Dónde el viento los lleva

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Sinopsis

Durante la infancia, el mundo parece un lugar seguro. Todo se vive entre juegos, risas y descubrimientos. Esa sensación de tranquilidad nace de una mano siempre presente —la de una madre, un padre o un cuidador— que acompaña en cada paso, en cada miedo, en cada noche oscura. Basta con soltar esa mano para que el mundo se transforme en algo inmenso, incierto, incluso amenazante. Y cuando vuelve a tomarse, todo parece florecer otra vez. Se respira. Pero con el tiempo, esa mano protectora comienza a sentirse como una atadura. A Thomas le ocurrió sin darse cuenta. El mundo exterior, antes desconocido y peligroso, comenzó a parecerle atractivo. Las películas, los videos de internet, los paisajes tras la ventana... todo lo que estaba allá afuera lo llamaba. Quería sentirlo, vivirlo en carne propia. Quería explorar calles nuevas, enfrentarse a lo que le daba miedo, comprobar por sí mismo qué había más allá del umbral de su hogar. No era rebeldía. Era curiosidad. El deseo de un joven por traspasar los límites, romper las reglas, desafiar los principios que le enseñaron en casa. Era esa pulsión intensa por crecer, por dejar de ser niño. Thomas no buscaba huir del amor de su madre. Buscaba liberarse de los miedos que ella le había sembrado. Y un día, sin saberlo, cruzó la delgada línea: jugó a ser grande, se atrevió a conocer el mundo. Y este, con gusto, le mostró su rostro más gris.

Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo I: La última gota

Todos los seres humanos tenemos un límite. Incluso el más paciente, frente a una situación conflictiva, termina revelando sus deseos más profundos. Thomas no era la excepción. El deseo de sentirse grande, como los demás chicos de su edad, lo empujaba cada vez más hacia pensamientos rebeldes. Se preguntaba qué tan difícil sería salir de casa a escondidas, y si su madre llegaba a descubrirlo, qué tan drástico sería el castigo. Solo imaginarlo lo llenaba de ira: sentía que, a su edad, ya no debería temerle a los regaños de mamá.


En este punto, Thomas ya tenía la intención de salir a experimentar el mundo por su cuenta, pero aún no encontraba un motivo lo suficientemente fuerte para romper las normas que de niño siempre había respetado. Aunque no era el único que pensaba así.


En la escuela compartía casi todo su tiempo con Manuel, un chico de su misma edad, pero más desarrollado. Lucía un bigote ralo, con espacios entre vello y vello, pero que insinuaba su futura virilidad. Tenía la voz más grave que aguda y saludaba a todas las chicas con un beso en la mejilla, algo que a Thomas todavía le daba pena. Durante los recreos, Manuel contaba que había discutido con sus padres un par de veces por negarle el permiso de salir por las noches con sus amigos del barrio. Decía que estaba considerando escaparse después de la escuela y volver antes de que ellos regresaran del trabajo, así no se enterarían. Solo le faltaba un compañero. Y en cada oportunidad, invitaba a Thomas. Pero Thomas se negaba. El miedo que su madre había dibujado en su mente seguía pesando, aunque él creía que tal vez ella exageraba.

«Seguramente el mundo no es tan así como ella lo describe», pensaba.


Con el paso de los meses, Thomas se sentía cada vez más frustrado, acumulando razones en su cabeza para unirse a Manuel. Incluso había pedido algunos permisos, pero todos le fueron negados. Empezaron las discusiones con su madre, y con cada negativa, se acercaba más al borde. Pronto, tomar la decisión sería lo más fácil.


Hasta que un día cualquiera, tras otra discusión con su madre por un permiso negado, Thomas lo sintió claro: no quería seguir esperando. La idea que antes parecía una locura ahora le sonaba como la única salida. Esa noche, no pudo dormir. Pensaba en las palabras de Manuel, en su sonrisa desafiante, en la emoción que parecía sentir cuando hablaba del mundo de afuera. Tal vez no era tan peligroso como lo pintaban. Tal vez él estaba preparado para asumir las consecuencias. A la mañana siguiente, al llegar a clase, buscó a Manuel. Lo saludó como siempre, pero esta vez con una frase corta y definitiva:


—Hoy sí voy.


Era lunes, pasadas las dos de la tarde. La campana de la escuela sonó, y Thomas cruzó una mirada cómplice con Manuel. Ese era el día elegido. Los lunes, pensaban, los padres regresan al trabajo con desgano después de un corto descanso de fin de semana. Estarían distraídos, menos atentos.


Una vez en la calle, los dos adolescentes sintieron por primera vez el sol en la piel, el viento en el rostro, el murmullo de la gente. Todo parecía más vivo, más real. Como si acabaran de cruzar a otra dimensión. La adrenalina recorría sus cuerpos con fuerza, impulsada por un corazón acelerado y nervioso. El momento había llegado. Pero justo entonces, Thomas lanzó la pregunta más importante:


— Oiga, Manuel, ¿y a dónde vamos a ir?

— No lo he planeado. Solo conozco unas cuadras más allá. Lo demás... que sea sorpresa.

— ¿O sea que no tiene nada pensado?

— No, Thomasito. Vamos a donde el viento nos lleve.

— ¿Y eso qué quiere decir?

— Que no importa a dónde vayamos. Encontraremos algo interesante. Ese mundo que siempre quisimos conocer puede estar justo frente a nosotros.

— O quizás... nosotros quedemos en manos del mundo —dijo Thomas, pensativo.

— Tranquilo, que dicen que al que sale con miedo, se lo comen vivo. Déjese llevar. Disfrute. Y si nos gusta... repetimos.


Y así, ambos jóvenes salieron a recorrer las calles de ese mundo que hasta entonces les había estado prohibido. Extasiados por lo desconocido, convencidos de que no importaba a dónde los llevara el viento. Esta vez, ya no eran meros espectadores desde la ventana: estaban en la primera fila. Y el mundo, por fin, se sentía real y emocionante.