Prólogo
Flashback.
15 años atrás.
Narrador omnisciente.
—¡Isabella, entra ya! —gritó Angelica, aunque la risa le desmentía la autoridad.
La niña que daba volteretas por el patio tan sólo tenía siete años y corretear se había vuelto su obsesión. Eran las ocho de la noche, Angelica debía darle su cena antes del cansado baño para meterla a dormir.
Del otro lado del jardín, en el segundo piso de la mansión, Martha Campbell, su madre, la observaba con el ceño ligeramente fruncido. Su mano descansaba sobre el cabello dorado de Hope, la única hija por la que Martha se sentía afortunada.
—¿Por qué no puedo jugar con ellas, mami?
Martha no respondió de inmediato. Observó a Isabella y Angelica, manchadas de barro, libres, tan fuera de lugar. Con suavidad, pasó su dedo índice por el puente de la delicada nariz de su hija. Con una sonrisa casi genuina dijo:
—Porque tú si eres una princesa, cariño. Tú tendrás mucho tiempo para divertirte cuando seas mayor.
La sonrisa no alcanzó a sus ojos, pero Hope se rió, alejada de las palabras de su madre, feliz de sentirse especial.
Al otro lado, Angelica tomó la mano de Isabella para convencerla de ir dentro. La niña pequeña no puso resistencia, siguió sus pasos con la felicidad que le caracterizaba. Al entrar a la casa, en la sala común, se sorprendieron al encontrarse un niño que esperaba sentado en una silla. Los ojos negros de ese jovencito cayeron en los celestes brillantes de Isabella.
—¿Quién eres tú?
—Isabella— La regañó Angelica. —Recuerda que debemos ser amables siempre.
—Pero él es un extraño— Replicó la pequeña con las palabras atravesadas.
—Busco a Albert— Interrumpió con timidez aquél niño.
—¡Ah claro, eres el hijo de Albert!— Angelica dio una palma al aire al recordarlo. —Está en el garaje. Sigue por ese pasillo y luego toma la puerta derecha.
Isabella lo miró con enojo. A ella no le gustaban los extraños y ese niño, mayor que ella y más tímido, era un intruso.
—¡Y no vuelvas a aparecer por aquí!
Angelica se arrodilló frente a la pequeña, tomando de sus hombros la obligó a mirarla. Isabella, que parecía entender el motivo del enojo, formó una pequeña sonrisa compradora.
—¿Por qué lo tratas de esa forma,Bella?
—Es un desconocido.
—Sé amable hasta con los desconocidos, ¿si?— La pequeña asintió. —Eres genial, demuéstraselo a todos.
Isabella abrazó a su nana por el cuello, haciendo que el barro se empape en el rostro de Angelica. Ambas rieron divertidas.
—Vamos a bañarnos.
—¡Si!
—Y luego vas a cocinar conmigo la cena, ¿quieres?
Al escuchar la propuesta de su nana, Isabella dio un salto de felicidad.
—¡Si!
Y así pasaron la noche, luego de un largo y relajante baño, ambas se entretuvieron con el fuego y las hornallas. Por desgracia, cuando las luces se apagaron y las niñas se durmieron, Martha fue hacia la habitación de servicio. Angelica estaba suspendida una semana por haber atrasado el estricto horario de dormir que tenía Isabella.
A partir de esa noche, Angelica no volvió a ser igual; ya no habían cuentos de buenas noches, ni recetas a medianoche. Isabella no entendía las razones, pero cada vez que miraba hacia la puerta del cuarto de servicio, sentía que algo se había quedado atrapado allí.