Prólogo
De niña, solo tenía un sueño: que mi papá me quisiera.
Y no me avergüenza decirlo, porque díganme ustedes, ¿qué niña no sueña con ser la princesa de papá?
Sueño que se fue desvaneciendo poco a poco mientras los años pasaban. La realidad me golpeó, papá no era un príncipe como en los cuentos de Disney, pero sí que era un personaje de cuentos, era un ogro.
Nunca escuché un "felicidades" al final del curso. Nunca recibí un abrazo por mi cumpleaños, ni un beso en Año Nuevo. Por el contrario, escuchaba un "eres igual a tu madre".
¿Era justo? —No.
Así era él; amargado, serio, incapaz de mostrar afecto, endurecido por la vida que le tocó vivir. Proveniente de una familia donde no tuvo una vida fácil de sobrellevar, eso no era nuestra culpa, sin embargo, aquí estábamos viviendo las secuelas de su vida pasada.
Nunca nos golpeó, pero aprendí que el maltrato no siempre deja marcas en la piel. Que las palabras también son un golpe duro de amortiguar, y aunque no te dejan marcas visibles, a la final sí que las dejan, son más intensas y difíciles de borrar.
En casa, el dinero apenas alcanzaba, pero cada fin de semana papá encontraba cómo salir con sus amigos. Mientras, mamá se rompía el lomo trabajando para que no nos faltara un plato de comida.
Tenía ocho años cuando viví mi peor noche. Mi hermana y yo estábamos cenando arriba.
Papá no estaba, ese día se sentía ligero, casi feliz.
Casi...
Hasta que llegaron los gritos.
Corrimos escaleras abajo. Papá estaba en la puerta, golpeando a mamá. Ella, reuniendo fuerzas de quién sabe dónde, logró sacarlo y cerró la puerta con llave.
Eso no lo detuvo.
Papá, furioso, rompió ventanas, intentó entrar a la fuerza. Su voz retumbaba en las paredes. —Te voy a matar, te voy a matar.
Y cuando gritó que iba a quemar la casa con mamá adentro, entendí que se había olvidado de nosotras, de sus dos hijas pequeñas que estaban allí.
Nadie llamó a la policía.
Nadie se metió.
Nadie dijo nada.
Un mundo tan hipócrita— ahora que lo pienso.
Se fue, pero juró que volvería con un arma.
Mi tía Felicia, al verlo lejos, corrió a sacarnos. Nos escondió en su casa.
Él volvió, pero ya no estábamos. Pasaron horas hasta que se cansó y se fue por fin.
Mis abuelos y mi tío Andy vinieron a buscarnos, mamá había logrado avisarles.
Pensé entonces.— Por fin a salvo. —Todo acabo.
Ese no había sido el final. Papá pasó meses rogando perdón. Mamá nunca lo denunció.
Los abuelos le propusieron nos mudáramos con ellos, pero no quiso quedarse en casa de los abuelos. Para ella eso significaba asumir la derrota y retroceder.
Contra todo, volvimos a la nuestra. Cada mañana y cada noche, papá se presentaba. Como si de repente hubiera recordado que tenía hijas.
A los siete meses de estar separados, mamá accedió a hablar con él.
Después de tanto hablar, nos preguntaron si queríamos que volviera. Yo solo pude decir—No quiero que peleen. No quiero que vuelva a pasar.
Díganme, que más podría decir una niña tan pequeña que le piden tome la decisión de un adulto.
Juraron, prometieron. Y sorpresa, rompieron cada promesa. Todo se fue a la verga.
Volvió, y fue peor.
Jamás volví a dormir tranquila. Vivía con esa sensación y pensamiento constante de hoy, papá va a matar a mamá.
Y no es justo que una niña crezca con ese miedo. Pero así fue.
Aprendí que, si papá estaba de buen humor, el ambiente era soportable. Mamá nos enseñó a Nerea y a mí a no hablar de más, a reprimir emociones y muchas conductas de niñas, porque cualquier cosa podía hacerlo explotar. Y si papá se enojaba, todos estaríamos enojados, ya que el ambiente se tornaba tenso cuando él no estaba de humor.
En esa casa no había lugar para la fragilidad ni para pensar por nosotras mismas. Lo que él decía era la ley y última palabra. Y para tener un poco de paz, Nerea y yo escondimos nuestras voces y pensamientos propios. Solo nos permitíamos ser nosotras cuando estábamos solas, en nuestras habitaciones.
Todo eso marcó nuestras vidas.
Nos volvimos calladas, con pocos amigos, Yo tenía calificaciones perfectas en el colegio, ya que estudiar era mi refugio. No para impresionarlo, sino porque era lo único que me hacía sentir feliz.
A mí me encantaba aprender. Era mi refugio.
Mi hermana sufrió más. Al principio, le costaba estudiar, hasta qué mamá, a gritos, la obligó a mejorar.
Iba siempre un paso adelante y le soplaba respuestas para que no la regañaran. Nos comparaban siempre, pero por suerte eso no rompió nuestra unión. Siempre cuidé de ella, aunque fuera dos años mayor. Siempre fuimos Nerea y Gabriels.
Siempre estuve, enferma, débil. Las náuseas siempre presente, sin apetito.
Me acostumbré a vivir así. Callada, sonriendo para no explicar el dolor que llevaba dentro. Porque sonreír era más fácil que hablar.
Mi mejor amigo siempre fue George, mi primo. Él lo sabía todo. Estaba allí, siempre. Yo bromeaba diciéndole que su hermano Dany se pondría celoso porque George me prefería a mí. Aunque a Dany lo queríamos, a pesar de ser tan callado.
A los doce, George y yo éramos inseparables, aventureros.
George y Gabriels contra el mundo.
Todo cambio cuando él llegó.