Capítulo 1 – El despertar de la infección
Puerto de Veracruz, 5:32 AM.
El olor a sal y diésel flotaba en el aire como una costra pegajosa. El cielo comenzaba a tornarse naranja sobre el horizonte del Golfo, pero algo estaba mal. Desde el buque de patrullaje, Iván Castillo, cabo de la Marina Armada de México, observaba la costa con el ceño fruncido. No era el mar lo que lo inquietaba. Era el silencio. Ese silencio raro que llega antes de una tormenta, aunque el cielo estuviera despejado.
—¿Otra vez soñaste con ellos? —preguntó Ramírez, su compañero de guardia.
Iván no respondió de inmediato. Había soñado, sí. Con su hija en el patio de su casa en Jáltipan, corriendo entre gallinas y árboles de mango. El problema no era el sueño. Era que se sentía más real que todo lo que tenía frente a él.
—Sí. Pero esta vez… ella gritaba.
Antes de que Ramírez pudiera responder, sonó el primer disparo. No desde el mar, sino desde tierra firme. Luego vino un segundo. Y un tercero. En segundos, la radio estalló en un caos de gritos y estática.
—¡Zona de muelle comprometida! ¡Repito, zona comprometida! ¡Hay civiles atacando a otros civiles! ¡No responden a comandos! ¡Están… mordiendo! ¡Mordiendo, carajo!
Ramírez palideció.
—¿Esto es un simulacro?
Iván ya se había echado al hombro el fusil. No respondió. No hacía falta. Esa clase de gritos no se ensayaban. Esa desesperación no se fingía.
6:12 AM. Zona industrial del puerto.
Los marinos avanzaban en formación, pero los cuerpos en el asfalto rompían toda lógica. No eran solo los cadáveres. Era la forma en que se movían los que se suponía estaban muertos. Uno de ellos —un obrero con el rostro parcialmente arrancado— se lanzó contra un oficial que dudó solo un segundo. Fue suficiente.
—¡¡NO SON CIVILES!! —gritó alguien— ¡¡DISPAREN A LA CABEZA!!
Iván lo hizo. Disparó. Pero incluso mientras sus balas encontraban blanco, sentía que su alma se deshacía poco a poco. Esto no era una operación más. No era una célula criminal. Era otra cosa.
9:41 AM. Base Naval.
—La orden es clara —dijo el Capitán Méndez—. Cerramos el perímetro. Nadie entra ni sale. Nadie va por su familia. Nadie se va. Somos el último frente.
Iván sintió que algo se rompía dentro. No iba a obedecer esa orden. No cuando sabía que sus padres vivían a más de 400 kilómetros de ahí, sin defensa, sin preparación.
Esa noche, mientras las explosiones iluminaban la costa y los primeros informes hablaban de contagio masivo en el sureste, Iván robó una camioneta de la base, llenó un bidón con combustible, y tomó solo lo esencial: fusil, agua, una libreta, y la única foto que tenía de su hija en la billetera.
Encendió el motor.
—Aguanten… ya voy.