Descorchando emociones

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Sinopsis

Una mujer, casi entrando a sus 30, que acaba de separarse de su pareja de seis años. Por primera vez en mucho tiempo, está aprendiendo lo que significa vivir sola... y lo que significa volver a empezar. En medio de esa búsqueda por reconstruirse, aparece alguien que le revoluciona el mundo. Un chico que la hace sentir viva otra vez y que parece el tipo perfecto. Pero lo que ella no sabe es que ese amor inesperado viene acompañado de una oscuridad silenciosa: él lucha contra una bipolaridad tipo 2 que terminará poniendo a prueba todo lo que ella creía saber sobre el amor y los límites propios.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
allisnew
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. SIN VINO

Me acabo de divorciar. Bueno, así le digo yo, porque realmente nunca me casé; simplemente viví con él durante cuatro años, después de dos años de noviazgo. Siento que, cuando vives con una persona tanto tiempo, se convierte en tu compañero de vida. Bueno...sentía.

Siempre he sido de esas chicas que cree en los amores liberales. En esos que, si tú te sientes lista y él también, y se ven todos los días, e inventan cualquier excusa para pasar tiempo juntos, entonces deberían vivir juntos. Bueno...eso hice yo.

Siempre tuve mi plan de vida porque pensaba que era el ideal: enamorarme, vivir con él, y si veía que las cosas funcionaban, casarnos, tener hijos y morir como los protagonistas deDiarios de una pasión. Saben de lo que hablo, ¿verdad? Bueno...teníaese plan.

Pero ahora tengo 29 años. Soltera. Y sí, parece el fin del mundo, realmente. Todo el mundo me dice que, a mi edad, solo voy a encontrar hombres casados, divorciados o con hijos. O peor: buenos para nada que no saben lo que quieren en la vida. Bueno, no tengo problema con los divorciados —yo siento que también lo soy, ¿no?— pero con el resto sí que tengo problema.Me considero un buen prospecto. Soy una chica de piel bronceada, de esas que no son ni blancas ni morenas, como un poco amarilla, pero no tanto como Lisa Simpson. Tengo el pelo castaño, pero me hago mechas más castañas. Tengo los ojos verdes, aunque son tan pequeños que ni se notan. No soy muy alta, pero tampoco bajita: mido 1,61 m. No soy gorda, tampoco tonificada. No soy 90-60-90, pero creo que tengo lo mío. Además, tengo un trabajo medio estable —el cual no me gusta—, pero gano más que el promedio. Soy jefa de infraestructura de una empresa grande en mi ciudad. Obvio, quiero ganar más, y por eso siempre estoy estudiando. No se confundan: amo ser ingeniera, amo el mundo de las redes. Esla empresala que no me gusta. Supongo que tengo que seguir buscando mi trabajo ideal... igual que mi chico ideal. Bueno, también tengo defectos, pero esos ya te los iré contando.

No confundas la historia que vengo a contarte. No te voy a hablar del romance de seis años —imagínate, nunca terminaríamos—. Te vengo a contar la historia del tipo que marcó mi corazón y mi vida.

Todo comenzó con uno de esos mensajes súper random que te envían por Instagram. Yo le envié un video de un perro salchicha, y no lo hice porque quería llamar su atención, sino por una conversación que habíamos tenido en persona. Antes de trabajar en la compañía en la que estoy ahora —sí, esa que no me gusta—, trabajaba en una empresa que, para mí, desarrollaba software. Bueno, él era el jefe de mi jefe. Un programador, el primer empleado de la compañía. Y me parecía admirable que mis dos jefes fueran bastante jóvenes. Mi jefe tenía 30 y él, 32. Pero también pensaba que simplemente habían tenido un golpe de suerte al convertirse en jefes casi en sus primeros trabajos. Sin embargo, ese pensamiento estaba a punto de cambiar.

Un día, él se acercó a mi oficina. Fue bastante raro, porque todos los temas los maneja con mi jefe, no con el jefe de mi jefe. Me puse a la defensiva de inmediato.—Ya terminé todo —le dije—. Lo único pendiente es por parte del proveedor.Él me miró con sorpresa.—No, no venía a hablar sobre el trabajo. Es que te he visto un poco triste y quería saber si estás bien.No supe cómo responder.Era muy extraño que alguien que no es tu amigo te pregunte:¿cómo estás?Me hizo cuestionarme qué tan mal me veía. ¿Parecía un zombi? Es verdad, recién había tomado una decisión de mi vida, pero no creía que se notara tanto.—Estoy bien. Todo bien —alcancé a decir.

Entonces él continuó haciéndome conversación, y yo me sentía cada vez más incómoda. No entendía a qué venía todo esto. Pero él no se iba. Se sentó en una silla y seguía hablándome, preguntándome cualquier cosa, hasta que, en un momento, la conversación me empezó a parecer amena y comencé a hablar sobre mí. No soy una chica reservada. La verdad, hablo demasiado. Hasta creo que llego a ser un poco insoportable por eso. Así que comencé a hablarle y le conté que recién estaba viviendo sola, lo difícil que se me hacía. Entonces él me dijo que también vivía solo y que, al comienzo, es difícil, pero luego va cogiendo forma. Me contó que tenía una perrita llamada Muñeca, y yo le hablé de la mía, que se llama Duquesa. Nos centramos en eso: las razas, la comida, que las veíamos por las cámaras cuando estábamos en el trabajo, que ellas se sentían solas. Me comentó que estaba pensando en adoptar otro perro. Yo le sugerí un perro salchicha y le conté lo genial que era la mía: que hacía sus necesidades afuera de mi casa, que comía sus croquetas, que era súper transportable por ser muy pequeña. La conversación quedó ahí. No volvimos a hablar, ni a escribirnos, ni nada parecido. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Me parecía un chico interesante, sí, pero era uno de esos que tienen mala reputación en la oficina. Había rumores dispersos, pero la verdad no había indagado en ellos, porque él no tenía nada que ver conmigo.

Luego de esa dichosa conversación pasó un mes, y mi vida estaba hecha un desastre. Vivir sola era toda una aventura. Tenía solo dos meses en un pequeño apartamento en una zona decente de la ciudad, de esas donde el alquiler no es muy alto y se ajusta a mi presupuesto actual. Contaba con una habitación bastante pequeña —pero donde cabían mis cosas—, que incluía un baño con baldosas color amarillo, de un gusto terrible, en mi opinión. La sala era extremadamente grande si la comparaba con la habitación, lo que me parecía muy desproporcionado. Había un espacio para la cocina y uno de esos mesones estilo americano, donde colocas unas sillas y ya tienes un comedor. Una de las principales razones por las que escogí ese departamento fue porque tenía una zona de lavandería fuera del departamento, donde podía dejar a mi perrita y mantener el interior ordenado y sin olores. No te lo había dicho, pero aquí va uno de mis defectos: soy muy quisquillosa con el orden y los olores. Está en mi esencia. Esa fue una de las razones por las que, cuando me “divorcié“, no volví a casa de mi familia, con mi mamá y mis hermanos. Decidí vivir sola y construir mi propio orden. Así, sin saber cocinar, sabiendo que debo botar la basura cada cierto tiempo —lo cual me parece un poco asqueroso—, además de hacer las compras por mi cuenta, pagar por todo y no olvidarme de nada.Otra cosa realmente buena del departamento es que está en un callejón que tiene una puerta principal, custodiada por un guardia que me avisa si alguien llega. Eso me brinda seguridad por un presupuesto razonable. Y el último motivo por el que lo escogí es que está en un tercer piso. Sí, subir las escaleras es una pesadilla, y cada vez que alguien viene, se queja. Pero lo bueno de estar tan arriba es que no se escucha nada. Y aquí te va otro de mis defectos: no me gusta la bulla. No me gusta escuchar nada de pasos, ni conversaciones de los vecinos, o saber si ya llegaron o no. Me gusta estar en mi mundo. No es que siempre haya sido así. Es por la enfermedad con la que he estado luchando los últimos cuatro años... pero ya te iras enterando.

Vivir sola tenía sus días buenos y sus días malos. Aún no me acostumbraba a la soledad de la habitación ni al hecho de que mi voz era la única que se escuchaba. Había vivido cuatro años con mi expareja, y la costumbre es una de esas cosas difíciles de romper. Al principio, sufría ataques de ansiedad. Me ahogaba y me preguntaba qué iba a hacer con mi vida, quién en su sano juicio se separa después de cuatro años de convivencia y seis de relación. Y para colmo, los 30 parecían estar a la vuelta de la esquina.No voy a mentir: la decisión fue difícil. Una parte muy dentro de mí quería volver a la zona de confort, ese lugar donde sabes que no todo está mal, pero también sabes que ahí no es. Pero otra parte de mí anhelaba la aventura. Esa aventura de llenar tu espacio con cosas que solo a ti te gustan. De salir sin dar explicaciones a nadie. De aprender a cocinar a tu ritmo. Y, sobre todo, la aventura de volver a vivir. Porque cuando estás en una relación donde las cosas ya no funcionan, comienzas a marchitarte. Deseas cambios, esperas señales, sueñas con una intervención divina que lo transforme todo. Pero la verdad que la única persona que tiene permitido cambiar nuestras realidades somos nosotras mismas.Complicado, sí. Imposible, no.

Es verdad: al principio no tenía cama, dormía en un colchón, hasta buscar una cama que me gustara y claro que se ajustara a mi presupuesto. Tampoco tenía muebles ni sillas, así que compré unos bancos de plástico y usaba una mesa que heredé en la repartición de bienes con mi ex. Y aunque suene duro admitirlo, fue una buena relación y una separación igual de buena. Dividimos todo lo más justo posible, aunque siempre sentiré que él me favoreció mucho. Supongo que, con todo el amor que aún me tenía, quiso facilitarme la vida: me dejó el carro —sí, ese que compartíamos y el que compramos juntos, el que ahorramos y llegamos a tener—, la lavadora, la nevera y la cocina. Más nada. Y aunque puede parecer mucho, te reto a dormir en el suelo y sin saber dónde meter toda tu ropa. Estuve bastante ajustada durante un tiempo, hasta que poco a poco fui dándole color y llenando de mi personalidad ese nuevo espacio. Siento que hasta hoy no está completo, porque cuando algo realmente te importa, le pones toda tu paciencia para que quede como lo imaginas en tu cabeza.

Y como si todo ese cambio no fuera suficiente, tomé la decisión más grande de todas: cambiarme de trabajo. Sí, al parecer necesitaba un giro de 360 grados. Acepté una oferta que me ofrecía más dinero —el cochino dinero—, aunque mi trabajo anterior me gustaba. Quería un trabajo que me diera más estabilidad, que me hiciera aprender cosas nuevas, porque, igual que en el amor, sentía que ese trabajo era mi lugar de confort, pero al final sabía que ahí no era. Y así terminé en este nuevo empleo, ese que ya te conté que no me gusta, pero en el que gano bien, pero del que me quiero ir, pero... pero... pero...

Entonces, como por arte de magia, algo pasó. Algo cambió.