Misión: Blindar el Corazón

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Sinopsis

Isabella De La Torre lo tiene todo: belleza, apellido, poder y un destino heredado que no admite errores. Estudia en una prestigiosa universidad de élite, siempre escoltada por su chofer y rodeada de lujos… pero también de muros invisibles que ha construido para no sentir. Entonces llega Skyler: irreverente, enigmática, y vestida con el uniforme masculino como si el mundo no pudiera tocarla. Una tomboy con una sonrisa desafiante y cicatrices que no necesita esconder. Entre miradas tensas, choques de orgullo y silencios que gritan más que mil palabras, ambas se verán forzadas a enfrentarse a lo que más temen: ser vulnerables. Pero cuando el amor comienza a filtrarse entre las grietas, Isabella descubrirá que blindar el corazón… no siempre basta para detener lo que realmente quiere. Una historia de corazas rotas, emociones reales y el amor que se atreve a desafiarlo todo.

Genero:
Drama/Lgbtq
Autor/a:
0Artemis25
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

El castillo estaba a punto de caer. El dragón herido rugía por última vez y sus alas se alzaban con furia sobre el campo de batalla. Isabella apretó el control con fuerza, los ojos fijos en la pantalla gigante que cubría casi toda la pared de su habitación.


—¡Vamos, vamos, que te tengo! —murmuró entre dientes, guiando a su personaje, una hechicera armada con doble hacha de fuego.


La barra de vida del dragón descendía poco a poco. Faltaban cinco segundos. Solo cinco segundos y...


—¡NOOOO!


El grito retumbó por toda la casa.


La pantalla mostraba el temido mensaje: “Derrotada”.


Isabella se incorporó de golpe, frunciendo el ceño, mientras el mayordomo se quedaba inmóvil frente al televisor.


—¡¿Milty, en serio?! ¡Te atravesaste justo cuando iba a matarlo!


Milton, de traje impecable, no se inmutó. Sus ojos grises, pacientes y cálidos, la miraban como si estuviera viendo a la niña de cinco años que le pedía dulces a escondidas.


—Es la tercera vez que te llamo, señorita Isabella. Tu padre está esperando desde hace veinte minutos.


—Estaba en medio de una batalla crucial —gruñó ella, tirando el control sobre la cama con dramatismo.


—Una batalla que puedes reanudar en cualquier momento. —Milton sonrió apenas—. Pero tu padre no suele tolerar retrasos.


Isabella bufó, pero se levantó. Iba descalza, con unos shorts grises y una camiseta negra con el logo de su juego favorito. Su cabello castaño claro estaba recogido en un moño desordenado, dejando ver sus rizos rebeldes.


—Me va a regañar, ¿verdad?


—Eso depende —dijo Milton mientras la acompañaba hacia la puerta—. Si entras con esa actitud... lo más probable es que sí.


Isabella suspiró y bajó las escaleras. Aunque tenía 18 años, seguía sintiéndose como una niña cuando entraba a la oficina de su padre. Aquel lugar siempre olía a cuero nuevo y perfume caro. La decoración era sobria, elegante, como el hombre que estaba sentado tras el enorme escritorio de madera.


—Llegas tarde —dijo él sin levantar la vista.


—Hola, papá. Qué gusto verte también —dijo Isabella con sarcasmo, cruzando los brazos.


El señor Ainsworth levantó finalmente la mirada. Su rostro era severo, su cabello gris perfectamente peinado, y su expresión dejaba claro que no estaba de humor para bromas.


—Te pedí que vinieras porque esto es importante.


Isabella lo miró con suspicacia.


—¿Qué hiciste ahora? ¿Me vas a enviar a otro internado?


—No. Te voy a asignar una guardaespaldas.


Isabella soltó una risa sarcástica.


—¿Otra vez ese tema? Ya te dije que no quiero niñeras.


—No es una opción. Has recibido amenazas.


—Recibes amenazas tú, papá. Yo no he hecho nada.


—Y por eso mismo eres vulnerable. ¡Adelante Knight!


En ese momento, levantó una mano y la bajó con firmeza. la puerta lateral se abrió, y una figura entró en silencio. Isabella, extrañada se giró... y la vio.


Era alta y un poco musculosa. Cabello rubio ceniza cortado al estilo pixie, las capas superiores cayendo sobre su frente de forma descuidada pero intencional, como si cada hebra supiera exactamente dónde estar para verse perfecta sin esfuerzo. Tenía ojos verdes intensos, de esos que atraviesan cualquier máscara. La piel bronceada, el rostro afilado, las cejas delineadas con firmeza. Una mujer imposible de ignorar.


Chaqueta de cuero negra, camiseta blanca entallada, tatuajes que asomaban desde su cuello y brazos como si contaran historias que nadie se atrevía a preguntar. Auriculares grandes colgaban de su cuello como una advertencia silenciosa: No me hables si no eres importante.


Su postura era recta, pero relajada. Como quien ya ha peleado guerras… y ha ganado.


Isabella parpadeó, confundida.


La chica se paró firme, como un soldado entrenado.


—¿Y ella?—preguntó Isabella señaladole con el pulgar.


—Ella es Skyler Knight. Tu nueva sombra.


Isabella abrió la boca, entre atónita e indignada.


—¡¿Me estás poniendo a esta... punk como guardaespaldas?!


—¿Punk?—repitió la jóven arqueando una ceja.


—Es la mejor. Y va a vivir con nosotros a partir de mañana.


—Ni lo sueñes —espetó Isabella, fulminando a Skyler con la mirada—. No quiero a nadie siguiéndome como un perro.


—No es una petición. Es una orden.


—¡Pues no la acepto! —gritó Isabella, dando media vuelta—. ¡Ni loca!—finalizó la chica. Se marchó girando rápidamente sobre sus talones y cerrando la puerta de golpe.


El silencio se hizo pesado tras el portazo. El señor Ainsworth no se inmutó. Permaneció de pie tras su escritorio, observando la puerta cerrada durante unos segundos más, como si pudiera ver a través de ella.


Skyler no se movió. Permanecía erguida, las manos detrás de la espalda, el mentón alto y la mirada fija al frente.


—Te pido paciencia —dijo finalmente el señor Ainsworth con voz baja, pero firme—. Isabella puede parecer impulsiva, pero no es una mala persona. Solo ha crecido... muy sola.


Skyler asintió con respeto.


—Entiendo, señor.


El hombre caminó lentamente hacia la ventana, desde donde se veía una parte del extenso jardín. El sol comenzaba a asomarse entre los árboles altos.


—Ella es lo más importante para mí. Lo único que me queda —continuó, sin volverse aún—. Su madre murió cuando Isa era apenas una niña. Desde entonces he hecho lo posible por mantenerla a salvo. Pero esta vez… esto es diferente.


Skyler bajó la mirada un segundo, antes de hablar con voz clara:


—Haré mi trabajo con excelencia. No fallaré.


Ainsworth se volvió. Su expresión era sobria, pero en sus ojos brillaba una preocupación que pocas veces dejaba ver.


—Quiero más que eso, Skyler.


Ella lo miró con atención.


—Quiero que la protejas con tu vida si es necesario.


Skyler asintió con solemnidad. Dio un paso adelante y colocó una mano sobre el corazón, dónde estaba la insignia de su organización.


—Lo juro, señor Ainsworth. Mientras yo esté cerca, nadie le hará daño. Isabella estará protegida. Siempre.


Por un instante, el hombre asintió con aprobación. Su postura se relajó apenas.


—Bien.


—¿Debo integrarme como estudiante desde mañana?


—Sí. Quiero que estés cerca de ella en todo momento. Dentro y fuera del colegio.


Skyler hizo una leve reverencia.


—Cumpliré con su orden.


—Gracias, Skyler.


Ella giró sobre sus talones y se marchó en silencio, cerrando la puerta con suavidad.


Y por primera vez en semanas, Ainsworth respiró un poco más tranquilo.


....


Isabella Cerró la puerta de su habitación de un portazo y se dejó caer sobre su cama.


Milton entró minutos después sin tocar.


—Deberías aprender a escuchar antes de gritar.


—No quiero hablar, Milty.


—Te dejo sola, entonces. Pero recuerda: a veces, las personas que menos queremos cerca... son las que más necesitamos.


Isabella no respondió.


"Solamente deseo una vida normal.." pensó hundiendo su cara contra la almohada.


--Apartamento de Skyler--


El apartamento era pequeño, funcional. Una sola lámpara iluminaba el espacio con una luz cálida. Las paredes eran grises, sin adornos. No había cuadros, ni fotos familiares. Solo lo esencial: una cama perfectamente tendida, una estantería con manuales tácticos y literatura de espionaje, una bolsa de entrenamiento colgada en una esquina… y silencio.


Skyler estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas frente a una mochila negra abierta. Revisaba con meticulosidad cada objeto antes de guardarlo.


Libreta, bolígrafos, un libro de historia moderna, una tableta con acceso restringido, audífonos, un pequeño botiquín oculto. Todo tenía su lugar. Todo debía estar en orden.


Pausó un segundo al sostener un objeto rectangular: una foto vieja, descolorida. En ella, una niña de cabello rubio sonreía junto a una mujer uniformada. La madre. Skyler la miró apenas unos segundos antes de deslizarla dentro del bolsillo interior de su chaqueta de cuero.


Luego sacó un pequeño estuche de metal de su mesa de noche. Lo abrió con cuidado, revelando un colgante de plata con forma de espada. Cerró los ojos un instante mientras lo sujetaba entre los dedos, como si fuera un ritual silencioso.


—Disciplina. Precisión. Lealtad —susurró para sí misma.


Lo colgó discretamente bajo su camiseta y terminó de cerrar la mochila.


Se puso de pie con fluidez. Frente al espejo del baño, se miró con detenimiento. Cabello corto perfectamente peinado hacia un lado. Chaqueta ajustada. Botas limpias. Nada que delatara emociones.


Apagó la luz y, antes de salir de la habitación, murmuró con voz firme pero suave:


—No falles, Sky. Es solo una chica.


Pero mientras se alejaba del espejo, su reflejo permanecía un segundo más… como si dudara.


.....


Al día siguiente


El sol comenzaba a despuntar sobre los rascacielos, tiñendo el cielo con pinceladas doradas y naranjas. La ciudad aún estaba en su etapa dormida, apenas estirándose entre cafés recién abiertos y ventanas empañadas.


Desde el asiento trasero de un automóvil negro de cristales polarizados, Isabella observaba distraída el paisaje pasar. Apoyó la frente contra el vidrio, mientras el chófer —un hombre serio y puntual llamado Marco— tomaba la ruta habitual hacia el campus.


—¿Desea que la recoja a la misma hora, señorita Ainsworth? —preguntó él sin apartar la vista del camino.


—Sí, gracias, Marco. Como siempre.


Asistía a uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad: Palewood Academy, conocido por su estricta disciplina, su enfoque en liderazgo y por ser el lugar donde los herederos de las grandes empresas pulían su destino. No era una escuela común. Allí, los estudiantes no solo estudiaban: se preparaban para gobernar.


Y ella no era la excepción.


Isabella Ainsworth cursaba el último año de Administración de Empresas, moldeada desde pequeña para algún día dirigir la firma de su padre: THX Industries, una de las principales compañías de desarrollo tecnológico del país. Su vida estaba trazada en líneas claras: eficiencia, excelencia, expectativas. Su padre la adoraba, pero también la había educado con mano firme.


Ella lo aceptaba. A veces incluso lo abrazaba con orgullo. Otras veces… solo fingía que lo hacía.


Al llegar a la entrada del colegio, Isabella bajó del auto con elegancia. Llevaba su uniforme perfectamente planchado, la blusa blanca con el escudo de Halewood brillando en el pecho, y el cabello castaño claro, con ondas rebeldes, cayendo sobre los hombros. Algunos alumnos se giraban a verla. No por simple belleza, sino por lo que representaba.


Entre los estudiantes, Isabella Ainsworth era sinónimo de perfección.


La esperaban sus dos mejores amigas, como cada mañana.


—¡Por fin! —exclamó Jade, alzando una mano con teatralidad—. Pensamos que tu chófer se había perdido en las montañas del Himalaya.


—Más bien que te ibas a quedar dormida sobre otro informe financiero —bromeó Abry, más sobria, pero con una sonrisa.


—Buenos días, a las dos —respondió Isabella, relajando un poco los hombros.


—Hoy se siente raro —dijo Jade mientras caminaban por el edificio—. Como si fuera lunes, pero con más drama.


—Y eso que aún no empieza el día —añadió Abry, ajustándose los lentes—. Aunque… escuché que hoy llega una alumna nueva. ¿Sabían?


Isabella negó con la cabeza. No le interesaban mucho las “novedades”.


Pero entonces, como cada mañana, apareció Max en el pasillo. Alto, seguro, con esa sonrisa de comercial de pasta dental que hacía suspirar a medio colegio. Su uniforme no podía quedarle mejor. Y aunque todos lo veían, él parecía mirar solo a Isabella.


—Te vio —dijo Jade, dándole un codazo sutil.


—No te hagas —añadió Abry—. Te miró… otra vez.


Isabella bajó la mirada, disimulando el rubor en sus mejillas.


Todo parecía normal. Todo parecía una rutina más en el impecable engranaje de su vida.


Hasta la segunda clase.


Isabella se sentó junto a la ventana, como siempre. Sacó su cuaderno y comenzó a garabatear en la última página. Círculos, líneas, formas abstractas. La profesora hablaba, pero su voz era un eco lejano.


Entonces, la puerta se abrió.


El murmullo del aula se extinguió. Todos giraron la cabeza.


—Clase —anunció la profesora—. Les presento a su nueva compañera. Por favor, denle la bienvenida.


Isabella alzó la mirada con desinterés... hasta que la vio.


Una figura delgada, de postura firme, entró en el aula. Llevaba el uniforme masculino: pantalón oscuro, camisa blanca ajustada con las mangas remangadas y corbata floja. Su mochila negra colgaba de un solo hombro. Tenía el cabello rubio rapado a los lados, y mechones perfectamente desordenados que enmarcaban su rostro anguloso. Sus ojos verdes, intensos y alertas, analizaban el aula con precisión.


No caminaba como alguien nuevo. Lo hacía como quien ya sabía exactamente dónde estaba.


—Mi nombre es Skyler Knight —dijo con voz firme y clara.


Algunos susurros comenzaron a correr entre los alumnos. Una chica nueva… ¿usando el uniforme de los chicos? Su sola presencia parecía incomodar a algunos y fascinar a otros. Pero Skyler no pareció notar —o simplemente no le importó—.


Jade se inclinó hacia Isabella. —¿Es... ella? O sea… ¿ella? O.. ¿Es él?


Abry murmuró: —Esa chica… no vino a encajar.


Pero Isabella no escuchó.


Porque en cuanto sus ojos se encontraron con los de Skyler, su mundo se detuvo.


Ya se habían visto antes.


Isabella se irguió en su asiento, con la boca entreabierta. Su corazón dio un vuelco.

No podía ser.


No allí. No ahora.


La chica rubia de la oficina de su padre. La misma que la había retado con la mirada y a quien le había gritado que no necesitaba ni quería protección.


Skyler Knight no era una simple nueva alumna.


Era su nueva guardaespaldas.


Y ahora, estaba sentada a tres filas de distancia.


Isabella no podía apartar la vista de ella.

Su estómago se contrajo sin aviso. No sabía si era rabia, nervios… o algo completamente diferente.


Solo sabía que, a partir de hoy, su vida iba a cambiar.