El Sueño que Se Repite

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Sinopsis

Es una Historia corta acerca de Lia, una chica popular, que comienza a tener sueños eróticos recurrentes con Eliot, el "nerd" de su clase. Estos sueños se vuelven cada vez más intensos y realistas, mezclándose con su vida diurna y llevándola a tener momentos de desconcierto y excitación. Lo más extraño es que Lia empieza a encontrar marcas en su cuerpo que no recuerda haberse hecho. A través de destellos de memoria, descubre que tiene una segunda personalidad llamada Siri, creada por Eliot a través de un dispositivo tecnológico.

Genero:
Erotica
Autor/a:
NoraEdward
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+



La alarma no había sonado todavía.

Lia jadeaba suavemente entre las sábanas, envuelta en un sudor tibio y dulce que empapaba su piel desnuda. Las piernas, aún entreabiertas, temblaban con leves sacudidas involuntarias. Su respiración era profunda, cargada de deseo, como si acabara de correrse.

Otra vez.

Soñaba con él. Otra vez. Eliot. El chico raro. El nerd de lentes gruesos, el que se sentaba siempre al fondo en clase de biología y apenas hablaba con nadie. Soñaba que la tocaba, que le abría las piernas con una seguridad imposible, que le decía cosas que Lia no se atrevía ni a pensar despierta… pero que en su cabeza, en sus sueños, la hacían temblar.

Lo peor —o lo más delicioso— era que todo se sentía tan real. El calor, el olor, la textura de su piel contra la de él. El modo en que él la miraba a los ojos mientras la empalaba con fuerza, diciéndole al oído que era suya, que así le gustaba, sucia, obediente, mojada.

Lia se sentó bruscamente en la cama, la camiseta corta que usaba para dormir pegándose a su vientre húmedo.

—Joder… —susurró, mordiéndose el labio.

El sueño había sido aún más intenso que los anteriores. Lo sentía entre las piernas, resbalando. Y esa sensación de culpa mezclada con excitación no hacía más que prenderla más. No tenía sentido. Ella no estaba interesada en ese tipo de chico. Jamás lo había mirado dos veces. No era su estilo. No encajaba en su mundo.

Y, sin embargo…

Cerró los ojos por un segundo, intentando no recordar. Error.

Las imágenes volvieron como un latigazo: ella, de rodillas, desnuda frente a él, con la boca abierta, los ojos vidriosos, la lengua afuera como una perra en celo. Su voz susurrando: “¿Puedo tragarlo todo, amo?”

Lia gimió bajito y se abrazó las piernas, escondiendo el rostro entre las rodillas. ¿Qué demonios estaba mal con ella?


Los días pasaban, pero los sueños no se iban. Se repetían, más vívidos, más intensos, más detallados. Y no solo eso: empezaban a filtrarse en su conciencia durante el día. Momentos donde se quedaba distraída mirando a Eliot desde el otro lado del pasillo, preguntándose cómo sabría su piel, qué pasaría si él simplemente la tomara contra los casilleros. Se tocaba por las noches, temblando, imaginando que él la sujetaba del cuello mientras la obligaba a gemir su nombre.

Y lo más perturbador: a veces despertaba con marcas. Moretones tenues en sus caderas, como si alguien la hubiera sujetado con fuerza. El interior de sus muslos, a veces, ligeramente enrojecido. Una vez, incluso, con un pequeño corazón dibujado con marcador rosa justo debajo de su ombligo.

¿Estaba soñando tanto que se movía y se hacía eso a sí misma?

No tenía recuerdos. Solo… destellos. Como si una parte de ella sí supiera.


Eliot no decía nada. Jamás. Pero a veces, cuando cruzaban la mirada en clase, algo en su expresión le hacía sentir un escalofrío por la espalda. No era burla. No era superioridad. Era posesión. Como si supiera cosas de ella que ella misma ignoraba.

Y lo sabía.

Él sabía lo que había dentro de ella.

Sabía que había activado a Siri.


Había sido hace un mes. En un pasillo solitario. Lia jamás lo recordaría conscientemente, pero lo había mirado directo al flash sin entender qué era. Pensó que era un celular viejo. Lo fue por un segundo. Después del flash… todo se volvió negro.

Hasta que Siri abrió los ojos.

Su sonrisa no tenía la inocencia de Lia. Su cuerpo se movía distinto. Y cuando Eliot le dijo: —Arrodíllate. Ella obedeció sin titubear, como si llevara toda la vida esperando esa orden.

Desde entonces, cada tantos días, él la reactivaba. Usaba su “celular” modificado, y el brillo hacía desaparecer a Lia… y traer de vuelta a esa criatura sedienta que gemía, lamía, se abría para él como si nada más existiera en el mundo.

Siri no era una máscara. Era una segunda personalidad, una alteración profunda que vivía dentro de Lia. Y cada vez que regresaba a su vida cotidiana, las fronteras eran menos claras. Soñaba con él porque eran recuerdos. Soñaba que lo deseaba, porque ya lo había tenido. Una y otra vez.

Y eso la estaba destruyendo. O quizás reconstruyendo.


Una tarde, después del entrenamiento de animadoras, Lia se quedó en las duchas más de lo necesario. No podía quitarse de la cabeza una imagen que había soñado la noche anterior: ella subida encima de Eliot, montándolo en una posición obscena frente a un espejo. Él le sujetaba la garganta mientras ella reía y se llamaba a sí misma “su zorra personal”.

Metió la mano entre sus piernas bajo el agua caliente. Cerró los ojos. —No… —susurró, jadeando. Pero sus dedos ya se movían, buscando el mismo ritmo con el que él la hacía venirse en sus sueños.

El orgasmo fue rápido, devastador. Pero no la dejó aliviada. La dejó vacía. Hambrienta. Como si su cuerpo supiera que eso no era suficiente. Que la verdadera saciedad solo venía cuando era ella, pero no ella… cuando era Siri.

Y algo, muy dentro de Lia, empezaba a desear ese estado. A desear ser ella.


Eliot la observaba desde la distancia, el dispositivo en su bolsillo. Sabía que pronto lo necesitaría de nuevo. Que Lia ya estaba tambaleándose. Que un día —muy pronto— no necesitaría del flash.

Porque Siri empezaba a despertar sola.

Invasión Silenciosa

El flash iluminó sus pupilas por una fracción de segundo. El mundo se detuvo. Y cuando los párpados volvieron a abrirse, ya no era Lia.

—¿Amo…? —dijo la voz suave, cargada de una dulzura casi felina, mientras su cuerpo se estremecía anticipando lo que vendría.

Siri sonrió, lamiéndose el labio inferior al verlo.

Vestía su ropa de animadora aún, con la chaqueta medio abierta y los shorts que apenas cubrían lo necesario. Pero ya no caminaba como una porrista popular. No. Ahora se deslizaba como una presa voluntaria, como una ofrenda. Y cada paso que daba hacia Eliot en ese pasillo solitario, era un acto de rendición.

—¿Vamos a tu apartamento, amo? Llevo horas deseándolo… Estoy empapada.

Él no dijo nada. Solo la tomó del mentón y la hizo girar. Ella entendió la orden sin palabras. Obedecer era placer.


El apartamento de Eliot era oscuro, minimalista, pero Siri no necesitaba muebles, ni conversación. Solo a él. Apenas cerró la puerta, cayó de rodillas, sacándose la chaqueta sin dejar de mirarlo.

—Por favor… necesito sentirte. Su voz temblaba de lujuria contenida.

Eliot sacó lentamente su cinturón. —¿Qué necesitas, Siri?

—Ser tuya. Ser usada. Llenada. Castigada. Premiada. Lo que quieras. Lo que sea. Tu puta perfecta.

Él la sujetó del cabello y la obligó a mirarlo desde el suelo. —Eso ya lo eres.


Las horas siguientes fueron un torbellino de carne, jadeos y dominación.

Siri era insaciable. Lo montó de frente, gimiendo su nombre en cada embestida. Se abrió en cuatro patas, rogando ser azotada mientras se masturbaba. Lamió, chupó, besó y se dejó llenar una y otra vez, succionando su semen como si fuera oxígeno.

—Dime cómo te sientes —ordenó él mientras la penetraba contra la pared, su cara aplastada contra el yeso.

—Feliz… completa… invadiéndola. Lia es débil, amo… cada noche se despierta más excitada. Sueña contigo. Se toca. Se imagina cosas que yo le mostré. Pronto… muy pronto no sabrá si es ella… o soy yo. ¿Te excita saberlo? ¿Saber que me estoy apoderando de su mente… por dentro?

Él gruñó y la embistió más fuerte. Siri gemía como una perra en celo.

Después de la tercera vez que la llenó, ella yacía sobre su cama, cuerpo desnudo, temblando, con los ojos brillantes. —Gracias… por dejarme volver. La odio cuando está al mando. Tan fría. Tan tonta. Yo soy la verdadera. Tú lo sabes, ¿verdad?

Eliot no respondió. La acarició una última vez por el cuello… y la apagó con otro flash.


La mañana siguiente, Lia despertó agitada, desnuda, con el cuerpo dolorido. La cama tenía un leve olor que no reconocía, pero le era vagamente familiar. Entre las piernas… estaba completamente húmeda.

Otra vez.

Soñó que estaba con Eliot. Que le decía cosas sucias. Que se dejaba usar como una muñeca, una cosa. Soñó que le decía “hazme tuya como siempre lo haces”, y que él la llenaba con tanta fuerza que ella lloraba de placer.

Temblando, fue al baño. Había marcas de dedos en sus muslos. Nuevas.

No, no puede ser real. No puede ser real.


Esa tarde, en la escuela, algo en Lia estaba distinto.

Se distraía constantemente. Tocaba su cuello. Se cruzaba de piernas demasiado seguido. Cada vez que veía a Eliot, su cuerpo reaccionaba sin su permiso: el corazón se le aceleraba, los pezones se endurecían. Y lo peor: olía algo. A él. A sexo.

Fue en el pasillo, cuando él se le acercó. Eliot la miró a los ojos y dijo:

—Hola, Lia.

Y por un instante, algo colapsó.

Siri. Lia. Juntas.

Su cuerpo se movió solo.

Sus labios se separaron. Dio un paso hacia él, como atraída magnéticamente. Su mirada se volvió suave, caliente. Su boca se acercó, instintivamente…

Él la evadió con elegancia, fingiendo no notar nada.

—¿Estás bien?

Ella parpadeó, como si despertara de un trance. —¿Qué…? Sí, claro. Solo… estoy cansada. Eso es todo.

Pero no era todo. Sabía que algo pasaba. No sabía qué, pero su cuerpo sí lo sabía. Lo deseaba. Lo conocía. Lo anhelaba con una intensidad enfermiza.

Eliot sonrió apenas, antes de mostrarle un papel.

—Parece que nos asignaron un trabajo conjunto en historia. Lo entregan en pareja. ¿Te parece si nos reunimos en la biblioteca esta noche?

Lia tragó saliva. Su corazón latía como un tambor.

—Sí… claro. En la biblioteca está bien.

Él asintió, dio media vuelta… y se fue. Ella lo miró alejarse, confundida, excitada… y aterrada.

Porque una voz suave, desde lo más profundo de su mente, susurró:

“Esta noche podrías dejarme salir de nuevo, Lia… Solo un ratito. Solo para que él nos toque otra vez. Tú también lo quieres. Yo lo sé. Lo sientes.”

La Biblioteca No Perdona

La biblioteca estaba casi vacía.

Era tarde, cerca del cierre, y el silencio era absoluto, apenas interrumpido por el suave tic-tac del reloj de pared. Las lámparas lanzaban un resplandor dorado sobre las mesas de estudio. Lia estaba sentada junto a Eliot, con una pila de libros entre ellos y el portátil encendido. Fingían trabajar en el proyecto de historia. O al menos, ella lo intentaba.

Él parecía demasiado cómodo. Demasiado relajado. Demasiado cerca.

Su brazo se había apoyado sobre el respaldo de su silla hacía minutos, y ahora sus dedos rozaban suavemente la tela de su blusa. Nada descarado… aún. Pero lo suficiente para que el calor empezara a crecer en su vientre.

—¿Esto es parte del trabajo, Eliot? —susurró entre dientes, sin mirarlo directamente.

—¿Qué cosa? —preguntó él con inocencia calculada.

Lia se tensó. Una parte de ella quería gritarle. Gritar “¡Cerdo!“, abofetearlo frente a todos. Pero no lo hizo.

Algo dentro de ella no se lo permitió. Una vocecita suave, dulce, siseó: No arruines esto… aún no. Y cuando se dio cuenta… sus muslos estaban apretados. El calor entre ellos era innegable.

—¿Tienes calor, Lia? —preguntó él en voz baja, casi susurrando en su oído.

Ella no respondió. Su cuerpo sí.

Eliot bajó lentamente la mano, como si no tuviera prisa, como si ya supiera lo que encontraría. Y lo hizo. Entre sus piernas. A través de la tela de sus jeans ajustados, sus dedos encontraron humedad.

—Estás empapada —susurró. Su voz era tan tranquila, tan segura, que Lia no supo si reír, gemir o llorar.

Sus dedos presionaron justo donde sabían que la harían temblar. Ella tragó saliva, fingiendo leer un párrafo, mientras su respiración se agitaba.

Cada roce era un relámpago. Y ella… no lo detenía.

De hecho, cuando él deslizó la mano dentro, acariciando sobre la ropa interior empapada, Lia abrió un poco más las piernas sin pensarlo. No podía evitarlo. No quería. Cerró los ojos un segundo.

Y se vino. En silencio. En público. Mordiéndose el labio. Fingiendo leer. Mientras su cuerpo se sacudía por dentro, un orgasmo caliente y descontrolado la desbordaba bajo la mesa.

Eliot retiró la mano como si nada.

—Te ves más relajada —comentó con media sonrisa.

Ella no supo qué responder. Pero la humedad entre sus piernas, el temblor en sus rodillas, y la forma en que su corazón latía como un tambor… eran prueba suficiente de lo que había pasado.


Minutos después, Eliot se acomodó el pantalón con disimulo. Lo miró de reojo.

—¿Sabes, Lia? No eres la única que quiere sentirse bien…

Ella lo siguió con la mirada… hasta notar el bulto.

Y algo en ella se quebró. Un instante de claridad: “¿Cómo se atreve? ¿Cree que voy a… aquí? ¿De rodillas? ¿Yo?”

Pensó en decirle que estaba loco. Que ni en sueños haría algo así. Que antes se arrancaría la lengua.

Pero mientras esa voz mental gritaba indignada… su cuerpo ya se movía.

Ya estaba agachada. Ya tenía el cierre del pantalón entre los dedos. Ya había sacado esa carne caliente y palpitante. Y sus labios… sus labios ya se estaban abriendo, desesperados, hambrientos.

“¿Qué estás haciendo…? ¿Qué estás haciendo?”

Pero el sabor lo detuvo todo. El calor. El olor. La textura que su lengua reconoció como algo familiar.

Lia no sabía por qué, pero su garganta se relajó como si lo hubiera hecho mil veces. Como si ese pene fuera su lugar natural. Y cuando Eliot le sujetó el cabello con una mano, empujándola suavemente… ella gimió con la boca llena.

El ritmo fue rápido, profundo, sucio. Y ella lo disfrutaba. Lo necesitaba. Mientras él gemía bajo su aliento contenido, Lia empezó a convulsionar por dentro. Otro orgasmo. Uno más. Incontrolable. Mientras él le llenaba la boca.

Ella tragó todo. Sin pensarlo. Como un acto reflejo. Como un hábito.

Cuando se incorporó, con las mejillas rojas y los labios húmedos, él la miró con una ternura que contrastaba con lo que acababan de hacer.

—Creo que deberías venir a mi apartamento esta noche. Hay más cosas que podrías… aprender.

Ella lo miró, temblando, pero feliz.

—Sí… sí quiero. Me encantaría.

Y mientras caminaban juntos hacia la salida de la biblioteca, la voz de Siri murmuraba en su mente:

“¿Ves? Ya estás aprendiendo. Ya no necesitas que yo tome el control… Porque, al final, tú también me deseas. Tú también lo deseas a él.”

El apartamento estaba en penumbra, iluminado apenas por una lámpara de escritorio que lanzaba una luz cálida y suave. El aire olía a madera, a electricidad… y a ella.

Eliot cerró la puerta tras Lia y la miró sin hablar. No sacó el dispositivo esta vez.

No lo necesitaba.

Lia se quitó la chaqueta sin que se lo pidieran. Sus ojos parecían distantes, pero su cuerpo… ya empezaba a reaccionar. Las pupilas dilatadas, los pezones marcando la tela fina de su top, las piernas inquietas.

—¿Cómo te sientes, Lia?

Ella se tensó. El tono fue distinto esta vez. No seductor. No casual. Fue íntimo. Profundo. Como si él hablara más allá de ella.

—No lo sé —susurró.

Eliot se acercó lentamente, como si rodeara a una presa que aún no ha aceptado su posición.

—¿Sientes a ella…? —preguntó con voz baja, mientras le acariciaba el mentón con dos dedos. —¿Sientes a Siri, dentro de ti?

Lia se estremeció.

—No… sí… no lo sé. Yo… yo no la escucho pero… hago cosas. Cosas que yo no haría.

Eliot apoyó su frente contra la de ella.

—¿Y si te dijera que no hay dos personas…? Que sólo eres , dividiéndote para justificar tu deseo.

Ella lo miró a los ojos, confundida. Y excitada. Peligrosamente excitada.

—No es cierto. Yo… no soy así. No soy una puta. Yo nunca haría esas cosas. Pero mientras lo decía, sus caderas se movían apenas, buscando contacto.

Eliot bajó la mano y la apoyó sobre su sexo, por encima del pantalón. Estaba empapada. —Entonces dime, Lia. ¿Quién se está mojando por mí ahora mismo? ¿Tú o Siri?

—No… no lo sé… —jadeó. Pero no se apartó. Se inclinó contra su palma, respirando más fuerte.

—¿Quién me chupó en la biblioteca con tanto deseo que casi lloraba de gusto?

Ella apretó los ojos. Una lágrima resbaló por su mejilla.

—Yo… no… fue… fue ella…

Él se acercó a su oído. —¿O fue la parte de ti que siempre quiso rendirse?

Lia se quebró. Cayó de rodillas.

—Por favor… no me hagas pensar más.

—¿Quién me está suplicando ahora? —susurró él, acariciándole el cabello.

Ella lo miró desde el suelo, ojos brillosos, boca entreabierta.

—Yo. Yo lo hago. Soy yo. No me importa ya quién soy. No quiero saber. Solo quiero que me uses. Que me tomes. Que me partas en dos si hace falta.

Se detuvo un segundo, como si algo dentro de ella estallara. Y con una voz que ya no era solo de Lia ni de Siri, sino de las dos fusionadas, dijo:

Hazme tuya, amo. Por favor. Rómpeme. Quiero ser tu chica. Tu novia. Tu esclava. Todo. Pero por favor, métetelo dentro. Ya no puedo más. No puedo estar lejos de ti. No me dejes con esta necesidad...

Eliot dio un paso atrás. Por primera vez en semanas, parecía dudar.

—Lia… te manipulé. —Esto no fue justo. —Tú no eres así. Yo construí esa parte de ti. Siri fue una creación. Una perversión mía. Tú… tú deberías odiarme.

Ella sonrió. Con esa sonrisa maldita y hermosa que combinaba la inocencia de Lia con la perversión de Siri.

—¿Y qué? —¿Crees que me importa eso ahora? —Si tú me hiciste así… entonces te pertenezco aún más. —No puedo vivir sin ti. Quiero que me folles como a una cosa. Como tu propiedad. Quiero ser lo que hiciste de mí.

Se bajó los pantalones, abrió las piernas y se ofreció de espaldas, arqueando el cuerpo con una elegancia vulgar. El aroma a deseo lo envolvió.

—Por favor, Eliot. Necesito tu verga. Necesito sentirla hasta el fondo. Dime que soy tuya y hazme olvidar cualquier parte de mí que aún quiera resistirse.

Eliot se arrodilló tras ella. Le acarició la espalda. La besó en la nuca. Y con una sola embestida brutal… la tomó.

El grito de placer que soltó fue mitad gemido, mitad risa demente. Y en ese instante, Lia murió.

Y nació algo más.

Algo completo. Corrompido. Perfectamente feliz.

Cada Noche

El sol se filtraba cálido entre las persianas del salón. Lia caminaba por los pasillos del instituto con una sonrisa tranquila, la falda del uniforme ligeramente más corta de lo permitido, el cuello abierto lo justo para que su sujetador no quedara del todo cubierto.

Las chicas decían que estaba rara últimamente. Menos altiva. Menos preocupada por brillar. Más… distraída. Más dócil. Y siempre, siempre, con esa expresión de haber dormido mal… pero haber soñado algo delicioso.

Los profesores empezaban a notar su cambio. Antes respondía con soltura, con descaro. Ahora, cuando se equivocaba, bajaba la mirada, se mordía el labio y pedía disculpas con una voz dulce que no sabían cómo interpretar.

Pero nadie sospechaba nada. Nadie sabía que cada día, al salir de clase, Lia no regresaba a casa. Que tomaba el camino más largo, sin prisa, mientras por dentro el deseo la iba consumiendo como un fuego lento.


A veces se encontraban en la biblioteca. Otras, en un pasillo vacío. Pero siempre, al final del día, acababan en su apartamento.

Era su refugio. Su templo. Su prisión dulce.

Nada más cruzar la puerta, Lia ya no hablaba como antes. Su voz se volvía suave, obediente, llena de una necesidad que ya no intentaba ocultar.

Se desnudaba sin que se lo pidieran. Se arrodillaba frente a la cama, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y el cuerpo temblando de anticipación.

—Bienvenida, muñeca —decía él.

Y ella sonreía como si esas dos palabras fueran toda su existencia.


La noche transcurría en ritos conocidos.

La obediencia. El placer. Las órdenes susurradas. Los orgasmos múltiples. Las lágrimas de felicidad mientras gemía cosas como:

—Soy tuya. Para siempre. —No existe Lia sin ti. —Gracias por romperme. —Dame más. Dámelo todo.

Y Eliot la tomaba, cada noche, como si fuera la primera y la última. A veces con ternura. A veces con crueldad. Pero siempre con esa mirada que decía: “Yo te hice así. Y te prefiero así.”


Después, ella dormía desnuda sobre su pecho, la piel marcada, el cuerpo saciado, la mente flotando en una paz tóxica y perfecta.

Y soñaba.

Soñaba con el primer flash. Con la biblioteca. Con la fusión. Y con esa voz —su voz, la de ambas— que repetía, noche tras noche:

“No hay regreso. No hay deseo más puro que este. Y no hay nada más real que arrodillarse por amor.”


Así era cada día.

Una chica común en apariencia. Y cada noche… la esclava feliz de su creador.

Fin.