Historia 1
—Eres buena mintiendo.
Vanesa volteó, sorprendida por la afirmación de Raúl.
—¿Disculpa? —preguntó confundida.
—Cuando dijiste que no te gustaba Carlos, casi te creí.
—Ah —musitó ella, apretando los labios—. Bueno, ahora tiene novia, así que no importa.
Raúl bajó la mirada a la bolsa que Vanesa sostenía.
—¿Entonces me la puedo quedar? No quiero ser el único que no reciba nada en Navidad.
Vanesa pareció recordar que la llevaba. Se la entregó casi sin pensarlo, como si no le hubiera costado semanas tejerla.
—Toma, da igual.
Raúl extrajo la bufanda y el gorro a juego, claramente tejidos a mano. Pasó los dedos por la lana.
—Parece que te esforzaste mucho —dijo, casi con admiración.
—A veces el esfuerzo no importa ante una cara bonita —replicó ella en voz baja.
Caminaron en silencio unas calles, con el viento frío de la noche rozándoles la piel. Raúl la observó de reojo.
—Entonces… ¿qué te parece si eres mi novia?
Vanesa lo miró de lado antes de responder:
—¿Por qué no? Es lo mismo de todas formas.
Raúl sonrió, no por amor, sino por la pequeña victoria que acababa de conseguir. Se colocó la bufanda y el gorro, y le tomó la mano.
Así llegaron a la casa de Vanesa. Él la besó en los labios, ella apenas correspondió, pero para Raúl ese beso tuvo un regusto de triunfo.
—¿Me invitas a pasar? —preguntó.
Vanesa asintió. Sus padres estaban de viaje, ella se había quedado para estar con “amigos” en Navidad. Ahora no podía sentirse más sola.
Entraron despacio, casi a rastras del frío. Raúl se instaló en la sala, despatarrado en el sillón.
—¿Gustas algo de beber? —le preguntó ella.
Él negó.
—Preferiría una foto contigo.
Vanesa asintió y rodeó el sillón para colocarse detrás de él. Cuando Raúl alzó el teléfono para la foto, ella mostró la misma sonrisa falsa que todos los días.
—¿Qué harás con ella? —le preguntó al ver cómo bajaba el teléfono.
—Es una sorpresa —dijo Raúl, con esa sonrisa de quien sabe que ganará.
Vanesa suspiró y fue a la cocina para preparar café. Mientras tanto, Raúl le mandó un mensaje a Carlos:
> “Lo siento, no podré regresar a la fiesta, Vanesa me pidió que la acompañara en su casa”.
Y adjuntó la foto.
Carlos respondió casi al instante:
> “¿Qué haces en su casa?”
Raúl sonrió y tecleó:
> “Ya te lo dije, me pidió que la acompañara”.
> “Voy para allá”.
Raúl se levantó del sillón y se dirigió a la cocina, miró a Vanesa desde la puerta.
—¿Te quieres vengar?
—¿Vengar? —repitió ella, sacando el azúcar de la alacena.
Él se acercó y la rodeó por detrás, acercando los labios a su oído.
—De Carlos.
Vanesa frunció el ceño.
—Para vengarme, primero tendría que importarle.
—¿Y si te digo que hay una manera de hacerlo?
Vanesa lo miró, casi con incredulidad.
—¿Qué tengo que hacer?
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Carlos no tardó casi nada en llegar. Le dijo a Esmeralda que era una emergencia y ella no preguntó.
Tocó la puerta con insistencia, pero nadie abrió. Al otro lado alcanzó a escuchar risas apagadas, casi juguetonas. Eso lo alteró. Golpeó más fuerte.
Raúl abrió la puerta, con una sonrisa ladina. Al fondo, Vanesa se arreglaba el cabello despeinado desde atrás del sillón.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Raúl, casi como si estuviera en su propia casa.
—¿Puedo hablar con Vanesa?
La aludida agitó una mano en el aire.
—¡Aquí estoy! —le gritó, con la risa seca de quien parece ebrio.
Carlos apretó la mandíbula.
—A solas.
Pero Raúl bloqueó la puerta con el cuerpo.
—Estamos algo ocupados. Puedes hablar con ella después.
Carlos apretó los puños y buscó los ojos de la chica, esperando encontrar alguna señal, alguna grieta por donde asomar la verdad.
—¿Puedo hablar contigo? —insistió.
Vanesa dudó un segundo, y entonces recordó cómo esa misma noche Carlos había entrado a la fiesta con Esmeralda de la mano, presentándola como su novia. Cerró los ojos un instante antes de responder:
—Lo siento —dijo, casi en un susurro, pero con un leve temblor en la voz—. No creo que sea adecuado hablar con otro hombre a solas… teniendo novio.
La sonrisa de Raúl se hizo más amplia.
—Así es —dijo, esta recargandose en la puerta —. Se lo pedí esta misma noche, ¿no te alegras por nosotros?
Carlos retrocedió un paso, incrédulo, y entonces reparó en la bufanda y el gorro que Raúl llevaba puestos. Esas costuras… eran de Vanesa.
—¿De qué diablos están hablando? —farfulló.
—¿Por qué te sorprende? —replicó Raúl con sorna—. Siempre hemos sido muy unidos.
Carlos buscó los ojos de la chica una última vez, pero ella ya estaba recostada en el sillón, casi desvanecida, jugando con un mechón de su cabello. Parecía tan ausente como viva.
—¡Apúrate! —le gritó Raúl al chico que seguía parado en la puerta—. ¿O te vas a quedar ahí toda la noche?
Carlos soltó un bufido cargado de rabia, Raúl le cerró la puerta en la cara. El chico apretó los puños y desapareció en la calle nevada.
Alcanzaron a escuchar un grito ahogado al final de la calle.
Raúl volteó hacia ella, alzando una ceja divertida.
—¿Qué tal?
Vanesa se llevó una mano a los ojos para cubrírselos, casi para no verse a sí misma.
—Me sentí mal… y viva al mismo tiempo —susurró, con la voz apagada pero cargada de algo que no alcanzaba a nombrar.
Raúl sonrió, casi paternal.
—Pronto te sentirás mejor. Solo es cuestión de acostumbrarse.
Vanesa suspiró y apoyó la cabeza contra el sillón, con los ojos cerrados y una leve sonrisa torcida en los labios. Por un instante, no supo si reír o llorar.
Pero al menos esta vez… no era ella quien esperaba en la puerta.