Prólogo: Detrás del Casco Verde
Antes del Quinto General, antes de la profecía, hubo un chico…
Me llamo Tommy Olsen. Y antes de convertirme en el Guardián Verde, antes de que alguien pronunciara mi nombre junto a palabras como destino, batalla final o universo, yo era solo eso: un chico.
No recuerdo a mis padres biológicos. Fui adoptado siendo un bebé, y crecí en Celestia Springs como cualquier otro niño. Aunque eso nunca fue del todo cierto. Desde pequeño sabía que había algo… distinto en mí. Mi mamá adoptiva siempre decía que tenía un corazón inquieto. Yo lo llamaba hambre. Hambre de algo que no sabía nombrar.
Y luego ella llegó.
Valdora. Un ente oscuro disfrazada de mentor. Me encontró entrenando en el centro comunitario, solo, de noche, como solía hacer. Me habló de poder, de grandeza, de un destino especial reservado solo para mí. A esa edad, la soledad puede parecer hambre. Y ella la llenó con mentiras hermosas.
Fue así como me convertí en el primer Guardián Verde Oscuro. Con el poder del Shifnet corrompido, mi traje era verde y negro, mi espada exudaba sombra, y mi alma… bueno, digamos que estaba ausente. Los Guardianes Estelares me enfrentaron. Una y otra vez, y ganaba. Porque no sentía nada. No había reglas, no había miedo.
Hasta que uno de ellos me tendió la mano. No para atraparme, no para destruirme, sino para hablarme. Y luego lo hicieron los otros: la Guardián Amarilla, el Rojo, el Azul. No con armas, sino con gestos. Con compasión. Y poco a poco, la oscuridad cedió.
Lo que me liberó no fue un golpe. Fue una verdad: no estaba solo. Nunca lo había estado.
Dejar la oscuridad no fue una transición instantánea. Fue una lucha. Una pelea interna que no dejó de doler. Aun cuando Zorath me ofreció el traje verde de Guardián Estelar, la sombra del pasado me siguió como un eco persistente. Cada victoria sabía a penitencia. Cada misión, a redención.
Pero me convertí en un verdadero Guardián.
Y luego, en líder.
El camino fue difícil. Lidiar con una doble identidad no era solo una cuestión de trajes o nombres. Era mirar a los ojos a un civil que sonreía, y saber que esa sonrisa podía romperse si conocía toda la verdad. Era estar rodeado de aliados y, aun así, sentirse a veces como un impostor. Porque antes fui enemigo. Y ese pasado nunca desaparece; solo se silencia.
Lo peor no era el miedo a morir. Era el miedo a conectar, a amar. A decirle a alguien que eras más que un chico que daba clases de karate. Porque, ¿qué derecho tenía yo a ofrecer mi corazón, cuando este podría dejar de latir en cualquier momento? Más de una vez lo intenté. Más de una vez me alejé. Y cada vez dejé un pedazo de mí mismo en el proceso.
Ser un Guardián es cargar con un escudo… y también con una soledad inmensa.
Pero también hay belleza.
Cuando salvamos una ciudad. Cuando un niño te llama héroe. Cuando miras a tus compañeros y sabes que, si el universo está de pie, es por nosotros.
Yo no pedí ser un Guardián. Y menos el Verde. Mucho menos el Quinto General.
Pero elegí quedarme.
Elegí pelear.
Porque si hay algo que he aprendido es esto:
A veces, lo que nos rompe es también lo que nos construye.
Y yo estoy hecho de todas mis batallas.
La primera vez que salvé una vida, no fue como Guardián; fue como Tommy. Un incendio en una tienda del centro. Corrí hacia el humo, saqué a un niño de entre los escombros. Mis manos sangraban, mis pulmones ardían. Pero por primera vez, sentí que eso… eso era lo que significaba estar vivo. Lo recuerdo cada vez que dudo. Cada vez que la oscuridad me susurra al oído.
Ser Guardián es más que usar un traje. Es saber que no importa cuánto te cueste, siempre elegirás lanzarte hacia el peligro en lugar de alejarte. Y eso, a veces, significa perder.
Perdí amigos. Compañeros. Perdí parte de mí mismo en cada combate. Y, sin embargo, también gané familia. Los Guardianes no eran solo un equipo. Eran mi hogar.
El Rojo, con su impetuosa valentía.
La Rosa, con su inquebrantable fe.
El Negro, con su sabiduría.
Todos me enseñaron que el perdón no es un acto, es una decisión diaria.
Mi entrenamiento nunca terminó. Aprendí a luchar en gravedad cero. A manejar energías que podían rasgar realidades. A meditar durante tormentas solares. Pero el verdadero reto siempre fue emocional. Contener la culpa. El anhelo. La necesidad de tener a alguien que me viera, no como héroe, sino como humano.
Conocí a alguien. Varias veces. Pero el patrón era siempre el mismo. Me acercaba. Me abría un poco. Y luego desaparecía. A veces por semanas. A veces para siempre. ¡Intenta explicar eso en una relación!
«Perdona por no contestar, estuve en otra galaxia luchando contra un enjambre de entes cuánticos».
No. No funciona.
Y entonces empezó la profecía.
Kristine apareció como una llamarada en la noche. Hablaba de guerras celestiales, de diosas antiguas, de un rol que solo yo podía cumplir. Al principio, pensé que era una trampa. Luego, una locura. Pero su convicción… me atravesó. Me vi reflejado en ella: una vida de máscaras, de secretos. Tal vez por eso confié, tal vez por eso accedí.
Pero incluso entonces, sabía lo que vendría.
Ser un General no es un ascenso. Es una condena. A la soledad, a la duda, al sacrificio absoluto. Sin embargo, nunca he dudado de algo:
Protegeré este mundo.
Protegeré a mi gente.
Y si debo caer haciéndolo, que así sea.
Porque yo soy Tommy Olsen.
Y no importa cuántas veces me arranquen la paz, la fe o el futuro.
Siempre volveré a pelear.