Vinculada a cuatro

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Tras escapar de las garras de una manada corrupta, una omega destrozada termina bajo el cuidado de cuatro poderosos alfas: Damion, Kale, Riven y Luca. Cada uno de ellos carga con sus propias cicatrices, pero ninguna tan profunda como las que ella oculta tras su silencio y su miedo. Destinados a ella por la mismísima luna, los alfas están decididos a proteger y sanar lo que le fue arrebatado. Pero amar a alguien tan frágil no es tarea fácil, especialmente cuando el mundo se vuelve más peligroso cada día. Las omegas están desapareciendo de manadas en todo el mundo, y la verdad detrás de esto es mucho más oscura de lo que cualquiera de ellos imaginó. Para salvar a otros, primero deben ganarse su confianza. Para luchar contra el enemigo, primero deben convertirse en una manada. Y para encontrar la paz, deben enfrentar el dolor que los une a todos.

Estado:
Completado
Capítulos:
90
Rating
4.8 24 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

POV de Lira

No recuerdo la primera vez que me drogaron.

Solo recuerdo despertar muerta de frío. Sobre la piedra. Me ardía la piel, tenía la garganta seca y la cabeza me estallaba como si hubiera estado gritando. Tal vez lo hice. Recuerdo el olor: colonia barata de alfa y algo agrio por debajo. Como a miedo, meada y sangre. Como a mentiras.

Me llamaban «recurso». Como si fuera mercancía. Una cosa.

La Trinity Pack le sonreía al mundo exterior y fingía que respetaba las leyes antiguas. Pero tras puertas cerradas, a las omegas como yo nos vendían. En silencio. Sin dejar rastro. Amordazadas.

Algunas ni siquiera teníamos nombre. Solo números grabados en los collares.

El mío era el Tres-Siete.

No Lira.

Lira ya no existía. Era demasiado blanda, tenía demasiado miedo. Tuve que matarla para sobrevivir. Me quedé callada e hice lo que me ordenaban. Dejé que pensaran que estaba rota.

Hasta que dejé de estarlo.

El mes pasado, uno de los cuidadores olvidó ponerme la inyección de supresores. Seguramente estaba borracho. Mi celo me golpeó como un tren de carga; fue algo real, sucio y escandaloso. Todos los alfas de allá abajo lo olieron.

Todos querían un pedazo de mí.

Ese fue el momento. El cambio. Supe que si no me iba, no saldría viva de allí. Al menos no entera.

Así que empecé a observar. A escuchar. A esperar.

Me fijé en qué guardias eran flojos. Cuáles preferían escaparse a beber. Conté los pasos, las puertas y las cerraduras. Esperé el momento justo.

Y esta noche, llegó.

Se armó una tormenta. La luz parpadeó. Y me moví.

Pies descalzos. Suelo frío. Llevaba una daga bajo la capa, que era robada como todo lo demás.

Le corté la garganta a mi cuidador antes de que pudiera transformarse.

No dudé. No lo pensé.

No es que fuera valiente. Es que estaba harta.

Harta de ser un objeto. Harta de callar. Harta de desaparecer poco a poco.

Eché a correr.

Salí por el hueco del muro este, ese que nunca se molestaron en arreglar. «Ninguna omega se atrevería jamás», solían decir.

Yo lo hice.

Con las manos manchadas de sangre. Con fuego a mis espaldas y el bosque frente a mí. No había nada más que oscuridad, frío y el sonido de mi propia respiración.

No me detuve.

Porque aunque muriera aquí fuera, sería mi muerte. No la de ellos.

Y entonces, lo escuché.

Un aullido.

Grave. Largo. Demasiado cerca.

Otro respondió.

Me estaban rastreando.

Y por cómo sonaba, no me quedaba mucho tiempo.

No miré atrás mientras aceleraba el paso.

Si miraba atrás, iría más despacio. Si iba más despacio, me atraparían.

Así que corrí aún más rápido.

Las ramas me arañaban los brazos. El lodo me atrapaba los pies. Me ardían los pulmones y tenía la garganta en carne viva de tanto jadear.

Otro aullido. Aún más cerca.

Me seguían el rastro. Eran rápidos, listos y estaban concentrados.

Me esforcé más. No importaba cuánto me doliera; no iba a regresar.

Entonces lo vi. Un arroyo ancho y rápido.

Salté al agua sin pensarlo.

El agua estaba helada. Me golpeó la piel y me robó el aliento. Casi me hundo, pero seguí moviéndome. Un paso y luego otro. Me resbalé, me golpeé con una roca y me mordí la lengua.

No paré.

Salí a rastras por el otro lado, empapada y temblando. La ropa me pesaba y el pelo se me pegaba a la cara. Me dolía todo el cuerpo.

Pero ya no los oía.

Ni aullidos. Ni pisadas.

¿Los habría despistado?

No esperé para averiguarlo.

Eché a correr.