y te acaba picando, chupando tu sangre y dejando cicatriz…
No hay símil más acertado para describir mis voces, chupaban mi alegría, mermando lentamente mis ganas de vivir y marcando todo mi interior de cicatrices invisibles que únicamente yo conocía, mis miedos, mis fantasmas.
Se podría decir que siempre he tenido una vida fácil, no me faltó nada y tuve todo cuanto quise, excepto lo único que siempre he deseado y anhelado, sentir que pertenezco a alguna parte, que se me escucha, se me valora. Descubrir quién soy más allá de la titulación impuesta por mis padres, desde su manera de quererme, sin medida pero no como yo necesito. Sentir que hay algo más allá de este círculo del que no puedo escaparme y me va sumiendo en mi propio abismo. Encontrar mi luz al final de este angustioso túnel, de mi camino de autodestrucción.
En algún momento de mi holgada vida todo se torció y no tuve el valor de enfrentarlo, dejándome consumir despacio, dejando que esa oscuridad, cargada de voces que ya no eran susurros sino gritos desesperados me empujaran a rendirme… Hace cuatrocientos sesenta y dos días me rendí y tomé una decisión que lamentaría el resto de mi vida, desaparecer.
Recuerdos grabados a fuego en mi mente, el olor a desinfectante del hospital donde abrí los ojos despacio, donde una luz blanca y cegadora envió una oleada de punzadas a mi maltrecha cabeza y sentí mi cuerpo frágil y pesado. Recuerdo que me costaba respirar y las lágrimas se agrupaban en mis pupilas rasgadas. Las voces no callaban, seguían susurrando que ni siquiera sabía cómo morirme sin fracasar.
Mis padres, a los pies de mi cama, no sabían si mostrarme su alegría al verme despertar o la desesperación más absoluta por haber intentado algo tan estúpido como quitarme de en medio. Su alivio era palpable, sus lágrimas de impotencia y miedo más reales que nunca. Estaba viva, pero mi camino no hacía más que empezar.
El diagnóstico no fue un secreto, depresión severa con tendencias autodestructivas, requería vigilancia continua, pastillas que embotaban mis sentidos y ese hospital se volvió, durante mucho tiempo, en mi único hogar.
Trabajé duro, haciendo uso de todas mis fuerzas con un único objetivo en mente, salir de ahí cuanto antes y reconstruir mi nueva vida, mi nueva oportunidad, lejos del olor a desinfectante, de la luz blanca, de las batas del hospital. Lejos de ese infierno que no era más que un recuerdo de mi tibio fracaso, de mi absoluta debilidad.
Cuando por fin volví a casa, mis padres actuaron de la única forma que sabían, creyendo que hacían lo correcto. Enterraron bajo capas de hormigón armado tan traumático suceso, como si jamás hubiese sucedido, empezábamos de cero una vez más, pero yo no era capaz de callar las voces. Fue entonces cuando lo supe, me acompañarían toda la vida, tendría que ser cada vez más fuerte.
Poco a poco, fui fijándome pequeñas metas, alegrándome al alcanzarlas, encauzándome despacio, sin prisa, sin frenos. Empecé a trabajar en un proyecto que, contra todo pronóstico, descubrí que me encantaba y dediqué mi tiempo libre a mi pasión más preciada, mi escudo, mi arma pesada contra la angustia y el miedo, escribir.
Al principio solo eran pequeños versos cargados de ruinas en una libreta, algunas líneas que empezaron a crecer, agrandando mi pluma y empujándome a dar un pequeño salto de gigante, anonimato e internet.
Recuerdo cuando lancé mi primer escrito a la red, poca cosa, unas pocas palabras, un relato sencillo sobre la vida y sus caídas. Nunca imaginé que algo tan tonto como publicar aquello que nacía en mi cabeza sería el primer parpadeo de mi propia luz al final de mi túnel.
Poco a poco, aquello que escribía fue creciendo sin poder pararlo, las palabras llegaban a mi mente, historias sin pausa alguna, mi mundo interior estalló en millones de palabras que, contra todos mis pronósticos, gustaban y atraían lectores como moscas, dando el primero de los golpes a esas malditas voces que me desquiciaban. Yo servía para algo en esta vida, servía para escribir, a la gente le gustaba.
Una vez abrí esa puerta no fui capaz de cerrarla, era mi ventana a un nuevo mundo donde yo podía ser quien quisiera, donde mis personajes superaban mis mayores miedos dejando en esas palabras mi esperanza de que, en un futuro, se hiciesen realidad mis metas, alcanzase uno de esos finales felices que solía pintar en mis historias.
Y, sin pensar un solo instante que mi pequeño desahogo me traería el inicio de mi propia historia, un mensaje de madrugada, cuando el mundo dormía y yo batallaba con cada pesadilla, consiguió cambiarlo todo.
Un pequeño pitido en mi teléfono, una notificación de un mensaje privado en la página donde escribía haciéndome fruncir el ceño antes de abrirlo y guardar, poco a poco, el aliento.
—Feminist Sierra: ¿Tú también las escuchas verdad? Las voces.