Compromiso
De entre todas las sorpresas que Mateo podía recibir, ésta era una que pensó tardaría en llegar pese a que estaba latente cada día de su vida.
La decisión importante que su mejor amigo le anunció en aquella tarde de invierno mientras bebían un café, era finalmente pedirle a Amelia, su novia; comprometerse y eventualmente casarse.
Vaya... sí que era una sorpresa.
O bueno, tal vez no. Es decir; no le sorprendía después de varios años de noviazgo —alrededor de unos cinco o seis—... Pero que se materializará, no lo hacía menos impactante, si no; más aterrador, tan aterrador que durante cinco minutos se quedó pasmado pensando en cuál sería la manera más sencilla y rápida de morir sin tener que fingir una alegría inexistente; prefería caminar hacia los coches de la avenida para que le destrozaran cada parte de su cuerpo o lanzarse a las máquinas de café hirviendo y tener quemaduras de tercer grado... es más, resultaba más atractivo tener que ensartarse el tenedor en el cuello con el que degustaba amargamente esa rebanada de pastel que Daniel le invitó. Todo eso le resultaba muchísimo más factible, que ser el padrino de su boda.
¿Qué palabras serían las más indicadas para decirle a Daniel? “Hey, felicidades; Dios los bendiga” o quizás un: “Me alegra bastante que el amor de mi vida se vaya a casar con mi mejor amiga. ¡Vivan los novios!” ¿Y vivir amargamente con el corazón roto?
No. Eso no era una opción, al parecer.
Lo que en realidad quería decir era algo como: “Maldita sea, Daniel. ¿Son estúpidos o qué? ¿Durante estos años jamás, jamás se dieron cuenta de cómo te miraba? ¿De lo mucho que te deseaba?” “Quiero muchísimo a Amelia, pero esto no va a funcionar. ¿Dónde quedo yo y lo que siento por ti?”
Eso sí que estaba más cerca del como Mateo se sentía en esos momentos. Y aunque no era necesario mencionarlo, estaba más que claro que él, el mejor amigo de Daniel y el mejor amigo de Amelia; estaba fuera de la ecuación.
Tuvo que que traicionarse —una vez más—, y tragar las palabras que previamente había jurado soltar como lezna y que no se guardaría en su pecho. Aquel bocado de pastel de zanahorias, se le figuró extremadamente amargo. Y tras varios minutos en un silencio incómodo, y la evidente preocupación de Daniel al no haber una respuesta de Mateo; provocó que toda esta situación se sintiera irreal e incómoda. Muy incómoda. Poco a poco la sonrisa de Daniel comenzó a esfumarse, teniendo efecto en Mateo al soltar una risita nerviosa que en breves segundos se convirtió en una histérica y llamó la atención de los clientes del lugar.
Al notar la incomodidad en los comensales de su entorno, en Daniel y en él mismo; comprendió con dolor que Daniel, su Dani estaba siendo completamente sincero con respecto a sus decisiones
—Dani, ¿Es-Estás seguro? —cuestionó temeroso y por primera vez en demasiado tiempo volvió a tener esa sensación de incertidumbre que lo aterraba— Es... Es, vaya... Sorprendente.
—¿Sorprendente? —le observó notablemente confundido, moviendo su cabeza para aclarar sus pensamientos— Llevamos saliendo seis años —pronunció con cuidado—. Me ama y la quiero… No puedo estar más seguro que nunca, Mati…
—¿La amas? —interrumpió Mateo con brusquedad al notar esa falla en el contrato más la necesidad de saber la verdad— Dices que te ama pero que tú la quieres… No es lo mismo amar y querer.
—Amelia es la compañera que necesito —respondió tras un incómodo silencio—. Nos comprendemos, sabemos nuestras debilidades y fortalezas; nos inspiramos a ser mejores personas y sobre todo me ama.
—No es suficiente, Dani —argumentó con amargura.
—Lo será —decretó el aludido de cabello negro—. Quiero compartir contigo esta felicidad, quería que fueras el primero en saberlo de entre todas las personas que nos conocen… Y, además quería que me hicieras un favor.
“Oh, no.”
Oh, sí.
De entre todos los favores que Daniel pudiera haberle pedido, jamás cruzó por su enamorada mente que lo apuñalaría de tal manera que hasta un crimen pasional sería como un juego de niños: es decir, llevarlo en un tortuoso recorrido por joyerías para encontrar los anillos perfectos y todavía suplicarle que se los midiera por tener dedos similares a los de la prometida, era como ponerle en todas esas ocasiones hierro incandescente en el dedo, provocando que el escozor fuera tan fuerte como arder en las llamas del infierno, siendo observado por el diablo que se compadeciera por él.
Había algo que Mateo detestaba de sí mismo y era lo masoquista podía llegar a ser con tal de cumplir los deseos de Daniel; obviamente, siempre y cuando se tratara de él. Pero por muy masoquista que pudiera ser y por muy sádica la petición de su amigo, Mateo no podía tolerar ni un minuto más en esta hilarante situación.
—¿Cuál anillo crees que le quede mejor? — cuestionó Daniel, buscando estar en sintonía él y su amigo en la selección de anillos y hacer a un lado la sensación del ambiente tenso.
—Dani… —respondió apesadumbrado— Me parece que esa es una decisión que no debo de tomar yo.
—… Sólo estoy pidiendo tu opinión —contestó incómodo al instante en que desviaba su mirada a la mano con el anillo—. Obvio elegiré yo.
Mateo suspiró, intentando articular alguna otra palabra. Pero sólo quería llorar; llorar cuál niño se pierde en supermercado y busca desesperadamente a su mamá, quería llorar en medio de la joyería y suplicarle que lo dejará en paz y por favor se olvidará de él, de su amistad, de lo que alguna vez fueron y lo que significó él en la vida de Daniel.
Quería llorar porque Daniel se había convertido en su prioridad… Un grave error que estaba pagando en estos momentos.
—Siento que tal vez el anillo con el pequeño zafiro le quedaría increíble —murmuró entre dientes Mateo, rindiéndose finalmente a su condena.
Daniel esbozó una sonrisa que resultó ser un efecto placebo para Mateo mientras señalaba el anillo mencionado y la señorita del mostrador procedía a colocarlo en una delicada cajita de terciopelo; mientras Mateo se sentía estúpido por ceder tan fácil y conformarse con una simple pero genuina sonrisa de él.
La noticia de los futuros esposos se esparció como pólvora y en poco tiempo; todos sus allegados estaban enterados de la decisión que ambos jóvenes habían tomado, se podía respirar alegría y amor en el ambiente pero esto terminaba cada vez que alguien se acercaba a Mateo, que en cada oportunidad que tenía cuestionaba algunas —si no es que todas— decisiones de los novios. Pensó que el haber ido a las joyerías con su amado fue una tortura del medievo… Pero el escuchar a ambos chicos hablar sobre sus planes a futuro, juntos; como esposos… Era tan desagradable como inimaginable para él.
Así pues, empezaron a transcurrir los días y las noches, donde de manera puntual estaba castigándose con su propio autodesprecio y autocompasión barata del “porqué las cosas no fueron diferentes”.
Le destrozaba no ser el motivo de sus sonrisas.
Le dolían sus decisiones para mantenerse en la vida de Daniel como su amigo.
Le mataba, que Daniel jamás correspondería a su amor.