Prólogo
Un leve pero fastidioso zumbido le acribillaba los oídos, le era insoportable. Se había despertado hace tan solo unos minutos, entre temblores y sudores fríos, todo su cuerpo cubierto por una capa brillante como si lo hubiesen recubierto de agua mientras dormía.
Odiaba eso.
Se levantó a la fuerza, sentía los músculos agarrotados como si hubiese dado la vida en alguna batalla, pero no había ocurrido nada fuera de lo normal, no de forma consciente. Cada vez que se le daba por aparecerse era un calvario, el regresar de ese «sueño» era cada vez más agotador, doloroso y difícil. A duras penas podía ser él, dormir al otro sujeto y estar tan atento como se lo permitiese su poca energía mientras seguía consciente. Pero cuando no podía, cuando era el otro quien iba en su lugar, las cosas tomaban rumbos oscuros y preocupantes.
No podía permitirlo, no del todo.
Su vista se nubló, un intenso mareo lo arroyó haciéndolo tambalear y luchar por no vaciar su estómago allí mismo. Se contuvo, como pudo se sostuvo de la mesa de noche junto a su cama, respiró profundo y se enderezó. Todo su porte, su imponencia y firmeza se estaban escabullendo de su cuerpo, drenándose poco a poco mientras trataba de hacer… ¿qué?
Abrió los ojos, un claro y cálido azul celeste se reflejaba en el sucio espejo, por ahora.
No puedes solo silenciarme, hago parte de ti te guste o no.
—¡Maldita sea! —murmuró con un grave gruñido.
Cada día se sentía más exasperado, creía que, en cualquier momento si no cambiaba algo en el curso de esa historia, podía tirar la toalla y dejarse llevar por la oscuridad; pero no cualquiera, su propia oscuridad, esa que lo atormentaba día y noche sin descanso alguno, latente y fuerte dentro de su cabeza, misteriosa e intrigante pese a ser parte de él mismo. Es profunda y perversa parte de él que tanto odiaba.
Verde-azul.
—¡No más! —suspiró con cansancio.
No lo entendía, había cosas que no tenían sentido alguno; cada vez que pensaba haber encontrado la respuesta, algo más aparecía y tiraba su seguridad por la borda. Era como un torbellino sin sentido de información, emociones y sensaciones electrizantes, su propia y extraña magia recorriendo su cuerpo como un intruso en casa.
No hay un «tuyo» en esa oración, es nuestro.
Dio un suave golpe en la mesita, ambas manos empuñadas y su mirada fija en el espejo tocador. Allí estaba él; su cabello negro azabache despeinado y un poco largo, pronto lo mandarían a cortarlo; su piel trigueña cada vez más pálida, las horas de sueño perdida le estaban cobrando factura y muy cara; bajo sus ojos, ojeras profundas y oscuras demarcaban su cansancio; y en el reflejo, una sonrisa torcida le devolvía la mirada con un brillo verde-azul, malicioso y perturbador.
¿Me extrañaste?
—¡Déjame en paz! —susurró, verlo solo le recordaba su maldición, el peso de su existencia.
Si me hicieras caso no estuvieses en esa deplorable y patética condición, ¿cuál es el verdadero sentido de todo eso?
—No te incumbe… —contestó entre dientes apretados.
Sabes que sí, de todos modos y sin importar que le quieras sacar a esa niña, todo será en vano. Ya está predicho y no puedes cambiar su destino.
—Cállate… —murmuró, su paciencia se hacía cada vez más escasa— no sigas.
Si me dejaras a mi todo esto sería más rápido, ella podría ser tuya en menos de lo que crees y no tendrías que hacer todo ese rollo que llevas…
—¡Ya basta, maldita sea! —gritó, propinando un fuerte golpe al espejo.
Hilillos de sangre empezaron a salir de las grietas, grandes trozos del vidrio cayeron al suelo haciéndose añicos y su imagen se veía fragmentada en decenas de trozos desiguales. En varios de ellos aún se veía una sonrisa torcida de ojos verde-azules, pero sabía que no era real, solo una mala jugada de su mente y de él.
¿A quién quieres engañar? No me puedes evitar.
—¡Aléjate de Naomi, te lo advierto!
¿O qué? ¿qué se supone que harás?
—¿Qué pasó? —indagó Altea entrando con brusquedad en la habitación—. Pero qué desastre.
Aquella chica siempre se caracterizó por esa molesta cualidad, interrumpir en lugares donde no la había llamado. Claro está, para mucho era más que bienvenida, pero no para él ni mucho menos en su estado actual. Altea, como siempre cuando de él se trataba, no perdía tiempo en enaltecer sus atributos físicos producto del constante ejercicio. Después de todo, seguían siendo parte de un ejército y él se jactaba ser el líder.
—Si no te gusta puedes marcharte, no te invité a entrar —se apresuró a decir, observando la herida abierta en el dorso de su mano.
Aquella sonrisa y brillo malicioso ya no estaba en su reflejo, allí pudo ver una vez más ese cálido azul celeste que le daba tantos problemas y que se llenaba cada vez más de miedo. Debía aceptarlo, por más que odiara darle la razón, «el otro» no mentía cuando decía que era el causante de su estado. Deplorable y patético.
No solo se veía en su físico, el estado de su habitación también reflejaba su gran descuido. Pocas luces, ventanas cerradas, ambiente sombrío y frío; como dijo Altea, todo un desastre de suciedad y desorden. Los colores grises y apagados de cada habitación no eran la excusa, su reticencia por mover su cuerpo más allá de lo estrictamente necesario sí lo era.
Parece un basurero, acéptalo.
—Pero que humor, ¿sigues sin poder dormir, bomboncito? —indagó con su típica sonrisa socarrona, la detestaba.
—¡Lárgate! —exigió.
¡Idiota!
Pese a sus reclamos, Altea solo caminó hasta su cama sin dejar de sonreír, pasando justo detrás de él y rosando con suave delicadeza la parte baja de su espalda. Se sentó con gracia, cruzando sus esbeltas piernas y apoyando las manos hacia atrás en la cama, con la mirada y sonrisa fijas en él. Sabia como moverse para causar efectos hormonales en los hombres, ondeando su corto cabello lacio, sonriendo y usando sus carnosos labios gestualizando seductoramente, una mezcla de ternura y calentura en una misma persona. Lo odiaba, nada más que distracciones.
¡Joder, esto es lo que necesitamos! ¿Te vas a negar?
Gruñó, no estaba de humor para nada, mucho menos para ella y sus estupideces de adolescente caliente. Se alejó de ella, buscando en sus estantes algo que le sirviera para vendarse la herida, seguía sangrando y no podía permitirse morir de esa forma tan absurda.
Toda tu vida es absurda, ya déjate de estupideces y hazme caso, o tomaré el control a la fuerza, sabes que no juego con eso.
—¿Qué quieres, Altea? —exigió saber sin voltear a mirarla—. Tú misma lo dijiste, no estoy de humor para nada.
—Te ves muy pálido, como si te falta energía y sangre, más de la que estás desperdiciando justo ahora —se burló, suavizando su tono a uno más agudo y seductor—. ¿Sabes cuál es el mejor método para recuperar esa energía?
—No y no me interesa —contestó a secas.
¡Claro que sí!
—Compartirla, contacto cuerpo a cuerpo —contestó con un suave ronroneo, acercándose hasta rodear su cintura con sus manos—, yo te puedo dar un poco de la mía con todo gusto, ¿qué dices?
Sí a todo, primor.
—No y vete —volvió a exigir, saliendo de agarre de sus manos.
—¡No puedes hablar en serio! —se quejaron ambos, tanto ella como esa incansable voz retumbando en sus oídos.
—Pues lo lamento, pero sí hablo en serio y de verdad quiero que me dejen en paz, ¿es mucho pedir?
¡Demasiado!
—¿De qué hablas? —indagó ella extrañada mirando a su alrededor, pero seguían ellos dos solos—. En fin, solo quería hacer compañía, pero veo que sigues siendo amargado y aburrido. Que desperdicio, con esa carita te como completo.
—¡Eres insoportable!
—¡Pronto, mi amor, muy pronto! —canturreó y salió contoneando sus caderas—. Solo llámame.
Eres un maldito imbécil, ni siquiera puedes aprovechar las buenas oportunidades, ¿qué te pasa?
El dulce rostro de Naomi no dejaba de aparecer al cerrar sus ojos, su viva y reciente imagen llena de terror, angustia y rabia a partes iguales le enloquecía. Su sangre, roja, brillante y tan cálida como el brillo de sus ojos, se escapaba entre sus dedos aminorando la fuerza de su cuerpo. Sufrió, le dolió demasiado el hacer todo ese esfuerzo, más después de ese enorme hechizo sin tener control óptimo de su energía.
No me hagas reír, por esa mierda estás como estás, de no haber intervenido ella estaría aquí con nosotros, ¿sabes? Contigo.
Lo ignoró, no quería discutir más ese mismo tema por milésima vez consecutiva. Ese era un dilema que lo carcomía y le devoraba el alma, tenerla una vez más entre sus brazos era todo lo que quería, pero no en esas condiciones. No solo por esa incesante voz, la presencia de «el otro» en su mente, sino por el mismo hecho de sentir la necesidad de ver su sangre correr así mismo como en esa última imagen.
Se le hizo tan bello, tan placentero y tan perfecto, que el esfuerzo para controlarse y ayudarla como debía se hizo más forzoso. Su autocontrol menguaba, casi no podía volver en sí a tiempo. Entonces, ¿qué le aseguraba que al tenerla frente a frente no se descargaría contra ella tal y como «el otro» lo quería?
No te engaños, ambos lo queremos, no solo yo, ese dulce manjar del sufrimiento en sus ojos, sus verdaderos ojos. ¡Delicia!
—Si sabes lo que te conviene, es mejor que no vuelvas a hablar de ella de esa manera —vociferó furioso—, jamás dejaré que le toques un solo de sus cabellos, ¿me escuchaste? Aunque eso…
Aunque eso, ¿qué? ¿te mate a ti también? No serías capaz.
—¡Rétame!
Limpió y vendó su herida, no había sido muy profunda así que no necesitaba sutura ni nada más, tampoco se tomaría la molestia de ir a la enfermería. Solo sería gastar energía innecesariamente, lo único que necesitaba era descansar. Dormir de verdad, sin sueños ni pesadillas, sin visiones tortuosas y vívidas, sin Haakon en su cabeza.
Hablando del rey de roma…
—¡Kaled, despierta! —le llamaron, aquella señora de apariencia pulcra y sencilla estaba de pie frente a él, en el marco de su puerta—. ¿Ahora que hiciste?
—Nada —contestó.
Ser un idiota, nada más.
—Cállate… —susurró— ¿Necesita algo, señora Iana?
—Sí, Haakon te necita con urgencia, tiene cosas pendientes por hablar, ¿lo olvidas? —dijo, brazos en jarra sobre sus caderas y mirada ceñuda—. Pero primero ve a la enfermería o te llevo de la oreja, tu decide.
—Sí, señora —suspiró con frustración.
—Para ya es tarde —le reclamó.
Salió con sus aires de mamá mandona, pero él no se dejaba engañar por esas simples expresiones de mujer hogareña. Iana Bor, de carácter dócil y protector, pero con una furia interna e ideales tan radicales como los de su jefe, Haakon Gad.
Por eso no se dejaba llevar de su sonrisa, solo una máscara que ocultaba todo lo turbio y retorcido que yacía en su verdadero ser, no por nada se había ganado el casi imposible puesto de ser la mano derecha de un sujeto como Haakon.
No muchos allí podían darse el lujo de ocultar algo, ni siquiera de tomar sus propias decisiones o ser ellos mismos. Allí en Fedrá, debían ser lo que Haakon quería u ordenaba, de lo contrario las consecuencias eran peores que morir. Y ella era perfecta, el ideal que él quería; obediente, asertiva, inteligente y manipulable, además de torcida y perturbadora.
¿Hago los honores o lo harás por tu propia voluntad?
Iba de camino a la enfermería, una breve revisada de su mano sería algo muy rápido de hacer, no le tomará tanto tiempo como le hubiese gustado. El hecho de que Haakon le llamase daba muy malas vibras, siempre eran malas noticias y tenía ciertas sospechas. Debía evitarlo a toda cosa.
Sabes que me necesitas, ¿lo complicarás más? Hazlo por tu querida Naomi.
—Bien, tú ganas, que sea rápido y cuidado con lo que dices —le advirtió—, sabes que seguiré aquí y sabré todo.
No te preocupes, todo está bajo control. Solo observa y disfruta, tal vez aprendas algo nuevo.
Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, como una fuerte descarga eléctrica que subía desde los dedos de los pies hasta lo más alto de su cabeza. Odiaba esa sensación, porque sabía todo el dolor que vendría después y el desgaste que eso representaba, pero por un momento se sintió descansar de toda su pesadez corporal.
Poco a poco las sensaciones fueron menguando hasta desaparecer, llegando a sentirse una vez más en esa marea de vacío que le perturbaba. No había sonido alguno, ni luz ni colores, todo negro y frío. Ya no era dueño de su cuerpo, no podía controlar los movimientos que este hacía o lo que decía, pero podía escuchar cada cosa que sucedía y si ponía un poco más de energía, podía verlo todo.
Con un suspiró de satisfacción, él abrió los ojos, brillantes ojos verde-azul, pero tan fríos como témpanos de hielo.
—¡Estoy de regreso! —expresó con voz gruesa y una amplia sonrisa.