Capítulo 3 - Prácticas y momentos compartidos
Pasaron los meses y llegaron las prácticas comunitarias. Ahí fue cuando las cosas comenzaron a moverse un poco, aunque yo no lo supe en ese momento. Nos asignaron un lugar algo alejado, fuera de la ciudad, y necesitábamos transporte sí o sí porque no había forma fácil de llegar.
Así que se hizo lo obvio: organizarnos en carros. Y fue ahí cuando me animé a pedirle un favor.
—¿Oye, tú podrías llevarme al lugar de la práctica? —le pregunté con un poco de pena, aunque sabía que no se lo tomaría a mal.
—Sí, claro, no hay problema —me contestó, como si fuera lo más natural del mundo.
Y así fue. Ese mismo día nos fuimos juntos. En el camino platicamos, nos reímos, echamos relajo... nada fuera de lo común, pero había una comodidad distinta. Como si, sin darnos cuenta, estuviéramos empezando a vernos desde otro ángulo, aunque todavía muy sutil.
Durante esas prácticas convivimos un poco más. Todo muy tranquilo, muy de amigos. Sin presiones, sin intenciones claras, sin expectativas. Solo fluía. Nos acompañábamos en lo que tocaba, reíamos de tonterías y hablábamos de cualquier cosa, pero siempre con esa sensación de “aquí no pasa nada”. Porque para mí, todavía era eso: amistad. Una agradable y ligera amistad.
De hecho, adoré esas prácticas. Fue muy agradable estar ahí, platicando y echando desastre como siempre, pero con esa seguridad de saber que solo éramos compañeros y amigos.
Al terminar uno de esos días intensos en la comunidad, algunos del grupo decidieron que sería buena idea ir a unas albercas cercanas para relajarnos un rato. La verdad, fue un plan improvisado pero perfecto para liberar el estrés. El sol todavía pegaba fuerte, el agua fresca prometía un buen descanso, y la vibra entre todos era súper casual.
Fuimos en grupo, riendo, jugando con el agua, echando bromas y platicando de todo un poco. No faltaron los chapuzones espontáneos ni las competencias de quién podía aguantar más tiempo bajo el agua o quién hacía la mejor clavada. Era un momento para desconectarnos, para reír sin preocuparnos por las tareas o los exámenes.
En ese ambiente, se sentía la camaradería verdadera, ese lazo que se forma cuando compartes días enteros de trabajo y esfuerzo. Aunque éramos solo compañeros, había un respeto y una confianza que hacía todo más sencillo y natural.
Para mí, ese día en la alberca quedó como un recuerdo especial. No pasó nada más que la amistad y el buen rollo, pero justo eso fue suficiente para que esos días de prácticas tuvieran un sabor diferente, uno que todavía puedo revivir cuando lo pienso.