Capitulo 1: Caelan y Seren
La luna colgaba en el cielo como una calavera luminosa sobre la pequeña ciudad de Ostagran, un asentamiento tan olvidado por los dioses como por los hombres, que apenas figuraba en la mayoría de los mapas, pues los cartógrafos ni se molestaban en dibujarlo. En el interior de “La Ogra Risueña”, la taberna local, un grupo de mercenarios rodeaban a un solo hombre: alto, de cabello castaño y mandíbula cuadrada, su armadura reluciente y sus ojos... con lágrimas a punto de salir.
- ¡Por favor! ¡Esto no es más que un pequeño malentendido! - Exclama Caelan Thorneveil, mientras blande su espada.
Los mercenarios no parecían impresionados por su porte ni su arma. Uno de ellos, con más dientes de oro que pelos en la cabeza, escupe al suelo a la vez que le grita. - ¡Robaste a la hija del alcalde!
- ¡NO! ¡La rescate! - Replico Caelan, retrocediendo torpemente. - Estaba encerrada en una torre.
- Estaba castigada idiota. - Replico otro mercenario, entre risas secas-. Y tú rompiste su ventana y mataste a su gato.
- ¡Sobre él! - Grito uno de los mercenarios.
Fue en ese momento que el destino, con su curiosos y cruel sentido del humor, decidió intervenir. Los primeros pasos de los mercenarios se vieron interrumpidos por una voz que rompió el silencio como una cuerda afinada al límite. Una figura delgada se deslizo por debajo de una mesa, derramando cerveza y restos de comida y golpeando algo contra el suelo que dejo escapar un desafinado “plooong”.
- ¿Alguien hizo mención de un heroico recate de una damisela en apuros? - Una figura delgada y elegante emergió, caminando con el porte de un actor en plena escena. Lleva una capa corta color granate raída en los bordes y un laúd en una mano, la otra, vacía la levanto en señal de que no continúen con el asedio. - Ah, caballeros. ¿Sería mucha molestia que pospongan la ejecución un instante? Quisiera anotar este momento para la posteridad.
- ¿Quién rayos eres tú? -Escupió uno de los mercenarios.
- Me alegra que preguntes mi zafio amigo. - inclino la cabeza con exagerada cortesía. - Seren Veyl, cronista de lo inevitable, testigo de lo improbable, maestro de mil instrumentos y frecuente amante de bellas mujeres.
Nadie respondió.
- ¿No? ¿Nada? - Seren suspiro y dijo para si mismo. - Palurdos ignorantes.
Caelan lo observa confundido.
- ¿Nos conocemos?
- Aún no. Pero pronto lo haremos. He visto a hombres morir por menos que una promesa mal dicha. Y tú, amigo mío, pareces ser una fuente inagotable de promesas imprudentes.
Los mercenarios no esperaron más. Uno cargó hacia Caelan con la espada en alto. Caelan alzó su propio acero a tiempo para bloquear el golpe y retrocedió tambaleante, tropezando con un banco.
Seren suspiró de nuevo, esta vez con fastidio.
- Siempre es lo mismo. - Con un movimiento rápido, extrajo un pequeño vial de su cinturón y lo lanzó al suelo. Una explosión de humo azulado llenó la sala. Voces gritaron, tosieron y maldijeron en algún dialecto olvidado en lo que un par de sillas volaban por el aire.
Caelan sintió que una mano le tiraba del brazo.
- ¡Por aquí, brillante idiota! - gruñó Seren, guiándolo entre el caos.
Cuando el humo se disipó, los dos ya estaban lejos, corriendo por un callejón detrás de la taberna.
Caelan jadeaba. Su espada colgaba de su mano como si pesara una tonelada. Seren caminaba como si acabara de bajarse de un carruaje, sin apuro, obviamente estaba acostumbrado a escabullirse.
- ¿Por qué me ayudaste? - preguntó Caelan, aun recuperando el aliento.
- Por capricho, supongo. Te estaba observando. Pero parecía que ibas a morir de una manera tan poco elegante que no pude resistirme. - Seren sonrió, mostrando dientes sorprendentemente blancos—. Además, fuiste la distracción perfecta para irme de la taberna sin pagar. Y algo me dice que esto puede ser un gran inicio.
Caelan frunció el ceño. - ¿Inicio de qué?
- Una historia. - respondió el bardo, encogiéndose de hombros. - ¿Trágica? ¿Heroica? ¿Estúpida? Eso está por verse, pero sin dudas será una historia que valga la pena cantar.
Caelan se apoyó contra una pared de piedra húmeda, su pecho aun subía y bajaba, pero ya con menos esfuerzo. La armadura, impecable algunos minutos atrás, ahora tenía manchones de hollín y una abolladura nueva.
- Esto es una locura. - murmuro. - Solo intentaba hacer lo correcto.
Seren se sentó en una vieja caja de manzanas podridas, como si estuviera en el salón de su casa. - Bienvenido al mundo real, caballero. Aquí, lo correcto y lo catastrófico suelen caminar de la mano. A veces se besan. Otras veces se apuñalan.
Caelan lo miró de reojo. Por un momento, no dijo nada.
- No necesitabas intervenir.
- No. Pero tampoco necesitaba ver cómo un tipo con una mandíbula de estatua lloraba antes de morir. Hay cosas que simplemente se sienten mal.
Caelan desvió la mirada, avergonzado.
- No estaba llorando.
Seren sonrió, pero no dijo nada. Un silencio incómodo se instaló entre ambos. Solo se oía el lejano murmullo de la taberna agitada y el goteo de agua desde una canaleta rota. Finalmente, Caelan habló:
- No soy... no soy como en los cuentos, soy un paladín, hice un juramento, he intento cumplirlo, pero... No soy un héroe. Ni siquiera soy especialmente valiente.
Seren asintió lentamente.
- Perfecto. Entonces no tendrás que fingir. Solo caminarás, y cuando llegue la parte del cuento donde todos esperan que el caballero haga algo valiente, pues... lo harás. Pero a tu manera. Y yo estaré ahí para narrarlo.
Caelan frunció el ceño, confuso.
- ¿Qué ganas tú con seguirme?
- Historias -dijo Seren, poniéndose de pie-. Las mejores no nacen en salones reales ni en campos de gloria. Nacen donde todo está podrido, donde nadie espera que pase nada memorable. Y tú, querido Caelan, hueles a historia.
El paladín lo observó un largo instante. Luego miró su espada, aún temblorosa en su mano. Suspiró.
- Está bien. Puedes venir. Pero si causas problemas…
- ¿Problemas? -interrumpió Seren, fingiendo sorpresa-. ¿Yo? Si acaso los acompaño con música de fondo.
Caelan comenzó a caminar. - Eso no me tranquiliza.
- Tampoco pretendía hacerlo -dijo el bardo, siguiéndolo sin perder el ritmo, en lo que toca algunos acordes de su laúd-. ¿Dónde vamos?
- A donde no me conozcan.
- Entonces tenemos un amplio mundo por delante.
Y así, el primero de los encuentros profetizados por la vieja visión comenzó… no con una batalla gloriosa, sino con una huida patética, un bardo entrometido y un paladín que dudaba de cada paso que daba.