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Sinopsis

Hay caminos que se abren con billetes... y se cierran con sangre. Antonio, estudiante de Derecho de apenas 20 años, siempre supo que la justicia no es igual para todos. Pero cuando el hambre de dinero y poder toca la puerta, descubre que la ley puede doblarse... o romperse. Guiado por un compañero con conexiones peligrosas, Antonio se lanza en una espiral de decisiones que lo alejan de todo lo que creía correcto. La ambición le da lo que soñaba, pero le arrebata lo que nunca pensó perder. En las sombras del poder, no hay héroes. Solo sobrevivientes.

Genero:
Drama/Thriller
Autor/a:
Dremmur
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El eco de una A

Antonio, un joven de 20 años que cursaba segundo año de Derecho, enfrentaba hoy el examen final de Derecho Penal. Habían pasado semanas preparando una presentación que debía demostrar que todo el esfuerzo había valido la pena. Pero, en el fondo, Antonio sabía que la presión venía más de sus compañeros que de él. No es que no le importara el examen; simplemente, el estrés le parecía innecesario. Siempre le había parecido así. Él solo quería salir de eso lo más rápido posible.

No tenía muchos amigos en la universidad. Nunca fue sociable por naturaleza. Pero algo en Michael lo hizo cambiar de opinión. Michael, extrovertido y lleno de energía, lo arrastró a conocer a Christian y a John. Christian era callado pero confiable; John, malhumorado y altanero, pero sorprendentemente simpático y un buen estudiante.

Los cuatro habían trabajado juntos en la presentación. Antonio, con su perfeccionismo de siempre, fue quien retocó el contenido final y asignó las partes. Aun así, sentía que no estaba del todo involucrado. Como si solo estuviera cumpliendo.

Sentía lo mismo en todas las evaluaciones finales.

—¿Desvelarme, estudiar, estresarme? ¿Eso voy a hacer todos los años hasta graduarme? ¿Ni siquiera siento emoción al defender el examen? ¿Solo es una obligación más? —murmuró una noche antes del examen, mientras repasaba sus apuntes.

Tras asegurarse de que dominaba su parte, fue a dormir.

Antonio siempre se había sentido así: como si todo fuera una rutina interminable. El desvelo, los resúmenes, las presentaciones. No era que no quisiera aprobar, pero la emoción nunca llegaba. Tal vez nunca llegaría. A veces se preguntaba si lo hacía por él mismo o solo para cumplir con las expectativas de los demás.

Y como siempre, la noche antes del examen fue igual. Estudió hasta que el sueño lo venció. Lo repasó todo. Corrigió hasta el más mínimo detalle. Pero, al final, se acostó con una sensación extraña, como de vacío.

Al día siguiente…

—¡Mierda! ¡Faltan 40 minutos para que empiece la clase! —exclamó Antonio al ver la hora en su celular. La realidad lo golpeó de golpe. Se levantó apurado, fue al baño, se comió un pan a la carrera, y se alistó lo mejor que pudo. Sabía que uno de los requisitos del examen era “porte y aspecto”. Con el corazón acelerado, salió a buscar un taxi.

Logró llegar a la universidad justo a tiempo. Al entrar al aula, vio que el profesor aún no había llegado. Respiró aliviado. Se acomodó, ajustó su camisa, se fajó bien, se sacudió el polvo de los zapatos y se puso el saco con calma.

—¿Por qué todos están tan preocupados? Sí, es un examen final, pero no es como que no lo hayamos hecho antes —pensó, mientras se alisaba las mangas.

En ese momento entraron Michael y Christian.

—¡Qué onda, Antonio! ¿Listo para sacar 10 en esta mierda? —dijo Michael, dándole una palmada en la espalda.

—Jaja, espero que hayas estudiado. La última vez te quedaste pegado en la conclusión —agregó Christian.

Antonio soltó una risa leve.

—Tss, eso no vuelve a pasar —respondió Michael, mientras acomodaba sus cosas con una sonrisa segura.

—¿Y John? Ya nunca vino —preguntó Christian, revisando su celular.

La puerta se abrió de golpe. John apareció sudado y con cara de pocos amigos.

—¿Y John qué? —dijo, tomando aire—. Ese taxi hijo de puta… le pagué para que hiciera bien su trabajo y se fue por la ruta más larga. ¡Tenía ganas de matarlo!

Miró alrededor. Todos estaban vestidos de traje.

—¿Por qué todos andan tan elegantes?

—Te dijimos, loco. ¿Quién te manda a estar moliendo cochones y no leer los mensajes? —soltó Michael, y todos rieron.

John, frustrado, se quitó la mochila y se sentó.

—Muy chistoso… —refunfuñó, sacando su celular—. Voy a llamar a mi hermano. Tal vez me puede traer el saco. Igual este profesor nunca empieza a tiempo.

Mientras John marcaba, los demás se acomodaron en sus pupitres. Antonio miraba a su alrededor. Notaba el nerviosismo de otros compañeros, pero él se sentía extrañamente tranquilo. Tal vez la rutina ya lo había inmunizado.

Entonces, el profesor entró.

—¡Mierda! —susurró John—. Ya no me da chance de que mi hermano me traiga el saco.

—Valiste mierda —dijo Michael, haciendo que Antonio y Christian se rieran.

El profesor conectó su laptop y proyectó una ruleta virtual con los números de cada grupo.

—Somos el grupo seis. Dudo que salgamos de primeros —dijo Antonio, sin mucho interés.

—Shhh. No te confíes —respondió Michael.

La ruleta giró. Todos la miraban con atención.

—¡GRUPO 6! ¡A LA PIZARRA! —anunció el profesor con voz firme.

—Bien hecho, maldito vidente —soltó John, y el grupo suspiró.

—Ni modo… así salimos de esto —dijo Antonio, poniéndose de pie.

Caminaron al frente. Michael, con su seguridad habitual, tomó la palabra. Christian habló con precisión. John, a pesar de no tener saco, se lució. Explicó con claridad una sentencia penal, citó jurisprudencia y hasta incluyó un dato histórico. El profesor, normalmente inexpresivo, alzó la mirada y asintió discretamente.

Finalmente, le tocó a Antonio.

—Buenas tardes —dijo con firmeza—. Me corresponde exponer sobre el principio de culpabilidad, su evolución histórica y su aplicación en el contexto penal nicaragüense…

Habló con seguridad. Su voz no tembló. Terminó con un cierre sólido. El profesor anotaba sin levantar la mirada.

—Buen trabajo, grupo seis. Pueden volver a sus asientos —dijo finalmente.

—Te comiste ese discurso, hasta el profe te prestó atención —le dijo Michael, sonriendo.

Antonio apenas sonrió, pero por dentro, algo se movía. No era orgullo... era algo más profundo.

—Christian, te luciste —añadió Michael—. Esa parte del principio de legalidad te quedó brutal.

—Gracias —dijo Christian, sorprendido por el elogio.

Minutos después, el profesor llamó al grupo.

—Michael, A. Christian, A. Antonio, A.

Hizo una pausa.

—John… B.

—¿¡B!? —protestó John—. ¡Pero si fui el que mejor habló!

—La presentación es integral —respondió el profesor—. Contenido, expresión oral y… porte y aspecto. Usted no cumplió con lo último.

Los demás soltaron una carcajada.

—Valiste mierda por no traer el saco —le susurró Antonio.

—Maldito saco —murmuró John.

Antonio sintió un calor en el pecho. No era por la nota. Era por sentirse valorado. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez sí tenía talento para esto.

Las exposiciones continuaron. El aula se llenó de un silencio respetuoso. El ambiente ya no era de nerviosismo, sino de una especie de calma solemne. Todos sabían que el fin del semestre estaba cerca.

Antonio miraba a su alrededor. Ya no se sentía tan desconectado. Tal vez, solo tal vez, esto no era solo otro examen.

A las 10 a.m., la clase terminó. Otro grupo debía entrar.

Todos los rostros antes tensos se llenaron de sonrisas. Habían aprobado.

—¡Maldita sea, solo yo saqué B por no traer el saco! Qué universidad más clasista —se quejó John, mientras los demás se reían.

—¿Y cómo celebramos esto? —preguntó Michael, frotándose las manos.

—Aún es temprano. Igual tenemos otra clase, pero esa es escrita, así que es paja —dijo Antonio.

—¡Vamos a Hookah! —propuso Christian, mostrando fotos en su celular—. Está aquí nomás. No gastamos en taxi.

—¿Todos rifan? Espero que anden dinero porque no me gusta salir con pobres —bromeó John, revisando su billetera.

—Vamos —dijeron todos a la vez.

—Así celebramos por primera vez como grupo. ¡Y qué mejor que con unas frías! ¡YUUUUJUUUU! —gritó Michael, emocionado.

Antonio no solía salir después de clases, pero esta vez lo sintió distinto. Lo necesitaba.

—Vamos, pero el que se emborrache primero es un cochón —dijeron, entre risas.

—Seguro John se emborracha primero, porque es cucharita —tiró Christian, provocando carcajadas.

—¡A tu madre me la echo de cucharita! —respondió John, riendo.

Después del examen escrito, salieron uno por uno. John fue el primero, luego Antonio, Christian y finalmente Michael.

—Ya era hora, tonto —dijo John cuando Michael salió.

—Se me había olvidado la última pregunta, jaja. Pero bueno... ¿YA NOS VAMOS A HOOKAH?

—¡Claro que sí, vámonos a la mierda! —dijo Antonio, ahora visiblemente feliz.

Caminaron los 800 metros hasta Hookah. En el trayecto compraron cigarrillos, bromeando como si la vida fuera eterna.

—Hace rato que no fumo —dijo Antonio, encendiendo uno—. Uno al año no hace daño, ¡JAJAJA!

—No seas como John —bromeó Christian.

—¿Cómo? ¿Un fracasado? —respondió Michael, con una sonrisa.

—Jajaja, muy chistoso. Ni me estés pidiendo dinero, maldito cerote —añadió John, dándole una calada.

Y así, entre risas y humo, los chicos se sintieron por un momento invencibles. Como si todo el estrés del semestre se hubiera disipado con cada broma, con cada paso.

aquí...