Su inversión favorita - LIBRO 1

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Sinopsis

Sintió el calor de su cuerpo en la espalda antes de ver su mano. Sus dedos rozaron su piel, apenas, mientras encontraba la cremallera y lentamente, muy lentamente, la subía. No era solo un cierre. Era un reclamo. Una advertencia. —Debería romperle la nariz por mirarte como lo hizo —susurró en su oído—. Pero eso no sería suficiente. Se le cortó la respiración. Él no la había tocado, no realmente. Pero se sentía como demasiado. Como si la hubiera marcado. —Y tú —continuó él, con voz baja, los labios rozando la curva de su cuello sin llegar a tocarlo—, caminando por este lugar con nada más que ese traje de baño... sabías lo que hacías. Ella tragó saliva con dificultad. —Tal vez lo sabía. Sus manos se demoraron en su cintura, manteniéndola en su lugar. Posesivo. Innegable. —Te gusta ponerme celoso —dijo él con voz ronca—. Pero recuerda, Chloe... los celos me vuelven peligroso. ***Advertencia de contenido*** Esta historia contiene temas para adultos que incluyen contenido sexual, manipulación emocional, relaciones moralmente complejas, infidelidad y lenguaje adulto. Se recomienda discreción al lector. RECOMENDADO PARA MAYORES DE 18 AÑOS Aviso de derechos de autor © MaryRose 2025 Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, eventos y escenarios son producto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o hechos reales es pura coincidencia. Ninguna parte de esta historia puede ser copiada, reproducida o distribuida de ninguna forma sin la autorización firmada de la autora.

Estado:
Completado
Capítulos:
31
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4.9 17 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

La casa no había cambiado nada.

La misma chimenea de piedra crujía en el rincón. Las mismas mantas rasposas que su madre se negaba a tirar seguían ahí. En la cocina reinaba el mismo caos de siempre: ollas hirviendo, instrucciones a gritos y alguien robando una cucharada de puré de papas. Olía a canela, a ajo asado y a hogar.

Y sin embargo... Liam Ashford se sentía como un extraño.

Estaba sentado al final de la larga mesa de comedor. Sostenía un trago donde el hielo ya se había derretido casi por completo. Apoyaba el antebrazo en el respaldo de la silla de al lado con aire relajado, pero sus hombros cargaban una tensión que nadie notaba.

Se le daba bien eso. Parecer imperturbable.

Un primo al que apenas recordaba le preguntó por sus negocios con curiosidad educada. Liam respondió con esa voz suya, suave y profunda. Fue una respuesta vaga para quitarse el tema de encima. Resultó encantador, pero olvidable.

No había venido para hablar de trabajo.

En realidad, no había venido para hablar con nadie.

Estaba allí porque su madre se lo suplicó. Y porque, en el fondo, una parte de él se moría por verla a ella, a Chloe. Aunque fuera solo una vez.

Sonó el timbre.

Él ni siquiera levantó la vista.

La tía Linda ya iba hacia la entrada gritando: «¡Deben ser Chloe y Nate!».

Liam apretó el vaso con más fuerza, casi sin darse cuenta.

Desde su sitio no veía la puerta. Solo alcanzaba a ver el movimiento borroso en el pasillo, más allá de la cocina.

Entonces la escuchó, tan clara como la luz del sol.

Su risa.

Liam dejó de respirar.

Era un sonido suave y alegre. Le resultaba tan familiar que lo sintió como un puñetazo en las costillas. Era una risa cálida y natural. Esa misma risa había resonado en veranos en la playa y noches de fuegos artificiales. Eran demasiados recuerdos que había intentado enterrar durante años.

Se le secó la garganta.

No se movió ni parpadeó. Se quedó mirando una veta de la madera de la mesa como si eso pudiera darle fuerzas.

Luego oyó su voz, con un tono burlón y juguetón.

—Cuidado, Nate, el plato quema. No se te vaya a caer.

Pasos. El taconeo en el suelo. El roce de un hombro contra el marco de la puerta. Y entonces, ella entró.

Por un instante, el mundo de Liam se tambaleó.

Se veía igual, pero distinta. Tenía el pelo más largo, con ondas suaves que le enmarcaban la cara. Llevaba un vestido sencillo, pero le quedaba como si lo hubieran hecho a su medida. Traía una fuente de cristal para tartas todavía tapada con papel de aluminio.

Iluminó la habitación como siempre lo hacía.

Un primo soltó un silbido. —Caramba, Nate. Te has llevado el premio gordo.

Liam no se rio.

Tensó la mandíbula, pero nadie se dio cuenta. Era la viva imagen de la calma: rostro serio, whisky en mano y expresión indescifrable. Pero por dentro era otra historia.

Puro caos.

Sus ojos la seguían. Recorría cada curva, cada movimiento. Se fijó en cómo se le curvaba la boca al sonreír y en el vaivén de sus caderas al cruzar la cocina. Se movía con confianza, como si ese lugar todavía fuera suyo.

Saludó a todo el mundo con besos y abrazos. Su risa rebotaba por todas partes. Su felicidad no era fingida; era real.

Y aquello lo destrozó por dentro.

De pronto, ella lo vio.

Su sonrisa se volvió más dulce.

—¡¡Liam!!

Pronunció su nombre como si fuera un viejo recuerdo.

Hacía años que no hablaban, pero Chloe lo recordaba todo. Los veranos en familia, las fiestas, los cumpleaños... él formaba parte de su infancia. Sus familias eran uña y carne. Sus madres eran mejores amigas desde antes de que ellos nacieran. Alguna vez ella vio a Liam Ashford como un amigo, casi como un primo. Pero las cosas cambiaron. Él se había ido sin avisar y sin decir adiós.

Ella caminó hacia él con los brazos abiertos. Sus pasos eran pausados pero decididos.

Él se levantó despacio. Le sacaba una cabeza y medía cada respiración.

Ella lo abrazó con cariño, suave y afectuosa. Fue un gesto inocente. Ella no tenía idea de lo que le estaba haciendo sentir.

Chloe le rodeó el cuello con los brazos y pegó su cuerpo al suyo. Liam puso la mano en la parte baja de su espalda. Sintió la piel desnuda y cálida bajo el vestido.

Casi pierde el control.

La retuvo en sus brazos un segundo más de la cuenta.

No fue suficiente para levantar sospechas. Pero sí para sentirla y grabar ese momento en su memoria.

—Has vuelto a casa —le susurró ella al oído.

Él se apartó un poco y la miró a los ojos. Esbozó esa media sonrisa suya, perezosa e indescifrable.

—¿Por tu tarta? —dijo con voz de seda—. ¿Cómo iba a resistirme?

Ella volvió a reír y se alejó para reunirse con su hermana y sus primos.

Él la dejó ir.

Pero cada célula de su cuerpo seguía anclada a ese abrazo. En ese mismo instante, Liam Ashford supo exactamente lo que quería.

Y él siempre conseguía lo que quería.

Ya no era el chico que se fue del pueblo con el corazón roto y la promesa de no mirar atrás.

No era aquel muchacho que tenía miedo de decirle lo que sentía. Ya no era ese chico demasiado educado para competir o demasiado blando para luchar por lo suyo.

No. Ese chico ya no existía.

Ahora era un hombre.

Un hombre que había levantado imperios de la nada a base de coraje y rabia solo para olvidarla. Un hombre que aprendió a leer a la gente como si fueran códigos. Alguien capaz de cambiar el destino con una palabra y hacer que hombres hechos y derechos suplicaran su aprobación.

Era un hombre que siempre obtenía lo que buscaba.

Y esa noche, mientras veía a Chloe reír y brillar al lado de un marido que no la merecía, Liam tomó una decisión con una certeza aterradora.

Esta vez... no se iría con las manos vacías.

La fiesta seguía a su alrededor. Se oían voces familiares, canciones viejas en un altavoz y el tintineo de los platos al recoger la mesa.

Se sentó en el viejo sofá como un rey vigilando su reino. Cruzó una pierna y sostuvo el vaso de scotch que aún no terminaba. La luz de la lámpara brillaba en el líquido ambarino y reflejaba destellos dorados en sus nudillos.

Pero no estaba mirando la bebida.

La miraba a ella.

Chloe se había quitado los tacones hacía rato. Ahora bailaba descalza con sus primos en medio de la sala. Reía con la cabeza hacia atrás y el pelo al viento. Giraba con una copa de vino en la mano y una alegría contagiosa. Tenía algo magnético. Estaba llena de vida.

Y, que Dios lo ayudara, él no podía apartar la vista.

Ella no sabía lo que provocaba en los demás. No tenía idea de lo que le hacía a él.

La mirada de Liam era afilada y constante. Para cualquiera, parecía vagamente entretenido o quizá un poco aburrido. Pero por dentro, sus pensamientos eran puro fuego, peligrosos y ardientes.

Se parecía mucho a la chica que amó, pero ahora se movía como una mujer. No sospechaba que cada curva y cada risa se le metían a él bajo la piel.

Dio otra vuelta y el vestido se le subió un poco, dejando ver sus muslos. Uno de sus primos chocó con ella sin querer y Chloe soltó un chillido mientras se tambaleaba. Se apoyó en un sillón para no caerse, muerta de risa, y al levantar la vista, sus ojos se cruzaron con los de él.

Solo fue un segundo.

Su sonrisa se ensanchó al reconocerlo. Liam levantó su vaso apenas un milímetro, con un leve gesto en la comisura de los labios.

Ella se dio la vuelta y volvió al baile y a las risas.

Pero ese cruce de miradas se quedó grabado en él.

Bebió un sorbo de scotch, con calma y control. El fuego que sentía en el pecho no era por el alcohol.

Era por ella.

Seguía siendo la misma chica radiante.

Pero él ya no era el chico que se conformaba con estar bajo su sombra.

Ahora era la tormenta que estaba a punto de devorarla por completo.

El sofá se hundió a su lado. Liam no necesitó mirar para saber quién era.

El olor a colonia barata y el aliento a whisky lo confirmaron.

Era Nate.

—Oye, hombre, ¿vas a estar toda la noche ahí sentado como un villano de película? —bromeó Nate, dándole una palmada en la espalda como si fueran amigos de toda la vida.

Liam se giró despacio. Esbozó una sonrisa practicada y fría.

—Nate. —Levantó su vaso en un brindis despreocupado—. ¿Disfrutando del espectáculo?

Al otro lado de la sala, Chloe reía. El dobladillo del vestido le rozaba los muslos mientras giraba otra vez. Bajo las luces, su piel brillaba con un tono dorado, como si tuviera luz propia.

Nate soltó una carcajada, sin entender el doble sentido. —Es increíble, ¿verdad? Esa mujer alegra hasta un funeral.

A Liam se le tensó la mandíbula.

—Lo recuerdo bien —dijo con voz baja.

Nate no se dio por aludido. Se acercó a él con aire arrogante. —Escucha. Tengo algo para ti. Una oportunidad de negocio de las buenas. De esas que te harán más rico de lo que ya eres.

Liam ni parpadeó. —No me interesa.

—Pero si ni siquiera me has escuchado.

—No vine a casa a trabajar. Solo estoy aquí para relajarme y ser un buen hijo por unas horas —respondió él, con un tono frío e imperturbable.

Nate hizo un gesto con la mano. —Vamos, hombre. Solo una reunión. Mañana. En nuestra casa. Te lo explicaré todo. Ya verás, te lo digo en serio, es una genialidad.

Liam bebió un sorbo de su whisky. Lento. Pausado.

Entonces, su mirada cruzó la habitación hacia Chloe. Ella estaba abrazando a su primo con la copa de vino en alto. Esa risa burbujeante escapaba de nuevo, despreocupada y radiante, totalmente ajena a la tormenta que tenía a pocos centímetros.

Quería sentir su piel otra vez. Olerla. Esta vez, quería bajar la mano más allá de su espalda descubierta y escuchar qué tipo de gemido soltaba al hacerlo.

Sus ojos volvieron a Nate. Su tono era suave como la seda y el doble de peligroso. —Está bien, iré —dijo simplemente.

Nate sonrió como si ya hubiera ganado. —Sabía que dirías que sí.

Liam levantó su vaso de nuevo y se terminó el whisky de un solo trago.

La fiesta quedó en el olvido, pero la invitación de Nate permaneció en su mente. Una idea de negocio lanzada entre tragos, medio en broma, hasta que Liam apareció al día siguiente para cumplir su palabra.


***

La puerta se abrió antes de que terminara de sonar el segundo timbre.

Nate estaba allí, con jeans y una camiseta arrugada, sosteniendo una taza de café.

—Liam —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Justo a tiempo. Pasa.

Liam entró y su presencia llenó el lugar de inmediato. Parecía el poder hecho persona, con pantalones oscuros impecables y una camisa color carbón ajustada. La llevaba lo suficientemente desabrochada para insinuar los músculos debajo, con un perfume caro que flotaba como un pecado.

Se movía despacio, con calma, recorriendo la entrada con la mirada. No era simple curiosidad, estaba analizando el terreno.

Era la casa de ella. Se notaba su toque en las fotos enmarcadas, en las flores frescas sobre la mesa del recibidor y en ese aroma suave a cítricos... algo que era inconfundiblemente de Chloe.

Flotaba en el aire como el humo.

Él quería inhalarlo.

Nate caminó por delante y gritó por encima del hombro: —¡Cariño! ¡Liam ya está aquí!

Unos pasos rápidos y ligeros resonaron por las escaleras.

Entonces, ella apareció.

Iba descalza, con un delicado vestido de flores de tirantes que se ajustaba en todos los lugares correctos. Su cabello color miel caía por su espalda en ondas suaves, brillando con la luz de la mañana.

Liam levantó la vista y el tiempo se detuvo.

Todo lo demás —los muebles baratos, la pintura vieja de las paredes, la voz de Nate— se desvaneció. El mundo entero se volvió borroso.

Solo podía verla a ella.

Y ella corría directo hacia él.

—¡Liam! —exclamó radiante.

Sin dudarlo, sin detenerse, le rodeó el cuello con los brazos como siempre lo hacía. Era un gesto cálido, lleno de confianza y familiaridad.

La forma en que se apretó contra él, con sus curvas suaves encajando perfecto en su cuerpo firme, lo dejó desarmado.

Él la rodeó con sus brazos despacio, con intención, y su mano buscó el final de su espalda. Estaba tibia. Suave.

Cerró los ojos por un instante. Solo un segundo. Solo para sentirla.

Su aroma lo envolvió: cítricos, flores, dulzura. Encendió en él un fuego que llevaba años tratando de apagar.

Ella se apartó un poco, con sus ojos color avellana brillando. —Qué bueno volver a verte.

Si ella supiera.

Si supiera lo que acababa de provocar al tocarlo de esa manera.

Él sonrió, con un gesto frío e indescifrable.

—También me alegra verte, Chloe.

Pero en su mente, ya le había quitado la ropa.

El contacto de Chloe seguía presente en su piel mucho después de que ella se apartara.

Liam los siguió a la sala con pasos fluidos y calculados. Cada uno de ellos ocultaba la tormenta que le apretaba el pecho.

La habitación era modesta, como el resto de la casa. Se notaba que era un hogar, pero resultaba demasiado pequeña y sencilla para alguien como Chloe. Era un espacio muy estrecho para la luz que ella desprendía. Aun así, su esencia estaba en todas partes. Había una manta de punto sobre el sofá y una vela a medio consumir sobre la mesa, con olor a limón y rosas. Su perfume lo inundaba todo.

Liam se sentó en el sillón frente a Nate y su Rolex brilló con la luz. Tenía la postura de un hombre acostumbrado a mandar en lugares mucho más importantes que este.

Nate, por el contrario, no dejaba de moverse inquieto. Abrió una carpeta y extendió varios papeles con números escritos a mano, todos arrugados y manchados.

—Tenemos algo grande entre manos —dijo, señalando la primera página como si fuera oro—. Es un plan de desarrollo inmobiliario en el centro. Solo necesito una inyección de efectivo para cerrar la inversión. Con tu nombre y mi trabajo de campo, nos dividimos las ganancias a medias. Es pan comido.

Liam miró los papeles.

Luego volvió a mirar a Nate.

Firme. Frío.

—Tus números —dijo lentamente—. No cuadran.

La sonrisa de Nate se tensó. —Es solo un borrador.

Los pasos de Chloe se escucharon desde la cocina, seguidos por el aroma a café recién hecho. Ella tarareaba algo en voz baja, con una voz dulce y ligera. Parecía no tener idea de lo que se estaba discutiendo a tan pocos metros.

Liam ladeó la cabeza y bajó la voz.

—¿Hasta dónde estás metido, Nate?

Nate se removió en el asiento. —Eso no importa, lo que cuenta es el beneficio. Vamos... Tú y yo podríamos forrarnos.

Liam se reclinó hacia atrás, dejando que el silencio se alargara. Quería que Nate se cocinara en su propia ansiedad.

Entonces, como quien juega al ajedrez con un niño, Liam sonrió porque se le acababa de ocurrir una idea mejor. —No me interesa el trato.

El pánico asomó en los ojos de Nate. —Espera, escúchame. Puedo arreglar los números. Es un negocio sólido...

—Estás hundido hasta el cuello —dijo Liam con calma—. Puedo olerlo.

Nate apretó los puños. —Solo necesito una oportunidad. No lo entiendes...

—Lo entiendo perfectamente —lo interrumpió Liam, con voz cortante.

Chloe reapareció con una bandeja de café y galletas. La puso sobre la mesa, ignorando que el mundo de su marido se caía a pedazos y que Liam era quien tiraba del hilo.

—Espero que se estén portando bien —bromeó ella, ofreciéndole una galleta a Liam.

Él la tomó con una leve sonrisa. Sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario.

Chloe se dejó caer en el sofá junto a Nate, encogiendo las piernas como hacía cuando eran niños. —Yo también quiero oír esa propuesta de negocios tan increíble —dijo animada, apoyando la barbilla en la palma de la mano.

A Liam se le tensó la mandíbula. Estaba claro que Nate no le había dicho la verdad.

Nate se aclaró la garganta y enderezó los papeles. —Bueno, como le decía a Liam, tengo un trato inmobiliario listo. Un lugar privilegiado en el centro, con mucha rentabilidad. Solo hay que moverse rápido con la inversión. Con su capital y mi gestión, bum. Hecho.

Liam ni miró los documentos. Su mirada se fijó en Chloe.

Ella escuchaba con atención, con una sonrisa dulce como la miel.

La voz de él cortó el ambiente como un cuchillo. —¿Cuánto dinero debes exactamente, Nate?

Nate se quedó helado. —¿Qué?

El tono de Liam no cambió. —Los números reales. ¿De cuánto es la deuda en la que estás sentado?

Nate soltó una risa forzada. —Hombre, no te pongas así, no hagas que esto sea incómodo...

—Te estás ahogando —dijo Liam, sin quitarle los ojos de encima a Chloe—. Y la has arrastrado a ella contigo.

La sonrisa de Chloe desapareció. Miró a ambos, confundida. —¿De qué está hablando?

Liam volvió a mirar a Nate. Con frialdad. Con dureza.

—¿Cuánto debes?

Nate apretó la mandíbula.

Chloe le tocó el brazo. —¿Nate?

—Casi dos millones —masculló Nate.

Chloe se quedó sin aliento. —¿Qué?

—Iba a solucionarlo —soltó Nate—. Con este trato habría...

Liam lo interrumpió con voz baja. —¿Dónde está el dinero de su herencia?

Chloe parpadeó. —¿Cómo?

—El patrimonio de tu abuela —dijo Liam, mirándola fijo—. Te dejó más de medio millón. ¿Dónde está?

Chloe bajó la mirada a la mesa. Su silencio lo dijo todo.

Liam se reclinó en la silla. Su expresión no cambió, pero algo brilló en su interior. Una furia silenciosa.

Miró a Nate como si fuera basura bajo su zapato. —Te fundiste hasta el último centavo de su dinero. Y ahora estás a punto de dejarla en la calle.

Nate se quedó rígido. La culpa y el orgullo peleaban en su cara. —No fue así exactamente...

—Es exactamente así —sentenció Liam.

A Chloe le empezaron a temblar las manos sobre el regazo. Estaba pálida.

Liam se puso de pie. Despacio. Con elegancia.

—No me interesa tu propuesta.

Nate lo miró, desesperado. —Liam, por favor, solo dame una oportunidad.

Liam guardó silencio un momento. Pensaba mientras la observaba a ella y luego a Nate. —Te haré otra oferta.

La habitación se quedó en silencio total.

La mirada de Liam no se movía de Nate.

—Pagaré cada centavo que debes. Todo. Pero quiero algo a cambio.

Nate frunció el ceño. —¿Qué?

—Un mes —dijo Liam—. Con ella.