Día Cero
Transmisión archivada: Canal Federal de Noticias – CFN
📡 [07:12 HORA UTC] “Muy buenos días, ciudadanos de Eridion. Les saluda Lyra Nereid desde la capital intercontinental de Valhess. Estas son las noticias del día 14 del ciclo 2285. Iniciamos con reportes meteorológicos: una extraña tormenta magnética ha sido detectada sobre el hemisferio sur, con epicentro en la cordillera Helion…”
📡 [07:35 HORA UTC] “—Los satélites de órbita baja han registrado anomalías en la ionosfera. Las autoridades descartan riesgos inmediatos. Se pide no difundir rumores en redes sobre… portales o ‘grietas’. Científicos del Instituto Cryon afirman que se trata de fenómenos naturales provocados por inestabilidad geotérmica…”
📡 [07:58 HORA UTC] “Última hora: Se interrumpe la comunicación con los observatorios de Borealis y zona sur de Calneria. Las cámaras de tráfico muestran estructuras brillantes emergiendo en medio de zonas urbanas. El tráfico aéreo ha sido suspendido y se ha emitido alerta preventiva nivel 2. Repetimos: no se trata de un simulacro.”
📡 [08:12 HORA UTC] [Ruido estático. Voz forzada. Transmisión inestable.] “Lo que parecía ser un evento sísmico ha revelado la aparición de una entidad desconocida sobre la ciudad de Pyra. Testigos describen figuras que no caminan, sino que flotan. No hay rasgos faciales. Parecen... cristalinos. Las unidades policiales enviadas no han regresado.”
📡 [08:37 HORA UTC] “—Urgente. Las fuerzas armadas acaban de declarar estado de guerra activa. Todo contacto con las entidades resulta en ataques inmediatos. La cristalización del entorno progresa: avenidas, estructuras y cuerpos han sido absorbidos por una sustancia vítrea energizada. Evacúen en orden. Evacúen ya.”
📡 [09:04 HORA UTC] [Transmisión parcial – audio saturado. Fondo: gritos, alarmas.] “—¡Repito, el perímetro fue superado! ¡No son armas convencionales! La realidad... se curva. ¡El suelo se convierte en cristal! ¡Han caído los escuadrones del este! CFN se traslada a un canal de emergencia…”
📡 [SEÑAL PERDIDA]
Durante años, Damaris fue el corazón industrial del continente oeste, un titán urbano esculpido sobre las ruinas de viejos desastres. Su cielo era denso de humo, sus calles frías pero vivas. Nada la había quebrado: ni las crisis climáticas, ni las revoluciones de las décadas pasadas. Damaris sobrevivía. Hasta que llegó el primer cristal.
No fue una bomba. No hubo explosión. El aire simplemente… cambió.
Lo que parecía una aurora boreal flotando a ras del suelo se materializó al norte de la ciudad. Una esfera de luz translúcida apareció en silencio y con ella, el paisaje se transformó. El suelo comenzó a elevarse en ángulos imposibles. Las construcciones más cercanas se doblaron, como si fuesen de papel. Y el concreto, el acero, el vidrio... se fundieron en un mar de cristal energizado. Cristogénesis. Así lo nombraron días después. Un fenómeno que no podía explicarse, solo temerse.
Los primeros días fueron de confusión. El gobierno local subestimó el evento. Enviaron drones, luego unidades tácticas, luego tanques. Ninguno regresó. Las transmisiones se distorsionaban al entrar en el área transformada. Las cámaras mostraban siluetas humanoides flotando entre los cristales, brillando como espectros, distorsionando la luz a su paso.
Al tercer día, comenzaron los despliegues de contención.
El ejército rodeó el distrito norte, montó barricadas automatizadas, torretas, y colocó generadores de pulsos para interferir con la progresión del fenómeno. No fue suficiente. Los Aegirantes, como luego se les designó, no respondían a protocolos de guerra. No mostraban interés en diálogo, ni en control territorial. Solo avanzaban.
La población fue evacuada al centro y sur. Más de un millón de personas. No todos llegaron. Los cristales consumían lentamente los bordes de la ciudad, como raíces artificiales extendiéndose bajo tierra, rompiendo redes de energía, filtrándose en los acuíferos, alterando los campos magnéticos locales.
Los soldados apodaron a los Aegirantes según sus formas: “Lanzas”, delgadas y veloces; “Torres”, pesadas y de ataque gravitacional; “Cantores”, que emitían un zumbido armónico que licuaba el oído humano antes de que se oyera.
En la segunda semana, el General Rahn autorizó el uso de munición nuclear táctica de superficie. El proyectil fue disparado desde las afueras, impactando justo en el centro del crecimiento cristalino.
No hubo cráter. No hubo explosión. Solo una onda de pulso que detuvo el crecimiento por cinco minutos. Luego, creció el triple de rápido.
Damaris no cayó. Fue devorada. Al cumplirse el primer mes, solo quedaban treinta mil personas aún dentro, atrapadas en zonas sin evacuar. No había forma de entrar ni de extraerlas. Desde el cielo, los satélites mostraban que la ciudad seguía activa, como si algo—o alguien—siguiera respirando bajo la cristalización.
El conflicto dejó claro algo más importante que las bajas humanas: la humanidad no estaba perdiendo una guerra. Ni siquiera estaba peleándola aún.
Mientras Damaris desaparecía bajo el manto cristalino, el resto del mundo intentaba comprender lo imposible. Las transmisiones de la ciudad eran confusas, fragmentadas, y algunas parecían editadas por una inteligencia no humana, como si alguien—o algo—jugara con el contenido.
Pero Damaris no fue la única.
En el hemisferio sur, la ciudad portuaria de Akimora, ubicada en la costa este del continente austral, fue la siguiente en caer. A diferencia de Damaris, allí no hubo aviso ni fenómeno previo. Solo un barco pesquero, de nombre Viento Azul, que atracó sin ser registrado y desde cuyo casco comenzó a brotar un líquido transparente que se solidificó en cristales flotantes al tocar el aire.
La transformación se dio en cuestión de horas. Para cuando las autoridades locales lograron reaccionar, tres kilómetros del litoral ya estaban cristalizados. No hubo contacto con los tripulantes. Solo una señal, repetida en todos los canales: “Este puerto ya no pertenece al tiempo.”
Las autoridades científicas sugirieron una hipótesis: el fenómeno no viajaba por el espacio, sino que se activaba por anclas de contacto físico, como si cada manifestación tuviera origen en una estructura de origen externo que distorsionaba su entorno al manifestarse.
En la tundra norte del continente ártico, un equipo de excavación desapareció por completo tras hallar una cavidad hexagonal de metal fundido en el hielo. La base de investigación internacional que los apoyaba perdió comunicación minutos después y al día siguiente, un satélite mostró un domo de cristal negro ocupando toda la meseta. Nadie había sobrevivido. Nadie recordaba su nombre.
Los medios hablaban de “colapsos locales”, “alteraciones dimensionales”, “fenómenos no-naturales”. Pero en las trincheras, los soldados simplemente los llamaban por su designación internacional: Objetivos Sigma-Cero.
En menos de un mes, se habían documentado 21 zonas afectadas en todo el planeta. Cada una con condiciones únicas, crecimiento irregular, y consecuencias impredecibles. Algunas convertían la materia en formas geométricas suspendidas. Otras alteraban el flujo del tiempo. En una ciudad minera, las personas comenzaron a escuchar sus pensamientos repetidos en voces ajenas antes de ser absorbidas por las paredes.
Los gobiernos activaron protocolos de defensa global, pero era inútil. No había enemigo que respondería al fuego. No había líneas de frente. Solo manchas que devoraban la realidad misma.
Sin embargo, algo quedó claro tras los primeros 30 días:
El enemigo no buscaba conquista. No buscaba negociación. Ni destrucción. El enemigo estaba sembrando algo.
Algo más profundo. Algo más grande.
El planeta entero se convirtió en un tablero de espera. Y el tiempo, desde entonces, se mide en dos eras: Antes de Día Cero… Y lo que quedó después.