Prólogo
— Tokio, año 2016 —
Las calles de la capital japonesa seguían su curso con la indiferencia de siempre. Autos que pasaban sin detenerse, teléfonos pegados a rostros apurados, pasos marcando un ritmo que no perdona. La rutina se deslizaba como niebla entre los cuerpos, anestesiando pensamientos, robando tiempo.
En un pequeño café de esquina, una mujer de piel blanquecina, blusa blanca y bufanda roja permanecía sentada junto a la ventana. Afuera, el vapor de los respiraderos se mezclaba con la brisa helada del invierno. Adentro, el aroma a café recién molido apenas alcanzaba a despertarla del peso de su mente. Su mirada, fija en el vidrio, parecía más dirigida al reflejo de sus pensamientos que a lo que ocurría en la calle.
Tessa no pensaba en el menú. Ni en el camarero que había ignorado su gesto hace minutos. Pensaba en otra cosa. En algo más denso.
Tessa: (Esto de ser sicaria se está complicando más y más. Antes era simple: apuntar, disparar, cobrar. Una rutina más. Pero ahora… ahora siento que esto me está comiendo desde adentro. Parte por parte.)
Sus dedos tamborileaban con leve ansiedad sobre la taza vacía.
Su vida nunca fue fácil. Las preocupaciones no descansaban, el hambre golpeaba con la regularidad de un reloj maldito, y el cansancio mental era una sombra constante sobre sus hombros. Respirar ya se sentía como un lujo.
Últimamente, el dinero se había vuelto escaso. Y con él, también su capacidad de decir "no". Había empezado a aceptar encargos que rozaban territorios de su moral que juró no pisar. Cada uno más sucio, más frío. Más lejos de quien solía ser.
El día no prometía redención. Ni esperanza. Solo otro trago amargo para una garganta que ya no distinguía entre hambre y culpa.
Tessa: (Tal vez podría dejar de comer unos días… otra vez. La semana pasada funcionó.)
Entonces, la puerta se abrió con un leve chirrido.
Una figura femenina cruzó el umbral, envuelta en sombras suaves. Su abrigo largo, de tela pesada y oscura, ondeaba con un movimiento apenas perceptible al ritmo de sus pasos. El cabello —largo, liso, negro como tinta— caía con exactitud matemática sobre su rostro, ocultando sus ojos como si el mundo no tuviera derecho a verlos.
Piel blanca, casi traslúcida bajo la luz cálida del café. Labios sutiles curvados en una expresión que no era del todo una sonrisa, ni del todo un gesto vacío. Apenas un trazo que sugería pensamientos demasiado complejos para ser dichos.
Su andar era calmo, como si no pisara suelo, sino un recuerdo. Y aún sin mirar a nadie, robó miradas.
¿Era por su hermosura inusual, hecha de simetría y silencio?
¿Por ese aire indefinido que desafiaba nombres y categorías?
¿O por esa leve inclinación de la cabeza, como si escuchara una melodía secreta en el fondo del bullicio?
Fuese lo que fuese, su llegada transformó el aire. El café ya no era el mismo.
Sin embargo, nada de eso fue notado por la mujer de ojos rojos.
Tessa seguía atrapada en el laberinto de sus pensamientos, donde el ruido del mundo se volvía un rumor lejano. La angustia era tan densa que ni el sonido de la puerta, ni el murmullo de las miradas, lograron atravesarla.
Seguía mirando por la ventana cuando una voz suave, melódica y absurdamente delicada rompió la quietud.
—Disculpe… ¿está ocupada esta mesa?
No fue la pregunta. Fue el tono.
Una entonación tibia, educada, casi dulce… pero con un filo invisible que helaba suavemente el aire entre las palabras. Una voz que obligaba a escuchar. A detenerse. A callar.
Tessa giró el rostro, apenas un poco. Y ahí estaba.
La mujer del abrigo oscuro.
Tessa parpadeó un par de veces, como si sus ojos hubieran estado cerrados más tiempo del que recordaba.
Tessa: Ah, eh… n-no, está libre. Por favor… siéntese.
Las palabras salieron entrecortadas, no por temor ni incomodidad, sino por la brutal claridad con la que aquella voz había disipado su niebla mental. Como si un rayo de luz blanca hubiera cruzado la oscuridad densa de su cabeza.
La mujer del abrigo oscuro respondió con una breve risa. Suave, apenas audible, pero lo bastante afilada como para provocarle un rubor leve a Tessa, que bajó la mirada por un instante.
Un silencio corto se extendió sobre la mesa.
Y luego, casi sin pensarlo —o quizá pensándolo demasiado—, Tessa intentó hablar. Tal vez por despejarse un poco, tal vez porque había algo en esa mujer que no sabía ignorar.
Tessa: ¿Es su primera vez en este café? Preparan un buen capuchino.
No era la mejor frase del mundo. De hecho, sonaba torpe incluso para sus propios oídos.
Pero no tenía muchas herramientas sociales, y eso… eso era lo mejor que tenía.
La mujer del abrigo oscuro desvió la mirada hacia el menú.
Sus dedos largos y pálidos pasaron suavemente por el papel plastificado, deteniéndose justo donde figuraba la bebida.
—Me gustaría probar uno —dijo, con una pequeña sonrisa apenas esbozada.
Llamó con discreción a la mesera.
Pidió el capuchino sin mirar demasiado.
Tessa, sintiéndose menos fuera de lugar, también pidió uno.
La mesera asintió y se alejó, dejando a ambas en el leve zumbido del silencio compartido.
No incómodo.
Solo… expectante.
Como una cuerda tensa a punto de vibrar.
Ninguna hablaba aún.
Pero algo —como una corriente sutil en el aire— parecía empujar suavemente a que alguna lo hiciera primero.
Tessa: Disculpe… ¿cuál es su nombre? Es que… me pareces alguien… interesante.
Palabras lanzadas como balas mal calibradas.
Habla torpe, ritmo atropellado, y un atrevimiento que quizás no tocaba.
Una combinación peligrosa… pero no en el peor momento.
La mujer de largo cabello ladeó apenas la cabeza, con un destello sutil en los labios.
—Qué curiosa —respondió, con esa voz que parecía flotar más que sonar—. Me llamo Kitte. Y no eres la única que piensa que alguien aquí parece… interesante. También me gustaría saber tu nombre.
Tessa tragó saliva, ligeramente descolocada. A pesar de sus tropiezos, había logrado abrir un pequeño puente hacia aquella figura enigmática.
Y entonces hablaron.
Palabras suaves, pausadas.
Tessa tejía su mentira con el hilo de siempre: decía ser oficinista. Nada extraordinario.
Aunque esta vez, su relato iba acompañado por una verdad: las deudas que la asfixiaban como sogas lentas al cuello. Eso no lo tenía que inventar.
Kitte, en cambio, describió su día con calma. Casi bucólico. Todo en ella —el tono, los gestos, incluso la postura— parecía decir la verdad.
¿O tal vez solo lo parecía…?
¿Demasiado honesta?
¿O una actriz tan buena como la mujer de la bufanda roja?
La conversación fluyó con más soltura cuando los pedidos aterrizaron sobre la mesa, humeantes, como pequeños fuegos de tregua en medio del frío.
El calor del café no solo templaba las manos; parecía deslizarse por dentro, aflojando nudos invisibles.
Y entonces, con cada sorbo, con cada elogio casual —sutil, casi tímido—, ambas mujeres se abrieron un poco más.
Como si el tiempo no les debiera explicaciones. Como si ya se conocieran desde antes.
El bullicio del café, el rumor de la ciudad, el golpeteo de tazas y charlas ajenas… todo eso se volvió decorado difuso.
Un telón de fondo que no importaba.
El mundo allá afuera podía esperar.
Ellas estaban demasiado ocupadas con algo más urgente: La extraña sensación de estar siendo vistas por alguien… de verdad.
El momento era casi perfecto.
Pero la perfección, como siempre, no dura mucho.
El zumbido agudo de un teléfono rompió el encanto como una piedra lanzada al cristal.
Tessa, la mujer de la bufanda roja, bajó la mirada hacia la pantalla.
Su expresión se endureció de inmediato: una mezcla de hastío, fastidio… y algo más profundo, casi resignación.
Kitte: ¿Pasa algo, Tessa? Te noto... disgustada.
La pregunta fue directa, pero el tono suave, como una mano que se posa sin aplastar.
Tessa parpadeó, recobrando su máscara. Mentir ya era parte de ella, como respirar.
Tessa: Mi estúpido jefe quiere que trabaje horas extras. Y justo hoy que era mi día libre, qué fastidio.
Kitte no dijo nada por unos segundos, solo la observó.
Tessa no supo si esa mirada la había calado hasta los huesos… o si solo era curiosidad disfrazada.
Hablaron un poco más, como si estiraran un hilo invisible que ambas sabían que no duraría mucho.
Se despidieron sin dramatismos, pero había algo distinto en el rostro casi inmóvil de Kitte: una leve tonalidad en sus mejillas, apenas visible, pero presente.
¿Era timidez? ¿Vergüenza? ¿O la reacción involuntaria a un momento que el cuerpo sintió como demasiado real para ser fugaz?
La bufanda roja desapareció tras la puerta.
Tessa ya no era la mujer que compartía café, era la sicaria otra vez. Una criatura en tránsito entre afecto y sangre.
Mientras caminaba rumbo a su encargo, su mente murmuraba lo mismo de siempre: Por favor… que sea alguien malo. No quiero matar a otro inocente.
El día pasó con una rapidez insultante.
Por una vez, la suerte le sonrió a la sicaria: el blanco era un monstruo con rostro humano. No hubo dilema moral. Solo un disparo bien dirigido… y una recompensa que le supo a gloria. Respiró. Por fin.
Como una bocanada de aire fresco después de una vida entera entre el humo, la paga le prometía una tregua. Sus deudas ya no serían una sombra tan densa.
Tal vez se permitiera un chocolate con leche. O quizás ese bolso que tanto miraba cada vez que pasaba por la vitrina sin atreverse a entrar.
Se movía como una felina: silenciosa, letal, casi etérea. Nadie notó su presencia, y eso la hacía sentirse segura. Tranquila. Hoy no fue un día de mierda.
Hoy conoció a alguien interesante. Hoy no mató a un inocente. Hoy el mundo no la aplastó.
Caminaba despacio, con una mueca de paz en el rostro. Su departamento —ese refugio conseguido por medios cuestionables— la esperaba.
Solo quería llegar. Regar sus flores amarillas. Comer algo caliente y caer rendida, atrapada por fin en los brazos de Morfeo.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Tessa no se sintió arrastrada por la oscuridad.
El trabajo estaba hecho. La sangre ya no pesaba tanto. Y el recuerdo de una sonrisa ajena —extrañamente cálida— seguía flotando en su mente.
Cerró la puerta de su hogar, regó sus flores amarillas, se quitó los zapatos… y, sin más, se dejó caer en la cama.
Durmió. y esta vez, lo hizo en paz.