1
El cielo sobre Ipswich estaba cubierto de nubes pesadas, como si presintiera que algo antiguo y poderoso se había despertado.
Reid Garwin se apoyó en su motocicleta, con una sonrisa arrogante dibujada en los labios mientras el viento le alborotaba el cabello rubio. El aparcamiento de Spencer Academy estaba casi vacío, salvo por los rezagados que corrían para no llegar tarde. Pero él nunca se apresuraba. Nada ni nadie lo apuraba.
Y entonces, ella bajó del coche negro.
Primero sintió su presencia. Una presión cálida en el pecho, una especie de cosquilleo en la piel, como si el aire hubiese cambiado de sabor
La vio. Chaqueta de cuero ceñida, botas hasta la rodilla, y ese caminar… seguro, elegante, como si supiera que el mundo le debía algo. Su cabello negro azabache caía como una cortina de sombras, y sus ojos —negros también— se encontraron con los de Reid como si lo atravesaran.
Él entrecerró los ojos. Algo en ella no cuadraba. No tenía el olor dulce y corriente de los humanos comunes. Era distinta. Poderosa.
—Vaya… —murmuró Reid, observándola con descaro mientras ella pasaba cerca.
La chica le lanzó una mirada de reojo, divertida, como si leyera sus pensamientos y los encontrara predecibles.
Clase de historia.
Ella se sentó al fondo del aula, y Reid, rompiendo su costumbre de sentarse adelante solo para fastidiar al profesor, se deslizó hacia el asiento junto al suyo.
—¿Eres nueva? —preguntó, con su voz suave y confiada, casi como una caricia.
—Lo soy —respondió ella sin mirarlo, concentrada en el cuaderno donde garabateaba símbolos extraños. No corazones, ni estrellas, sino runas… y círculos mágicos.
—Reid —se presentó él, inclinándose un poco más hacia ella—. Reid Garwin.
—Liora —respondió finalmente, y sus ojos se encontraron de nuevo.
Reid sintió un escalofrío que le bajó por la espalda y le subió directo a la nuca. La forma en que su nombre salía de sus labios… fue casi como un conjuro.
Liora parecía absorta en su cuaderno, dibujando símbolos que, a los ojos de cualquiera, podrían parecer simples garabatos. Pero Reid los había visto antes… en libros que su familia escondía, en sueños que no podía explicar. No sabía lo que significaban, pero le erizaban la piel.
Estaba a punto de decirle algo más, algo estúpidamente encantador, cuando la puerta del aula se abrió con un chirrido seco.
—Garwin —gruñó el profesor Hastings, clavando sus ojos como cuchillas sobre él—. Vuelve a tu asiento. Ya.
Reid esbozó una sonrisa descarada, como si le encantara ser reprendido. Se levantó despacio, lanzándole una última mirada a Liora.
—Nos vemos —susurró. No un adiós. Una promesa.
Ella alzó la vista, apenas, y sus labios se curvaron en una sonrisa tan breve como desconcertante.
De regreso en su asiento, Pogue lo recibió con un codazo directo en las costillas.
—¿Qué fue eso?
—¿Te vas a enamorar por fin? ¿O solo estás ampliando el repertorio? —bromeó Tyler, bajando la voz.
Caleb, más serio, lo observaba con detenimiento.
—¿Quién es?
Reid se acomodó, cruzando los brazos detrás de la cabeza, fingiendo indiferencia.
—Se llama Liora. Nueva. Misteriosa. Interesante.
—¿Interesante cómo? —insistió Caleb, sin quitarle los ojos de encima a Liora.
Reid se encogió de hombros.
—No lo sé. Tiene una energía rara. Me mira como si me conociera… pero sé que nunca la he visto en mi vida.
Pogue chasqueó la lengua.
—Eso suena ligeramente perturbador.
—Suena a que vas a terminar con el corazón hecho polvo —añadió Tyler con una sonrisa.
Reid los ignoró. Miró por encima del hombro hacia Liora, que ahora escribía con calma, como si la conversación con él nunca hubiera pasado.
Pero había algo. Él lo sentía. Como si un hilo invisible los mantuviera atados desde ese primer cruce de miradas. Y aunque no sabía qué era exactamente, quería más.
Lo que Reid no sabía… era que Liora ya lo había notado antes de entrar al aula. Que su llegada a Ipswich no había sido un accidente. Y que bajo esa piel perfecta y esa sonrisa tranquila, se ocultaba un fuego antiguo… y peligroso.
Liora
Los pasillos del edificio residencial de Spencer Academy estaban extrañamente silenciosos para una escuela tan viva. El eco de sus botas resonaba sobre los pisos de madera antigua mientras arrastraba su maleta. El letrero con los números dorados la guió hasta su nuevo refugio:
C-217.
Frente a la puerta, Liora se detuvo. Inhaló lentamente. El lugar parecía tan perfecto, tan cuidadosamente estructurado, que se sentía como una farsa. Pero bajo esa fachada elitista, sabía que Spencer escondía secretos… igual que ella.
Cuando metió la llave en la cerradura, escuchó una puerta abrirse de golpe a su derecha.
—¡Oh, por fin apareces! —dijo una voz femenina con entusiasmo.
Una chica rubia, de complexión atlética y piel impecable, salía de la habitación contigua. Tenía una toalla envuelta en el cabello y otra en el cuerpo, pero eso no parecía molestarle en absoluto. Su confianza llenaba el pasillo.
—¿Tú eres la nueva, cierto? Liora… ¿Liora algo?
Liora ladeó ligeramente la cabeza, con su típica calma controlada.
—Blackmoor.
—¡Eso! Liora Blackmoor. Suena como nombre de novela gótica. Soy Kate. Kate Tunney. Vivo justo aquí al lado —dijo señalando con el pulgar—. Spencer apesta cuando no conoces a nadie. Así que oficialmente te adopto. ¿Te molesta?
—No me has dado opción —respondió Liora con una leve sonrisa, arqueando una ceja.
Kate soltó una carcajada.
—Me agradas.
Otra puerta se abrió al frente. Una chica delgada, de cabello castaño claro y ojos atentos asomó la cabeza.
—¿Interrumpí algo?
—¡Sarah! Esta es Liora, la nueva compañera de pasillo. Liora, esta es Sarah Wenham. Es la buena del grupo. La que siempre se acuerda de los cumpleaños y lleva aspirina en el bolso.
Sarah sonrió con suavidad y se acercó con paso tranquilo.
—Hola. Bienvenida. ¿Te ayudamos con algo?
Liora negó con la cabeza.
—Estoy bien. Gracias.
—¿Vienes de alguna otra escuela privada? —preguntó Sarah con tono natural, sin presión.
—Algo así —respondió Liora, sin entrar en detalles. No le gustaba hablar de su vida anterior. Ni de Salem. Ni de los motivos por los que tuvo que irse.
—Ya nos contarás más cuando te sientas cómoda —añadió Sarah como si hubiera leído su mente—.Nosotras solo… estamos acostumbradas a que la gente nueva venga un poco a la defensiva.
—Y con razón —añadió Kate, cruzándose de brazos—. Este lugar puede ser intenso. Pero si aprendes a moverte, es divertido. Además, hay tipos que te hacen olvidar que estás atrapada entre clases aburridas y profesores con complejos de autoridad.
Sarah rodó los ojos.
—Ella se refiere a su ex, que fue un error con piernas.
—Fue una fase, gracias —respondió Kate como si no le importara, pero Liora notó el cambio en su mirada. Una sombra breve, apenas un segundo, como un temblor de duda.
Liora asintió hacia su puerta.
—¿Y los dormitorios son tan… tradicionales como parecen?
—Sí. Pero hay algo reconfortante en lo antiguo, ¿no? —dijo Sarah—. Los pisos crujen, las paredes son gruesas, y hay algo en el aire que hace que los sueños sean más… intensos.
—¿Soñadores? —replicó Liora, curiosa.
Sarah la miró por un segundo, como si estuviera probando su reacción.
—O pesados. Depende.
—No digas eso, o la vas a espantar —rió Kate—. Vamos, Liora, abre esa puerta y te mostramos lo que de verdad importa: dónde esconder los snacks y cómo hacer que tu cafetera no explote con la instalación eléctrica del siglo XIX.
Liora abrió. La habitación estaba limpia, sencilla, pero había una energía... vibrante. No negativa, pero antigua. Casi como si alguien antes que ella hubiese dejado huellas invisibles allí.
Kate se tiró sobre la cama sin permiso alguno, como si ya fueran amigas de toda la vida.
—Digno. Mejor que el mío, al menos. ¿Ventana al bosque? Estás bendecida.
—Voy a suponer que eso es un cumplido —murmuró Liora, mientras dejaba su mochila a un lado y recorría la habitación con la vista.
Sarah permanecía en la puerta, más respetuosa, pero observando. Liora podía sentirlo. Esa chica no hablaba mucho, pero no se perdía nada.
—¿Tienes planes esta noche? —preguntó Kate, ahora revisando los discos en su celular—. Hay una mini reunión en el claro detrás del campus. Música, bebida, tal vez una fogata. Nada serio. Puedes venir si te apetece ver a la fauna local.
—No soy muy de fiestas —respondió Liora, aunque no con frialdad. Solo con honestidad.
—Perfecto. Nosotras tampoco —dijo Kate, guiñándole un ojo—. Solo vamos por el drama.
Sarah rio por lo bajo, negando con la cabeza.
—No tienes que decidir ahora. Pero si cambias de opinión, vamos a salir justo después de la cena. Puedes venir con nosotras.
Liora las miró a ambas. Dos chicas tan distintas… y, sin embargo, había algo auténtico en ellas. Una calidez que ella no estaba acostumbrada a encontrar. Ni a permitir.
—Tal vez vaya un rato —dijo finalmente.
—Sabía que me caías bien —dijo Kate, levantándose con energía—. Bueno, tenemos que arreglarnos. El mundo no se conquista con sudaderas.
Sarah se despidió con una sonrisa tranquila, y ambas se retiraron.
Liora se quedó sola. Cerró la puerta con suavidad.
Por primera vez desde que llegó, sintió algo parecido a… comodidad. Tal vez incluso un principio de pertenencia.
El sonido de sus botas contra el mármol resonaba con una precisión incómoda. En Spencer Academy, incluso los pasillos parecían mirar con superioridad. Liora no se dejó intimidar. Había caminado entre sombras más densas que el mármol bruñido de esa escuela.
El papel que llevaba en la mano era una orden clara: “Recoger uniforme, identificación y paquete de bienvenida en Secretaría”.
Una formalidad. Un sistema.
Ella no encajaba en sistemas. Pero sabía moverse entre ellos sin ser atrapada.
La secretaria —una mujer estricta, con el cabello recogido como si hubiera nacido en otro siglo— no le dedicó más que un vistazo antes de empujarle una caja plana y una carpeta.
—Bienvenida a Spencer, señorita Blackmoor —dijo con tono monótono—. Aquí tiene todo lo necesario. Su habitación ya fue asignada. El uniforme es su responsabilidad. Si pierde alguna pieza, se descuenta.
—Entendido —dijo Liora sin emoción, recogiendo la caja con un solo brazo.
No era pesada, pero era incómoda. Bajó la vista hacia la carpeta mientras salía, intentando ver el horario sin dejar de caminar.
No vio al chico venir.
El impacto fue seco, su hombro golpeó contra el pecho de alguien y su equilibrio se tambaleó. La carpeta cayó al suelo. La caja resbaló de su brazo.
Pero lo peor no fue el susto.
Fue el toque.
Un dedo rozó su muñeca cuando el chico intentó sostenerla.
Y todo cambió.
Asfalto. Grietas en la carretera. El cielo anaranjado por el atardecer. El sonido de una motocicleta acelerando.
Una curva tomada demasiado rápido.
Un grito ahogado.
Un casco rebotando sobre el pavimento.
Un cuerpo sin moverse.
El olor a sangre en el aire cálido.
Un latido. Dos. Y se fue.
—¿Estás bien? —preguntó el desconocido.
Liora parpadeó, respirando con dificultad. El zumbido aún le vibraba detrás de los ojos.
Era alto. De cabello oscuro, ojos de un gris sucio, mirada cansada. No era alguien que habría recordado si lo hubiera cruzado antes.
—Estoy bien —respondió con rapidez, agachándose a recoger la carpeta.
Él la ayudó con la caja, se la ofreció sin insistencia. Sus dedos la rozaron de nuevo, pero esta vez no hubo visión. Solo el eco lejano de lo que había visto.
—Disculpa, venía con prisa.
—No te preocupes —dijo Liora, sin mirarlo directamente.
—¿Nueva? —preguntó él.
—Sí —dijo ella, sin añadir más.
Él asintió una sola vez y se alejó sin decir su nombre.
Liora lo siguió con la mirada unos segundos antes de girarse y seguir su camino, con el corazón latiéndole como si aún escuchara el chillido de las ruedas en su cabeza.
A veces las visiones eran vagas. Otras, detalles precisos que no podía ignorar.
Ese chico estaba condenado. Ella lo había visto morir.
La caja del uniforme descansaba sobre su cama sin abrir.
Liora la había dejado allí después de volver de la secretaría, sin ganas aún de tocarla. No era hora de pertenecer. Y mucho menos de encajar.
La tarde ya se teñía de naranja tras las cortinas, y el rumor de la música le llegaba en fragmentos desde el bosque que rodeaba el campus. Tal como Kate había dicho, "La verdadera bienvenida no está en los pasillos, sino en las fiestas detrás del campus."
Frente al pequeño espejo de su habitación, Liora se preparó.
Eligió algo que la hiciera sentir como ella misma: un top de encaje negro que dejaba sus hombros al descubierto, una chaqueta corta de cuero, jeans ajustados y botas de tacón medio. Su cabello, suelto, caía en ondas oscuras. Apenas un toque de delineador y brillo oscuro en los labios. No necesitaba más. Ella no buscaba llamar la atención.
Solo sentir el terreno bajo sus pies
Cruzó el bosque siguiendo el murmullo creciente de música y risas. Las luces empezaban a encenderse, improvisadas entre ramas, antorchas en botellas de cristal y faroles colgantes.
Cuando llegó al claro, el corazón del bosque latía con un ritmo más salvaje.
Estudiantes por todas partes. Alcohol escondido en botellas de agua, humo dulce flotando en el aire, cuerpos bailando. Todo envuelto en una energía espesa, casi eléctrica.
Y entonces lo sintió.
Antes de verlo, lo sintió.
Reid.
Su presencia tenía una firma energética diferente, como una corriente de calor subiendo por su espalda sin tocarla. Liora giró la cabeza justo cuando él se apartaba de un grupo de chicos —probablemente sus amigos— y la miraba como si el resto del mundo se desvaneciera.
Chaqueta oscura, camiseta blanca, jeans oscuros y esa actitud como si la gravedad le respondiera solo a él. Sonrisa peligrosa, mirada demasiado segura.
—¿Te perdiste o viniste a buscarme? —dijo Reid, acercándose con lentitud, como si cada paso fuera parte de un juego secreto.
—Vine a ver si tanta fama era real —respondió Liora, con una media sonrisa.
—¿Y? —Su voz tenía un filo juguetón.
—Aún no decido si eres interesante... o solo ruidoso.
Reid se rió, y esa risa la atravesó como una corriente cálida.
—¿Quieres una copa?
—No tomo nada que no sirva yo misma —respondió sin titubear.
Eso pareció divertirlo más.
—Me gusta tu estilo, Blackmoor.
—¿Así que sabes mi nombre?
—Lo memoricé después de verte —dijo él, acercándose un paso más.
El fuego de la fogata central bailaba en sus ojos.
Liora sintió que el aire a su alrededor se volvía más denso. No por miedo. Sino por la chispa invisible que se creaba entre ellos cada vez que se acercaban demasiado.
—¿Siempre eres tan directo? —preguntó ella.
—Contigo, sí. No pareces de las que se asustan fácil.
—Y tú pareces de los que ocultan más de lo que muestran.
Un leve silencio.
Reid ladeó la cabeza, evaluándola, como si quisiera leer más allá de sus palabras.
—Tal vez —susurró él—. Tal vez por eso me das tantas ganas de hablar.
Y entonces el DJ improvisado cambió la música a algo más oscuro, envolvente, con un ritmo que parecía marcar los latidos del pecho.
Reid extendió una mano, sin palabras.
Liora lo miró. Supo que estaba cruzando una línea.
Y tomó su mano.
El contacto fue breve, sin visión esta vez. Solo calor. Electricidad.
Y mientras se dejaban llevar por la música, Liora supo que algo estaba cambiando. Que ese chico era más que un rostro bonito con arrogancia. Y que su conexión con él iba a ser todo menos simple.
Había olvidado cuánto podía perderse una persona en el movimiento del cuerpo ajeno.
La música se volvió un pulso. Reid y ella no dejaron de bailar durante casi dos horas. Sin pausas, sin distracciones. Se acercaban, se tocaban apenas, se rozaban las manos, las caderas, los hombros. Había momentos en que sus frentes casi se tocaban, sus respiraciones se sincronizaban, pero no se besaban. No todavía.
Había algo eléctrico entre ellos. No urgencia… sino tensión. Expectativa.
Y Liora sabía jugar con eso.
Pero también sabía cuándo retirarse.
—Ven, tenemos que hablar —dijo una voz conocida.
Kate. Y detrás de ella, Sarah, con una sonrisa cómplice.
—¿Ahora? —Liora arqueó una ceja, aún de espaldas a Reid.
—Sí. Ya tuviste suficiente de tu momento Cenicienta. Vamos, Blackmoor.
Reid la miró con curiosidad, sin oponerse. Como si supiera que volvería.
—Nos vemos, Garwin —susurró ella, dándose la vuelta con una última mirada que decía
esto no se acaba aquí.
Reid
La vio alejarse entre las luces colgantes y el humo.
Joder.
Tenía el pulso acelerado como si hubiera corrido kilómetros. Se pasó la mano por el cabello y volvió con su grupo. Tyler le dio una palmada en la espalda.
—¿Te la comiste con los ojos o estoy alucinando?
—Fue con todo el cuerpo —añadió Pogue, riendo mientras bebía de una botella.
Caleb no dijo nada, pero le lanzó una mirada que Reid conocía bien. La de advertencia silenciosa. La de no te metas en problemas innecesarios.
—¿como es? —insistió Tyler.
—Una chica misteriosa —respondió Reid, encogiéndose de hombros—. Pero no como las demás.
—¿Y eso qué significa? ¿Te va a romper el corazón? —bromeó Pogue
—Tal vez me rompa otra cosa, y ni siquiera me moleste —dijo Reid, y todos estallaron en carcajadas.
Reid sonrió, pero su mirada buscaba entre la gente.
Ya la había perdido de vista.
Liora
—¿Y bien? —preguntó Kate, cruzándose de brazos.
—¿Y bien qué? —Liora fingió inocencia.
—No te hagas. Bailaste con él como si no hubiera un mañana. Reid no se queda pegado a nadie más de cinco minutos.
—¿Eso es un cumplido? —replicó ella.
—No —intervino Sarah—. Es una advertencia. Él es… peligroso.
Liora sonrió de medio lado.
—Perfecto.
Kate resopló, pero sonrió también.
—Eres rara. Me agradas.
Liora estaba por responder cuando la música se cortó abruptamente. El DJ improvisado tomó el micrófono.
—¡Oigan! Alguien avisó que vienen los vigilantes del campus. ¡Repito, los vigilantes vienen en camino!
Un segundo de silencio.
Y luego, caos.
Botellas cayendo. Chicos corriendo entre risas nerviosas. Parejas separándose, música desconectada. Algunos apagaban linternas con rapidez, otros saltaban la fogata para tomar atajos por el bosque.
Kate tomó a Liora del brazo.
—Hora de desaparecer, bruja.
—Con gusto —respondió ella, dejándose arrastrar entre los árboles.
Mientras corrían, Liora giró la cabeza una sola vez. Reid la estaba buscando entre el humo y el movimiento.
Sus miradas se cruzaron.
Y aunque no se dijeron nada, supieron que esa noche no sería la última.