LA ÚLTIMA CARRERA

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Sinopsis

En pleno auge de la Guerra Fría, dos astronautas representan a sus naciones enfrentadas en la última misión hacia la gloria... Viktor Petrov, un veterano soviético forjado en el deber, y Ethan Starling, un joven idealista enviado por Occidente. Ambos aterrizan en la Luna con un mismo objetivo: ser los primeros en conquistarla… hasta que un suceso imprevisto transforma la misión en condena. La última carrera es una historia de ciencia ficción cargada de drama y suspenso, donde el odio heredado se enfrenta a la humanidad compartida. En un mundo sin banderas, ¿serán capaces de vencer su orgullo antes de que sea demasiado tarde?

Genero:
Drama
Autor/a:
Nox
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Dos Banderas, Un Destino.

Era el año 1969, en pleno auge de la Guerra Fría, la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética, no sólo definía la política mundial, sino que había trasladado su lucha por la supremacía a un terreno nuevo e inexplorado: el espacio exterior.

Después de años de tensiones, inversiones masivas y sacrificios personales de miles, algo extraordinario ocurrió. Contra toda probabilidad, las misiones de ambas potencias aterrizaron en la superficie lunar… al mismo tiempo.

El módulo estadounidense, Atlas, tocó suelo lunar en un descenso meticuloso, levantando una tenue nube de polvo que se asentó lentamente en la reducida gravedad. A unos cientos de metros, el Pólux soviético aterrizó con una precisión igualmente impecable, sus retrocohetes marcando su huella en el Mar de la Tranquilidad. Ethan Starling, aún con el eco de las palabras de su equipo resonando en su mente, bajó del módulo con cautela. Su respiración, controlada, pero tensa, llenaba el interior de su casco mientras daba su primer paso sobre el terreno grisáceo. La visión de aquel mundo desolado provocó una punzada de asombro. Estaba enfrentándose a lo desconocido, pero al mismo tiempo, Starling sabía que estaba haciendo historia.

No muy lejos, Viktor Alekseyevich Petrov descendió de su módulo. Su figura parecía flotar mientras avanzaba con la determinación de alguien acostumbrado a la presión de las expectativas. A cada paso que daba, sentía el peso de su patria sobre sus hombros, un recordatorio constante de que no estaba solo en este viaje; representaba a todo un sistema, a toda una ideología. Su mirada recorrió el vasto océano negro. las estrellas tan deslumbrantes, como un monto de diamantes... era un paisaje nunca antes visto.

Tiana… mi amor, llegue por fin – dijo con una voz melancólica cuando sus botas tocaron el suelo lunar, una mezcla de orgullo y felicidad lo recorrió.

Ambos hombres finalmente se encontraron bajo el mismo cielo negro y estrellado, con la Tierra como testigo distante. La mirada de Ethan era fija y profunda, parecía indagar cada rincón del vacío, mientras que la de Viktor emanaba una aura tensa y silenciosa, como la calma antes de la tormenta. Era un momento único e irrepetible.

En ese momento, no era admiración lo que los unía, sino el peso de una historia común. Una rivalidad nacida de la distancia, alimentada por la desconfianza y sellada por la eterna competencia.

El aire en el canal de comunicación era tenso, aunque ambos astronautas apenas podían escucharse claramente debido a la estática ocasional que interfería. Viktor fue el primero en moverse hacia el horizonte, con la bandera soviética en mano. La colocó en el terreno con precisión, como si fuera un acto solemne. Giró su visor hacia Ethan, cuya figura se recorta bajo el resplandor de la Tierra.

— Debo admitirlo, Starling, tus ingenieros han hecho un trabajo decente. Aunque… parece que hemos demostrado quién tiene el verdadero control en esta carrera. — La voz ronca del soviético resonó con tranquilidad, pero el tono dejaba entrever una sutil arrogancia.

Ethan, quien estaba ajustando su equipo, levantó la mirada hacia el soviético. —¿Control? —repitió con incredulidad, manteniendo su tono bajo, aunque no pudo evitar que una chispa de molestia lo traicionara. — ¿Eso te parece "control"? Si hubieras aterrizado cinco minutos antes, tal vez podrías reclamarlo. Pero llegaste después, Petrov. Solo que tu ego no te deja admitirlo.

Viktor hizo una pequeña sonrisa dentro de su casco, casi despreocupado, mientras daba un paso hacia el estadounidense el cual tomaba su bandera con fuerza.

— ¿Después? Es interesante cómo lo ves, Starling. Yo diría que no importa el momento exacto, sino quién lo hace mejor. — Su acento ruso daba peso a cada palabra, cargándolas de una intención medida — Al final, lo que la historia recordará no es tu prisa, sino la precisión con la que uno lleva la misión. Y en eso, nosotros siempre hemos sido superiores.

Ethan irritado por la arrogancia del soviético, miro con asco y desdén la bandera roja con el símbolo de la hoz y el martillo la cual ondeaba ligeramente en el vacío. Dio un paso al frente, su mirada fija en la del Petrov.

—Superiores… Claro, porque dejarlo todo a la suerte y la propaganda es lo que cuenta cómo "precisión", ¿no?, Si no fuera por nuestras pruebas, ni siquiera estarías aquí soltando tus discursos estupidos.

— ¿No te estás mordiendo la lengua, cowboy? — El apodo ofensivo cargado de desdén atravesó el canal de comunicación como un dardo — ¿O debería decir... simple campesino jugando a ser conquistador? — Una sonrisa arrogante apareció suavemente en el rostro de Viktor.

Ethan sintió el calor subirle al rostro, incluso dentro del frío aislamiento de su traje blanco. Cerró los puños, pero se contuvo. No le daría el gusto de verlo perder el control. En cambio, cuando habló, su voz, aunque controlada dejaba clara su indignación.

Ambos hombres permanecieron de pie, a solo unos pasos el uno del otro. La Luna, silenciosa e indiferente, fue testigo de un enfrentamiento que no necesitaba gritos para transmitir la intensidad de su rivalidad. Las palabras que seguían se sentían pesadas, cada frase como un golpe, mientras sus patrias miraban desde la distancia.

—¡Atención! ¡Evacúen la Luna de inmediato! ¡Se aproxima un asteroide!

Aquel mensaje, saturado de estática, resonó en sus cascos con la urgencia de quien lucha contra el tiempo. Ethan y Viktor quedaron inmóviles, procesando las palabras, incapaces de comprender la magnitud de lo que escuchaban. Instintivamente, ambos voltearon hacia el horizonte, buscando una explicación, algo que diera sentido a esa alarma tan urgente.

Lo que vieron hizo que sus corazones casi se detuvieran...

No era un asteroide.

Una sombra descomunal se proyectaba desde el vacío del espacio. La criatura era descomunal, cuya forma parecía perderse en el vacío cósmico, como si fuera parte misma del abismo. Su piel brillaba como un líquido metálico, reflejando la luz de las estrellas, y sus tentáculos se extendían hacia el infinito, como si arañaran el mismo tejido del cosmos. Cada uno de sus movimientos era una declaración de poder absoluto, como si todo lo que conocían se doblara ante su presencia.

Ethan dio un paso atrás, su voz apenas un susurro, cargado de incredulidad. — ¿Qué…Qué es eso? — La respiración agitada de ambos astronautas lleno las radios

— ¡Viktor! ¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué respiras así? ¡RESPONDE, VIKTOR! —gritó uno de los científicos soviéticos, desesperado por la reacción de Petrov.

Viktor, normalmente imperturbable, parpadeó rápidamente, como si estuviera buscando una explicación que no existía. Su rostro, que hasta hace un momento reflejaba arrogancia, ahora estaba pálido, como si el aliento le hubiera sido arrebatado. Sus ojos, fijos en la criatura, eran incapaces de apartarse del horror que se desplegaba ante ellos. Respiraban rápido, el aire en sus trajes espaciales parecía no ser suficiente.

—¿¡Ethan, me escuchas!? ¡RESPONDE! —gritó el equipo de Ethan, preocupado—. ¡SAL DE LA LUNA, AHORA MISMO!

En un parpadeo, la criatura se movió. Su velocidad era sobrenatural, tan rápida que desafiaba la lógica. En un abrir y cerrar de ojos, ya había alcanzado la Tierra. Allí, se detuvo, como un depredador que evalúa a su presa.

Entonces, con un movimiento aterrador, su boca se abrió de par en par y extendió una lengua afilada que perforó el núcleo del planeta como si fuera un fruto maduro. Un rugido bajo resonó a través del vacío... o tal vez solo fue un eco en sus mentes, mientras veían impotentes cómo la Tierra comenzaba a cambiar.

El planeta, su hogar, palpitaba bajo el ataque. La superficie se retorcía, como si estuviera siendo despojada de su propia vida. En cuestión de segundos, un pálido brillo emano del centro de la tierra era energía del núcleo mismo, un resplandor que se absorbía en su cuerpo brillante. Era como si estuviera bebiendo el alma de la Tierra, dejándola vacía, como un cadáver.

Las radios estallaron en gritos distorsionados por la interferencia, pero inconfundibles.

— ¡Ethan! ¡Algo... atravesó la atmósfera! —la voz del científico temblaba entre el asombro y el miedo.

Lo que vieron los hizo temblar de terror. El cielo ya no era azul. Una capa gris, espesa como humo, se alzaba sobre el planeta…

Y lo devoraba todo.

La atmósfera misma comenzaba a desintegrarse, colapsando sobre sí misma como si fuera consumida por un fuego invisible. La luz del sol se distorsionaba, tiñendo a la Madre tierra de un rojo sangriento, como si estuviera sangrando.

El caos de las radios, los gritos y la desesperación se colaban en sus cascos como una corriente insoportable, hasta que Viktor, aun temblando, giró hacia Ethan.

— ¡No puedo respirar! ¡No puedo respirar, Dios! ¡¡Me ahogo!!

Era la voz de uno de los científicos a cargo de la misión soviética. Ethan sintió un frío helado recorrer su columna vertebral. El sonido de la desesperación se coló en sus oídos, dejándolo paralizado.

— ¡Me quemo! ¡¡Ayuda, Dios mío!!

Otro grito, esta vez desde el equipo estadounidense. Los canales de comunicación de ambas naciones se mezclaban; la agonía era palpable en cada palabra, el terror se impregnaba en cada grito.

Ethan cayó de rodillas, incapaz de apartar la mirada. Su mente luchaba por procesar lo que estaba sucediendo. La voz del estadounidense tembló, el miedo casi lo ahogaba. No podía procesarlo — No... ¿Por qué? — su voz quebrada, ahogada por el horror.

Viktor apretó los puños con tanta fuerza que sus guantes crujieron. La rabia y la impotencia se marcaron en cada músculo de su rostro. Los ojos de ambos estaban clavados en la destrucción, en la irremediable pérdida de todo lo que conocían. El silencio de la Luna era ensordecedor, solo roto por sus respiraciones agitadas y el grito ahogado de Ethan:

—¡¿Dios mío, por qué?!—

Después del ataque la atmósfera se disipaba como niebla frente a sus ojos, el mundo entero oscureciendo en una sinfonía de destrucción. El espectáculo era insoportable, pero no podían dejar de mirar. El tiempo parecía haberse detenido mientras el horror absoluto se apoderaba de ellos.

La radio seguía transmitiendo, pero las voces de los científicos fueron reemplazadas por alaridos inhumanos, como si el oxígeno mismo se hubiera convertido en fuego.

—¡No! ¡No, Dios mío! ¡Auxilio! ¡Sálvanos mi señor!

El terror se apoderó de ellos. Aunque Viktor mantenía la calma en el rostro, estaba visiblemente afectado. Ethan pudo ver el temblor en sus manos, esas mismas manos que antes desafiaban todo. Los gritos se mezclaban con un sonido indescriptible. Un rugido lejano que parecía perforar la atmósfera y desintegrarla aún más.

—¡Dios mío, esto no puede estar pasando!

Ethan no pudo contener el pánico ni la desesperación; lo destrozaban por dentro, junto con la certeza insoportable de que todo estaba perdido. La angustia se tragó su voz.

La comunicación se cortó. Un silencio absoluto llenó las radios. Los gritos, las súplicas… desaparecieron. En su lugar, solo quedaba una estática lejana, como un eco que se negaba a morir. La Tierra, antes vibrante y azul, ya no era más que una esfera inerte. Sin núcleo, sin alma. Un cadáver planetario flotando en el abismo.

Viktor, aquel hombre siempre firme, casi arrogante, dejó caer por primera vez su máscara. Las lágrimas flotaban en su casco, atrapadas en la ingravidez como diminutos globos transparentes.

—Katenka… —murmuró, con una voz rota que apenas era audible.

Ese nombre, tan pequeño y simple, contenía un universo. Una avalancha de recuerdos lo golpeó, la sonrisa de su hija mientras jugaba en la nieve, su risa resonando en el aire fresco y su cabello rubio ondeando, el orgullo en sus ojos cuando le prometió que algún día viajaría a las estrellas, justo como él. Ahora todo eso se desmoronaba. Su hija no estaba allá abajo, ni en ningún lugar. Todo lo que él había conocido, amado y luchado por proteger, se había desvanecido en un instante.

Mientras Viktor se ahogaba en su dolor, un estremecimiento recorrió su espalda baja como algo electrizante. Aquella cosa, ese monstruo inconcebible, giró su “cabeza” hacia ellos. No tenía ojos, pero el abismo oscuro que ocupaba su rostro parecía mirarlos directamente, como si pudiera devorarles el alma. Su presencia era tan opresiva que hasta las estrellas parecían desvanecerse a su alrededor.

La criatura avanzó lentamente, sus tentáculos moviéndose con una gracia aterradora, como si rasgaran el tejido mismo del espacio. A medida que se acercaba, un enjambre de satélites, arrancados de sus órbitas por el caos gravitacional, colisionó contra la superficie lunar, dejando cráteres y escombros flotando en todas direcciones.

Ethan y Viktor permanecieron inmóviles, como si el miedo los hubiera convertido en estatuas. La bestia pasó junto a la Luna, su inmensidad abrumadora ignorándolos por completo. No eran más que partículas de polvo frente a un titán. No hubo ataque, ni interés, ni siquiera un indicio de que supiera que existían.

Esa indiferencia era lo más aterrador de todo.

La Luna, mientras tanto, comenzaba a desplazarse lentamente. La pérdida del campo magnético de la Tierra había desestabilizado su órbita, y ahora era arrastrada hacia las profundidades del sistema solar, hacia Saturno, hacia un destino incierto.

Viktor aun miraba a la tierra destruida como si rogara que su hija regresara de que todo fuera una pesadilla. Un espeso y abrumador vacío cayó sobre ellos. La realidad finalmente los alcanzó.

Ethan dejó escapar un grito desgarrador a través del canal de comunicación compartido, saturando el silencio. Su cuerpo temblaba descontroladamente.

—¡No, no, no! —murmuraba entre jadeos, hasta que finalmente alzó la voz—. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¡Dios mío, trabajé tanto, di todo, y ahora lo pierdo todo! ¡Todo!Viktor, por su parte, permanecía en silencio, sus ojos aún húmedos y pesados, reflejaban la devastación que se extendía tanto afuera como dentro de él. Su mirada cayó al suelo, rendido ante la situación. Mientras tanto, Ethan seguía gritando, moviéndose erráticamente, golpeando la superficie lunar con los puños cerrados.

— ¡Por qué! ¡Por qué! ¡No es justo! — Finalmente, Ethan se volvió hacia Viktor, sus ojos llenos de rabia y desesperación. Su respiración era errática, y su voz temblaba mientras señalaba con un dedo acusador. —¡Esto es tu culpa! — rugió, su tono apenas controlado —¡Ustedes y su maldita arrogancia! ¡Siempre queriendo demostrar que eran mejores que nosotros! ¡Todo por su maldito orgullo! ¡Lo destruyeron todo!

Viktor, que había estado mirando el suelo lunar, alzó la mirada lentamente. Primero, su rostro mostraba incredulidad, pero en cuestión de segundos, la furia se abrió paso en su expresión.

—¿Qué estás diciendo, idiota? —espetó, su voz áspera y cargada de resentimiento. —¿Acaso tienes idea de lo que hablas? ¿Nosotros? ¿Cómo puedes culparnos por... por esa cosa? —

Ethan dio un paso adelante, su cuerpo rígido y tembloroso. —¡Lo hicieron! ¡Ustedes! Siempre buscando más poder, siempre queriendo controlar todo. ¡No se detuvieron hasta que lo destruyeron todo! —

—¡¿Cómo puedes decir eso, maldito cowboy?! — bramó Viktor , dando un paso hacia Ethan. Sus voces se elevaron, resonando en el canal de comunicación como si no existiera más que su furia.

—¡Eres un cobarde! — Continuó Ethan, clavándole los ojos—. Ni siquiera puedes admitirlo. Todo el mundo sabe que ustedes solo piensan en armas, en control. ¡Mira lo que tu maldito gobierno nos ha traído! —

—¡Cállate! —gritó Viktor, interrumpiéndolo con un paso agresivo. Su voz fue un rugido, completamente fuera de lugar para el hombre controlado que había sido momentos antes. — ¡Tu país no es mejor! ¡Si alguien tiene la culpa, son ustedes, malditos egocéntricos!

La distancia entre ambos se redujo a nada. Viktor levantó el puño, temblando de rabia, mientras Ethan apretaba los puños a sus costados, listo para responder. — ¡Hazlo! —espetó Ethan, desafiante, inclinándose hacia adelante—. ¡Golpea! ¿Qué más podría salir mal, ¿verdad? ¡Adelante, destrózalo todo, como siempre lo hacen!

Viktor, con la mandíbula apretada, mantuvo su puño en el aire por un instante eterno. El temblor en su mano aumentaba, su respiración pesada resonando en el canal. Finalmente, dejó escapar un rugido gutural y arrojó el golpe con todas sus fuerzas.

El puño chocó contra el casco de Ethan, una fuerza inútil amortiguada por el vacío mismo. Ethan retrocedió un paso, tambaleándose, pero no cayó. Su risa quebrada y amarga llenó el canal.

—¿Eso es todo lo que tienes? —gruñó Ethan, levantando las manos como si lo desafiara a intentarlo de nuevo—. ¿Dónde está tu gloriosa fuerza, Viktor? ¡Golpea más fuerte, vamos! ¡Hazme sentir algo, porque, maldita sea… ya no siento nada!

Viktor bajó lentamente su puño, sus ojos no perdieron la chispa de rabia. Sin embargo, detrás de esa furia, había algo más, un abismo de desesperación que no podía ocultar. Miró a Ethan como si estuviera observando a un hombre quebrado, reflejándose a sí mismo.

—¿Por qué carajo me sigues culpando de esto? —su respiración era pesada, su pecho subía y bajaba como si intentara liberar el peso de las palabras que le costaba pronunciar—Todos están muertos... ¿no lo entiendes? ¡Tu familia, mi hija, todos!

El silencio pareció tensarse entre ellos, pero Ethan lo rompió con un rugido desgarrador.

—¡No te atrevas a mencionar a mi familia! — gritó, su voz rompiéndose al final. Su mirada estaba bañada en lágrimas, sus puños cerrados y temblorosos—. ¡No tienes derecho! ¡No sabes lo que he vivido, no sabes lo que siento!

—¿No lo sé? —Viktor dejó escapar una risa amarga, casi gutural, como si la desesperanza lo devorara desde dentro—Perdí a mi hija, ¿me escuchaste? ¡Mi hija! ¿Acaso entiendes lo que significa? Mirar al mundo y saber que nunca volverás a abrazarla... que su sonrisa…—

Su voz se quebró, y durante un instante, el hombre parecía más humano que nunca— que la sonrisa de mi dulce niña, está enterrada con todo lo que era la Tierra. ¡Ella jamás volverá a ver un amanecer! —

Ethan, que había estado desafiante y lleno de rabia, se quedó quieto. No había esperado esas palabras. Por un momento, el aire entre ellos se llenó de un silencio amargo. Viktor, incapaz de mirar a los ojos a Ethan, continuó, su voz quebrándose por la tensión acumulada.

—¿Sabes cómo se siente perder a la única razón por la que sigues adelante? — Su garganta se cerró mientras las palabras salían a duras penas — No tengo nada...perdí todo... mi hija, mi dulce y hermosa hija…

Ethan, que había estado lleno de resentimiento, se quedó inmóvil, sus ojos clavados en Viktor, Las palabras de Viktor despertaron una ola de emociones imposibles de contener.

—¡Entonces deberías entenderlo! — gritó Ethan, con la voz temblando entre la rabia y la impotencia — ¡Deberías entender por qué te odio tanto! A ti y a tu maldito país… ¡Nos empujaron hasta aquí! Siempre compitiendo, siempre jugando con fuego. ¿Y para qué? ¡Por una estúpida bandera!

Ethan golpeó su pecho con el puño cerrado, como si el dolor físico pudiera calmar su mente — Yo cargué con su ambición, Viktor. Toda mi vida fui lo que ellos quisieron que fuera, un prodigio, un maldito símbolo de su poder… ¡y ahora no queda nada! ¡Nada! ¿Y todavía quieres que me quede callado?

Ethan jadeaba, su voz apagándose lentamente mientras la furia daba paso al agotamiento. Sus hombros cayeron, pero su mirada seguía fija en Viktor, esperando, necesitando una respuesta que le hiciera sentir algo más que el vacío.

La respiración del soviético seguía entrecortada, pero no era solo por la furia. Había algo más en su voz, un cansancio profundo, una sensación de derrota que ni siquiera la rabia podía esconder.

—Te odio tanto por lo que dijiste, Ethan. Pero no fui yo quien te convirtió en lo que odias —dijo Viktor, con un tono que reflejaba dolor y rabia a la vez. — No fui yo el que puso esa maldita etiqueta en tu frente. ¿O crees que yo no sé lo que es ser un peón?, Que me miren como si yo fuera menos que un hombre.

Ethan lo miró, desbordado de furia, pero algo en las palabras de Viktor lo detuvo, aunque no quería admitirlo. Viktor siguió, con la voz cargada de amargura:

—¿Sabes lo que pasó cuando te pusieron en ese maldito pedestal, Ethan? Te lo metieron en la cabeza. Te hicieron creer que tu inteligencia, tu capacidad, significaban algo en este mundo. ¡Pero no es cierto!

Se acercó un paso más, cada palabra como un golpe.

—Te separaron de los demás, te usaron para alimentarse de tu propia grandeza. Tú no eres el único que sufrió, ¿me entiendes?

El aire entre ellos estaba denso, como si las palabras pudieran cortarse. Ethan, que había estado ardiendo de rabia, parecía un poco más quieto… pero solo en apariencia. Su cuerpo seguía tenso, como si estuviera a punto de explotar.

—Sí, claro. Eres un experto en el dolor, ¿verdad? —escupió con sarcasmo, aunque su voz ya no tenía solo burla, sino un temblor más profundo.

Dio un paso hacia adelante, y entonces estalló, como si algo en su interior finalmente se rompiera.

—¡Te dieron a tu hija, Viktor! —gritó, con la voz hecha trizas—. ¡Te la entregaron como un trofeo por tu maldita lealtad! Y luego, ¡te la arrebataron! Como nos arrebataron todo a nosotros, maldito “perro del estado”.

—Te quitan lo que amas y crees que eso te da derecho a venir a mí y hablarme de lo que yo he sufrido.

—No soy como tú —remató con desprecio, con la furia aun vibrando en cada palabra.

Viktor se quedó en silencio por un momento, con el rostro sombrío. No contestó de inmediato. Sabía que las palabras de Ethan, aunque hirientes, tenían un peso que era difícil de negar. Pero había algo que estaba más allá de ese instante, una barrera invisible que los separaba.

— No te atrevas hablar así de mi niña, maldito cobarde capitalista — susurró Viktor, su voz temblando entre la rabia y el dolor. La tensión era tan densa que incluso el silencio de la radio parecía rugir. Y aunque sus palabras escupían veneno, había algo más detrás de ellas… una herida que aún no dejaba de sangrar.

Ambos sabían que, a pesar de la cercanía física, algo mucho más grande los separaba: la historia, la política y una guerra impuesta por manos que nunca estuvieron ahí para ellos.

—No soy un cobarde —murmuró Ethan, su voz baja, más un eco de frustración que de verdadera convicción—. No eres más que la “sombra del Kremlin”, Viktor. Tú y todos los de tu clase.

El silencio volvió a hacerse denso entre ellos. Ninguno sabía ya qué más decir; sus palabras estaban al borde de lo que podían soportar. Viktor, con la mirada fija en el suelo, dio un paso atrás. La rabia en sus ojos se transformó lentamente en una tristeza profunda. La guerra no se luchaba solo con armas; también se libraba dentro de cada uno, moldeada por la ideología que les había sido impuesta desde niños.

— Esto no tiene sentido, Ethan. Ninguno de los dos va a ganar con esto — dijo Viktor. Su voz estaba rota, pero aún sostenía firmeza en sus palabras. A pesar de todo, seguía viendo el mundo a través del prisma de la ideología que lo formó. Seguiría luchando por lo que creía que era su deber.

Ethan lo miró fijamente. Ya no había furia en su rostro, solo una amarga resignación.

— Quizá no —murmuró—. Pero al menos voy a pelear por los míos. Por lo que queda de lo que alguna vez fuimos.

Hizo una pausa, como si cada palabra le arrancara algo del alma.

—Tú… tú sigues viviendo por una mentira, Viktor. No vas a cambiar. ¡Nunca vas a cambiar!

Viktor hizo un gesto, como si estuviera a punto de decir algo más, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Finalmente, soltó un suspiro largo y pesado.

—¿Sabes qué? —dijo sin volverse—. Tal vez tengas razón, pero no te equivoques, no voy a seguirte. Tú tienes tu camino… y yo, el mío. La humanidad ya está perdida. Quizá estamos demasiado rotos para salvarnos.

Sin decir una palabra más, Viktor giró sobre sus talones y se alejó, sus pasos resonando en el vacío silencioso de la estación.

Ethan permaneció inmóvil, mirando hacia la nada, con los puños apretados. El eco de los pasos de Viktor se fue desvaneciendo, dejándolo solo con su rabia, su dolor, y la amarga certeza de que ya no quedaba nada por lo que luchar.

La separación era inevitable. Sus ideologías, como muros de acero, los mantenían distantes, incapaces de encontrar un punto en común.

Con un suspiro cansado, Ethan finalmente se dio la vuelta y comenzó a caminar en la dirección opuesta, sin mirar atrás. Sabía que su lucha era distinta, y que su camino ya no tenía retorno. Ambos comprendían que, aunque compartían la misma herida, la ideología los había separado más que cualquier otro dolor.