Capítulo 1
POV: Lyra
Lo primero que siento es dolor.
No es un dolor agudo; si lo fuera, sería más piadoso. Es algo sordo y profundo, como si algo milenario se estuviera quebrando dentro de mí. Es como si mis huesos hubieran olvidado cómo sostener un nombre. Como si nunca hubiera debido despertar.
Luego llega el frío. No es el frío del viento o del invierno, sino el de la piedra contra la piel. Siento la tierra sobre mí. Es un ataúd de magia.
Mis pulmones se bloquean. Intento tomar aire y el oxígeno, que no ha sentido un aliento en más de un siglo, se abre paso por mi garganta. Quema. Todo me quema.
Mi cuerpo se arquea.
Pero no la escucho a ella.
Mi loba…
Ella está… en silencio.
No hay presencia ni calor bajo mi piel. No siento sus patas caminando entre mis costillas. Solo estoy yo. No sé si estoy viva o si este es el más allá que me prometieron en las canciones de batalla y los ritos de sangre.
Golpeo con mis puños la tapa que tengo encima.
La piedra se agrieta.
La luz atraviesa la oscuridad y me ciega. El sarcasmo cede con un estruendo parecido al de la tierra partiéndose en dos. El techo me resulta extraño; veo vigas de metal altas y reforzadas, y paneles eléctricos que parpadean. No es el templo donde me escondieron, ni las criptas sagradas del Linaje Alpha. No.
Este no es mi mundo.
Me arrastro hacia arriba con las extremidades temblorosas y más débiles de lo que deberían estar. Todo me duele. Se me nubla la vista, pero distingo grabados en la pared: es el escudo de mi familia, pero está distorsionado. Han pintado encima. Lo han reclamado.
La tapa se hace pedazos con un crujido de piedra y magia, inundando la cripta de luz. Hago un esfuerzo por incorporarme con el cuerpo temblando y los pulmones ardiendo. El lugar es inmenso, con techos abovedados tallados con lunas y símbolos antiguos que brillan débilmente bajo el polvo. Un templo de la Diosa Luna.
Y en el centro de todo, mi tumba.
Un sarcófago hecho de obsidiana con vetas de plata y piedra sagrada, digno de la realeza. Digno de mí.
Se oyen pasos; no es una persona, son varias. Botas de acero. Voces apagadas. Hombres.
Entran corriendo con las armas desenvainadas y se quedan de piedra al verme. Son tres guardias con uniformes oscuros y modernos. Sus olores desprenden confusión y adrenalina. No son lobos que yo conozca.
—¿Quién eres? —exige uno de ellos, levantando un aparato extraño que brilla en su mano.
Me levanto despacio. Cada movimiento está lleno de un fuego doloroso y un orgullo terco. Mi voz surge áspera, como un trueno en un cielo despejado.
—Soy la Princesa Lyra Valen, hija del Rey Alpha Lohan y la Reina Alara del Primer Linaje. Heredera del Reino Alpha.
Levanto la barbilla, desafiando a cualquiera de ellos a cuestionarlo.
—Y exijo ser tratada con el respeto que merece mi posición.
Se miran entre ellos. Susurran cosas que creen que no puedo oír.
—Por los dioses —susurra uno—. Es ella… la de las historias. Ha despertado.
Luego dice más alto: —Tú no eres una princesa. Eres un mito. Un fantasma.
La sangre me hierve. —Un fantasma no sangra —gruño con una voz cargada de un poder que apenas recuerdo cómo usar.
—Quiero mi trono.
Lo único en lo que puedo pensar es en mi pueblo y en la promesa grabada en mi alma: el deber de liderar.
El guardia se pone tenso. —El trono ya no te pertenece. Es del Alpha.
—He dicho… —Doy un paso al frente, tambaleante pero llena de furia—. Llevadme ante vuestro Alpha. Ahora mismo.
El más alto duda un momento y luego asiente. —Está bien. Pero no esperes que se arrodille.
No respondo. No me importa si se arrodilla o no.
Solo necesito verle la cara.
Sea quien sea…
Está viviendo en mi reino.
Está viviendo mi vida.
Cada paso es una agonía.
Los guardias casi me llevan a rastras por los pasillos, sujetándome con firmeza de los brazos. Mis músculos gritan y mi respiración es entrecortada. Me muerdo el interior de la mejilla para no perder el conocimiento.
Pero voy a entrar en mi salón del trono por mi propio pie.
Cuando las puertas se abren, lo siento antes de verlo.
Poder. Presencia. Alpha.
Y entonces…
Un hombre.
Sentado en mi trono.
Se levanta lentamente al verme.
Su expresión cambia y, por un instante, hay algo puro en su mirada. Asombro.
—No puede ser —murmura apenas audible—. No es posible…
Su incredulidad corta el aire como una cuchilla. No esperaba esto. No me esperaba a mí. No ahora.
Mejor así.
Pero no le doy tiempo para recuperarse.
—Te pondrás en pie —digo con voz temblorosa pero cargada de acero—. Estás sentado en el trono de los reyes. En el de mi padre. En el de mi linaje.
Se pone de pie y se ve imponente. Es más alto de lo que imaginé, con los hombros rectos y los brazos tensos. Su rostro es llamativo, lleno de ángulos duros y una barba de varios días. Tiene la mandíbula apretada como si estuviera conteniendo al mundo entero. Y esos ojos… fríos, afilados y azules como el invierno.
—Así que tú debes de ser el fantasma —dice—. Lyra Valen. La princesa durmiente.
—No soy ningún fantasma —le respondo con un gruñido—. Soy la heredera de este reino. Vas a dejar mi trono.
Suelta un suspiro lento y da un paso hacia adelante. Su voz es desesperantemente calmada.
—No.
—¿No? —Aprieto los puños—. Tú no tienes derecho a decir que no.
—He gobernado estas tierras más tiempo del que tú has estado consciente —dice—. Mi abuelo las reconstruyó de las cenizas. Yo he evitado que se derrumben de nuevo. Tu reinado terminó antes de empezar.
Me mira como si yo fuera un cuento que ha cobrado vida: algo hermoso, imposible y que estorba.
—No tienes ejército. No tienes consejo. No tienes poder —dice él.
Me safo de los guardias.
Sus manos quedan suspendidas, dudando, pero levanto una palma temblorosa. —Dejadme.
—Princesa…
—He dicho que os vayáis.
Ellos retroceden. Avanzo con dificultad sobre mis piernas inestables, mientras mi cuerpo grita de dolor. Él no se mueve. Solo observa cómo me acerco.
Y cuanto más me acerco, más lo siento.
Su aroma me golpea como una ola: cedro, escarcha y algo salvaje. Se me enreda en las costillas y me invade los pulmones. Huele a hogar y a peligro al mismo tiempo. De cerca es todavía más irritantemente guapo; alto, fuerte y con una compostura inquebrantable.
Su energía emana de él en oleadas. Alpha. Puro e innegable.
Pero no dejaré que eso me debilite.
—Te desafío —susurro—. Por el trono. Mi trono.
Él arquea las cejas. Y entonces… suelta una risita. Es un sonido profundo y cálido que me recorre toda la espalda.
—Apenas puedes mantenerte en pie —dice—. ¿Y de verdad crees que puedes desafiarme?
—No lo creo —respondo con dificultad—. Lo sé.
Pero entonces…
Mis rodillas ceden.
La vista se me nubla.
El mundo se inclina hacia un lado.
Y antes de que toque el suelo, sus brazos me atrapan.
Fuertes. Cálidos. Implacables.
Su aroma me inunda ahora; es nítido, está cerca y está en todas partes.
Intento hablar. Luchar. Enfurecerme.
Pero la oscuridad me traga por completo.
El mundo regresa en pedazos.
Siento un zumbido bajo y constante.
Un pitido suave.
El roce frío de una tela desconocida contra mi piel.
Un olor que no reconozco: limpio, penetrante, estéril… pero mezclado con algo cálido y terroso.
Parpadeo y la luz me atraviesa el cráneo como una cuchilla. Suelto un gemido.
—Se está despertando —dice la voz de una mujer. Es suave, fluida y segura.
Intento incorporarme, pero me arrepiento al instante.
Cada músculo me grita de dolor.
Siento las extremidades pesadas, como si me arrastrara por arenas movedizas.
Dónde…
Qué…
Giro la cabeza y me quedo paralizada.
Esta no es mi habitación.
Las paredes son blancas. Demasiado blancas. Hay cristal y metal por todas partes, runas brillantes —o ¿son ventanas?— en cajas extrañas, y una cama que sisea suavemente cuando me muevo. No hay tapices. Ni suelos de piedra. No hay braseros ardiendo con fuego sagrado. Solo bordes lisos y afilados, y luces que parpadean.
Máquinas. ¿Qué es este lugar?
Tengo la voz ronca, pero logro hablar.
—¿Esto es… magia?
Se oye una risita. Femenina. No es desagradable. —No, no es magia. Es tecnología.
Miro con dificultad a la mujer que está cerca de los pies de la cama. Es impresionante: tiene el pelo rojo recogido en un moño alto, piel pálida y ojos verdes brillantes. Viste una chaqueta negra elegante con símbolos luminosos bordados en la manga.
A su lado está él.
El Alpha.
Imponente, con los brazos cruzados y los ojos fijos en mí, como si temiera que fuera a desintegrarme si aparta la mirada.
Su presencia llena la habitación, cargada de la presión de un Alpha y de un silencio indescifrable.
La mujer se acerca.
—Soy la doctora Strauss. Ha pasado por mucho, princesa —dice con dulzura—. ¿Cómo se siente?
—Como si me hubiera pisoteado un caballo de guerra —respondo con voz raspada.
Ella sonríe levemente mientras observa una de las extrañas máquinas a mi lado. —Esa descripción es bastante acertada.
Presiona algo —un cristal brillante— y el pitido suave se vuelve más lento.
—Puedo ver su magia —murmura casi para sí misma—. Pero no a su loba. ¿La ha sentido desde que despertó?
Eso me deja helada.
Busco en mi interior. Hacia ese lugar donde solía sentirla… el pulso de sus patas bajo mi piel, el zumbido constante del instinto y el fuego.
Pero no hay… nada.
—Yo… no. —Trago saliva—. No está ahí. Está… callada.
Strauss asiente como si ya lo esperara. —Es normal. Acaba de despertar de un coma inducido por magia que duró un siglo y medio. Su loba necesitará tiempo para volver a emerger. Usted todavía se está adaptando, y ella también.
Un siglo y medio.
Todavía no puedo asimilarlo.
—¿Cómo es que estoy viva? —susurro.
—Es una cambiapieles —dice ella—. Su ADN retrasó la degeneración. Su loba —su magia— la protegió. Pero su cuerpo está débil. Sus músculos se atrofiaron por la inactividad. Necesitará fisioterapia. Entrenamiento de fuerza. Tiempo.
Asiento despacio. —¿Entonces… no estoy acabada?
—No. —Ella sonríe—. Solo se está recuperando.
Rowan se acerca entonces, y su sombra roza el borde de la cama.
—Gracias, doctora Strauss —dice él. Su voz es más suave que antes. Ya no parece una cuchilla.
Ella asiente. —De nada, Alpha Rowan.
Ese título me saca el aire de los pulmones.
Él lleva la corona ahora.
Él manda en este reino.
La Dra. Strauss se dispone a salir, pero yo frunzo el ceño. Algo me ronda por la cabeza.
—Espere —le digo—. Su nombre. Strauss. Me resulta… familiar.
Sus labios se curvan con complicidad. —Soy descendiente de Gordon Strauss.
Se me corta la respiración.
—Gordon era un sanador —murmuro—. Sirvió a mi madre… y a mí. Una vez me salvó la vida.
Ella sonríe. —Fue mi bisabuelo. Seguí sus pasos. Ahora soy doctora y también sanadora. Unifico ambos mundos: la magia y la medicina.
No sé qué decir. Es demasiado. Demasiado extraño. Demasiado… nuevo.
Pero asiento. —Entonces estoy en buenas manos.
Strauss hace una pequeña inclinación. —Volveré mañana. Descanse, princesa.
Y se marcha.
Me deja a solas con él.
El Alpha que vive en mi reino.
El que posee mi trono.
El que me sostuvo cuando caí.
Y cuyo aroma todavía flota en mi sangre como un hechizo del que no puedo escapar.