Capítulo 1
Capítulo 1: La Jaula de Cristal
La mansión Mikhailov se alzaba sobre la colina nevada como un castillo intocable, tallado en mármol blanco y silencio. Desde la distancia, parecía una fortaleza imperial. Por dentro, era más bien una jaula sin barrotes, donde las decisiones se tomaban con cuchillos, contratos y desprecio.
Alesei observaba la ventisca tras los ventanales de cristal templado. Vestía como se esperaba de él: camisa de seda azul, cuello alto, pantalones grises a medida. Cada hebra, cada pliegue, dictado por su madre y aprobado por su padre, aunque este apenas le dirigiera la palabra.
Un omega no hablaba sin permiso. Un omega en la familia Mikhailov era aún menos que eso: una anomalía envuelta en perfume caro.
—¿Alesei? —Una voz suave, pero con autoridad. Su madre, Katerina.
El omega giró lentamente el rostro. Su piel era de porcelana, los ojos de un azul profundo como el hielo del Baikal. Inquietantes. Demasiado bellos. Su rostro era un eco de una leyenda familiar que nadie osaba repetir: “los omegas hermosos traen la ruina”.
—Estás listo para la gala. Bajarás en veinte minutos. Que nadie note tu… aroma. —Sí, madre.
Ella desapareció como una sombra elegante. Alesei se quedó solo con el reflejo de su rostro en el vidrio. A veces se preguntaba cómo sería tener un rostro corriente. Uno que nadie mirara dos veces. Tal vez entonces no viviría con miedo de su propio cuerpo.
El salón de la gala estallaba en luces doradas, música de cámara, copas de champán y feromonas disimuladas entre perfumes caros. La élite rusa reunida: banqueros, militares, políticos… y un puñado de alfas que se creían dueños del mundo.
Y uno que, en efecto, lo era.
Viktor Volkov entró sin anunciarse. Un abrigo negro colgaba de sus hombros como si fuera una capa. Su presencia no necesitaba presentación: alfas y betas se hicieron a un lado. Solo los idiotas le dirigían la palabra sin temor.
Alesei lo vio desde el segundo piso, entre las barandas de cristal. No supo por qué sus ojos lo buscaron. Tal vez por instinto. Tal vez porque el aire cambió cuando él entró.
Y luego, los ojos de Viktor lo encontraron.
Fueron segundos.
Pero bastaron.
La mirada del alfa se clavó en él como un anzuelo. No había hambre en sus ojos, ni cortesía. Había algo peor: reconocimiento. Como si acabara de encontrar algo que llevaba años buscando.
Alesei sintió el escalofrío desde la nuca hasta los tobillos. Dio un paso atrás. Tropezó. No cayó, pero su respiración ya no era estable.
«No —pensó—, no esta noche.»
Pero el destino, caprichoso como el invierno ruso, ya había elegido su camino.
Más tarde, cuando Alesei bajó finalmente las escaleras, Viktor seguía allí. Charlaba con su padre. Conocía su nombre. Su familia. Su sangre. Y ahora, sabía también que era omega.
—Así que… tú eres el hijo menor —dijo Viktor, sin necesidad de que nadie lo presentara.
Alesei alzó la barbilla. Mantuvo la compostura. —Alesei Mikhailov —dijo con voz neutra, como si no sintiera cómo el aire temblaba entre ellos—. ¿Y usted es?
Viktor sonrió por primera vez. Y no fue una sonrisa amable. —El lobo que no teme entrar a la jaula… si la presa vale la pena.
Alesei sintió que algo, muy dentro de sí, acababa de romperse.
O nacer.
¿Continuamos con el Capítulo 2?