Ecos del Silencio.
El rugido del helicóptero se desvanecía entre las nubes negras mientras Leon S. Kennedy descendía por la cuerda hacia el suelo cubierto de niebla. El clima en la isla no ayudaba: humedad pegajosa, visibilidad mínima, y ese maldito silencio que sólo presagiaba una cosa. Peligro.
La misión era simple —al menos sobre el papel—: infiltrarse en las instalaciones abandonadas de Umbrella en una isla desconocida del Pacífico Sur, recuperar datos sobre un nuevo tipo de B.O.W. y salir sin alertar a ningún posible remanente.
Pero Leon ya había aprendido una lección tras sobrevivir a Raccoon City, a España, a Lanshiang: nada es nunca tan simple.
Se ajustó la chaqueta, empuñó su pistola personalizada y avanzó entre la vegetación espesa. Cada paso hacía crujir el barro y las hojas muertas, como si el bosque quisiera delatarlo.
—Este lugar tiene escrito "emboscada" por todos lados —murmuró para sí, activando su comunicador—. Aquí Kennedy. Ya estoy dentro del perímetro.
La respuesta llegó con un leve retraso.
—Recibido, Leon. Mantente en silencio. Hay señales de movimiento en el sector este.
Leon suspiró.
—Por supuesto que lo hay.
Minutos después, llegó a la entrada del complejo. Rejas oxidadas, un portón torcido y un letrero caído con el logo familiar de Umbrella le daban la bienvenida. Disparó a la cerradura, se deslizó por una rendija y entró.
Dentro, el olor a podredumbre lo golpeó como una pared. Sangre seca manchaba las paredes. Equipos médicos destrozados. Jaulas abiertas. Algo se había liberado… y no hacía mucho.
Un sonido repentino, húmedo y viscoso, lo obligó a girar. Una figura emergía del pasillo: delgada, alta, con movimientos erráticos. No era un zombi. Era peor.
—Regenerador —susurró Leon, con una mueca.
Disparó al instante, apuntando a las piernas para derribarlo. No funcionó. La criatura avanzaba sin parar, su piel regenerándose al instante. Leon rodó hacia un costado, sacando el rifle con sensor térmico que llevaba en la mochila. Solo tenía una oportunidad.
Apuntó. Detectó el parásito dentro del torso de la criatura.
—Hora de dormir.
Disparó. El proyectil atravesó el cuerpo, explotando al contacto. El Regenerador chilló antes de colapsar como un muñeco roto. Silencio otra vez.
Leon se limpió el sudor de la frente.
—Odio tener razón.
Continuó avanzando por los pasillos oscuros, sin saber que lo peor aún lo esperaba en el laboratorio central. Porque esta vez, Umbrella había jugado con algo más que virus.
Había jugado con la mente humana.