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Es la primera vez que escribo, así que se comprensivo si llegas a ver faltas de ortografía o no está muy bien redactado, puedes dejar en comentarios correcciones y trataré de escribir lo mejor que pueda. Dicho esto, espero que disfrutes la lectura ♡
Podéis encontrarme en wattpad: @elisabeth_ondina
Advertencia de contenido:
Este libro contiene escenas explícitas de sexo, violencia, abuso infantil, maltrato psicológico, violación, trastornos mentales, situaciones de acoso, tortura, intentos de suicidio y otras situaciones que pueden resultar perturbadoras para ciertos lectores. Se recomienda discreción.
Si eres sensible a estos temas, considera si esta lectura es adecuada para ti. Tu bienestar es importante.
Os dejo un adelanto:
El trayecto de vuelta a la manada fue un borrón. El bosque se desdibujaba a mi alrededor, los árboles girando en formas imprecisas, las hojas fundiéndose unas con otras como acuarelas demasiado aguadas. Mis pies se movían por inercia. Mi respiración era un silbido sordo que no llenaba mis pulmones. El aire me sabía a ceniza, a madera húmeda, a recuerdos podridos.
Miles iba a mi lado.
No dijo una palabra. Solo notaba su cercanía, su presencia tensa. Cada pocos pasos, su mirada se desviaba hacia mí con disimulo, pero no intentó tocarme.
No habría soportado el contacto.
No ahora.
No después de esas manos.
Esas palabras.
Esa mirada.
No después de Casimir.
Me dolía la garganta. Un escozor persistente, una marca invisible donde sus dedos se habían aferrado.
Su huella seguía ahí, como siempre había estado, aún cuando yo creía que me había liberado.
El claro que daba paso a la manada apareció ante nosotros. El corazón me golpeó el pecho. No sabía si era alivio o miedo. No sabía si alguna vez volvería a distinguir la diferencia.
Vi movimiento.
Figuras.
Sombras.
Entre ellas, Eiran.
Lo reconocí al instante.
Su silueta alta, firme.
Sus pasos seguros mientras se acercaba hacia nosotros, con el ceño fruncido, los labios tensos, la mandíbula marcada por la preocupación.
Sus ojos se clavaron primero en Miles.
Leyó su postura antes siquiera de acercarse del todo.
Yo apenas lo veía. Mis pestañas parpadeaban de forma errática, como si mis párpados pesaran toneladas.
—¿Qué ha pasado? —escuché a Eiran preguntar, su voz era grave, tensa, un trueno contenido.
Miles soltó un respiro áspero.
Su tono fue bajo, medido, pero no logró ocultar la dureza.
—Era él. Casimir. Estaba allí.
Mis piernas se debilitaron, pero no caí.
Me negué.
Apreté las manos en puños.
No.
No.
No.
No otra vez.
—¿Adrien…? —escuché el nombre escaparse de la boca de Eiran.
Supe que estaba mirándome ahora, pero yo no podía levantar la vista.
—Tenía la mano en su cuello. Lo estaba sujetando como antes, como una sombra que nunca se fue —la voz de Miles sonaba afilada, como si cada palabra lo cortara por dentro—. Pero se fue. Acabó alejándose.
El silencio fue espeso.
Solo el murmullo de las hojas movidas por el viento nos envolvía.
—No intentó soltarse —añadió Miles entonces, su voz aún más baja.
El golpe de esas palabras fue más fuerte que cualquier otra cosa.
Eiran no respondió al instante. Pude escuchar cómo inhalaba con fuerza, su pecho se alzó, su mandíbula crujió al apretarse. Sus pasos retumbaron cerca de mí.
Yo seguía sin poder alzar la vista.
No quería ver lo que encontraría en su rostro.
No quería ver lástima.
No quería ver decepción.
No quería ver pena.
—Me preocupa… —dijo Miles, su voz se quebraba apenas— Me preocupa que vuelvan a buscarse. Que Adrien no haya terminado aún con él.
Una oleada de rabia seca me subió por la garganta.
Quise gritarle que yo no quería eso, que yo no lo buscaba, que yo no elegía que esa sombra me encontrara.
Pero no pude.
Las palabras se ahogaron en mi pecho. El aire era cada vez más denso. Cada vez más escaso.
Escuché pasos.
Eiran se acercaba.
Su respiración era áspera.
Su rabia palpable.
—Adrien… —su voz sonó más cerca.
Iba a reprenderme.
Lo sentía.
Lo presentía.
El peso fue demasiado.
El mundo giró.
Mi estómago se revolvió.
Un mareo helado me nubló los sentidos.
Mi cuerpo dejó de responder.
Las piernas se doblaron.
El suelo subió a mi encuentro.
Rápido.
Brusco.
Las voces se convirtieron en ecos lejanos.
El pecho me dolía. Un puñal invisible lo apretaba sin piedad. Mis pulmones no obedecían. El aire entraba en bocanadas entrecortadas, jadeantes, desesperadas. Mis manos temblaban, se crispaban sin control.
No escuchaba.
No veía con claridad.
No sentía nada más que ese pánico absoluto, ciego, devastador.
Lejanas, las voces se filtraban como ecos en una cueva profunda.
—¡Adrien! —la voz de Eiran, fuerte, urgente.
—Está convulsionando —la voz de Miles, quebrada.
Unas manos se cerraron sobre mis hombros.
Firmes.
No violentas.
Pero no las reconocí.
Todo era blanco.
Todo era vacío.
No podía respirar.
No podía respirar.
No podía…
No podía más.
Un grito rasgó mi garganta.
No sé si fue real o solo dentro de mi cabeza.
No sé si alguien me oyó o si fue solo otro eco en medio de la oscuridad.
Solo sé que caí.
Más y más profundo.
Sin suelo.
Sin fin.
Sin salida.
Y que, en ese abismo, la sombra de Casimir me esperaba aún.
Como siempre.
Como nunca se fue.