Un Calamitoso Error de Juicio

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Matrimonio arreglado, cosa de recurrencia en la Regencia; él lo propone por necesidad de cariño, ella lo acepta por la libertad. Sin embargo en el mundo de la aristocracia, simplemente las cosas no podrían salir bien cuando, la ambición gana mucho más terreno que cualquier sentimiento entre ambos.

Genero:
Drama
Autor/a:
star_dust.tears
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo I

Temporada social de Londres; febrero del 1814.

La señorita Sweeneyfield gritó. No por una araña sobre su cabeza, un golpe en el dedo del pié o un ataque de la famosa “histeria”. No. Fue el grito frustrado de una señorita de aristocracia que sabía exactamente el plan trazado para esa noche: otro baile de temporada. La tercera de su vida.


¿No era esta la epítome de la vida de una mujer?

¿Ser presentada ante la reina, en un brillante salón mientras parecías un pavo blanco, para luego ir a por un marido en incontables bailes e iniciar una familia?


Al menos es lo que todas las madres, institutrices y otras damas conocidas suyas decían.


Para Amelia… Talvez no era una tortura, simplemente una pérdida de tiempo. Si bien el simple hecho no sabía a papel mojado, si podía ser comparado al sabor de uno de esos tónicos de láudano que el médico le receta a uno al enfermar.


Había intentado, la primera vez que esto le sucedía: se topó de frente con hombres que despreciaban hasta lo más pequeño que ella añoraba: libros diferentes a las novelas, charlas con doctores como Mr. Barton, empleados, abogados, incluso la modista, tardes de pinceles empapados en óleo. Lo que tenía... era otra conversación sobre el clima, la música del evento o simplemente si sabía ya, cuántos hijos consideraba aceptable para su hipotético matrimonio.


No le molestaban las actividades femeninas, estaría incurriendo en la falacia si dijera que sí: amaba todo aquello que definía a una mujer en esa época: música, bordado, vestidos, zapatitos de colores, lazos y joyería.


Tercera temporada. Veinte años cumplidos. Con tiempo y dinero familiar agotándose.


El marqués de Sweeneyfield y Hertfordshire, su padre, era el tipo de hombre conservador hasta los huesos que todos decían respetar en público y del que murmuraban en privado. Más bien, del que incluso su hija conocía sus andanzas: Amelia siempre supo que él tenía amantes, muchas. Mujeres que lo llenaban de atención y ocasionalmente de hijos.


Ella tampoco podía dárselas de moralista, no osaba abrir la boca con su madre puesto que obtenía su libertad a cambio de discreción: James Sweeneyfield le permitía leer cuantos libros se le cruzaran, aprender aritmética avanzada, geografía, cartografía e incluso política.


Como si de una leyenda antigua se tratase, se decía que Lord Sweeneyfield había amado a su esposa alguna vez, o al menos tenía un vínculo profundo con ella. Sin embargo, después del nacimiento de Amelia —una criatura menuda y sin mucha gracia que, según todos los cercanos a los marqueses, resemblaba más hacia la tatarabuela tercera del marqués— y de que Selina, Lady Sweeneyfield no pudiera concebir de nuevo, el matrimonio entró en un invierno seco y tormentoso de manera indefinida.


Era más que lógico, dado los valores e ideas, que vinieran a la vida del marqués, los bastardos así como la bebida. Aún más lógico fué que cuando los niños ilegítimos alcanzaron un número de 2 cifras más allá de las contables con los dedos de las manos, el dinero escaseo.


James trató con todo lo que tuvo a alcance, comprar el silencio de sus amantes, enviando dinero regularmente para el mantenimiento de los niños y niñas. Sin duda, añoraba poder reconocer al menos a alguno de los varoncitos para heredarle su título y propiedades, ya que su Amelia, jamás podría ejercer derecho.


Es bien sabido que los hígados no soportan el alcohol para siempre.


Las Sweeneyfield no tuvieron el privilegio del duelo. Una vez enterrado el marqués, Lady Sweeneyfield ordenó pianoforte, costura y cuadrilla como si fueran una cura para el duelo.

La joven, apenas concebida por sociedad como una mujer, tenía el deber de asegurar un esposo con dinero, poder y escaño en la Cámara de los Lores. Claro que Amelia aprendió rápido: todo se trataba de deberes y acciones. Debía tratarse de eso, no de patatas hervidas como comida 3 veces al día por escasez.


Desde que los vestidos corte imperio alcanzaron Londres, ella fué una de las primeras en usarlos: frescos, ligeros, perfectos para andar sin tropezar y con figuras que daban libertad. Y ahora, esos vestidos que tanta independencia la hacían sentir, se percibían como constrictores de sus entrañas. Ni siquiera era el corset, que ahora era solo un soporte para el busto sin dejarte desmayada a mitad de calle. Era esa sensación de no ser buena para nada más que tratar.


En algún punto, recordaba haber querido ser actríz, pero también venía a su memoria que el día que hizo del conocimiento de su madre aquella idea, la bofetada más sonora que había contemplado fué a aterrizar a su mejilla. Proporcionada por su madre.


¿Cómo era en el mundo que una mujer que era actríz y se dedicaba a las artes de manera espléndida fuese despreciable? Poco sabía su mente de niña inocente que, la mayoría de actrices debían buscar un segundo financiamiento: un mecenas, casi siempre un Lord al que había que compensar con cierto tipo de favores. Tales como los que recibía su propio padre.


El arreglarse el cabello le gustaba, sí, pero solo cuando no era ella quien debía hacerlo. Solo Rossy, su criada personal, sabía como mantener sus rizos, sujetarlos con horquillas sin lastimarle la cabeza y colocar sus accesorios sin que pesasen demasiado. Y eso hacía la muchacha justo ahora, mientras estaba frente al espejo.


Hasta que la marquesa hizo resonar sus zapatitos en el suelo de la habitación.


一 Te resolví los problemas, como siempre 一dijo la mujer, que estaba ya, más que lista para llevarla a esa dichosa velada.


一 ¿Enserio? 一la voz angelical solo era un método para mantener el carácter de su madre a raya. Sabía mejor que hacerla enfadar a tan temprana hora de la noche.


一 Cada año, has demostrado ser pésima eligiendo marido. Casi tan pésima como yo.


一 ¿Cómo dice?


一 No te retrates como estúpida. Sabes bien que has alejado a cada uno de los pretendientes que has tenido, si es que así se les puede llamar 一Lady Sweeneyfield comenzó de nuevo con su reprensión clásica一 ¡Ni siquiera se quedan cerca de tí por más de 5 minutos!


一 ¿Y cómo es eso mi culpa?


一 ¡Ningún buen hombre quiere escuchar a una señorita hablar sobre… Sobre esas cosas de las que hablas!


一 ¿Te refieres a las sangria-


Ni siquiera la dejó terminar cuando corrió a Rossy de la habitación.


一 No hablarás de esas cosas en mi casa 一seriedad a tope一 Y tampoco donde el conde pueda oírte. Nadie quiere oír sober las sangrías que los doctores hacen, ni siquiera ellos.


一 ¿Conde? Padre era un marqués, y ya está muerto.


一 Tampoco menciones eso a menos que sea entre lágrimas. A los hombres les agrada ver algo de lágrimas y sensibilidad, no el sentido.


一 Estabas mencionando a un conde.


一 Cierto. Tu futuro esposo. Prometido más bien.


一 Es otra de tus bromas, ¿no? Para hacerme enfurecer.


一 ¡Como si hiciera falta demasiado para desatar tu histeria!


De hecho era más fácil desatar la histeria de su madre que la de ella, pensó Amelia, archivando esa idea muy, muy en la zona en que guardaba todos esos pensamientos que no se atrevía a vociferar.


一 Entonces finalmente encontraste un candidato que te agradó, madre.


一 No, no me “agradó”. Tuve que buscarlo desde inicio de la temporada, y para tu perfecta buena suerte, 一de nuevo, aquel sarcasmo característico de la rama materna一 no es tan viejo para ser repugnante, ni tan joven para no tener influencia y algo de razón.


一 No vas a desposarme con alguién que no conozco.


一 ¿Desde cuándo una madre le pide autorización a una para comprometerla?


一 Padre lo habría hecho.


一 Pide su permiso, si es que logras que te escuche desde 3 metros bajo tierra.


No era la elección predilecta de Amelia, pero, sin embargo, le aliviaba la carga de esta temporada. Le daba una pequeña sensación de alivio, al no tener que soportar más imbéciles que le miraban el escote más de lo que deberían. Aún así, algo resonó fuertemente en lo profundo de su cabeza.


一 ¿Un conde? 一esta vez, miró a su madre a través del espejo, conectando sus miradas con carga casi eléctrica一 Creí oírte despotricar alguna vez sobre como no casarías a tu hija con alguien de “menor cuna”.


一 Es la única opción que me dejaste, ¿Sabías?


一 Ya lo has repetido hasta el cansancio.


一 Y al parecer sigues intentando desafiarme. Si acepté que te cases con ese conde, es porque él no hará preguntas.


一 ¿Cómo estás tan segura?


一 Necesita una esposa y un heredero para poder hacerse acreedor a una herencia de parientes lejanos.


一 Justo lo que debió pasarnos a nosotros.


一 Si tu padre hubiera dejado algo de dinero en lugar de gastarlo en sus cortesanas.


一 Y el punto es…


一 Que te casas a finales de temporada. Tienes todo el tiempo restante para habituarte, para conocerlo y tolerarlo.


一 Bien.


一 ¿Y no vas a replicar como siempre? 一esa ceja arqueada era la misma, cada que la mujer mayor no se tragaba sus dichos一 ¿Decirme como es lo más injusto e intentar hacerme cambiar de opinión?


一 Es algo que se suponía que haría algún día.


一 Así que la madurez te alcanzó por fin.


一 Nadie escapa del tiempo, Madre.


一 No hables así, sabes que no me gusta. Me das miedo. Suenas fatalista.


一 Así que sí sabes de corrientes de filoso-


一 Cállate.


一 ¿Por qué debería?


一 Porque no es tu lugar juzgarme.


一 No lo estoy haciendo, solo puntuo que sí-


一 Dije que no hables de eso.


一 ¿Por qué es malo que sepa yo y el mundo que sabes de filosofía?


一 Simplemente no es correcto.


一 Siempre usas ese argumento.


一 ¿Por qué no entiendes que hay cosas que es mejor no sepas?


一 Porque nunca me lo has explicado. Y pienso que, tal vez, no sabes cómo.


一 Simplemente eres terca.


一 Te quiero.


一 Apresura ya. Necesitas llegar temprano a la velada.


一 Dije “te quiero”.


一 Amelia.



No era secreto para ella que simplemente, su madre no podía 一o no quería一 amarla. Creció escuchando los murmullos de las mucamas y amas de llaves sobre cómo desde pequeña, su madre se negó a amamantarla, a cuidarla, incluso a educarla hasta que tuvo unos 6 u 8 años. Ni siquiera lo recordaba bien.


Por su propia parte, a Selina siempre le había sido difícil expresarle amor a su criatura. No tuvo ese dulce instinto maternal del que le hablaron, no sintió la felicidad tan descrita al darla a luz.

Lo que sí sintió, fue el dolor del parto, el leve rechazo que la mirada de su marido le transmitió cuando el médico le dió en brazos a la niña.


Tener hijas era, sin duda, un gasto a futuro. Dote. Matrimonio. En cambio, un hijo era siempre y a contraste, una inversión: evocaba respeto y heredaba títulos y tierras, continuaba el legado de una familia.


A pesar de la decepción de su nacimiento, James siempre le dió atención, quizá no cariño, nunca cariño, pero jamás pasó desatención: baile, música, pintura. Institutrices iban y venían del número 37 de la principal calle de Londres, Hatfield Manor; no era de sorprender que la niña no tuviera ni tiempo de extrañar a sus padres.





Condado de Effingham. Finales de enero del 1814.


Contrario a las creencias populares, la idea que la sociedad de Londres tenía sobre él, era un hombre mucho más sensible que pragmático. Múltiples veces había recibido reprimendas de otros mayores por asistir a la ópera, más incluso cuando lloraba al final de cada función. Tampoco es que fuese dejando ver ese lado a cualquier persona, pero simplemente había nacido con ese buen corazón y ya.


Las ventajas de haber crecido con ambos padres eran que, tenía amor en su vida, nunca sintió necesidad de llenar vacíos o buscar más amor; es por eso que estaba en contra del matrimonio. Tenía muchas amistades, viejas y nuevas, de condados cercanos y lejanos, de toda clase y posición, lo que sin duda le dió una visión particular de su mundo tan general. Tras volver de Eton, enfrentó de cara la enfermedad de su madre, la mujer más amorosa, y a la que su padre siempre había amado incondicionalmente.


Nunca fué poco sabido que el conde de Effingham, Damien Erivane, sentía total devoción hacia su Marie. Y tampoco fué de gran novedad cuando en los periódicos se imprimió que se retiraba formalmente del parlamento, de su cargo.

¡El escándalo!

Un buen aristócrata se retiraba, para cuidar de su esposa. Y su hijo, un hombre inmaduro en lo que a administración concierne, tomaba su lugar. Incluso en la cámara de los Lores. Robert Erivane con tan solo 25 años y nula experiencia se vio obligado a tomar un título, riendas de su familia y aprender, a la mayor velocidad posible, a administrar un condado, una familia y ser un adulto.


Algo que la mayoría aprende con el tiempo es, que tarde o temprano, las responsabilidades que tanto evadimos nos alcanzan; pues no hay día que no llegue, ni cosa que dure para siempre.


Un buen anhelo de su madre era que él encontrase la felicidad tanto como ella lo había hecho hace años, al encontrar a un apersona con quién compartir lo bueno y lo malo; más allá de esa dulce creencia del amor como miel y hojuelas, ella creía que el amor era ese sentimiento que te hace levantarte y buscar quedarte incluso cuando quieres irte, que te duele y te cura, en diferentes tiempos o al mismo, pero que a final de cuenta, te da una nueva perspectiva. Ahora más que nunca, ella le presionaba a encontrar a alguien: creía que al morir —y no es que su muerte estuviese remotamente cerca tampoco—, él tendría un enorme vacío que llenar con más amor, mucho más.


Claro que era natural en aquellos años que los matrimonios se arreglaran. Este se lo arregló él mismo; naturalmente por idea de sociedad necesitaría una esposa, e hijos, así que los tendría. Además, ¿no sería agradable conocer a alguien? Aunque fuese solo su esposa de compañía…