Prefacio:

Cuentan las antiguas leyendas que, mucho antes de que existiese la humanidad, el universo ya estaba habitado por numerosas razas. Una de ellas eran los Atlantes, originarios de un planeta situado en la galaxia de Andrómeda, llamado Astralis. Sus habitantes eran considerados por todos una raza superior: grandes eruditos empeñados en compartir su sabiduría y grandes avances tecnológicos con todos los mundos que quisieran escucharlos.
Junto con los pueblos de otras doce galaxias, los atlantes fundaron la orden de los Guardianes del infinito: formada por guerreros legendarios encargados de localizar y proteger las esferas de energía primordial, reliquias nacidas de la misma esencia que dio origen al universo. Estas esferas contenían un poder inimaginable, tan capaz de crear vida como de destruirla. Su protección era vital, pues las fuerzas oscuras también persiguen su poder… , además, tenían el conocimiento de cómo corromperlas.
Movidos por su espíritu altruista, los atlantes usaron la energía de las esferas y su avanzada tecnología para construir portales que conectaban su galaxia con mundos muy lejanos. Fue así como llegaron a un joven y pequeño planeta azul y verde: la Tierra,
Al descubrir su potencial, tomaron una decisión que cambiaría para siempre el destino de la humanidad. Se establecieron entre los humanos, guiándolos y protegiéndolos de las sombras que ya se cernían sobre ellos. Durante siglos, ambas razas convivieron en paz, y los atlantes fueron venerados como dioses.
Pero toda luz tiene su sombra, y la paz llegó a su fin el día que apareció un segundo sol en el cielo. Uno negro. Un astro oscuro, tan negro como la nada misma. Los atlantes lo reconocieron al instante: no era un sol, sino una advertencia.
Y la oscuridad no tardó en revelarse.
De aquel agujero surgieron seres nacidos de las peores pesadillas. Criaturas deformes y letales que arrasaban con todo a su paso. Humanos y guardianes lucharon codo con codo para detenerlos. Pero pronto apareció un enemigo aún más peligroso: la traición.
Algunos de esos seres oscuros poseían conciencia. Supieron cómo tentar a los humanos: les ofrecieron poder, riqueza, dominio. Solo pedían una cosa a cambio… que les revelaran la ubicación de las Esferas Primordiales.
Y los humanos aceptaron.
El ataque a Atlantis fue devastador. Cuando los seres de Noctis irrumpieron en la ciudad sagrada para arrebatar las esferas, los humanos—en su codicia—intentaron usarlas. Pero la energía de las esferas, inestable y desatada, provocó un cataclismo que arrasó con civilizaciones enteras. Los portales colapsaron. Las razas aliadas huyeron. Y los atlantes, traicionados y diezmados, también se marcharon.
Antes de abandonar la Tierra, el Gran Consejo Galáctico selló las esferas que aún quedaban en el planeta. Advirtió que, si alguna despertaba, su energía emitiría una señal… y los guardianes volverían.
Con el tiempo, la humanidad olvidó. Olvidó a los atlantes, los portales, y el precio de su traición.
Pero Astralis no olvida.
Desde las estrellas, los atlantes observaron a los que una vez protegieron. Vieron cómo destruían su mundo, cómo se mataban por ambición… y supieron que su tiempo no había terminado. La oscuridad seguía al acecho.
Aquel ataque fue solo el primero de muchos. La primera herida infligida por Noctis, el arquitecto de la oscuridad.
Con el paso de los siglos, nuevas razas se unieron a los Guardianes del Infinito. Juntos, lucharon por mantener el equilibrio, protegiendo las galaxias de los corruptores, criaturas deformes nacidas de la esencia de Noctis. Gracias a su sacrificio, la oscuridad fue contenida… al menos por ahora.
En Astralis, el Consejo de Ancianos—formado por las ocho razas más antiguas del universo—erigió su fortaleza en el corazón de la ciudadela. Doce facciones de guardianes vigilan los portales restantes. La luz y la oscuridad se mantienen en un delicado equilibrio.
Todo parecía en calma…
Hasta que un suceso aparentemente insignificante activó los hilos del destino.
Y así comienza esta historia.