Un presente incierto
Al pricipio, solo fue el eco de un disparo.
Un sonido seco y lejano.
Sofía estaba de pie, jadeando, El arma le pesaba en las manos como si no le perteneciera.
El cuerpo del hombre cayó de espaldas, en cámara lenta. Los ojos abiertos., la sangre extendiéndose como tinta negra en el suelo.
Sofía no gritó. Ni parpadeo. Se quedó de pie, inmóvil, con la boca entreabierta como si aún tuviera algo que decir, ella no recordaba haber apretado el gatillo. Ni siquiera recordaba haber tomado el arma.
—¿Sofía…? — la voz de su madre llegó como desde un túnel.
Ella bajo la mirada. El arma estaba en su mano, tibia como si la hubiera estado sujetando por horas.
—¿Qué hiciste…? —susurró su madre, con un temblor que no venía del miedo, si no de algo más profundo. Pánico, tal vez. O reconocimiento.
Sofía quiso hablar. Pero no recordaba qué había pasado. Solo sabía que había algo malo, muy malo, en ese cuarto.
Su madre le arrebató el arma de las manos con una rapidez que la hizo retroceder. Luego, con los ojos fijos en ella, dijo: CORRE!.
Sofía corrió hacia un parque, donde el viento era frío, dormir en una banca no era tan duro como imaginar que ya no tenía casa.
Cuando despertó con los huesos entumecidos, solo había una cosa que tenía clara en la mente:
Mamá me echo de la casa.
Todo lo demás.. era ruido.