En las garras del Dragón

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Sinopsis

Aedrien es un elfo mestizo, que se vuelve prisionero de un señor dragón. Aedrien siempre sintió que era una carga para los su especie, débil y sin habilidades élficas estaba condenado al fracaso, eso sin embargo, cambia cuando conoce a su captor que se ve fascinado por él. ADVERTENCIA de contenido: -Personajes con moralidad cuestionable. -Relaciones sexuales de dudoso consentimiento. +18

Genero:
Romance
Autor/a:
Leanne
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Aedrien nunca había visto nada igual. Una criatura enorme sobrevoló el cielo despejado oscureciendo al sol. Recubierta por escamas oscuras y pétreas que simulaban el carbón. De sus fauces dentadas escupió fuego y arrasó con las tiendas de campaña que los elfos había armado para descansar y atender a los heridos. Sus patas con filosas garras, más largas que el brazo de un hombre, despedazaron sin el mayor esfuerzo a los elfos que intentaron combatirlo. Su larga cola se balanceó y arrasó con los árboles que le rodeaban alzando grandes columnas de tierra.

Aedrien los escuchó antes que verlos, el chirrido cavernoso de los dragones retumbó en el valle donde se encontraban. Su piel se había erizado ante el sonido, su sangre se heló. Los pocos guardias que mantenía consigo y que estaban haciendo sus turnos en los límites del campamento no lograron advertirle con tiempo del ataque.

Aedrien entonces tomó la decisión de huir, instruyó a los médicos y a los pocos guardias que podían movilizarse por sus propios medios que abandonaran las tiendas y se llevaran a los heridos hasta el bosque. Un cuerno sonó advirtiendo la retirada para aquellos que no se encontraban cerca y con ello emprendieron la huida. Había indicado que no se separaran, debían mantenerse unidos, el instinto predatorio de los dragones convertiría esto en una persecución y terminarían aniquilándolos a todos si descubrían que se habían dispersado, Aedrien no quería vivir otra cacería más.

No llegaron lejos, cuando los dragones destrozaron y comprobaron los toldos vacíos comenzaron la búsqueda en los alrededores. Los elfos eran excelentes rastreadores, se basaban en indicios y evidencias para seguir un rastro, los dragones, en cambio, estaban dotados por un fuerte olfato y agudos oídos. Por lo que Aedrien no se sorprendió cuando la horda de dragones no tardaron en acorralarlos.

Aedrien cerró sus ojos, buscando su propia calma, él sabía que esto pasaría, y en el breve lapso de libertad había ideado un plan.

Aedrien abrió sus ojos y miró a los dragones, solo los que podían transformarse se los llamaba señores. El resto lucía como humanos aunque eran notablemente más grandes y desarrollados. Estaban armados con espadas y hachas, armas pesadas que requerían de cuerpos fuertes para usarlas.

En comparación, los elfos eran más esbeltos y con músculos más finos. Si bien los elfos eran menos fuertes, contaban con una estricta disciplina que los hacía excelentes guerreros, que los dotaba de destreza y fluidez que los aventajaba en una batalla cuerpo a cuerpo. Sin embargo, Aedrien no estaba con esos guerreros, solo tenía media docena de ellos capaces de luchar. El resto presentaba heridas, y la otra mitad era, al igual que él, médicos, adiestrados en las artes curativas lejos de las armas.

Los señores dragones revolotearon el cielo, Aedrien podía verlos entre los espacios de los doseles de los árboles, una presencia inmensa y amenazante en el cielo, que los envolvía en oscuridad cuando los sobrevolaban. Pudo identificar dos, faltaba un tercero, aquel de color negro que había avistado primero en el campamento y que con solo una llamarada barrió las tiendas.

Aedrien, sabiendo con la suerte que contaban, se paró con la firmeza y la nobleza que se les enseñaba a los elfos, y se enfrentó a la horda de dragones. Mirándolos de cerca eran aún más amenazantes, estaban cubiertos de hollín y polvo, sus ropas eran prendas hechas de cuero y piel de animales. Aedrien elevó su mentón, la postura correcta que en su tierra debía adquirir quien iba a emplear la palabra.

Los dragones tomaron esto como una muestra de soberbia y se burlaron ante su presencia, pero no se movieron ni avanzaron.

Fue entonces que entre la espesa maleza un dragón se hizo paso, la horda de al menos treinta hombres y mujeres se dividieron para mostrar a su Señor y posiblemente comandante. Era un hombre que superaba los diez pies de altura, cuando un elfo promedio alcanzaba los siete. Pero Aedrien era mestizo, su sangre era mitad élfica y mitad humana, su altura a tientas llegaba a los seis pies, era visiblemente menor a su especie y posiblemente la mitad del hombre frente a él. Y sin embargo, eso no lo hizo retroceder, un elfo siempre debía mantener su dignidad y compromiso para con su pueblo incluso en la muerte.

El Señor Dragón frente a él estaba completamente desnudo, solo tenía una capa de piel de lobo cubriendo sus hombros y sin armas, los cuernos se le curvaban en la frente, eran negros y contrastaban con su piel pálida pero hacían juego con su cabello azabache. Tenía las piernas aun a medio cambiar, sus muslos lucían humanos pero al descender la piel se volvía escamosa para acabar en patas de dragón con oscuras garras. Era visiblemente más ancho y con mejor forma que el resto de no cambiantes, les sacaba al menos dos pies, de su piel aún brotaba el humo residual producto de la transformación.

Él le sonríe, como deleitándose ante la vulnerabilidad en las que los encontraba. Aedrien quería despreciarlo pero no podía evitar verlo bastante humano, tenía dientes romos y perfectos, sus labios eran carnosos y con buena forma, sus pestañas eran largas y pobladas como sus cejas, su mandíbula era recta y su cuello ancho que terminaba en un torso igual de fornido. Si no fuera por la inusual altura y los caracteres a medio cambiar, podría confundirlo con un humano.

—Deja ir a mi gente. —le dice Aedrien. —no son más que heridos y médicos. Nadie aquí le va a dar resistencia ni valor a su victoria.

El dragón sonríe pero oye con atención, una generosidad de la civilización que Aedrien no esperaba tener. Por lo general, siempre debía dar el nombre de su padre luego del suyo al presentarse para apadrinar su palabra, un medio elfo tenía poco y nada de autoridad entre los suyos.

—Veo a algunos dispuestos a dar batalla. —señala el señor dragón, su voz era grave y rasposa como si hubiera hecho gárgaras antes de hablar, eso hizo que Aedrien volviera en sí, como un baldazo de agua fría.

Había apuntado a los guerreros que se encontraban a sus espaldas. Aedrien levanta levemente una mano señalando que bajaran sus lanzas y espadas. No eran más que un puñado y morirían antes de hacer un gran daño.

—Verás, —le dice el dragón con una soltura muy humana, parecía cómodo con su desnudez, Aedrien evitó que sus ojos bajaran hacia el enorme miembro que se balanceaba entre sus piernas—hemos tomado Elerion. —Explica, y Aedrien lo sabía, los guerreros que lo acompañaban eran sobrevivientes de la batalla que les había otorgado la victoria.

Estaban en Elerion, a pocas millas de la frontera con Haekal donde inicialmente se dirigían, pero no llegaron allí a tiempo, había demasiados heridos, y la mayoría no iba a ser capaz de aguantar un camino tan largo. Aedrien había conjeturado tener al menos dos días más para llegar a Haekal.

—Todo lo de aquí nos pertenece. —sentencia.

Aedrien contiene un gesto y Mirelion, su segundo al mando, se vuelve a él cuando ve a Aedrien da un paso adelante. Puede ver por el rabillo de sus ojos como Mirelion iba a protestar y antes de eso le hace una señal. Aedrien pese a ser mestizo era un elfo dotado en las artes curativas, no tenía la gran magia de un elfo puro pero contaba con avanzados conocimientos en medicina y el arte de la herbolaria, lo que lo hizo prosperar en su área dentro de la comunidad, siempre había pensado que haría tanto cuanto pudiera para no ser una carga para los suyos.

—Puedes tomarme con la condición de dejarlos ir. —propone Aedrien y escucha a los dragones reír, el Señor Dragón frente a él solo lo mira apreciativamente y elevando una de sus cejas señala: — ¿Por qué haría eso cuando podemos tomarlos a todos?

—Soy el hijo del Rey Fleydrien, Aedrien. —dice. —soy el príncipe de Haekal. —y con ello revela su anillo real con el emblema del Rey. —Puedo ser tu prisionero, de buena gana, —y con eso último, cambia su tono a cauteloso, sabiendo bien lo que quería transmitir. Los elfos eran fervientes guerreros, pero se les instruía para que supieran inmolarse a sí mismos en caso de ser tomados como prisioneros. Los elfos no duraban mucho como cautivos encontraban la forma de suicidarse en sus prisiones con el propósito de no revelar información o ser objetos de transacción en acuerdos extorsivos, el bien de la comunidad sobre el bien propio, ese era el emblema elfo. —si nos tomas, ten por seguro que ninguno de nosotros vivirá más allá del siguiente amanecer, pero si aceptas mi oferta, permaneceré a tu lado. Seré tu ventaja, una moneda de cambio.

Aedrien escuchó las protestas de los elfos a su cargo. —mi señor Aedrien, no podemos permitirle hacer eso, juramos proteger a la familia Real. —le dice Mirelion a su oído.

Aedrien se vuelve a él. —Si me entrego, tendrán una oportunidad de irse con vida, si no hago esto, nos condeno a todos.

Los ojos miel de Mirelion lo miran con dolor. —Mi señor, mi príncipe... esto es...

Aedrien cierra sus ojos en un asentimiento. Un elfo prisionero era un elfo muerto para la comunidad, la única salvación de un elfo cautivo era llevar a cabo su propia muerte. Su padre no iría a rescatarlo, la comunidad lo entendería como una baja de guerra, entregarse era entregar su vida tal y como conocía, renunciar a su posición, aun si vivía, no podría regresar a casa. Este acuerdo, si se concretaba, sería una farsa, sin embargo, Aedrien esperaba que el dragón no lo notase hasta que su gente hubiera alcanzado la frontera.

—Uno por todos ustedes. —Dice Aedrien, — es mejor que la muerte de todos.

Los dragones también comenzaron a hablar, Aedrien observó las miradas obscenas, escuchó los comentarios que lo cosificaban y sexualizaban, parecía que todos querían algo de él. Fue el Señor Dragón que hasta entonces se mantuvo en silencio observándolo el que levantó su mano callando a los suyos.

—Bien, dejaremos ir con vida a los tuyos y vendrás conmigo. —aceptó el dragón, Aedrien no se perdió la forma en que dijo “conmigo” y no “con nosotros”.

—Garantízame que no les harán daño y los dejarán cruzar la frontera de Haekal. —demanda Aedrien y el señor dragón lo mira con sus ojos dorados, pese al divertimiento de sus enemigos, los de él se veían serios, casi oscuros cuando dijo: —tiene mi palabra.

Aedrien se vuelve a los suyos y los calla con un gesto de su mano cuando comienzan a protestar. —Vayan hasta Haekal, díganle a mi padre de mi situación. —les indica. —regresen con vida a sus hogares y familia.

Y con eso camina hasta el dragón ignorando las protestas de los suyos. El dragón lo observa, el dorado brillando como el oro bajo el sol. No dejó que nadie lo tocara, tomó su rostro en su mano, que era capaz de ahuecar por completo un lado de su cara y con la yema de sus dedos ásperos frotó su pálida mejilla.

—Ekiel—dijo el dragón y una de las bestias en el cielo chilló en respuesta retumbando sobre los árboles. —escolta a los elfos hasta la frontera, mantenlos a salvo.

Aedrien pasa saliva, tenía la garganta seca y se sentía mareado, la carne del dragón era caliente y estaban a pocas lunas del invierno.