La corona rota

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Sinopsis

En un mundo dividido por una guerra ancestral entre dos continentes, el Rey Alaric de Thareth, un hombre justo con afinidad por el Fuego, sueña con una paz duradera. Pero la traición anida en su propio consejo. Asesinado por su general de confianza, el ambicioso Lord Varr, el rey y la reina caen, y el reino de Thareth se sume en la oscuridad de una nueva tiranía. Sus únicos herederos, el príncipe Edric y la princesa Eira, escapan por poco de la masacre, llevándose solo el peso de su linaje roto y la protección de su anciano mentor, Lysander. Exiliados en Caelmoor, la tierra de sus enemigos, caen bajo la protección de la astuta Warden Anya, una líder regional que los ve no como niños a los que salvar, sino como armas que forjar en su propio y complejo juego de poder . Enviados bajo falsas identidades a El Bastión Gris, una brutal academia militar de Caelmoor, los príncipes deben ocultar su inmenso poder y su pasado. Allí, navegan un nido de rivales, como el fanático Darian que desarrolla un odio personal hacia Eira , y forjan alianzas inesperadas con jóvenes que fueron criados para odiarlos: la leal Brenna , el atormentado Joric, cuya familia fue destruida por Thareth, y la brillante y peligrosa Seraphina, quien, consumida por la curiosidad, se acerca cada vez más a su secreto. Pero el juego de Anya los lleva de vuelta a Thareth en una misión suicida, donde una confrontación con el cazador más temido de Varr, el Inquisidor, termina en tragedia. Con Eira gravemente herida, Edric desata un poder oscuro y aterrador que nunca supo que poseía. En medio del caos, su secreto mejor guardado es revelado a sus compañeros en el peor momento posible.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
ksbeat
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El sol de la mañana ascendía sobre Corin, bañando con una luz dorada y limpia las orgullosas almenas del Castillo Real y las calles empedradas que serpenteaban colina abajo, aún húmedas por el rocío. La ciudad, corazón de un reino que había conocido tanto la guerra como largos periodos de una paz vigilante, bullía con la actividad matutina: el traqueteo de los carros de los mercaderes, el griterío de los vendedores en la plaza del mercado y el olor a pan recién horneado flotando desde las panaderías.

Desde las altas ventanas de sus aposentos, el Rey Alaric observaba el despertar de su ciudad. Su afinidad con el Fuego no se reflejaba en un temperamento explosivo, sino en una pasión cálida y constante por su pueblo, una llama de esperanza que ahora ardía con más fuerza que nunca ante la idea de una paz duradera con Caelmoor. Su cabello castaño, ya veteado de plata en las sienes, enmarcaba un rostro de facciones nobles. Sus ojos, del color del ámbar encendido, contenían la determinación de un rey y la fatiga de un hombre que anhelaba, por encima de todo, el fin del conflicto.

La Reina Lyra se acercó por detrás, su presencia tan serena y adaptable como el Agua que era su elemento. Deslizó sus brazos alrededor de su cintura, apoyando la barbilla en su hombro. Su cabello, de un castaño claro que recogía la luz del sol, olía a lavanda y a hogar.

—¿Otra vez preocupado, mi amor? —preguntó en voz baja, su mano encontrando la de él.

Alaric suspiró, el aire cálido escapando de sus labios mientras cubría la mano de ella con la suya.

—El Consejo de hoy, Lyra. Es el momento. Thareth no puede seguir desangrándose en esta guerra sin fin. Caelmoor tampoco. La paz es el único camino sensato.

—Y el más difícil de transitar —replicó ella con una sonrisa suave que él sintió más que vio—. Los caminos llenos de baches suelen llevar a los mejores destinos. Tu convicción es fuerte. Lo verán.

—Eso espero —murmuró Alaric, apretando su mano—. Por los dioses, Lyra, eso espero.

Mientras tanto, la vida de los herederos seguía su curso, ajena a los juegos de poder que se gestaban en las salas del consejo.

Edric, a sus veinte años, ya sentía el peso de su linaje como si fuera una capa de malla invisible. Se encontraba en el patio de armas principal, no participando directamente, sino observando con su característica intensidad analítica el entrenamiento de una nueva leva de la guardia real. Su cabello castaño oscuro se pegaba a su frente, húmedo no por el sudor del esfuerzo físico, sino por el mental. Sus ojos avellana, que podían arder con un brillo cobrizo cuando su Fuego interno se agitaba, recorrían las filas, evaluando, calculando.

No veía hombres con espadas; veía vectores de ataque, puntos de pivote, debilidades en la formación. Pensaba en las implicaciones de la paz que su padre anhelaba, en cómo desmovilizar a un ejército sin crear una generación de hombres descontentos y sin oficio. La seguridad de Thareth era su principal preocupación, una responsabilidad que ya sentía como propia.

Un capitán canoso se acercó, secándose el sudor del cuello.

—¿Alguna observación, mi príncipe?

—La línea del flanco izquierdo se abre demasiado en la retirada fingida, Capitán —respondió Edric, su voz tranquila pero firme, sin apartar la vista de los soldados—. Un enemigo disciplinado la rompería en dos tiempos. Deberían practicar la maniobra de pinza en retirada. Es más segura.

El capitán asintió, impresionado. El príncipe tenía la mente de un general veterano.

En otra parte del castillo, en los jardines privados donde el sol matutino tejía patrones de luz y sombra a través de las hojas de los rosales, Eira se movía con una energía contenida. A sus diecisiete años, su cabello largo y blanco platino, la marca inconfundible de su afinidad con el Hielo, ondeaba con cada movimiento ágil. Practicaba con su hoja ligera, una hoja más corta y rápida, bajo la atenta mirada de Lysander. El velo que a menudo usaba para cubrir su cabello en público yacía olvidado sobre un banco de piedra cercano, una señal de la confianza y la seguridad que sentía junto a su mentor.

Sus ojos azules, como el hielo más puro, brillaban de vez en cuando con chispas doradas, un indicio del Rayo que también comandaba.

—¡Más rápido, Lysander! ¡Apenas te esfuerzas! —exclamó con una risa desafiante, lanzando una finta que terminó con una pequeña descarga eléctrica. El relámpago crepitó inofensivamente contra el escudo de práctica que sostenía el anciano.

Lysander, cuyo cabello y barba blancos enmarcaban un rostro surcado por la sabiduría de muchos años, sonrió con indulgencia. A pesar de su edad, sus ojos aún contenían el brillo latente del Fuego y el Rayo que dominaba.

—La velocidad sin control es un vendaval que se agota, princesa —replicó con calma, su voz serena pero firme—. El Hielo y el Rayo son opuestos que deben danzar en armonía dentro de ti, no luchar por la supremacía.

Detuvo un rápido golpe de Eira con una facilidad que desmentía su edad, usando una sutil ráfaga de aire caliente para desviar la trayectoria de la hoja. Eira hizo un mohín, pero la admiración por su mentor brilló en sus ojos. Sabía que tenía razón.

Más tarde esa mañana, Lord Hadrian Varr fue convocado a la biblioteca privada del Rey. El corpulento maestro de la Tierra, con su porte militar y sus ojos oscuros e insondables, entró con la familiaridad de un miembro de la familia, el “tío Hadrian” que había visto crecer a los príncipes. Su cabello oscuro, ya con notables canas en las sienes, estaba cortado con una severidad marcial que contrastaba con la supuesta calidez de su saludo.

—Alaric —dijo, su voz grave como el retumbar de la tierra—. ¿Deseabas verme antes del Consejo?

—Sí, Hadrian. —El Rey le señaló una silla frente a la chimenea—. Quería hablar contigo. Lejos de los oídos de los demás. Sabes lo que voy a proponer. Tu apoyo, como mi hermano de armas, es crucial.

Varr asintió lentamente, su rostro una máscara de preocupación calculada.

—Mi Rey, sabes que mi lealtad es inquebrantable. Y precisamente por ello, mi preocupación es grande. Caelmoor… son como lobos. Extender la mano en son de paz podría ser interpretado como una invitación a que nos devoren. Mi propio hermano, tu amigo, cayó ante sus espadas. ¿Podemos realmente confiar en ellos?

Su tono era de una falsa pesadumbre, una manipulación experta que jugaba con el dolor compartido. Alaric suspiró, el recuerdo de su amigo caído ensombreciendo sus facciones. Reconocía el dolor en las palabras de Hadrian, sin ver la fría y ambiciosa oscuridad que realmente anidaba en su corazón.

El sol del mediodía entraba a raudales por los altos ventanales del estudio privado del Rey Alaric, iluminando con una claridad implacable las motas de polvo que danzaban en el aire quieto. Sobre una robusta mesa de roble pulido, un mapa detallado de Thareth y las intrincadas fronteras con Caelmoor yacía extendido como un campo de batalla en miniatura.

El Rey, con un Edric silencioso y observador a su lado, escuchaba atentamente. Junto a ellos se encontraban Lysander y dos de sus más fieles consejeros: Lord Elmsworth, un anciano diplomático de mirada astuta y barba plateada, y la General Cassia, una estratega de cabello oscuro y ojos acerados. A pesar de su talante marcial, Cassia compartía el anhelo del Rey por una paz duradera, aunque su versión de la paz siempre incluía tener la espada más grande.

—Enviar un emisario directamente a Vor Keep, la fortaleza del Archon Vorl, es un riesgo inmenso —decía Lord Elmsworth, sus dedos huesudos trazando una posible ruta a través de las tierras fronterizas de Caelmoor, un territorio marcado en el mapa con ominosas sombras rojas—. El Archon es un hombre impredecible, y su odio hacia Thareth es legendario. No podemos darle una excusa para que lo tome como una provocación.

—Pero un mensaje escrito puede ser ignorado o, peor aún, malinterpretado deliberadamente —intervino la General Cassia, su voz firme como el acero de su espada—. Necesitamos un rostro, una voz que transmita la sinceridad de Su Majestad. Alguien que no sea percibido inmediatamente como una amenaza.

Edric, que había permanecido en silencio, asintió, su expresión seria. Su mirada analítica recorrió el mapa, no como un príncipe, sino como un general.

—Quizás un primer contacto a través de una tercera parte neutral, si es que tal cosa existe en estos tiempos —sugirió, su voz tranquila—. O un mensaje que proponga un encuentro en territorio neutral, bajo garantías sagradas. Algo difícil de rechazar sin quedar como el agresor ante el mundo.

El Rey Alaric suspiró, el peso invisible de la corona pareciendo hundir ligeramente sus hombros.

—Mi mayor preocupación —confesó, su voz teñida de una fatiga que iba más allá de lo físico

—, no es solo la recepción que tengamos en Caelmoor, sino los obstáculos aquí, en nuestro propio hogar. Lord Bram de Rook y Lady Elara seguirán la línea de Hadrian —dijo Alaric, la mención del nombre de su amigo trayendo una sombra a sus ojos de fuego.

Se detuvo, mirando a Lysander.

—Y Hadrian… su dolor por la pérdida de su hermano lo ciega. Temo que su oposición no se limite a palabras en el Consejo. Su influencia en ciertos sectores del ejército es grande. No dudo que intentaría por todos los medios, políticos o… de otra índole, sabotear cualquier avance hacia la paz antes de que siquiera comience.

Lysander, que había permanecido en silencio con la serenidad de un lago profundo, finalmente habló, su voz tranquila pero llena de peso.

—La confianza, Majestad, es el primer puente a construir, y el más frágil. Si Lord Varr siente que sus temores son ignorados, su resistencia será mayor. Quizás deba hablar con él de nuevo, en privado. Apelar no solo a su lealtad, sino a su recuerdo de lo que Thareth ya ha perdido en estas guerras.

Alaric asintió lentamente, una chispa de determinación reavivándose en su mirada.

—Lo intentaré, Lysander. Por Thareth, y por la memoria de todos los caídos, debo intentarlo todo.

Mientras los hombres y mujeres de estado debatían el futuro del reino, Eira se encontraba en el patio de armas del ala oeste, un espacio más recogido donde Lysander solía instruirla. El aire vibraba con una energía casi palpable a su alrededor. Su cabello blanco platino, escapando de una trenza floja, parecía chispear con luz propia mientras su Hoja Ligera de Metal Aurora trazaba arcos veloces.

El Hielo y el Rayo luchaban dentro de ella. Sentía el frío cortante de su Hielo, un poder que buscaba la forma, la estructura, la quietud. Pero bajo él, el Rayo era un zumbido constante, una energía salvaje que ansiaba liberarse. Era como intentar sujetar dos serpientes enfrentadas con las mismas manos.

—¡Otra vez! —jadeó, frustrada, cuando un escudo de hielo que intentaba formar se resquebrajó prematuramente. Un relámpago que ella misma había convocado con demasiada fuerza impactó contra su propia guardia, haciendo que el metal humeara ligeramente.

Lysander observaba con su calma habitual, sus manos ancianas cruzadas dentro de sus amplias mangas.

—El Hielo es quietud, Eira. El Rayo es arrebato —dijo, acercándose—. Uno busca la forma; el otro, la liberación. No luches contra ellos. Escúchalos. Busca el punto donde sus naturalezas se encuentran, donde la tormenta y la calma pueden danzar juntas.

Con un simple gesto, una pequeña llama danzó en su palma, seguida por una chispa de electricidad que la rodeó sin consumirla, una demostración de la armonía que él mismo había alcanzado.

—Debes ser la directora de la orquesta, no solo un instrumento discordante.

Eira respiró hondo, sus ojos azules fijos en la magia controlada de su mentor. Cerró los suyos un instante y volvió a intentarlo. Esta vez, el movimiento fue más fluido, menos forzado. La Hoja Ligera se cubrió de una fina capa de escarcha, y sutiles chispas azuladas comenzaron a recorrer el metal sin extinguirla. Por un instante efímero y hermoso, Hielo y Rayo coexistieron en la hoja, un equilibrio precario pero palpable.

Una sonrisa de triunfo iluminó su rostro antes de que la concentración se rompiera y la magia se disipara.

—¡Casi! —exclamó, sus ojos brillando con una mezcla de alegría y agotamiento.

—Casi —asintió Lysander, una rara sonrisa genuina suavizando sus facciones—. El camino es largo, princesa, pero tienes el corazón y el poder para recorrerlo.

En los corredores del castillo, bajo la superficie de la rutina cortesana, las corrientes de la intriga comenzaban a agitarse. Lord Hadrian Varr era visto con frecuencia en compañía de Lord Bram de Rook, sus cabezas juntas en conversaciones que se interrumpían bruscamente si alguien ajeno a su círculo se acercaba. Lady Elara, con su encanto seductor, pasaba más tiempo en los salones donde se reunían los nobles menores, tejiendo redes de influencia con promesas veladas sobre la “debilidad” del rey y la necesidad de una “mano firme”.

Lysander, observador silencioso y perspicaz, notó que Varr visitaba las armerías reales con una frecuencia inusual. Vio que ciertos capitanes de la guardia, conocidos por su lealtad personal a Varr más que a la corona, parecían estar en un estado de alerta contenida, sus miradas más duras, sus manos nunca lejos del pomo de sus espadas.

Aquella noche, la familia real se reunió para la cena en sus comedores privados. Fue un intento deliberado por parte de Alaric y Lyra de crear un espacio de normalidad y afecto. Lysander, como era costumbre, compartía la mesa con ellos.

La Reina Lyra habló de los preparativos para el Festival de la Cosecha, intentando infundir ligereza en el ambiente. Eira, animada por su pequeño avance, relató con humor cómo casi había congelado una de las botas de Lysander, provocando una risa genuina en su madre y una sonrisa divertida en su padre. Edric, aunque más callado de lo habitual, participaba con comentarios medidos, sus ojos a menudo buscando los de su padre, como tratando de descifrar sus pensamientos más profundos.

El Rey Alaric, por un momento, pareció despojarse del peso de su corona. Miró a sus hijos, el Fuego en sus ojos suavizado hasta convertirse en un cálido resplandor de amor paternal.

—Un día —dijo, su voz teñida de emoción—, espero que lideren un Thareth donde la única lucha sea por el conocimiento, y la única conquista, la de un futuro próspero para todos. Un Thareth en paz.

Hubo un instante de silencio conmovido. La Reina Lyra tomó la mano de su esposo, sus ojos reflejando el mismo anhelo.

Cuando la cena concluyó, Edric se demoró, esperando a su padre.

—Padre —comenzó, su tono bajo y serio, una vez que estuvieron a solas—. Es sobre Lord Varr. Con el debido respeto, ¿no os inquieta su actitud? Desde el Consejo, su trato ha sido… distinto. Hay algo en su mirada que me perturba. Lysander también ha notado su inusual interés por las armerías.

El Rey Alaric escuchó, su expresión volviéndose sombría. Colocó una mano en el hombro de Edric, un gesto que pretendía ser tranquilizador.

—Entiendo tu preocupación, Edric. Y la de Lysander. Hadrian está… afectado por la memoria de su hermano. Es un hombre de convicciones fuertes. Su lealtad a Thareth es profunda. —Hizo una pausa, y por un momento Edric creyó ver una sombra de duda en los ojos de su padre, pero desapareció tan rápido como llegó —. No te angusties. Conozco a Hadrian desde que éramos niños. Tengo la situación bajo control. Ahora ve a descansar.

Edric asintió, aunque las palabras no lograron calmar del todo la inquietud que se había instalado en su pecho. Se retiró, dejando a su padre solo con sus pensamientos.

Al llegar a su habitación, en lugar de prepararse para dormir, Edric se acercó a la amplia ventana. La luna se filtraba entre jirones de nubes, arrojando una luz pálida e incierta sobre los jardines. Aguzó la vista. Al principio, todo parecía normal. Pero entonces, un movimiento. Cerca de la poterna de servicio, usualmente sin vigilancia a estas horas, vio dos, quizás tres, figuras sombrías moverse con un sigilo que no era el de los guardias habituales. Desaparecieron entre los setos que llevaban a las caballerizas.

No era mucho, pero era anómalo. Su corazón comenzó a latir con más fuerza.

Descartó la idea de dormir. Se aseguró de que su katana personal, la hoja de Piroacero con su Rubí de Pira engastado, estuviera al alcance de su mano. Decidió permanecer vestido, sentado en una silla en la penumbra, desde donde podía vigilar la puerta y escuchar cualquier ruido inusual.

Afuera, una ráfaga de viento helado hizo gemir los postigos del castillo. La luna se ocultó definitivamente tras un manto de nubes opacas y pesadas. La calma en Corin era ahora un recuerdo fugaz, un susurro ahogado al borde mismo de una tormenta violenta y traicionera.

Edric esperó, sus sentidos aguzados, su mano cerca de la empuñadura de su espada.