Capítulo 1
Este es el primer libro de Daddy's Underground: una serie de clubes de moteros vinculada a Dirty Daddies Underground.
POV Danielle
Observo a la gente moverse por el restaurante. Sus movimientos son un torbellino de ruido y prisas. No parecen notar que estoy aquí parada, en la esquina, y lo agradezco. Recojo los platos y vasos que quedaron en las mesas. Luego desaparezco tras la puerta que me protege del resto del mundo.
Si pudiera sobrevivir sin trabajar, no saldría de casa para nada. Tras dejar las cosas en el fregadero, miro al encargado. Él me dedica un asentimiento.
—Ya puedes irte, niña. Nos vemos mañana —dice.
Asiento también, salgo a la noche y camino deprisa a casa. Cuando entro, el apartamento está en silencio. Echo un vistazo, pero Sam no está. Me sirvo un vaso de agua y me siento en el sofá. En ese momento, siento vibrar el móvil.
Su nombre parpadea en la pantalla.
Deberíamos cenar fuera. Ven a buscarme.
¿Cenar fuera? ¿Lo dice en serio?
No voy a salir, Sam.
Le doy a enviar, dejo el teléfono y me acurruco entre los cojines. A pesar de lo temprano que es, me quedo dormida. Lo siguiente que oigo es el portazo de la entrada.
Doy un salto del susto cuando él entra con una maleta en la mano. Me mira con ojos indescifrables. Tira la maleta a un lado y se sienta con pesadez al otro lado de la sala.
—Te propongo salir y ¿tú te niegas? —Su voz es fría y corta el silencio.
Me encojo de hombros e intento no hacerme pequeña bajo su mirada. No es tan fácil. Ya no salgo. La idea de estar en sitios llenos de gente sin necesidad hace que se me cierre el pecho hasta que casi no puedo respirar.
—No puedo —susurro.
—¿Hablas en serio? Maldita sea, Danielle, me estoy cansando de esta mierda.
Alza la voz y yo me estremezco. Lo miro e intento decir algo, pero no me salen las palabras. Cierro la boca y desvío la vista.
—Ese papelito de «pobre de mí, me da miedo la gente» ya me está empezando a cabrear —grita.
Al menos él no tiene que vivir con esto. —Tú no ayudaste mucho —susurro.
Gira la cabeza tan rápido hacia mí que me quedo helada.
—¿Ahora me vas a echar la culpa a mí porque te da miedo vivir?
Niego con la cabeza rápidamente. —No quise decir eso, pero...
—No. Ni empieces. Diez años. Ese es el tiempo que llevamos juntos, Danielle. Antes salíamos todo el tiempo y ahora no.
Me limpio los ojos y miro hacia otro lado. —Si pudiera, lo haría —digo suavemente.
—Puedes. Vas a trabajar. Así que también puedes salir y ser normal conmigo.
Me rodeo el cuerpo con los brazos, intentando calmarme, pero no sirve de nada.
Él suelta una risa seca y burlona. —No me creo que intentaras culparme. Tus amigos dejaron de llamar y de preocuparse por ti, no por mi culpa.
—Eso no es verdad. Dejaron de venir porque tú siempre estabas aquí. No les gustaba —le espeto.
—No. Eso te dijeron para quedar bien. Dejaron de verte porque nunca sales de casa.
—¿Eso importa ahora? —pregunto con la voz temblorosa.
—Se ve que no —masculla.
El silencio que sigue es denso e incómodo. Me observa durante un buen rato antes de volver a hablar.
—Mira, lo he intentado. A ti no te importa. No quieres escuchar. Haga lo que haga, te niegas. Así que quizá tengamos que cambiar las cosas.
Se me da un vuelco el corazón. Me incorporo y abro mucho los ojos. —¿Cambiar qué? —pregunto.
—Lo nuestro —dice con frialdad—. Creo que deberíamos tener una relación abierta.
Suelto una carcajada amarga. —Seguro que eso va a arreglar mis problemas de salud mental —le suelto.
—No intento arreglarte, ¿verdad? Pero a lo mejor, si la relación es abierta, te animas a salir y hacer cosas. No estaré aquí todas las noches. Tampoco estaré encima de tus amigos.
—Esto es una broma —susurro.
—No. No lo es. Me aburro, Danielle. Si quieres quedarte aquí encerrada sin hacer nada, adelante. Pero no esperes que yo haga lo mismo.
Se levanta y me da la espalda. Sus palabras quedan flotando en el aire como una puerta que se cierra.
—¿De verdad quieres empezar a ver a otras personas? —pregunto con voz baja pero firme.
—¿Por qué no? Quizá así te des cuenta de que estoy aquí. Lo intento cada puto día y tú solo me rechazas.
—Gritarme no es intentarlo —digo, tratando de razonar con él, aunque sé que casi nunca funciona.
—Yo no grito —me corta, hablando aún más alto que antes—. Maldita sea, Danielle, quizá esta relación abierta ayude. Quizá conozcas a alguien con quien sí quieras salir.
Suelto un bufido que suena brusco en la habitación en silencio. —¿Cómo? Si ni siquiera salgo de casa, ¿y esperas que encuentre a alguien?
—Ese no es mi problema. He probado de todo y nada funciona. No quieres mi ayuda, así que no te la daré. Y ni de coña me voy a quedar sentado esperando a que tus problemas mentales se arreglen solos.
Asiento despacio, sintiendo la opresión en el pecho como un fuego que se extiende. —Pues muy bien. Relación abierta será, Sam —digo, midiendo cada palabra—. Si de verdad quieres que salgamos con otros, hagámoslo. Quizá tengas razón. Quizá esto es justo lo que necesito para recordar que todavía soy deseada.
Él se ríe con un sonido cruel y vacío. —Así empezó todo esto, ¿no? Alguien deseándote demasiado. Así que deberías alegrarte de que yo no lo haga.
Lo miro fijamente con los puños apretados. —¿Sabes qué? Vale. Hagámoslo —le suelto, y me marcho furiosa al dormitorio.
Que le jodan. Si su intención era motivarme para salir de casa, pues felicidades. Lo ha conseguido.
Abro de golpe las puertas del armario. Deslizo las perchas con brusquedad hasta que encuentro los vestidos que no he tocado en años. Mis dedos agarran uno rojo, corto y ajustado, que aún huele un poco a perfume y a recuerdos. Lo estiro sobre la cama y voy al baño.
Me ducho rápido. Mis movimientos son decididos, mecánicos, como si estuviera forjando una armadura en lugar de vistiéndome. Me seco el pelo, me maquillo con precisión y finalmente me pongo el vestido. Se me pega como una segunda piel.
Muy bien. Un bar. Tiene que haber alguno cerca.
Abro Google, escribo la palabra y le doy a buscar. El primer nombre que sale es The Fallen Gods.
Perfecto. Allí es donde voy.
Meto el móvil en un bolsito negro y salgo de la habitación. Sam sigue en el salón y abre un poco los ojos al verme.
—¿Qué haces? —pregunta con tono de incredulidad.
—Voy a salir. Relación abierta, ¿te acuerdas? —le respondo, ya a medio camino de la puerta.
Él suelta una risa amarga y niega con la cabeza, como si yo estuviera haciendo el ridículo. —Eres tonta si de verdad crees que me lo voy a tragar. Como mucho irás a la tienda de la esquina y volverás. —Agarra su propio móvil sin siquiera mirarme—. No me esperes despierta —masculla, y se marcha.
Así que eso es lo que piensa de verdad. Que soy una inútil. Que no me atreveré.
Pues se equivoca de medio a medio.
Voy a hacerlo.