Prólogo
Alex Van Dalen esperaba a su hermano menor con un puro en sus dedos y un vaso de whisky, doble, escocés, la misma marca que ha bebido toda su vida, le dio una calada a su puro cubano. A pesar de ser un delito, siempre había una forma de conseguirlos, soltó el aire y miró el humo pensativo, meditabundo. Había recibido una noticia hacía un par de días, poniendo en perspectiva su vida entera. Alex siempre había sido un temerario, tomaba riesgos todo el tiempo, corrió con los toros en Pamplona, estuvo un par de veces en el Rally Dakar, saltó en parecidas por muchos lugares del mundo, hizo tres veces la vuelta al mundo en la Vendeé Globe. Le gustaban las emociones fuertes, y aunque puso su vida en peligro de muchas formas, esta vez era distinto.
Alexander Van Dalen siempre fue atlético y bronceado, tenía una sonrisa encantadora y una mirada del mismo color del Mediterráneo. Jamás había tenido nada serio, aunque una vez cometió un error que lo llevó al matrimonio.
El toque en la puerta lo sacó de su retrospectiva. Aclaró la garganta y pestañeó un par de veces antes de permitir que entraran. Su hermano Oskar, cuatro años menor que él, asomó la cabeza. No eran precisamente los mejores hermanos. Toda la vida, Oskar supo que era el segundo. Físicamente eran bastante similares, ambos de ojos azules y cabello castaño rizado. Sin embargo, el tono de piel de Oskar era más claro que el de su hermano. Ambos comenzaban a presentar rastros de canas en las patillas. A diferencia de su hermano mayor, Oskar llevaba el cabello un poco largo, junto con una barba espesa. Lucía trajes a la medida y un arete en el lóbulo izquierdo, que tenía desde hacía más de treinta años y que, a pesar del tiempo, seguía disgustando a su madre.
Oskar palmeó su hombro y se sentó frente a él en el mueble de una plaza.
—¿Para qué querías verme? —dijo Oskar cruzando la pierna sobre la rodilla. Sus manos descansaban en su regazo con los dedos entrelazados. Un haz de luz atrapó el anillo de oro que solía llevar en su meñique, dejando ver sus iniciales.
En ese momento, Alex notó lo cansado que se sentía al ver a su hermano menor. La vida aventurera, de fiestas y excesos le estaba pasando factura a sus sesenta años. Contrario a él, Oskar era más centrado e independiente. Haber crecido siendo el segundo en todo facilitó su decisión de formar su propia compañía de inversiones, sin relación alguna con el negocio familiar.
—¿Tan raro es que quiera ver a mi hermano? —dijo mientras le servía un whisky.
—Recibí una noticia recientemente, no muy buena —dijo pasándose una mano por la ceja.
—¿A la constructora le va mal? —preguntó Oskar, prestándole atención a su hermano.
—No, no es la constructora. Anastasia tiene un talento nato para eso —dijo hinchando el pecho de orgullo.
—Anie —lo corrigió—. Es cierto, tiene un talento nato. Es una lástima que solo lo haga para agradarte.
—Yo no obligué a mi hija a estudiar arquitectura —dijo molesto, pues la corrección de su hermano menor le recordó que su hija mayor odiaba su nombre—. Pudo haber hecho lo que quiso, como Abigail.
Su hermano sonrió con sarcasmo—. La constructora Van Dalen ha pasado de generación en generación. Era más que obvio que una de tus hijas la heredaría; un Van Dalen siempre ha estado a la cabeza de la mesa directiva. Y no veo a Abbie detrás de un escritorio con un traje, ella es más un espíritu libre.
Anastasia y Abigail, las hermanas Van Dalen, hijas de Alex Van Dalen, a pesar de tener solo un par de semanas de diferencia, eran hijas del mismo padre, pero de distintas madres. Se criaron juntas en un internado en los Países Bajos, de donde era originaria la familia. Eran las mejores amigas, totalmente opuestas entre sí y, aun así, no podían vivir la una sin la otra.
Alex se echó a reír—. Siempre has sabido conectar con ellas. Nunca te lo he dicho, pero te envidio por eso.
La relación entre Alex y sus hijas nunca fue la mejor. Se casó con la madre de Anastasia, pero le fue infiel con la madre de Abigail. Tenía un imán para las mujeres, pero para sus hijas, Alex siempre fue una figura ausente. A pesar de eso, él haría lo que fuera por ellas.
—Eso es porque no esperan nada de mí —dijo Oskar encogiéndose de hombros—. ¿Qué es lo que querías decirme que no podía esperar hasta la siguiente reunión familiar? —dijo mirando sus uñas.
—Porque es posible que no llegue a Navidad —se aclaró la garganta—. Estoy muriendo, Oskar —soltó.
Su hermano se le quedó mirando sin expresión alguna—. ¿Cuándo lo supiste?
—Hace unos días —dijo sorbiendo su bebida—. Solo me quedan unos meses.
—¿Y pretendes arreglar nuestra relación? —preguntó dubitativo. Hacía unos veintiocho años, Alex le había robado la única novia que Oskar había llevado a casa en una Navidad. Desde entonces, Oskar había sido mucho más precavido con sus relaciones. Nunca más volvió a llevar una mujer a casa, y por eso sus sobrinas creían que era gay.
—Nunca fui bueno para las relaciones, no estoy hecho para ellas —dijo Alex encogiéndose de hombros.
—¿Para qué me lo dices, entonces? —preguntó su hermano encogiéndose de hombros—. Arregla tus asuntos. Llama a tus hijas, reconcíliate con ellas.
—Por eso te llamé —se inclinó hacia un lado con el vaso entre las manos—. Mis hijas son las únicas personas a quienes amo realmente. No se los demostré como debía —se encogió de hombros—, pero sí lo hice a mi manera, y quiero que me prometas que vas a cuidar de ellas.
—Quiero que Ana aprenda a ser más relajada y menos controladora y fría. En cuanto a Abbie, desearía que fuese un poco más centrada en la vida. Odio que tenga que andar de hippie, sin tomarse nada en serio y metiéndose en problemas. Amo lo apasionada que es, pero no siempre nos tendrá para sacarla de sus líos o para que pase la noche en casa de Ana, tuya o incluso mía.
Con una sonrisa burlona, Oskar dijo: —Ambas son muy parecidas a ti. Siempre fuiste muy frío y calculador en los negocios, y en la vida personal fuiste un alma libre. Pero no te preocupes por mis sobrinas, siempre me tendrán a mí.
—No siempre, hermano, no siempre. Voy a morirme y te digo la verdad: lo único bueno que he hecho en mi vida fueron ellas dos, y me hubiese gustado prestarles más atención. No vamos a estar para ellas siempre.
Reflexionando en sus palabras, Oskar entendió el remordimiento de Alex por no haber sido un mejor padre para sus hijas. Eso debía ser muy triste.
— ¿Qué quieres hacer?
—En mi testamento, pondré algunas cláusulas para que puedan heredar.
—No me agrada para nada lo que estás tramando —dijo mirando a su hermano con los ojos entrecerrados—. Vas a irte y vas a dejarme con todo el drama, con Clarisse y Debby acosándome.
Alex se echó a reír estridentemente al escuchar el nombre de las madres de sus dos hijas—. Esas dos arpías, no te preocupes por ellas —dijo palmeando el muslo de su hermano—. Preocúpate por mis niñas —dijo mientras se servía más whisky.
—No tienes que pedírmelo, lo haré mientras viva —acordó, tomándose lo que quedaba de su bebida—. Solo quiero hacerte una pregunta: ¿Anie y Abbie son las únicas hijas que has tenido? —Alex se quedó con el vaso a medio camino de sus labios y miró a su hermano por encima del borde de este—. Para nadie es un secreto la vida que tuviste, Pito Alegre —dijo con burla, recordando el apodo que sus propias hijas le habían puesto.
—No lo sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Puede ser, una vez que esté muerto empezarán a aparecer supuestos hijos ilegítimos.
—¿Y no te preocupa?
—Para nada, las cláusulas que puse en mi testamento son infalibles.
Oskar se levantó de su asiento y se sirvió otro vaso de whisky. —Por ti, hermano querido. Que tu alma descanse en paz y no esté rondando la casa de madre —dijo, brindando con Alex.