Chapter 1
Había una vez una linda gata llamada Daphne. Era amable, de buen corazón, empática y muy talentosa. Todos en su pequeña vecindad la querían mucho.
Cuando cumplió 11 años, su vida cambió. Algo —o alguien— llegó a su vida. Ella lo llamaba “La Sombra”. La acompañaba a todos lados, y aunque al principio parecía buena compañía, no todo era tan lindo como creía. La Sombra le recalcaba las cosas más horribles de sí misma: hablaba mal de su cuerpo, le recordaba sus errores. Daphne solo quería que La Sombra se fuera. No soportaba su presencia, odiaba ese dolor, esa voz irritante que la hacía dudar de sí misma. A veces se encerraba en su casa para no molestar a nadie; se sentía inútil.
Su vecindad se preocupaba. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué ya no salía? Y cuando lo hacía, se la veía apagada. Sus amigos intentaban ayudarla, pero ella sabía que si La Sombra no desaparecía, nadie podría salvarla.
La Sombra era cruel. La convencía de lastimarse, de hacer cosas que no quería hacer. Se sentía culpable, desamparada. Aunque intentaba resistirse, la Sombra la manipulaba.
Un día, uno de sus mejores amigos, Gael, fue a verla.
—¿Qué pasa, amiga? —preguntó Gael.
—No lo sé… Me siento tan horrible con mi sombra. Siempre es lo mismo… ya no sé cómo salir de esto —dijo Daphne, entre lágrimas.
—Te prometo que te ayudaré —respondió Gael.
Gael hacía todo lo posible por ayudarla. La distraía, la hacía jugar, intentaba que no le hiciera caso a La Sombra. Pero cuando Daphne estaba sola, La Sombra volvía, y con ella, los pensamientos oscuros y las heridas.
Daphne intentaba dejar atrás a La Sombra. Soñaba con que desapareciera, pero sentía que para que eso pasara, ella también tendría que irse. Creía que debía sacrificar su felicidad, su alma y su corazón para que La Sombra muriera.
Constantemente hablaba de que su única salida era irse. Algunos pensaban que lo decía en broma, pero su amigo gatuno sabía que era capaz de hacer cualquier cosa. Por eso nunca la dejaba sola. Aun así, ni su compañía bastaba para salvarla de aquellos pensamientos.
Un día soleado, Gael fue a buscarla. Tocó la puerta durante horas, pero nadie abría. Se preocupó. Forzó la puerta, entró... y encontró la peor escena imaginable: Daphne estaba tirada en el suelo, rodeada de sangre. Y a su lado, La Sombra, viva, riéndose.
—¿¡Qué te pasa!? —gritó Gael.
—¿A mí? Nada. Solo que la pequeña Daphne sí me creyó. Pensó que si hacía esto, yo me iría. Pero no. Me quedaré… en esta y muchas vidas más. Seré la perdición de todos. Haré que me odien. Haré que se lastimen hasta dar la vida por mí —respondió La Sombra.
—¡No, por favor, no! —gritó Gael con dolor.
—Lamento que no la pudieras salvar, querido amigo. Pero a veces… estas cosas simplemente deben pasar —dijo La Sombra burlándose.
Gael lloró por Daphne. La quería tanto… pero no podía hacer nada. Sabía que ella nunca podría ser feliz por su cuenta. Era una niña sensible, que pensaba en todos menos en sí misma.