Una Cama Para los Dos
El reloj marcaba las 21:00 horas.
Rodolfo se quitó las pantuflas, extendió con cuidado las sábanas y se acostó lenta, serenamente. Apagó la luz del techo. La cama estaba fría, pero lista para calentarse. Era grande... tal vez demasiado para una sola persona (y vaya que sí lo era).
Tomó su almohada y la acomodó a su lado. Luego, con movimientos pausados, colocó una más pequeña entre sus rodillas, como cada noche.
Algunos dormían boca arriba, otros boca abajo, otros de lado. Su caso: de lado y abrazado de algo. Desde niño, siempre había sido así. La almohada era su ancla al sueño.
Pero ese hábito había cambiado... evolucionado.
Desde el día en que se casó.
María.
Ese era el nombre del amor de su vida. María era una chica dulce, encantadora, diez años menor. Él tenía treinta y tres cuando la hizo su esposa; ella, apenas veintitrés. La primera noche compartiendo cama fue diferente, casi extraña. Rodolfo, por costumbre, le dio un beso en la frente, se dio la vuelta y abrazó la vieja almohada de su infancia. María rió suavemente detrás de él.
—¿Siempre duermes así, Rud? ¿No quieres abrazarme a mí? Estoy más calientita.
Él le devolvió la risa, un poco avergonzado, y esa noche la envolvió con los brazos.
Y las siguientes también.
La almohada fue desterrada sin ceremonia. No había más espacio para ella, no con María allí. Al principio, abrazarla no se sentía igual —ella se movía, respiraba, tenía forma distinta— pero con el tiempo se acostumbró. Aprendió a dormirse rodeándola, acunado por su calor.
Cada noche le susurraba un simple pero eterno:
—Buenas noches, cariño.
Y adoptaba su postura natural: de lado, abrazado de algo. Esta vez, de alguien.
Treinta años pasaron. Con días de risas, discusiones, rutinas y abrazos.
Treinta años maravillosos.
Y nunca más volvió a tocar aquella almohada.
Hasta ahora.
Ahora que María ya no estaba.
Ahora que su lado de la cama era solo un hueco frío.
Ahora, la almohada había vuelto. Pero ya no era la misma. O mejor dicho, él ya no era el mismo.
Cuando abrazaba a María, no lo hacía por amor —o no solo por amor—. Era simplemente la forma en que su cuerpo sabía descansar. María se había convertido en su almohada humana, su posición para dormir.
Pero ahora, al abrazar la almohada, ya no lo hacía por costumbre.
Lo hacía para no quebrarse.
Porque cada vez que la rodeaba con el brazo, cerrando los ojos, fingía —solo por un momento— que era a ella a quien estaba abrazando.
Pero no lo era.
Y no lo sería jamás.
—Buenas noches, cariño —musitó, besando la tela sin vida.
Y cerró los ojos.